domingo, febrero 11, 2007

La Vida del Alma


En una que otra de las semanas que vienen, publicaré en El Gabinete algunas de las piezas más raras salidas de mi pluma: mis sermones; reliquias de mis años como ministro religioso. Pido disculpas a aquellos lectores que gustan del tono laico y hasta irreverente de mi blog, y les suplico sean indulgentes con esta parte de mi personalidad que de vez en cuando sale a la luz. Además, dentro de esos sermones próximos a ser publicados hay uno que fue censurado y no pudo ser leído, por lo que será interesante predicarlo a través de la internet. El correspondiente a esta semana fue predicado en la capilla de Coyoacán el quinto domingo de agosto de 2004.

Queridos hermanos:

Agradezco al obispado la oportunidad, que para mí es una bendición, de poder dirigirme a ustedes una vez más. Tomo la palabra con humildad, sabiendo que no soy sino el peor de los siervos del Señor, y aún así, espero que mi mensaje sea de valor para todos ustedes.
El tema que me ha sido asignado me hace muy feliz, pues creo que es aquél del que más me gusta hablar, y es la música. Hace unos meses di un discurso en Benemérito que trata sobre lo mismo, y que se llama "Arte, Religión y Sociedad" y me sentí tentado por un momento a leer dicho discurso hoy, pues lo considero sumamente importante para motivar a los padres y a los maestros a tomar la difícil decisión de apoyar la vocación artística de los jóvenes talentosos. No obstante, tuve después la impresión de que debía hablar de la música desde un punto de vista más personal y menos académico, enfocándome en el impacto que el arte ha tenido en mi vida; y es eso lo que deseo hacer hoy.
En muchas ocasiones, las personas que me escuchan tocar me preguntan qué fue lo que hizo que yo empezara a estudiar el piano a la relativamente temprana edad de 9 años. Ellos esperan una respuesta como "es una tradición familiar" o "desde niño tuve inclinaciones artísticas" o algo parecido; y se sorprenden al oírme decir que si yo estudio música desde niño es porque mi mamá quería evitar que me juntara con los niños de la cuadra, quienes ya me habían llevado a cometer varias travesuras de cierta importancia, entre las que se destacaba la de robar un frasco de mermelada en la Conasupo. Así, cuando entré a la Escuela de Música, mis tardes las pasaba ocupadas aprendiendo algo que me gustaba, y cuando llegaba a tener una tarde libre estaba demasiado cansado como para salir a jugar con los muchachos de costumbres dudosas. De este modo, mi mamá evitó sin violencia que las malas influencias me llevaran por caminos que muy probablemente me hubiesen conducido a la delincuencia, y sin proponérselo me cambió la vida. Pienso que ese fue el primer gran servicio que hizo la música por mí. El primero de muchos.
Continuamente escuchamos a nuestras autoridades hablarnos de la importancia de cultivar nuestros talentos y de estudiar y prepararnos. La razón de ello es muy simple, y es que después de la muerte los espíritus vamos a ser iguales en cuanto a las riquezas, porque el dinero allá no existe, pero conservaremos las diferencias en lo que respecta a nuestros conocimientos, y tal diferencia va a ser muy importante, determinante.
Sin embargo, aparte de esta razón hay otra que se relaciona con nuestra familia como unidad formadora de personas íntegras y espirituales, y es que la presencia de la música en el hogar es capaz de realizar milagros en la vida de los que la forman.
Miguel de Cervantes escribió que "donde hay música no puede haber cosa mala"; y supongo que no es necesario que aclare la clase de música de la que estamos hablando. Cuando cerramos la puerta a los sonidos estridentes y a las canciones obscenas que se transmiten por la TV y la radio comercial y en su lugar ponemos los sonidos suaves de la música sagrada o de la buena música en general, entonces damos el primer paso hacia una nueva concepción del mundo, pues el mundo como lo conocemos llega a nosotros a través de los sentidos, muy particularmente la vista y el oído, y al mismo tiempo hacia la posibilidad de escuchar la voz secreta que desde nuestro interior nos habla de las cosas del Señor. Ustedes saben que esa voz es muy suave y a veces es difícil escucharla, pero la música de la que hablo no sólo no la estorba, sino que a veces ayuda a que se escuche mejor.
Cuando una familia se reúne bajo la influencia de la música, el ambiente es propicio para la expresión de los mejores sentimientos, y la influencia del maligno se ve seriamente disminuida. Cuando yo tenía unos 13 años, llevaron a la casa una vieja y destartalada pianola, la cual fue el único instrumento musical que he poseído si se exceptúa mi armónica; pero como no me servía para estudiar por el mal estado en el que se encontraba tuvimos que venderla al poco tiempo. En esa vieja pianola aprendí a tocar mis primeros himnos de Sión, en una versión simplificada que una hermana que trabajaba en las oficinas de la Iglesia había conseguido para mí. Ahora recuerdo muy claramente el efecto que la práctica de dichas obras tenía en el ambiente de continua tensión que se vivía en la casa; a causa sobre todo de las diferencias que iban a provocar en poco tiempo el divorcio de mis padres. Siempre que tomaba el libro de los himnos para estudiar, algo pasaba en la maltratada familia: mamá se acercaba para escuchar, y luego quería empezar a cantar, pero yo le decía que no estaba listo, que todavía no se pusiera a cantar porque me equivocaba. Mamá, para molestarme, llamaba a mis hermanos y hasta a mi papá, y de repente estábamos todos cantando himnos que a mi me salían muy más o menos; aunque, por supuesto, esto era lo menos importante de todo. Nos hallábamos juntos haciendo algo agradable, y no peleando o discutiendo.
No obstante, para mi familia era ya muy tarde, y ni siquiera la música tuvo el poder de salvarla. Para otros, es probable que la presencia de la música en el hogar pueda ser una influencia para despertar en aquellos que la forman los sentimientos mejores. No es necesario tener un músico en la casa para disfrutar de dicha influencia, basta con abrir la puerta a la música que ama el Señor y tratar de disminuir un poco el consumo de la basura de los medios masivos de comunicación. Satanás, en su infinita sabiduría y maldad, ha encontrado la manera de pervertir esa maravillosa creación del ser humano, para convertirla en vehículo de ideas y palabras inicuas, y para despojarla de su belleza, poder e interés cultural.
Al igual que tenemos cuidado con lo que comemos, debemos de tenerlo con las cosas que vemos y con las que escuchamos; pues si con aquellas podemos poner en peligro la vida de nuestro cuerpo, con éstas últimas ponemos en peligro la vida del alma, que es eterna y muy delicada.
Es tiempo de enriquecer nuestras vidas de una manera real y perdurable, es tiempo de superar el tipo de vida que consiste solamente en procurar alimento y consumirlo. Hay más cosas en la vida que lo que puede verse en la televisión, y son esas las que son más agradables a los ojos de Nuestro Padre Celestial. Para él hay pocas cosas mejores que ver a una familia que se reúne para entonar himnos o para escucharlos, y está agradecido con los padres que se interesan en descubrir y cultivar los talentos de sus pequeños hijos, alejándolos al mismo tiempo de las tentaciones y las malas compañías que los rodean y los amenazan todo el tiempo y por todas partes. No es fácil. Más de uno de ustedes ha de estar pensando que la vida es muy dura, que no queda tiempo para otra cosa que para estudiar y ganar lo necesario para vivir, y que comprar un instrumento y aprender a tocarlo, e inclusive lograr que la familia se junte a cantar por puro gusto es un lujo que nadie se puede permitir. No hay manera de que yo pueda rebatir ese argumento, pero puedo decir con toda seguridad que, si no hacemos algo por cambiar las condiciones en las que nuestra alma vive, las preocupaciones de las generaciones por venir seguirán siendo las mismas; porque la vida del alma no se reduce a los tiempos simples de una generación, sino que su poder y el de sus conocimientos se prolonga más allá de la vida del cuerpo, para influir en las generaciones futuras. Solamente con un gran esfuerzo y con un cambio de actitud con respecto a la cultura, a las artes y al conocimiento seremos capaces de enseñar con verdad a nuestra descendencia que lo más hermoso de la vida no es lo que conforta al cuerpo solamente, sino lo que alimenta al alma y enriquece su vida eterna.
Deseo terminar con unas palabras sobre el cuidado que debemos tener con el piano de nuestra capilla y sobre la manera en la que cantamos los himnos en nuestra congregación.
Un instrumento musical como el que tenemos en nuestro salón de reuniones es sumamente costoso en términos monetarios, tanto, que yo pude comprar un automóvil, pero no he podido comprarme un piano. No obstante, dicho costo en dinero no es nada comparado con el valor espiritual que le otorga ser un instrumento de adoración. Cuidar un piano no es sencillo, se necesita de técnicos especializados para el mantenimiento de su maquinaria, y de constante limpieza del mueble; aun así, la parte más importante del cuidado es la de no permitir que nuestros hijos se acerquen a él y lo traten como si fuera un juguete. Ningún niño va a aprender música o va a sentirse atraído por algo que se puede jugar. Por otra parte, tampoco debemos permitir maltrato por parte de otros adultos, y con valor debemos amonestarlos para que respeten la Casa del Señor. Nuestro piano se deteriora por maltrato semana con semana, y me siento impotente al no saber como protegerlo. No quiero ver ese bonito instrumento envilecido con una cerradura que hable de nosotros como una congregación de bárbaros incivilizados. Nada me haría sentir peor que eso.
En lo que respecta a los himnos, quiero contar lo que me pasó un día en el que me invitaron a tocar con el coro de una congregación de cristianos Presbiterianos. La invitación consistía en tocar con dicho coro al final de su servicio dominical, y estos hermanos me citaron temprano para que pudiera asistir a su servicio. En su centro de reunión tienen un hermoso órgano de dos manuales que debe de haberles costado una fortuna, y sin embargo no había ninguno entre ellos que supiera tocarlo. El pastor se acercó a mí poco antes de comenzar y me pidió que los acompañara en los himnos del servicio, a lo cual accedí de inmediato, como es natural. Preparé el instrumento y esperé. El servicio no era nada de llamar mi atención, hasta que llegó el momento del primer himno; una pieza brillante al estilo de "El Espíritu de Dios". Yo pensé que el sonido de un órgano tan grande iba a borrar las voces de una congregación relativamente reducida, pero cuando esos hermanos comenzaron a cantar puestos de pie no podía dar crédito a lo que oía: sus voces eran tan potentes y su canto tan lleno de entusiasmo, que me vi obligado a darle al órgano toda su potencia, de modo que me oyera un poco entre tan poderoso cantar. En ese momento entendí por qué al Señor le gustan tanto los himnos cantados por una congregación, y desde entonces, siempre que tengo la bendición de dirigir un himno le recuerdo a los hermanos que deben cantar con entusiasmo, que deben dejar la vida a la hora de cantar y que deben disfrutarlo, pues en ello radica el gusto de Dios al escucharnos. Si a nosotros nos da flojera cantar, tengan la seguridad de que al Señor le va a dar flojera oírnos, y no lo culpo.
Espero que podamos ser diligentes en buscar las cosas verdaderamente hermosas que la vida puede ofrecernos, y que todos los días podamos agradecer al Señor sus dones mediante una canción de amor en compañía de nuestras familias.

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Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.