lunes, abril 17, 2017

Cruz Rojas Carranco (1934–2017)


I

"¡Yo siempre estoy bien!" Decía, en respuesta a mi saludo; era una frase inesperada por razones que no viene al caso explicar aquí, aunque el punto es que cuando se pregunta "¿Cómo está?," uno solamente espera escuchar, si acaso, un "bien" a secas, y no aquella declaración de bienestar, aquella exclamación de hombre incondicionalmente feliz que me sacudió y desconcertó las primeras veces que la enfrenté, hace muchos años. Ese grito que para un niño crónicamente frustrado y triste sonaba desvergonzado, falaz y casi agresivo; que podría haber salido de un libro de autoayuda, salvo por el hecho de que la gran mayoría de ellos no había sido escrita todavía. 
Quien la barritaba era un morenazo robusto, de abdomen redondo y prominente que aunado a su prematura calvicie le daba un engañoso aspecto de monje en camiseta, shorts y zapatos tenis. Su felicidad era, pues, real y no fingida, por mucho que la fuerza de su carácter—cualidad necesaria en los que, como él, tienen la labor de tejer nuestros destinos para siempre—lo llevó ocasionalmente a violentos exabruptos; raros, y por ello terribles de verdad. 
Así decía ese hombre, violín segundo de la Orquesta Sinfónica Nacional para más señas, a quien muchos de los mejores músicos de este país llamarán para siempre "maestro", y que todos llevaremos en el corazón junto a nuestros padres y otros personajes fundadores de la memoria: "¡Yo siempre estoy bien!"

II

Y es que nosotros fuimos una generación en muchos sentidos privilegiada en la historia de la entonces Escuela Nacional de Música. La última que hizo su examen de admisión en la antigua y venerable casa de Mascarones y la primera en entrar a los salones, muchos de ellos todavía en obra negra y sin puertas, del nuevo y hermoso edificio de Coyoacán; generación que vivió, no solamente en sentido figurado, un momento de encuentro entre la tradición que nos legaba extraordinarios y experimentados maestros y la modernidad pedagógica representada no sólo por una obra de arquitectura vanguardista, sino también por un nuevo método de aprendizaje musical llamado "Jugando con la Música", sistema integral basado en los bi, tri y tetragramas de Hindemit y el instrumental Orff, cuyo autor era el pedagogo holandés Pierre van Hauwe, en la excelente traducción de la joven pianista Adriana Sepúlveda Vallejo. Aquella edición con cuadernillos de colores y adornada con motivos prehispánicos logró, junto con la dedicación y pericia de nuestros mentores, dos objetivos primordiales con un éxito sin precedentes: aprendimos rápidamente y sin esfuerzo una gran cantidad de competencias musicales que hoy en día son consideradas raras, como la transposición a primera vista, por ejemplo; y en un lugar no menos importante hizo que un porcentaje muy elevado de nosotros eligiera después a la música como actividad profesional, al grado que cualquier intento por listar a los niños que en aquellos años comenzaron sus estudios y que ahora son intérpretes, miembros de importantes orquestas o maestros profesionales de música resultaría tardado e incompleto. En conjuntos corales nuestro maestro era un barítono de voz transparente llamado Antonio Armenta; en rítmica nos enseñaba una acordeonista talentosa pero de genio muy disparejo llamada Iduna Tuch, quien también me ayudó con la lengua alemana cuando era niño cantor, y la hermosísima maestra de Iniciación Musical era nada menos que la pedagoga María del Carmen Silva, esposa del clavecinista chileno Gastón Lafourcade, cuya hija Natalia me parece que también se dedica a la música. Al recordar a esa batería didáctica no me sorprende que hasta niños como yo, emocionalmente impedidos para cualquier cosa, se aficionaran irremediablemente al arte.  
En el centro indiscutible de este grande y fructífero esfuerzo educativo estaba sin duda la orquesta que bajo distintos nombres (OIC, Festival, OJUC, etc.), diversas dotaciones y con un desfile de niños talentosos y otros no tanto, dirigía el maestro Cruz Rojas en el salón 10 del nuevo edificio de Coyoacán, a cuyas aulas ingresé, desorientado y sin conciencia de pisar tierra santa, un día de octubre de 1979; junto a mí, como compañero de pupitre, se encontraba quien es todavía mi mejor y más viejo amigo, el Dr. Gustavo Martín, con quien compartí muchas de las vivencias que en este breve obituario han de narrarse. 

III

No fue sino hasta fines de 1983, sin embargo, cuando el maestro Cruz y yo nos conocimos. En ese entonces los años debían durar mucho más de lo que duran hoy en día, porque en apenas tres me había convertido en una persona completamente distinta a la que había comenzado a estudiar, y era como si una vida entera hubiese para mí transcurrido en la música. En cierto sentido me sentía como un veterano porque, después de tres años como miembro de los Niños Cantores de la ENM cambié de voz, y tuve que abandonar esa agrupación en la que aprendí a amar el canto por el resto de mi vida, después de cientos de conciertos, recitales y giras que descubrieron definitivamente mi vocación artística. Aquél fue un golpe demoledor, aunque el director del coro, el maestro Alfredo Mendoza, escribió en mi última boleta de cantor después de algunas palabras sobre mis aptitudes: "debe continuar su desarrollo de forma instrumental". Se refería a mis estudios de piano con la maestra Olga Ruíz, alumna a su vez de quien luego sería mi maestro más determinante: Néstor Castañeda. 
Fue en uno de mis recitales como pianista en donde el maestro Cruz me escuchó y, sin que pueda recordar los detalles, le propuso a mis padres y a mi maestra que asistiera a los ensayos de la Orquesta Festival, su proyecto de entonces; no a tocar algún instrumento, como era de esperarse, sino con la idea de que aprendiera los rudimentos técnicos y teóricos para dirigirla. Ignoro cuales fueron las razones que lo llevaron a tomar esa decisión, pues nunca se lo pregunté y si acaso lo hice olvidé la respuesta; el hecho fue que su idea me cambió por completo la vida, aunque no siempre para bien si hemos de ser sinceros, faltándome la madurez que tales encargos requieren. 
Se trataba de una orquesta enorme, de unos ochenta niños, formada a la manera y con las características del método van Hauwe y en la que tomaba parte casi la totalidad de los alumnos del Centro de Iniciación Musical. En el lugar que ocuparían las cuerdas en una orquesta tradicional, por ejemplo, se encontraban las flautas dulces en sus diversas tesituras, desde la soprano hasta la bajo, una flauta grande y costosa que tocaba Violeta Dávalos, hoy en día una célebre cantante de ópera; detrás los violines, los chelos y los contrabajos, y como un anillo alrededor de todo se formaban los instrumentos Orff: xilófonos, marimbas, metalófonos, timbales y otra multitud de percusiones usuales. Al tratarse de una orquesta sui generis el repertorio consistía mayormente en obras del propio van Hauwe, y dirigí mi primera de ellas, el "Bolero", a mediados de 1984. A partir de entonces, el maestro Cruz me permitía compartir algunos programas con él y después, ya con la Orquesta Juvenil de Cámara de la UNAM, alternaba el podio con el piano, en otra etapa de aprendizaje acelerado en lo musical, pero de fuertes retrocesos en lo que ahora llamarían "relaciones interpersonales". Época de aprender a tratar a mis compañeros con respeto, de ubicarme en mi realidad y reconocer (con éxito desigual hasta la fecha) las funestas explosiones monomaniacas con las que he tenido que luchar el resto de mi vida. Fue un maestro atento y cuidadoso, y así como obligaba a sus alumnos de violín a repetir una y otra vez sus series (números representando digitaciones, escritos en cartulinas que dominaban la pared del salón 10) me obligaba a dar entradas con tal mano y a marcar el compás con otra, a mirar a la orquesta y no a la partitura (las entradas se preparan siempre con una mirada, decía) y otras muchas cosas que buena parte de los dizque directores de hoy en día hacen mal, sin duda porque no había nadie que les enseñara con la paciencia suficiente.  

IV

La vida de la orquesta era de mucho viajar, y nada nos infundía mayor entusiasmo que preparar el repertorio para una gira, lo cual era un quehacer casi continuo. El maestro Cruz tenía una Volkswagen Combi, súper equipada, que a veces se llevaba y de la que me acuerdo a menudo, pues estoy seguro de que todos la admirábamos y queríamos tener una igual. No lo sé; tal vez la razón por la que la idealizo de esta forma es porque nunca se me hizo viajar en ella en un trayecto largo. El maestro Cruz era un mago en esto de conseguir apoyo para que la orquesta pudiera salir, y no creo que exagero al decir que es gracias a él que conozco cada ciudad importante de nuestro país. Aunque eso de conocer es un decir, porque en ocasiones no daba tiempo sino de llegar a una ciudad, tocar, y luego subirse al autobús para ir al siguiente destino. Lo regular, sin embargo, era que el maestro arreglara las cosas de manera que tuviéramos tiempo de pasearnos y convivir con la gente de los lugares en donde dábamos nuestros conciertos. Para ello nos buscaba hospedaje con familias locales, las cuales nos compartían la comida y las tradiciones que les eran propias. Nos albergaban en grupos de tres o cuatro muchachos  más o menos regulares, aunque de ser necesario el maestro armaba sus propios compañerismos a modo, según lo requerían las necesidades del grupo. 
Nunca he sido alguien popular en ninguna parte, y para cuando salíamos de gira con la orquesta mis compañeros evitaban alojarse en las mismas casas que yo y me apodaban "Sam", por el águila arrogante y mandona que salía en el show de los Muppets. El maestro me ayudaba y me aconsejaba lo mejor que podía para ganarme no solamente el respeto de los muchachos, sino también su afecto, pero era yo muy cabeza dura y por más que lo intentó siempre hubo una especie de barrera que no pude traspasar, defectos de carácter que en ese momento no me pudo quitar. Algo nos quitó a todos, por cierto y eso fue el miedo a los escenarios, el temor al fracaso, al ridículo en público. No recuerdo que los nervios, lo que ahora pomposamente llaman "pánico escénico" fuera una preocupación para nadie en la orquesta. El maestro simplemente nos decía: "vas a tocar esto", y uno se lo aprendía y lo tocaba, sin mayor aspaviento. Aunque las lecciones más duras tenían que ver con la responsabilidad, de las cuales recibí varias. La primera de ellas recién llegado como aprendiz de director, cuando se me ocurrió gritarle a uno de los muchachos desde el podio que era un estúpido, por ya no recuerdo qué razón. Y no importa por qué lo hice pues, ¡Jesusito! El maestro se encargó de darme a entender, de manera inequívoca y pública, que esa no era la manera de tratar a nadie en ninguna circunstancia y por ninguna razón. Aun así, tal vez la lección más angustiante fue el viaje a Acapulco.
Se trató no de una gira, sino de la fiesta de cumpleaños de mi prima Sol, parte de una numerosa rama de mi familia que reside en Acapulco. Mi tía Hortensia me llamó para invitarnos, y me preguntó si acaso era posible que llevara la orquesta para tocar el vals de la quinceañera; de manera casual le comenté al maestro Cruz la solicitud y con mucha amabilidad me dijo que por supuesto, que la orquesta podía ir siempre y cuando ella se hiciera cargo de los gastos; otra oportunidad para viajar, pasar un buen rato juntos y hacer música, algo que siempre había disfrutado porque nunca, hasta ahora, había sido la parte organizadora. Sabía que el dinero no iba a ser problema para mi tía, y comencé a organizar el viaje partiendo del error de que la orquesta era lo único que iba a estar en su mente durante los dos días que íbamos a estar allá. Aún así logré programar un concierto en el lobby de La Palapa y varias actividades en la playa la mañana anterior a la fiesta. 
Aquello fue un desastre, aunque se trató de un desastre que la orquesta logró disfrutar gracias a la actitud luminosa y animada del maestro Cruz. Llegamos de madrugada a la casa de la calle Castillo Bretón, cuando todos estaban dormidos y no nos esperaban, y horas después fuimos enviados a otra de las casas de mi tía para que la orquesta se instalara; ¡una sola casa para toda una orquesta juvenil! Nunca antes fue tan evidente el hecho de que el maestro “siempre estaba bien” sin importar la situación como entonces, cuando tuvo que dormir en unas escaleras con vista al mar acompañado de parte de la orquesta, pues no pude conseguir mejor hospedaje por mucho que lo intenté, y el maestro nunca me quitó la responsabilidad de la organización para facilitar las cosas con su experiencia: era yo quien tenía que resolver las carencias, y rápidamente. Así, recuerdo con particular orgullo cuando conseguí que las cocineras de mi tía llegaran como huracán a la casa a preparar un tardío pero sabroso y abundante desayuno, y que tanto el vals como el concierto al día siguiente fueran un éxito. Los muchachos disfrutaron la playa y mi prima su fiesta, y en el autobús de regreso a casa la orquesta hizo una colecta para reponer lo que gasté en taxis, persiguiendo desesperadamente a mi tía a todas horas por todo el puerto de Acapulco junto con Gustavo. 

V

El maestro Cruz encontró un complemento perfecto para sus proyectos en la persona de los maestros Mauro y Juventino Ramírez, los fundadores y directores de la Orquesta Libertad de la ciudad de Oaxaca; una orquesta con formato similar a la OJUC pero que dependía enteramente de sus propios recursos, aportados por los padres de familia, y que ensayaba en la casa de uno de ellos, el Sr. Eliodoro Arellanes, cuyas hijas tocaban también en la orquesta: Enriqueta el violín y Manuela el fagot. En Oaxaca, el maestro Cruz se sentía completamente en casa, y siempre que viajábamos allá se llevaba instrumentos y partituras para dejar a manera de obsequio, pues seguramente sentía una especie de comunión con esos hombres quienes, al igual que él, consagraban su vida a la formación de nuevas generaciones de artistas. Fue en Oaxaca también cuando lo vi (cosa rara, como dije) montar en cólera. El conductor del autobús se había estado portando muy grosero durante todo el viaje y en un momento dado se negó a llevarnos a unas ruinas; las de Mitla, supongo; y el maestro de plano se puso a gritarle, fuera de sí, que nos iba a llevar a ese lugar lo quisiera o no. Yo estaba hasta el fondo del autobús y aun ahí los gritos acabaron por aturdirme después de unos momentos. Ya no recuerdo lo qué pasó después, ni quiero recordarlo.
A pesar del tradicional aislamiento de mi patria oaxaqueña, y de los pocos recursos con los que contaban, varios miembros de esa orquesta son ahora músicos profesionales también, y tocan en importantes orquestas por todo México. Las vocaciones artísticas que en otras partes del mundo son fruto de grandes inversiones económicas y fatigosas cacerías de talento, en Oaxaca y en México se dieron como resultado del raro poder de esos hombres para poner en nuestros corazones la profunda, intensa, eléctrica y arrebatadora emoción de entregar nuestra música y, al mismo tiempo, entregarnos a nosotros mismos al tocar en público. Una emoción que traspasa tu piel como un tatuaje, que se queda circulando en tus venas como parte de tu propia sangre y te lleva a considerar esos años como los mejores de toda tu vida, a pesar de los sacrificios, a pesar de los sinsabores, fatigas y las desilusiones amorosas; porque todos nosotros éramos unos románticos entonces y cualquier actividad juntos era pretexto para dejarnos llevar por la belleza y las ilusiones instantáneas y catastróficas. Cuando salimos a nuestra primera gira de Oaxaca, por ejemplo, hice lo que pude para viajar con la familia Petrides Madrid porque estaba locamente enamorado de Avril, una morenita de rasgos redonduelos, talle delicado y buena puntería con el rifle, a la que traté por todos los medios de impresionar, pero sin lograrlo. Ya para cuando fuimos a Acapulco iba yo preso de un afecto más duradero, el de Karina, a quien nunca pude conquistar porque nunca se separaba de su amiga Deborah Oropeza; fuimos novios un par de días, pero creo que me dijo que sí solamente para poder librarse de mi molesto cortejo. Nunca lo consiguió. 
En una ocasión, cuando estábamos hospedados en un hotel de Tlaxcala que tenía un bello patio interior, salimos envueltos en cobijas para tratar de escapar del aire helado y nos reunimos para platicar con el maestro de estas cosas, sentados en bancas, deseosos de poder hacer una fogata. No sé cómo fue que apareció un violín cuando estábamos hablando de mujeres (o las que llamábamos así a pesar de ser casi todas unas niñas) y el maestro Cruz tocó una versión de "Estrellita", de Ponce, que en ese momento nos enseñó más sobre el amor que cualquier discurso. 


Epílogo

Lo vi muy poco en sus últimos años. Recuerdo que lo visité en su casa de Cuernavaca y luego en los funerales de su esposa, la maestra Milla Domínguez, una hermosa soprano que parecía una versión clara y dulce de él mismo. Hace poco, en la casa del director de coros Jorge Medina (otro forjador de generaciones), dicho maestro me mostró una extraordinaria fotografía en blanco y negro en la que aparecía una especie de grupo versátil. Había dos violinistas y dos cantantes además del maestro Medina que llamaron mi atención; los violinistas eran el gran Hermilo Novelo y el maestro Cruz, y las cantantes, que parecían estar bailando un ritmo a go-gó, eran Milla Domínguez y Lupita Campos, tan jóvenes y guapas que casi me da un ataque cardiaco. La vida y el entusiasmo que se respiran en la foto explica el por qué ambos maestros nos cuidaban, respetaban y querían a pesar de todas nuestras sinvergüenzadas, en lugar de pensar que todos éramos simplemente una bola de locos. Tanto Hermilo Novelo como Milla murieron en accidentes de carretera, la segunda cuando iba con el maestro Cruz rumbo a Cuernavaca. Yo asistí, como he dicho, a las exequias, y fue impresionante ver llegar al maestro a la funeraria de García López, caminando lentamente a causa de los golpes recibidos en el choque y con el torso tieso por llevar puesto un collarín, para luego acercarse al ataúd abierto en el que descansaba su esposa para siempre. Lentamente, presa de una intensa emoción, se inclinó lentamente como si quisiera darle un beso; acarició luego con la mano el cristal que la cubría y murmuró sollozando, con lo que me pareció un avasallador remordimiento: "¡Perdóname, Millita! ¡Perdóname!" Repitiéndolo varias veces. Hoy en día, con el corazón aun roto por aquella escena, me sigo preguntando qué era eso que el maestro quería que le perdonara.
Después supe que se había vuelto a casar con una mujer muy joven y había tenido un hijo a los 70 años. Eso me dio mucho gusto porque mi padre, el último de sus hermanos en nacer, llegó cuando mi abuelo superaba incluso esa edad, y estoy seguro de que la circunstancia inusual de tener al astuto general de tiempo completo, aun fuerte y en el colmo de la sabiduría y la experiencia lo hizo el hombre exitoso que es hoy en día. Dicen que el tiempo y ciertas batallas legales pasaban de largo junto a él sin hacerle daño alguno y que, salvo una pequeña parálisis facial, su salud era extraordinaria. Así lo imagino y así quiero recordarlo.
Tenía 83 años cuando manejaba su automóvil y lo embistieron en un crucero. Con todo, sobrevivió al siniestro junto con su familia (su esposa resultó con un hombro roto), y a pesar de no haber tenido la culpa del accidente, la influencia de quien sí la tuvo medió para que pasara varios días en los separos del Ministerio Público, de donde salió ya con neumonía y algunas costillas rotas. Su fortaleza era tanta que resistió varias operaciones, pero hasta los hombres más fuertes eligen levantarse de la mesa cuando salen mal los naipes. Cuando de cualquier modo hay personas amadas en ambos lados del velo.
Lamenté mucho no poder ir a su funeral por hallarme en Morelia, pero estoy seguro de que es otra cosa más que Cruz Rojas me perdona. No importa. Si quiero verlo, solamente cierro los ojos y ahí está, con su chemisse, sus pantalones cortos y todo de blanco; se acerca a mí sonriendo y me extiende la mano que no sostiene la raqueta de tenis. Sé perfectamente lo que le voy a preguntar, porque quiero que me conteste esa única verdad de la que estoy completamente seguro, esa frase que a partir de hoy quiero repetir para imitarlo siempre que alguien quiera saber cómo estoy; hasta que el maestro, tal vez pronto, pueda decírmela en persona otra vez: "¡Yo siempre estoy bien!"

Morelia, Abril 17 de 2017. 

lunes, noviembre 21, 2016

Jan Dolinski (1952-2016)


I

La idea vino de un amigo mío, también estudiante de piano, con el que me iba a ir a Nueva York a mediados de 1993; se le ocurrió que podríamos tocar en un restaurante durante los meses que restaban para nuestra salida, porque el dinero nunca sobra y estando en esa ciudad estaba claro que nos íbamos a quedar con ganas de muchas cosas de no ir preparados; además, yo tenía planeado visitar a mi prima en Duke University, en Carolina del Norte, para lo que debía llevar una cantidad adicional a la que todos los demás habían ya reunido. Mi amigo dijo tener un contacto, y me llevó a conocerlo a un lugar que con el tiempo aprendería a amar, primero, y que luego llevaría para siempre en el corazón acunado en lo que podría describirse como odio perenne, un subprograma que funciona siempre en segundo plano: la Antigua Hacienda de Tlalpan. 
Ahí fue donde conocí a Jan Dolinski. 
No tengo una impresión clara de esa primera entrevista. No recuerdo siquiera si nos puso a tocar, lo cual es muy probable dado que el repertorio de su cuarteto no era nada fácil, pero recuerdo que nos ofreció tocar dos turnos diarios, uno en la tarde—con el que me quedé yo—y otro en la noche, que cubriría mi amigo. En aquél entonces la paga no era mala (era antes del Error de Diciembre del 94), los músicos teníamos muchos privilegios y tocábamos una colección al parecer interminable de Oberturas, valses, polkas, galopps, tangos y operetas vienesas que hasta el día de hoy me resultan deliciosas e indispensables. Era excelente, además, porque no interfería con nuestros estudios y uno de nuestros derechos era poder ordenar comida del menú, con lo que ahorraríamos aun más dinero. Jan estuvo de acuerdo en que solamente trabajaríamos hasta salir de viaje y nada más.
Ajá.
Pasaron varios años en los que nos comunicamos de manera intermitente, años en los que tocaba con él y su cuarteto como suplente y nos íbamos a trabajos ocasionales hasta 1999 cuando, terminada ya la licenciatura y casado, esperaba el nacimiento de lo que pensé sería solamente un hijo. Fue entonces cuando el Cuarteto Polonia y yo sentimos que estábamos hechos el uno para el otro, porque recibí la hermosa noticia de que sería padre de gemelos y había decidido dejar de tocar en público como solista después de una temporada especialmente desastrosa; estaba decepcionado de mí mismo como intérprete y necesitaba un sueño que despertara de nuevo mis deseos de hacer música; además, Jan llevaba ya tiempo ofreciéndome ser el titular, y acepté encantado.
Me dirán ustedes que ningún artista sueña con tocar en un restaurante y tal vez tengan razón, pero en el caso del cuarteto Polonia todo era diferente. La Hacienda era simplemente un lugar bello en el que podíamos pasarla muy bien tocando música maravillosa. Aprendí mucho de Jan y de los artistas con los que trabajábamos, casi todos camaradas de allende la cortina de hierro, conocedores de los estilos nacionalistas de la Europa oriental, que se comían las partituras como nos comemos nosotros un postre y que dominaban sus instrumentos de formas que hasta entonces no conocía: con sencillez, sin aspavientos, técnica siempre impecable y con el sentimiento y la inspiración que no suelen derrocharse en esos entornos. Disfrutaba sobre todo cuando, además de los dos violines y el contrabajo, que tocaba Jan, se añadía al grupo un violonchelo, cuyas melodías siempre líricas le daban a las obras aun más elegancia y romanticismo. No me apena decir que en ese momento comenzó una etapa musical muy significativa e importante de mi vida, que me formó de maneras que nunca hubiera podido imaginar y aún hoy en día no alcanzo a comprender del todo.

II

Después de cada turno de media hora nos íbamos a las mesas del fondo del salón a sentarnos. Para cuando yo estaba de planta ya no existía tal cosa como ordenar comida del menú, y nos conformábamos con leer, conversar y, en mi caso, escribir. Las condiciones de trabajo se habían deteriorado mucho en general, pero eso no era lo peor; cuando recibí mi primer cheque como titular era mucho menos dinero del que esperaba a causa de los descuentos, que no sufría cuando tocaba como suplente. Particularmente indignante me pareció el descuento de la CROC, del cinco por ciento, y esa noche fui con Jan y le dije que eso no era posible, que esa central obrera no había hecho nada por evitar que nos quitaran derechos, pero sí estaban a la orden para quitarnos una buena parte del salario. "¿Son unos pinches cerdos, le grité, unos pinches marranos!" 
Jan comenzó entonces a reírse como nunca lo había visto reírse hasta entonces, y tal vez no lo volví a ver reír así después. Estuvo riéndose de mí como una media hora, y luego Olga y Miguel se unieron a la fiesta. "¿Para qué te alcanza ahora el cheque?“ Me preguntaban cuando las carcajadas se los permitían, “¿Te vendo mi casa! ¿Quieres comprarme el coche? Te lo vendo..." Fue en esa ocasión en la que Jan me dio la primera de muchas lecciones de vida que recibí de él; las recibí a lo largo de varios años, pero en general tenían la misma estructura: yo le decía como me gustaría que fueran las cosas y él me decía cómo eran en realidad y aquello que podía hacer al respecto, como calmarme, por ejemplo. "No te preocupes", me dijo en esa ocasión, "porque al final, las cosas siempre funcionan". En días anteriores había leído un discurso de Gordon B. Hinckley que tenía esa misma frase como parte central, y me sorprendió tanto que el Presidente de la Iglesia y mi amigo Jan hubieran llegado a la misma conclusión, que a partir de entonces comencé a prestarle más atención cuando me hablaba. No siempre tenía mucho éxito en eso, y a veces lo hacía reír por la manera distraída en la que seguía sus muchas historias. Fantaseábamos todo el tiempo con encontrar una mujer con piernas muy largas y mucho dinero, para que nos cumpliera nuestros caprichos costosos. Una vez me habló de una novia que había tenido en su juventud. Me dijo, sin duda con la intención de impresionarme, que era una muchacha rubia y muy alta, que tenía un auto increíble, un Malibú Classic, y que le gustaba mucho el sexo; el Malibú Classic era de color blanco. Yo estaba desconcertado ante la avalancha de imágenes atractivas y le pregunté: "Bueno ¿Y cómo sabes que le gustaba mucho el sexo?" El primer impulso de Jan fue reírse, por supuesto, pero luego debió sentir algo de compasión por alguien que hacía preguntas tan imbéciles, y simplemente contestó: "...porque me dijo".
Cuando las condiciones de trabajo se deterioraron tanto que se hicieron absurdas, comenzamos a reírnos de ellas hablando de los patos que nadaban una pequeña fuente junto a las mesas del pasillo, llegando a la conclusión de que ellos estaban tan esclavizados como nosotros, y nos preguntamos si acaso también tenían que darle dinero al delegado de la CROC que cenaba a veces con el patrón. "Los patos también tienen que obedecer al Perro Mudo (así llamábamos al jefe del comedor) y no graznar entre turnos", decíamos. O bien: "Los patos deben seguir nadando aunque no haya un solo cliente en todo el restaurante. Órdenes del Perro Mudo", o "si un pato suplente no llega, ninguno cobra el turno". Espero poner a los patos y al Perro Mudo en la novela que estoy escribiendo, porque siempre he pensado que son parte de una historia mucho más grande que su pequeña fuente y su comedor. ¿Qué pensaría Jan de saber que ahora soy no solamente un líder sindical, sino tal vez el más pobre de todo el movimiento obrero mexicano? Tal vez se azotaría de nuevo de la risa, y yo con él, con todo mi corazón. 

III

Por cosas como esa, sin embargo, nos despidieron varias veces de la Hacienda, o el patrón lo intentó, por lo menos. Recuerdo que Jan se angustiaba mucho siempre que eso ocurría y se apresuraba a arreglarlo. No se preocupaba tanto por él o por los muchachos, quienes de todos modos tenían trabajo en importantes orquestas, sino por mí, el eterno freelance, y decía: "¿qué va a pasar con tus gemelitos? Ahora lo arreglo". Cuando después logró convencerme de que entrara a un financiamiento para comprar un automóvil y nos despidieron de nuevo, decía: "tu coche, tu coche; no, tengo que arreglar esto", y lo arreglaba. Cuando saqué por fin el Pointer de la agencia, le pedí a Jan que fuera el primero en manejarlo y nos paseamos durante horas; luego pasamos por Olga y Miguel y los llevamos a su casa. 
Mientras escribo este breve obituario escucho la música que Jan, los muchachos y yo solíamos tocar juntos, y no puedo evitar sentir una fuerte nostalgia al tiempo que no dejo de reír por los mismos recuerdos que la provocan, extremos de la sensibilidad que nacen de lo trascendente. No me siento triste por su partida, pues vivió siempre rodeado de lo que le gustaba—el café, el tabaco, los malditos partidos del Atlante (equipo del cual era fiel aficionado por quién sabe cuál razón), los coches, las revistas de coches que leía todo el tiempo y por supuesto las buenas bebidas—disfrutándolo siempre al máximo, resistiendo siempre con entereza las brutales tragedias que ensombrecieron aquella parte de su vida en la que yo ya no estuve cerca de él. Pienso que bien puede decirse de Jan lo que Arthur Rubinstein dijo en uno de los programas de TV que hizo ya muy anciano, cuando alguien le preguntó si no tenía miedo de morir y el gran pianista contestó: "si no hay otra vida después de ésta, ni siquiera me voy a dar cuenta, y si sucede que hay otra vida, entonces estoy seguro de que la voy a disfrutar tanto o más que ésta". Es una lástima que Jan fuera en ello, en el arte de disfrutar la vida, tan buen maestro y yo, hasta el día de hoy, tan pésimo alumno. 
En ese sentido recuerdo que Jan siempre trató de enseñarme varias cosas sin conseguirlo nunca, una de ellas fue jugar bridge; algo que se le ocurrió cuando le traje a petición suya unos mazos de cartas que fueron usados en el Mirage, tras uno de mis viajes a Las Vegas. Antes de que yo pudiera captar el fetiche de jugar con barajas usadas en un casino famoso, Jan trataba ya de hacerme entender las reglas del juego. Una y otra vez, partida tras partida yo estaba seguro de que había por fin aprendido a jugar, pero otras tantas veces cometía errores elementales y fallaba en hacer siquiera las jugadas básicas correctamente. Para entonces Jan no se reía, sino que simplemente montaba en cólera y decía que era un pendejo, que la cosa era muy sencilla, y luego guardaba malhumorado la baraja. No obstante, poco después volvía a sacarla para intentarlo de nuevo. La última vez fue en su casa, adonde me invitaba ocasionalmente a comer, y después de llamarme pendejo y guardar la baraja me invitó a su estudio y mejor puso algunas películas polacas en VHS. Nada de Kieslowsky y esas payasadas, sino películas de autores completamente desconocidos y  de nombres impronunciables. Recuerdo una que trataba de la invasión alemana a Danzig, una especie de visión de los vencidos pero no de los aztecas, sino de la segunda guerra mundial; me impresionó mucho esa película, sobre todo una escena en la que los defensores polacos disparaban sus ametralladoras sin parar durante toda la secuencia, a tal grado que tenían que hacer a un lado con el brazo los casquillos vacíos que se amontonaban junto al arma, por lo que llegué a la conclusión de que las ametralladoras polacas eran las únicas cuyo cañón no se calentaba nunca. Se lo comenté a Jan, quien contestó que era un pendejo, y seguí viendo la película hasta el final, aunque dependiendo de sus explicaciones porque no entendía una sola palabra.
Y es que esa es otra cosa que Jan nunca pudo enseñarme por más que lo intentó: la lengua polaca. Aunque siempre me he considerado bueno para los idiomas, a lo más que llegué fue a memorizar una canción que decía algo como: "si mi suegra tuviera ruedas, entonces sería una vieja bicicleta". Me encantaba esa canción y los muchachos siempre me pedían que la cantara cuando me invitaban a sus comidas y reuniones; aunque lo mejor era cuando la cantaba en la casa de mi suegra, con gusto y a buen volumen, sin que nadie me preguntara nunca el significado de la letra.

Epílogo

La última vez que Jan y yo tocamos juntos debió ser a finales de 2001, justo antes de que yo me fuera a dirigir un coro institucional que ocupaba todo mi tiempo, para después mudarme a Morelia en febrero del 2005. No obstante, lo recordaba a menudo y ocasionalmente nos escribíamos por correo. Me mandaba fotos de su casa, tal vez la casa en la costa de la que tanto hablamos en su momento, y de las hermosas flores que cultivaba. Aunque dejé para siempre de hacer restaurantes y esas cosas, siempre tuve la ilusión de que me invitara a tocar otra vez en un trabajo, aunque fuera por los viejos tiempos; y es que extraño seriamente tocar esa hermosa música de nuevo, no a solas, sino como debe ser tocada, con un cuarteto o quinteto de pros y un contrabajo decente; con una pareja que baila en la media luz de un restaurante amado y odiado al mismo tiempo.
Aun hoy, siempre que voy manejando o estoy en una reunión, y escucho "Zigeunerbaron" o algún vals de Strauss, alguna obertura de Lèhar o de Kalmann, cuando escucho, en suma, alguna de las hermosas piezas que tocaba con Jan, invariablemente comento a los que me acompañan: "tocando esta maravillosa música fue que me salvé, porque pude darle de comer a mis bebés"; aunque me gustaría también mencionar que al tocarla veía a mis hijos en la imaginación, lo mismo que a su mamá, a quien amaba tiernamente, y contemplaba un futuro en el que lo que yo escribía y la música que tocaba me convertían en una persona menos malvada e infeliz cada día. Creo que lograr ese futuro sin tristeza ni maldad es el homenaje que aun le debo a Jan Dolinski, el fiel polaco cuya música y amistad transformaron en memorias luminosas y de inefable intensidad lo que de otro modo hubiera sido la época más miserable de mi vida. Eso le debo, y aprender a jugar al bridge. 
Tal vez después. Tal vez allá.

Morelia, día del músico de 2016.

domingo, febrero 08, 2015

Buck, el gato. (2008—2015)




       Nadie sabe ni la forma y el momento en que aparecerá una amistad duradera, y es en estos momentos, cuando escribes algo para despedir al compañero que se ha ido para siempre que descubres lo inesperado que fue todo; porque en ese momento no buscabas un gato ni sabrías qué hacer con él, porque en ese momento habían un montón de cosas más importantes en qué pensar y de todos modos ya estabas convencido de que tener mascotas es una lata. Pero la vida no pregunta qué es lo que piensas, sino que solamente llega y te ocurre para que trates de vivirla lo mejor que se pueda, un arte (porque arte es) que Buck, el gato, llevó a elevados niveles, enseñándome muchas cosas por el camino.

Eran los últimos días en San José Itzícuaro. Se trató de una etapa hermosa y llena de amor que no logré disfrutar en absoluto porque los problemas mundanos me engañaban con la ilusión de que era un hombre infeliz y frustrado; y tal vez lo era, porque no había entendido que los problemas existen hasta que dejas de pensar en ellos como tales, hasta que les cambias el nombre y el carácter. Una mañana en que los niños estaban en casa tocó la puerta una mujer que no conocía. Traía en las manos un pequeño gato bicolor, blanco y gris, y sin más me lo puso en las mías, diciendo: "Aquí le traigo este pobrecito animal, porque yo sé que ustedes tienen gato y a éste los niños de la esquina lo han maltratado mucho".
El gato se veía muy nervioso, pero no tan maltratado como se vería después, andando los años, cuando regresaba de sus patrullas ensangrentado por combates de amor o de odio, que entre los de su especie suelen ser igualmente violentos. Nosotros, Marielle y yo, teníamos una gatita llamada Jollie (a la que yo le decía Yoli, nada más para molestar) y por su carácter uraño no podíamos quedarnos con el recién llegado. Los niños, sin embargo, y como es usual en estos casos, se emocionaron tanto como para ya no dejarlo ir, y se lo llevaron a su casa. Yo los seguí poco después, cuando tomé la terrible decisión de regresar con su madre, abandonando con ello no solamente a una mujer hermosa y preparada, sino la última que real e incondicionalmente me quiso. Sin contar a las eternas y silenciosas tortugas, Buck, mi querido Buck era el último recuerdo vivo que me quedaba de ese tesoro que solemos llamar, solamente en retrospectiva, tiempos felices.
Ya en casa, en Morelia, con mis problemas agravados por el resentimiento y la incompatibilidad, primero, y luego por el fanatismo religioso de mi familia con los que no sabía cómo lidiar, Buck creció y se fortaleció. Nunca fue un gato normal; era claro que lo del maltrato fue verdad, porque era muy difícil que se quedara quieto cuando tratábamos de tenerlo en los brazos. No se acurrucaba en ellos nunca. Era como si nosotros fuéramos una persona, y nuestras manos otra distinta, a la que temía de forma irracional y cuyo contacto no soportaba por más de algunos segundos. La excepción era las caricias, que recibía de buen grado, hasta el momento de intentar un abrazo, que rechazaba siempre con cortés firmeza. En cuanto se hizo un gato adulto rechazó la vida doméstica también y comenzó a frecuentar los tejados propios y ajenos, expandiendo tanto su territorio que, cuando los niños y su madre me abandonaron definitivamente apenas un año después de mi regreso, lo miraban pasar por su casa que quedaba a tres cuadras de distancia, pasando el río Pasto.
Su base, sin embargo, fue siempre mi casa. Ahora era una casa vacía, ayuna tanto de amor como de muebles, y los maullidos con los que anunciaba su llegada resonaban en las recámaras huecas, en las paredes despojadas de todo adorno; y era algo sobrecogedor al principio, pues Buck acostumbraba hacer una patrulla nocturna que terminaba muy tarde, o muy temprano como quiera verse, y solía despertarme con su saludo el cual, nuevamente, no siempre apreciaba. Porque llegaba de madrugada; la hora de mis terrores, de mis miedos más irracionales (como si no todos los miedos fueran irracionales) en una torcida forma de consolarme con la idea de que, después de todo, no me había quedado completamente solo.
Así, a pesar de sus rutinarias patrullas, o gracias a ellas, Buck se convirtió en una compañía extrañamente constante. Estaba conmigo durante las horas de la mañana que dedicaba a la escritura. Se acurrucaba en la cama, que está justo a mi escritorio, y dormitaba al rítmico tamborileo de mis teclazos, o el murmullo de la pluma corriendo sobre el papel. En ocasiones releía un poco de lo escrito en voz alta para disfrutar los sabores del texto plenamente, o comprobar (más allá de la gramática) que un grupo de voces sonaba bien en su conjunto; y Buck levantaba la cabeza, aguzando las orejas, dando su tácita aprobación a lo escuchado antes de cerrar los ojos de nuevo. En invierno la rutina cambiaba, y llegaba poco después de acostarme, echándose sobre mis piernas para calentarse y calentarme. Era algo tan placentero que yo cantaba entonces una canción que había escrito para él y que empezaba: "Querido Buck, mi querido Buck, mi querido gato..." Digo; no hace falta tener mucha imaginación cuando se trata de los afectos sencillos que nos conectan con los amigos. A pesar de ser tan territorial, toleró la presencia de otros tres gatos y un perro que por turnos ocuparon la casa con una casi amable atención: Sasha, Merlin II, Merlín III y Fido. La primera se mudó a casa de los niños cuando fue asediada por Buck, y los otros tres murieron a temprana edad. 

Buck salvó la vida varias veces: Enfermedades respiratorias, un hueso (suyo o de algo que se comió, no sabemos) que se le quedó atravesado en el pecho y cuya presencia o naturaleza ni las radiografías pudieron aclarar; ataques de perros y de otros gatos que le dejaban heridas profundas que tardaban meses en sanar, caídas y, en los últimos meses, la necesidad de conseguir su propia comida debido a mis cada vez más frecuentes y largas ausencias. Este último era un asunto que no me preocupaba en demasía dado que yo no era el único que lo alimentaba regularmente. Buck era un tremendo glotón, un tragaldabas que explotaba la hospitalidad de por lo menos tres casas; y lo que no encontraba aquí podía comerlo siempre en otro lugar con mejor o peor suerte en lo que respecta a la calidad. 
Por eso, la primera señal de que algo no andaba bien fue que pasaba enfrente de la comida como si no estuviera ahí, a pesar de que se quejaba de tener hambre, y de dolores que lo asaltaban a mitad de la noche. No puedo dejar de pensar en que fui muy negligente y, a diferencia de las ocasiones anteriores en las que cayó enfermo, no corrí a llevarlo al veterinario suponiendo que lo suyo era una diarrea de esas de las que te recuperas dejando de poner comida en una panza sobrecargada. Ya le había pasado antes, y terminaba saliendo tan campante dejando atrás su caja de arena hecha un batidillo. Por eso pienso que a Buck lo envenenaron; porque nunca recuperó el apetito. El hecho de que no dejara de hacer sus patrullas me engañó con la impresión de que el asunto seguía sin ser grave hasta la mañana en la que tuve que salir de viaje de nuevo y supe que me había confiado de más. Que habría tenido que llevar a Buck al veterinario el día anterior y ahora, aunque pudiera llevarlo, no tenía remedio, porque se estaba muriendo tras una noche de vomitar y defecar. Estaba acostado en mi cama con los ojos entrecerrados, y le hablaba mientras hacía maletas apresuradamente. Me fui luego a hacer el desayuno y regresé con un poco del tocino que siempre compartía con él, lo que hizo el milagro de que se levantara de nuevo para ir a la cocina; pero no logré que comiera nada. Salió a tomar el sol en el patio de atrás y ahí lo dejé, junto a más comida, porque siempre esperé que lograría salir adelante también ahora. Por si acaso, me despedí de él y le di las gracias. 

Al día siguiente lo enterré en el mismo patio en el que lo había dejado. Estaba molesto conmigo mismo por este mal hábito de arruinarle la vida a mascotas y personas, pero pienso que mi castigo es largo y continuo, además de merecido. Porque sigo despertando en mi cama solitaria, a la misma hora a la que Buck regresaba de sus patrullas, pero sin escuchar su maullido el cual, aunque molesto, disipaba como ninguna otra cosa los espectros de la madrugada. 

sábado, diciembre 13, 2014

Casandra; segunda y última parte



Por el camino de León se encuentra, apenas saliendo de Purísima, una desviación que conduce (por vía de una hermosa y larga vereda arbolada cuya sombra invita al paseo y a la reflexión) a un extenso y hermoso valle. Hacia el oeste se ven las verdes colinas que limitan con Jalisco, divisandose al este las torres chaparras de San Francisco del Rincón. 
Si se camina lo suficiente hacia el fondo de este valle, que para los efectos de este reportaje llamaré "del rezo", pues ahí se reunieron algunos familiares míos para orar por las almas de los difuntos; se llega a un cerro erizado de riscos de apariencia inhóspita y agreste, en la cima del cual está una cabaña de madera con techo de lámina. Esa cabaña fue construida años atrás por doña Juana, con ayuda de su sobrino para descansar de sus largas excursiones; las que emprendía para recolectar hierbas y hongos característicos de las cercanías, que luego usaba en sus ritos y curaciones. No obstante, el día en el que la policía reveló a Gabriel Galavíz como el autor del secuestro, Casandra se hallaba en esa misma cabaña, prisionera, custodiada por Pedro, el carnicero sobrino de doña Juana.
Al atardecer de aquel día, Casandra tomaba café de un pocillo de lata, preparado en una fogata constante que Pedro encendía a esa hora y dejaba abrasando durante la noche, sabedor que nadie iría a buscarlos ahí: un lugar de fama siniestra, protegido por una alta  e invisible muralla de superstición. 
Ya estaba apaciguado, más tranquilo; casi satisfecho. No como la primera noche que habían pasado juntos y solos ahí. Noche afiebrada, de manos inquietas para Pedro y sueño tranquilo para Casandra. Y es que la vieja había sido muy clara: era menester que el hombre no la tocara, hasta no descubrir la fuente de sus poderes adivinatorios; el secreto de esas visiones que habían puesto en peligro su posición de privilegio en la imaginación del pueblo. Un lugar ganado a fuerza de muchos años de trabajo paciente; de muchos años de constante sacrificio. Pedro no entendía la razón de tan tajante prohibición. ¿No había sido él quien se había arriesgado para robarla? ¿Cuando después de tantos años de verla crecer y desarrollarse frente a él, la codiciaba ya sin ambigüedades, debía respetarla? Pero doña Juana le dijo en tono perentorio lo que era de todos sabido: que las artes mágicas de cualquier doncella se pierden con el contacto carnal.
Era cierto que no se había resistido al robo, y que tampoco se resistiría a otras cosas, tan mansamente se había portado desde un principio; y eso hacía todavía más insoportable la cercanía de esa hembra tan deseada e indefensa. Su piel blanca y delicada pedía sus caricias, y no podía apartar su vista del escote turgente y generoso de su camisón de dormir. Tanto, que era incapaz de advertir la mirada de dulce compasión con la que aquellos ojos lo miraban cuando no estaban cerrados en lo que parecían largas y silenciosas plegarias.

La segunda noche, Pedro se levantó del petate en el que se había acostado, y camino en silencio al camastro en el que Casandra dormía plácidamente. De afuera llegó la momentánea claridad de un relámpago, luego su trueno, y un copioso aguacero se desplomó desde las alturas sobre la cabaña, resonando en la techumbre. Tal vez por eso la joven no se dio cuenta de lo que ocurría sino hasta que sintió las toscas manos del carnicero recorrer sus brazos, primero, y luego sus piernas, con la torpe ansiedad de quien busca algo ahí sin poder encontrarlo. Ella se quedó muy quieta, dudando si acaso aquello era una de sus recurrentes pesadillas o, para su desgracia, estaba despierta; pero el olor acre del sudor, la respiración agitada y la cercanía del deseo ajeno le quitaron la duda de golpe. Aún así, tardó un segundo más en comprender que resistirse con la fuerza no le iba a servir de nada. Su siguiente pensamiento debió ser para la única potencia capaz de ampararla en ese supremo predicamento porque, según afirman los testimonios, logró bajarse del camastro en el momento en el que Pedro estrechaba el abrazo. Éste pensó que la muchacha haría por alcanzar la puerta, y se felicitó por haber tenido la precaución de atrancarla. Lejos de eso, sin embargo, Casandra camino en la penumbra hasta un altar en la pared adyacente, en donde unas veladoras rompían—vacilantes—las tinieblas de la cabaña; y ahí se arrojó al piso frío y oloroso a petricor para abrazar afanosamente una cruz de palo seco; cruz con un Cristo sufriente y sanguinolento la cual, embadurnada de aceites, resinas ceremoniales y hierbas milagrosas se alzaba—fija en la tierra—más alta que una persona sobre sus pies. 
Pedro pujó entonces, exasperado, y dudo por un instante. La muchacha no había gritado, y sin embargo podía escuchar, no con los oídos de su cuerpo sino con otros, un clamor que venía de todas partes y de ninguna al mismo tiempo. No se había defendido, y aún así sus manos ardían como cruzadas por heridas profundas e innumerables. En medio de su aturdimiento pudo intuir que todo aquello no era sino una maldición que la cruz que ella abrazaba estaba dejando caer sobre él.
Eso lo asustó. Pero la picazón irresistible y grata del deseo estaba ya en su sangre, y después de unos segundos de vacilación alargó los brazos, sujetó a Casandra por los tobillos y trató de separarla de la Cruz con tirones bestiales y espasmódicos que al principio no tuvieron efecto alguno. Aquella enorme cruz apenas se movía con cada poderosa sacudida, y los brazos de Casandra la ceñían como el acero de un candado. El carnicero gritaba: ¡suéltala! una vez con cada jalón, y poco a poco fue siendo obedecido. Una hora una hora después, la joven soltó la Cruz.
Exhausto, vencido en su victoria, Pedro levantó a Casandra y la puso de nuevo en el camastro. A causa del cansancio estuvo a punto de recostarse a su lado y quedarse dormido sin más avances, pero pudo más la porfía; pues el deseo implacable seguía vivo, y desvistiéndola la gozó como se gozaría con un cuerpo inerme.
Después llegó la calma. Casandra no dijo una palabra, ni Pedro le pregunto nada.

Casandra terminó su café, y Pedro avivó el fuego, justo en el momento en que una figura pequeña y saltarina se abrió cuesta arriba saliendo de la vereda arbolada. Era doña Juana montada en un jumento, el cual en pocos minutos la llevó hasta la casa. 
En cuanto desmontó, Pedro le dio un café en la olla de barro, y le puso una cobija sobre los hombros pues comenzaba a refrescar. La vieja lo miró, recelosa, y aunque la escena que veía no parecía fuera de lo que esperaba, tuvo un presentimiento. Lentamente caminó hacia donde Casandra tomaba su café, cabizbaja, y levantó su cabeza poniendo la mano en su barbilla en un gesto casi tierno. Se acercó, y miró dentro de sus ojos con la intención de los abismos en busca de la luz profética que desde su regreso de México resplandecía en ellos. La chamana de Purísima sintió un escalofrío al no ver otra cosa que las profundas tinieblas de un alma derrotada y sin esperanza. Aquella pérdida le provocó un momentáneo aturdimiento. Lentamente soltó la barbilla de la joven, dio un paso atrás y, aunque los testimonios difieren un poco en cuanto a lo que después ocurrió, podemos afirmar que doña Juana se volvió entonces hacia su sobrino y le gritó con todas sus fuerzas:
“¡Animal; malnacido, hijo del demonio! ¿no te dije cuatrocientas veces que no la tocaras ni con las intenciones? ¡Ni siquiera con las malditas intenciones!"
Fue entonces que se acercó a la fogata y tomó uno de los leños que la alimentaban, en cuyo extremo brillaba un tizón humeante que blandió, caminando lentamente hacia Pedro, sin dejar de vociferar. El sobrino retrocedió un par de pasos, y doña Juana se detuvo entonces; Como indecisa. Dejó de insultarlo y por un momento se ausentó de la escena. Casandra la contemplaba con serena atención. Sin moverse y con los labios tremolantes como si murmurara un secreto.
Doña Juana dijo: "no se puede castigar el fuego con el fuego. Es un caso ya perdido. La mujer; la magia; la profecía, ese tesoro que me hubiera alargado la vida hasta la eternidad me lo arrebató tu urgencia. Tu imprudencia." luego dejó caer al piso el tizón luminoso, anaranjado, y se sentó a merendar en silencio, en una actitud de profundo abatimiento.
Pedro se había sentado. Su rostro no traicionaba siquiera la sombra de un pesar, o un arrepentimiento. Cuando vio que la vieja se calmaba él pareció entender algo. Uno como mensaje cifrado contenido en sus palabras y movimientos. Pesadamente, el carnicero se puso de pie, caminó unos pasos hacia el cobertizo y tomó un enorme cuchillo para destazar; se sentó de nuevo, y comenzó a afilarlo parsimoniosamente.
Doña Juana se fue de nuevo al pueblo terminada su merienda, montada en el mismo cansado jumento, en tanto que Pedro y su prisionera se fueron a dormir. Casandra no se defendió ahora, cuando Pedro la tomó sin decir una palabra; tranquilo por hacer las cosas a su manera, ya a toro pasado, y sin haber sido castigado. Ni siquiera él había entendido las palabras de su tía, y aunque las hubiera entendido a él le daban lo mismo las ambiciones de poder y eternidad que la vieja pudiera tener. 
Casandra durmió cansada y presa de la pesadumbre. Al dar las tres de la mañana, sin embargo, se despertó de repente. Había tenido la visión más clara y poderosa de toda su vida, y tuvo miedo. Al ver que Pedro dormía se levantó, y cubriéndose con la cobija abrió la puerta, para en silencio tomar el camino del pueblo. 

Al día siguiente, poco antes de las 11, el carcelero abrió la celda de Gabriel, y le dijo: "puedes salir. Estás libre".
Gabriel no se movió. No había podido dormir en toda la noche, torturado por la idea siniestra de que Casandra pudiera haber huido con el carnicero; y sin embargo a esa hora, y con la luz de la mañana entrando por la rejilla, sus sospechas perdieron su filo y hasta le parecieron ridículas e infantiles. Se sorprendió de haber podido temer semejante traición  de una mujer tan buena y devota como Casandra. ¿No era acaso ella quien le decía todo el tiempo que fuera un hombre formal, sin engaño en su corazón, sin mentiras en su boca? Por eso, en medio de su aturdimiento y su fatiga, fue incapaz de escuchar lo que se le decía; y hasta después de unos segundos pudo darse cuenta de que la figura en la reja abierta no era producto de su imaginación, sino un policía real que agitaba el enorme manojo de llaves en su mano para llamar su atención.
“¡Hey, paisano!” Insistió este; "que ya te vayas".
Gabriel se enderezó en la dura tabla que hacía las veces de cama. "¿Cómo?" Preguntó, intrigado. Lo primero que pensó fue que su contacto en Guadalajara había comparecido para corroborar su coartada. "¿Por qué?”
"No sé bien" dijo el de las llaves. "Creo que apareció la muchacha".

La luz del sol lo cegó por un momento al salir de la comandancia. Hacía un poco de frío, y comenzó a ponerse el saco mientras trataba de resistirse al resplandor en busca de alguien que hubiera ido a recibirlo. Por desgracia, la persona con la que se encontró, y que reconoció tras un par de angustiosos segundos, no era su novia recuperada; como esperaba, sino la vieja chamana, doña Juana.
"Pobre muchacho" exclamó ella, pasando la mano por su traje sucio y oloroso a días de sudor y excremento. "Mira cómo te han dejado estos mal nacidos. ¡Y todo por los errores juveniles de una mujer inconstante!".
El cuerpo de Gabriel se pensó; pero no dijo nada. La vieja sintió su turbación.
"Claro" siguió diciendo, afectando una profunda decepción. "No será la primera vez que los actos libertinos de mujeres impías sean pagados por hombres inocentes y bien intencionados".
"Le pido, doña Juana" la interrumpió Gabriel, "que se explique de inmediato, porque sus habladas me caen de peso después de lo que me han hecho. Si habla de Casandra, me acaban de decir que apareció, y se encuentra bien. Voy a verla en este momento".
"De que se encuentra bien, de eso no tengas duda", le dijo doña Juana, insidiosa. "Si no habré tenido yo que ver con eso."
"Eso es imposible. ¿De qué está hablando?"
"La conciencia, Gabrielillo; es una mala consejera, y la compasión un mal sentimiento. Pero, ¿qué iba a hacer yo, viendo que por causa de la temeridad del Pedrito y, sobre todo, por la liviandad de Casandra, usted pasó tanto tiempo preso? Eso no se le desea ni a un enemigo, mucho menos a un buen vecino como lo es usted."
Al escuchar ese nombre, Gabriel sintió una corriente eléctrica que lo sacudió y lo fijó en su sitio.
"¿Qué dice?" Preguntó; en su voz había una sombra de amenaza, de peligro latente.
"Digo que, perdóname Gabriel, pero debo contártelo por tu bien y por el de tu conciencia, que cuando fui a la cabaña que tengo en el valle, camino de San Pancho, un lugar de oración en el que busco la comunión con Dios y los santos, lo encontré contaminado por la corrupción y el pecado que por vía de esa mujer ha llegado al pueblo. No; no me mires así. No es conmigo con quien tienes que desquitarte, pues nada tengo yo de culpa en este asunto. Es esa alma negra de Pedro, mi sobrino, a quien todos mis esfuerzos no han bastado para corregir, el que cayó víctima de la seducción de Casandra. ¡Malhaya el momento en el que la conociste, muchacho!"
"¿Me está diciendo…" Dijo Gabriel, la voz ahogada por un sollozo "…que mi novia fue secuestrada por ese carnicero?"
"Yo no diría que la secuestró, Gabriel; porque Pedro puede ser necio y hasta algo malvado, pero no tonto. ¿Para que conseguir por la fuerza lo que puede obtenerse por puro convencimiento?”
"¡Eso no es cierto, doña Juana!" Tronó Gabriel sin poderse contener. "¿Estaban los dos allá en la cabaña? ¡Necesita darme una prueba para que yo le crea esa barbaridad!"
"¿Prueba? ¿Qué prueba puedo yo darte si los vi ahí, abrazados y felices después de pasar la noche juntos? ¿Crees que mentiría en un asunto tan grave que te ha costado tantas horas de cárcel? Pero si no me crees, ve y habla tu mismo con ella. Yo ya lo hice, y le dije cosas tan duras como para romper su corazón de piedra y convencerla de regresar con sus padres, las únicas personas en la tierra de quienes puede esperar comprensión o piedad para su conducta."
Gabriel se tambaleó. Los testigos afirman que el mundo daba vueltas a su alrededor y por unos momentos se sintió desvanecer sobre el piso. Las pesadillas de celos que por la noche lo mantuvieron en vela regresaron de golpe a su corazón llenándolo de odio y hambre de venganza, con la cual salió casi corriendo rumbo a su casa.

Al entrar, Gabriel fue por las recámaras buscando a su padre, pero no estaba en la casa. El joven se preguntó si acaso ya sabría la noticia de su liberación; de ser así ¿porque no había ido a recibirlo? Seguramente nadie se tomó la molestia de avisarle.
Entró a su recámara, y al mirarse al espejo se sobresaltó. No se reconocía en el reflejo: sus ojos afiebrados; la barba crecida, la piel seca y los cabellos en desorden le devolvían la imagen de un loco. Incapaz, sin embargo, de ligar su aspecto a su estado, abrió un cajón de su ropero y, de acuerdo con el plan que lo obsesionaba desde su encuentro con doña Juana, sacó un viejo revólver, herencia de su abuelo el maderista. Con una ansiedad que iba en aumento buscó la caja de balas, temeroso de que su padre les hubiera tomado, o escondido. Por ello soltó un ligero gemido al encontrarlas, mitad presentimiento, mitad victoria. Con manos temblorosas cargó el arma, tardándose en ello lo que a él le pareció una eternidad. Luego tomó un puño de balas y se lo puso en el bolsillo; como si en su locura imaginara que se preparaba para enfrentar un ejército, cuando lo que anhelaba era solamente matar a dos personas. 
Fue así que, siguiendo los reportes de testigos, podemos establecer que Gabriel fue a salir de su casa sin haberse cambiado de ropa, o siquiera lavado el rostro demacrado y sudoroso; y al abrir la puerta se encontró de frente con Casandra, quien se disponía a tocar la puerta.
Los dos se quedaron petrificados; silenciosos. Gabriel ya presa de incontrolable agitación y su novia con la cabeza baja y una mano sobre el corazón, batallando con el llanto que se abría paso, incontenible, hacia sus ojos.
Tras ese momento de perplejidad fue Gabriel el primero en moverse: alargó la mano, sujetó a Casandra por los cabellos y, con un tremendo jalón, la hizo entrar casi en vilo a la casa, arrojándola violentamente en el centro de la sala. Ahí estaba ella, tendida sobre el piso, doliéndose del tirón y la caída, cuando Gabriel, fuera de sí, le dio un fuerte empujón con el pie, sacó la pistola que se había fajado en la cintura y la encañonó sin compasión.
"¡Eres una puta!" Le gritó.
"¡No!" Alcanzó a decir ella en un lamento, pero Gabriel ya estaba de nuevo lanzándole una patada en las costillas la cual, aunque lanzada con más amargura que fuerza, le sacó un pujido y la hizo rodar boca arriba. 
"¿Cómo te atreves a deshonrarme a mí y a mi familia de esta manera?" Se quejó Gabriel, presa del delirio. "¡A mi! ¡Quien a pesar de todo lo que se contaba de ti, a pesar de las cosas raras que inventabas para justificar tu expulsión del noviciado estaba dispuesto a darte mi apellido!”
Casandra levantó la mano en un gesto que parecía suplicar una oportunidad para hablar, pero él la apartó de un fuerte cachazo de su pistola. Ella dio un grito mientras se sobaba angustiosamente el golpe.
"¿Ves esta casa?" Siguió Gabriel cada vez más exaltado, blandiendo la pistola para señalar los confines de la sala. "Esta casa, puta, iba a ser tuya. ¡Es la herencia sagrada de mis padres que estuve a punto de poner en tus manos mugrosas y pecadoras!".
“¡Nooooo!” Gritó ella de nuevo, sin dejar de sobarse la mano lastimada.
"¿No? ¿No qué? ¿Vas a negar que pasaste la noche con el carnicero?" Le gritó, y luego insistió: "dime, puta, ¿pasaste la noche con el carnicero?"
Casandra supo que no podía mentir.
"¡Sí!", Dijo; y luego: "… Pero escúchame, Gabriel, por favor…"
Pero aquél no la dejó terminar. Dejó escapar un bramido animal, primigenio, y fue a tomar una silla del comedor; la rompió contra el piso y tomó una de sus patas para azotar con ella a Casandra por todo su cuerpo. Nunca, ni en sus momentos de mayor enojo, Gabriel creyó tener semejante violencia dentro de sí; era como haber comido durante dos noches tanta humillación, miedo y orgullo herido como para vomitar fuego durante muchos años. Se vio, en ese momento de tormenta homicida, en un callejón sin salida. Tendría que irse del Estado, comenzar de cero en otra parte; tal vez jamás podría casarse, sus padres morirían de pena. A cada pensamiento, Gabriel dejaba caer un golpe sobre Casandra, quien repetía una y otra vez, en voz ahogada por la sangre y la piedad, que la dejaran hablar.
Finalmente, Gabriel se desplomó sobre el piso, exhausto. Jadeaba intensamente y estaba cubierto de sudor. Su novia yacía junto a él, cubierta de golpes y raspones por todo el cuerpo; la ropa desgarrada a trechos. Tenía los ojos entrecerrados y de su boca salía un hilo de sangre que comenzó a encharcarse sobre el tapete.
Gabriel pensó que la había dejado inconsciente, pero después de unos segundos ella escupió una bocanada de sangre y dijo:
"¡No lo vayas a matar!"
Gabriel se derrumbó finalmente al escuchar estas palabras. ¿Sabía Casandra que al pronunciarlas se estaba sentenciando a muerte? ¿Cuándo—se preguntaba—había tenido su novia una muestra de abnegación semejante por él, por Gabriel? Recordaba que nunca quiso darle sino un beso breve muy de vez en cuando; si lo tomaba de la mano su apretón era frío, sin entusiasmo; si él trataba de abrazarla ella lo apartaba. ¡Qué terribles momentos había pasado esperando una caricia, una palabra dulce que nunca llegaron. Él, Gabriel, era quien tenía que mendigar cada contacto, cada mirada. Su mano era incapaz de tocar la mejilla de ella sin un temblor nervioso ante el inminente rechazo; el gesto de desagrado que se le enterraba en el corazón como una estaca. ¡Y él había elegido respetarla! Sería la cercanía del noviciado; pensaba. Estaba reservando las joyas de su piel para la noche de su matrimonio. No podía hacer otra cosa. ¡Y que engaño tan diabólico había sufrido! Al carnicero se había entregado toda entera y sin reservas. Y lo amaba. Lo amaba como nunca lo amaría a él; a Gabriel. Al hombre fiel y cabal que por ella había terminado en la cárcel. Tanto así, que en el momento desesperado en el que padecía tanto dolor, Casandra no podía pensar sino en salvar a su amante de la muerte. 
"¿Y todavía lo defiendes?" Le gritó, inclinándose para atronarle los oídos. "¡Eres una cualquiera!" Y luego repitió más bajo: "una maldita cualquiera, mal nacida.”
Entonces empuñó su revólver con ciega determinación, y lo acercó a la cabeza de su novia.
"No. No es eso." Murmuró ella desde las profundidades de su cuerpo destrozado; de su conciencia en calma. Se había dado la vuelta para verlo a la cara. "Me preocupas tú. Tú, nada más. Lo vi en un sueño… Gabriel; si lo persigues… te matará."
Pero Gabriel se encontraba ya en un infierno al que las buenas intenciones no llegaban, sino solamente las palabras crudas y sin bondad que en ese abismo significaban siempre otra cosa.
"Maldita infiel. Maldita mentirosa;" Gabriel hizo una pausa para tomar aliento y gritar: "¡no te creo! ¡No te creo! ¡No te creo!"
Luego presiono el revólver sobre la frente de Casandra y disparó una; dos veces. 


Epílogo

La vereda que conduce al valle. Es de noche, y aunque hace frío ha dejado de soplar el viento. Por en medio de los árboles que, a los lados, parecen soldados enormes que se hubieran formado en una correcta valla de honor, camina apresuradamente la ruina de lo que alguna vez fue un hombre.
Se trata de Gabriel. O para mejor decir, su cuerpo que como aún autómata se dirige a cobrar venganza del carnicero. ¿Su alma? ¿Su inteligencia? Ésas y otras cosas que hacen de un hombre tal ya no las lleva consigo. Quedaron desperdigadas; olvidadas por partes en distintos lugares por los que ha pasado en las últimas horas. Una parte reposa sobre el cadáver de Casandra, después de que como un golpe, como un mazazo lo sacudió la conciencia de su delito. Otra parte, tal vez la última, sobre las manos de su padre, quien al ver el extremado desastre le dijo que no se preocupara, que él mismo asumiría la autoría del crimen y luego, al negarse Gabriel a ello sin dejar de llorar, lo exhortó con amor a que se entregara para enfrentar su culpa, sin lograr convencerlo. 
Por eso es que sólo un cuerpo vacío recibió la primera cuchillada, urdida por la espalda,  de Pedro, quien se acercó en total sigilo, aprovechando la turbación de esa cabeza sin pensamientos ni deseos; ocupada si acaso por la obsesión de la muerte. A ese golpe siguió otro, y otro más; y no cesaron hasta que Gabriel no era sino un confuso montón de piel rota y sangre derramada del que Pedro se alejó perdiéndose en la noche para siempre. Al momento de escribir estas palabras continúa prófugo de la justicia. Eso si hemos de creer los testimonios a nuestra disposición y pienso: ¿por qué no los creeríamos? 

AS 

Morelia; Septiembre—Octubre de 2014. 

sábado, noviembre 22, 2014

Casandra; primera parte



Conocí la historia de Casandra Sierra por casualidad; una casualidad nacida de la nostalgia pues, cuando me encontraba en León trabajando para el Teatro del Bicentenario, dediqué una tarde libre a caminar por el centro de esa ciudad en la que serví como misionero a los 20 años. Cuando vagaba por la calle Justo Sierra pase por enfrente del archivo histórico y, llevado por una extraña fuerza más allá de la curiosidad, me dirigí a la bella hemeroteca. 
Casandra me esperaba en una de las mesas de consulta; en la forma de un cuadernillo abandonado que había sido publicado por el Heraldo de León en el año de 1957; el mismo de su fundación. Tal vez alguien lo estaba consultando y había ido a comer algo, o estaba siendo recatalogado, no lo sé. El caso es que lo tuve a mi disposición el tiempo suficiente para hojearlo y encontrar la peculiar historia que me electrizó y que aquí reproduzco.
Se trata de un reportaje que llamó mi atención por dos razones: su inusual extensión, y el peculiar estilo con el que fue escrito, tan ajeno y al mismo tiempo emparentado con el estilo habitual del la nota roja en la que fue originalmente encuadrado en la edición del 6 de mayo de aquél año. El reportaje está firmado por el corresponsal en San Francisco del Rincón, Sam Larios, y lo reproduzco sin cambios, a excepción de errores evidentes y mexicanismos que han caído en desuso reemplazándolos con equivalentes más actuales.
Espero que los lectores de El gabinete de Doktor Faust lo disfruten y encuentren en sus páginas lecciones importantes de vida.

La verdad sobre el caso de las Profetisa de Purísima, en el testimonio de quienes la presenciaron

Por Sam Larios, corresponsal del Heraldo de León.

Afirman los testigos que los trágicos acontecimientos pudieron haberse evitado; que todos en Purísima se encuentran destrozados ante la magnitud de la tragedia, pero que cuando Dios decide hacer las cosas de una determinada manera, ni la ley ni los hombres pueden hacerlo cambiar de opinión. Afirman que no era para tanto; que casos como ese pasan todo el tiempo sin llegar a semejantes extremos pero que, de cuando en cuando, del cielo bajan ejemplos vivos y patentes del mucho daño que algunos pecados pueden causar.

Los testigos afirman que, a fines de enero del presente año, la señorita Casandra Sierra volvió a su natal Purísima después de pasar una temporada en la Capital de la República. En dicha ciudad, dicen, había vivido durante dos años enteros; de los 17 a los 18 de su vida, con el propósito de ingresar a la congregación de las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción (HFIC). Afirman que vivió en paz y armonía en la Casa General de la congregación hasta terminar su noviciado si bien, al ser invitada a tomar los hábitos, Casandra confesó no sentirse llamada a la vida en comunidad, y regresó entonces a casa para tristeza de las franciscanas, quienes ya se habían encariñado con esa novicia atenta y servicial.
Otros testigos, sin embargo, desmienten esta versión, afirmando que el noviciado de Casandra fue todo menos tranquilo; que frecuentemente llegaban a casa de la familia Sierra, en la calle de Libres Núm. 2501, cartas en las que la madre preceptora relataba llena de preocupación las extrañas e inexplicables visiones y los constantes presentimientos por cuya causa Casandra llevaba una vida inquieta y miserable. Los testigos, lamentablemente, no pueden aportar más detalles sobre el particular. 

Afirman, sin embargo, que Casandra regresó a Purísima como la misma muchacha sonriente y amigable que se había ido; lo cual quiere decir que, tormentoso o tranquilo, el noviciado no había sellado su corazón o afectado sus costumbres, a diferencia de otras aspirantes que luego visitaban a sus familias y trataban a sus amigos o conocidos con exagerada mansedumbre algunas, y otras con apenas disimulada soberbia; dos extremos que acusaban, de acuerdo con otro testigo, la falsedad de sus vocaciones; ello sin importar si se trataba de novicias o religiosas que habían ya tomado los hábitos: "todas son lo mismo, o casi todas" sentenció el informante anónimo, “se van de monjas para que las admiren. Nadie les reconocería casarse y tener hijos; eso no es ninguna hazaña, pues luego ni tus hijos te saben dar las gracias; lo mismo cuidar un marido o mantener limpiar una casa. Ellas, hambrientas de elogios, pero huevonas lo mismo, se van de monjas para, sin afanarse tanto, sentir que hicieron algo especial".

A pesar de ello, personas cercanas a la familia dicen que los problemas que afligían a Casandra en la casa general continuaron en Purísima. Su madre contaba que la joven vivía noches muy inquietas y pasaba horas meneándose de un lado a otro de su cama, murmurando palabras en lenguaje fuereño, de sonido muy antiguo; como de ángel o de diablo. Despertaba de esos sueños extrañamente fresca y descansada, recordando con detalle cada cosa que había visto sin olvidarlo lo cual, como se sabe, le ocurre a muy pocas personas.
Aún así, eso no era lo más alarmante, lo más escalofriante de todo; sino que una mañana en la que estaba desayunando con su familia, Casandra contó que había visto en sueños a Simón, el talabartero de la calle Zarco, que hacía las más hermosas sillas de montar, albardas y aparejos de ahí hasta San Juan de los Lagos. Lo vio muy enojado; tanto, que en un arranque de furia ayudada por la bebida tomó una cortadora curva y se la encajó a su mujer en la espalda cuando fue a pedirle dinero, hiriéndola de mala forma. Su madre escuchó el sueño con la misma actitud, entre cavilosa y circunspecta, con la que había escuchado los anteriores; sin prestarle demasiada atención, ello a pesar de que por primera vez hablaba de persona conocida, cuando hasta entonces la muchacha había soñado a tipos que, más que gente común, parecían el producto de su mente afiebrada. 
¡Imaginen la sorpresa de la señora al enterarse de que el delito se produjo esa misma tarde, justo como su hija lo había contado! Aunque supersticiosa como la mayoría de las lugareñas, la mujer comenzó por darle al suceso el tono de una casualidad, pero luego se sintió tentada a indagar sobre noticias semejantes a las que su hija había visto en sueños, y en cuatro de cinco casos encontró a alguien que le dio detalles de un acontecimiento ocurrido en el pueblo o en sus cercanías, demasiado parecidos a las visiones correspondientes como para no tomarlos en cuenta.

Afirman los testigos que la primera persona en saber sobre los hechos, fuera de la familia, fue el señor cura de San Francisco del Rincón, quien fue por cuatro años confesor de Casandra. Hombre maduro y santo, de mucho ayuno y lecturas, quien escucho la historia desde su origen, negándose luego a darle crédito y mucho menos importancia. Creía, eso sí, que Casandra vivía atormentada por aquellos sueños, por mucho que su familia los padeciera más que ella misma, y declaró en tono pontifical que de ningún modo podían predecir el futuro. Eso, dijo, era un don de Dios, y esos sueños eran inspirados por el diablo y sus demonios. No era de sorprenderse, agregó; porque el que su antigua hija espiritual hubiese dejado el noviciado había sido un feo desaire para Dios. Como si se hubiera prometido en esponsales a Jesucristo y el día de la boda lo dejara plantado frente al altar.
Esas palabras hicieron que la joven regresara a Purísima en un estado de fuerte agitación. Esa misma noche soñó a su confesor montado sobre un Pegaso (sin conocer tal nombre lo describió, es natural, como “un caballo con alas de ángel") el cual no podía alzar el vuelo, por más que lo intentara. Una de sus alas estaba rota. 
Lo primero que hizo al amanecer del siguiente día fue ir de nuevo a San Pancho para contarle al señor cura el sueño. Apenas y lo alcanzó, pues iba saliendo rumbo a León y Silao, y el cura soltó una risa benevolente cuando Casandra le suplicó que no viajara pues, aseguró, sufriría un gran contratiempo. Palmeo a la muchacha en la mejilla, ensimismado en su propia superstición, y sonriendo se subió al automóvil; no sin antes aconsejarle amorosamente que rezara el rosario cada noche antes de dormir, si era posible con su madre; meditando solemnemente los misterios gloriosos. 
Así lo hicieron, y no se sorprendieron ya cuando les dijeron que, de regreso de Silao, el chofer del señor cura se había dormido al volante, saliéndose del camino y volcando el auto de fea manera. Afortunadamente él había salido ileso, pero el presbítero quedó inmóvil por tres meses, con una pierna rota y mucho en qué pensar.

La segunda persona que escuchó noticias acerca de los recién descubiertos dones de Casandra fue, de acuerdo con los testimonios a nuestra disposición, una mujer anciana llamada por los lugareños doña Juana. Nacida y criada en Purísima, era desde el amanecer del siglo la partera que había ayudado a nacer a medio pueblo; curandera y consejera; cartomanciana, celestina, huesera, ayudadora de venganzas y amores desgraciados; yerbera lo mismo que alquimista según se terciara la cuestión y, de acuerdo con el párroco, quien no quiso dar su nombre porque “todos saben quien soy”, también hechicera y bruja. 
Ahora bien, de cómo trabó conocimiento doña Juana con los hechos hasta donde han sido aquí narrados ningún testigo lo ha declarado, pero es fácil suponer que el criado del señor cura, quien estaba presente cuando su hija espiritual le predecía el desastre, no pudo evitar ver todo el asunto con ojos de superstición y referirlo, aumentado y distorsionado, a la única persona de las cercanías (y la fama de doña Juana trascendía el Bajío, para atraer consultantes de ciudades tan lejanas como la mismísima Morelia, o Guadalajara) que podía explicarlo.
Así; tres días después del accidente del señor cura, doña Juana interceptó como si fuera casualidad a Casandra y le pidió que por favor la acompañara al mercado para ayudarle con un bulto de carbón. Dicen los testigos que la muchacha regresaba de oír misa y aceptó con gusto, no sin antes advertirle a la curandera: "pero vamos rápido, porque tiene que despabilar la veladora de San Miguel Arcángel".
Doña Juana cayó, asustada o, mejor dicho, presa de un temor religioso completamente nuevo para ella; porque tenía años de no recibir a su casa ni a Casandra ni a nadie que la frecuentara, y por ello no había forma de que supiera que, en efecto, tenía una imagen de San Miguel frente a la cual ardía una vela perpetua cuyo pabilo recortaba para evitar que la flama se inclinara sobre el aceite más de la cuenta. Aún así, doña Juana aparentó calma y pasó por el carbón que, sin necesitarlo, había puesto como pretexto, encaminándose luego a la casa que lo mismo le servía de vivienda que de consultorio. Antigua casa de adobe era aquella, con una pequeña huerta al frente, herencia de su padre muerto en la cristiada. Ahí, en el cuarto de opresivo ambiente reservado para el oscuro ritual de los demonios estaba el Santo alado y, a unos centímetros, la veladora cuyo aceite chisporroteaba furiosamente, la flama inclinada sobre éste, amenazando con encender la brea mineral con la que estaban calafateadas las paredes.
“Cuéntame, Casandra"; le dijo la vieja, el alma ennegrecida por un presentimiento; incapaz de agradecer la oportunidad del aviso. "Cuéntame cómo es que sabías que el San Miguel estaba a punto de prender llama". 
Y la muchacha le contó todo, sin saber que con sus palabras invocaba la muerte y el dolor.

Porque los testigos afirman que los poderes adivinatorios que parecía poseer no eran el único secreto de Casandra. Había otro, que la joven había ocultado a todos y ni siquiera su confesor conocía. Por eso, después de escuchar la historia de los sueños y las visiones que hasta en pleno día le presentaban escenas que luego ocurrían con escalofriante precisión; doña Juana se dio cuenta, con esa intuición que algunas personas tienen para detectar la secreta turbación de las almas jóvenes, de que no todo estaba dicho en esa conversación.
“Mi niña; a ti te pasa algo", dijo la vieja. Había salido del cuarto de los ritos para ir a conversar en el patio; un lugar sombreado y fresco, que invitaba a la confianza y el descanso. Se acercó sonriendo, y le puso la mano huesuda y arrugada sobre el hombro.
“A él no lo vi en sueños ni apariciones", dijo entonces Casandra, bajando la voz. "Sino estando bien despierta; pero debe creerme, doña Juana, cuando le digo que ninguna visión me impresionó más que sus ojos; y ninguna profecía podía compararse al poder de sus palabras.
Y le contó como Gabriel, el hijo del doctor Martín Galavíz, uno de los tres médicos del pueblo, le había hablado, y tras poca charla se habían enamorado. No era un hombre guapo, y sin embargo había en sus maneras apostura, y compromiso en lo que decía. De inmediato la muchacha le había correspondido, con las reservas y distancias de un noviazgo honesto; pero estaba indecisa en cuanto al momento y a la manera de decírselo a sus padres, asunto delicado y pedregoso. Ahí se produjo una pausa en el relato y a Casandra se le iluminó la mirada con una idea. ¿Sería doña Juana tan amable de ayudarla? Sin duda ella había conocido casos como ese en el que la vocación matrimonial había seguido por muy poco al abandono de la religiosa, y tendría mejor idea de qué palabras harían más fácil a unos padres devotos aceptar su nuevo estado.
La vieja comenzaba a protestar para rechazar semejante encargo cuando la joven la interrumpió con un gesto de la mano: había algo más. Gabriel no era su único pretendiente. Pedro, el carnicero del mercado, se había entregado a la tarea de perseguirla desde su regreso a Purísima; endulzando con requiebros malsonantes sus inaceptables requerimientos de amor carnal. Gabriel conocía sus intenciones y le tenía una brutal ojeriza al carnicero. Sus deseos de violencia contra él se calmaban sólo cuando Casandra le prometía que, hecho público su noviazgo, aquel dejaría de molestarla.
Doña Juana era madrina y protectora del carnicero, quien le servía con la solicitud y ferocidad de un esclavo sin que, al parecer, la exnovicia estuviera al tanto de esa relación por lo dilatado de su ausencia, y oída la historia la vieja mudó su actitud de inmediato. Le dijo a la enamorada que no se preocupara. Le agradeció haber pensado en ella para tan delicada cuestión, pero entendía la incapacidad del confesor o el señor párroco, quienes sin duda esperaban aún que cambiara de opinión y regresara a tomar sus votos, para comprenderla y ayudarla.
La despidió dándole una infusión para bien dormir, recomendándole encarecidamente que no dijera a nadie una sola palabra sobre esa entrevista.

Pocos días después, en la ruinosa comandancia de policía, se recibió la escandalosa denuncia de que Casandra había desaparecido. De acuerdo con los testigos, fue su madre la que acudió a declarar que la noche anterior su hija había llegado a casa después de la misa, como siempre tranquila, y comentando los chismes del atrio con el desinterés habitual por las vidas ajenas. Preguntó, sin embargo, si acaso no se habían recibido visitas durante su ausencia; pregunta extraña tomando en cuenta, primero, que las visitas eran raras para esa familia y, segundo, que era la segunda vez que la hacía en la semana. La señora respondió que no, y Casandra se sentó a merendar sin volver a mencionar el asunto. La joven habló poco de frente al pan (concha y chilindrina) y el chocolate (con leche, muy dulce y espeso, a la manera española que acostumbran los religiosos). Dijo que el párroco se había exaltado mucho en su sermón, que si continuaba haciendo semejantes corajes antes de la merienda se le iba a derramar la bilis; algo que, de acuerdo con los testigos, ocurrió la semana siguiente sin tener nada que ver con esta historia. Casandra, finalizó entonces la mujer, fue a su cuarto tras despedirse y a la siguiente mañana, al ir arriba el sol sin que ella bajara, la fue a buscar. La habitación estaba vacía; la cama destendida y la ventana abierta. A pesar de ver algunas muestras de leve violencia (una botella de glicerina tirada; la mesa de noche fuera de sitio) afirmó categóricamente que no escuchó ruidos durante la noche.

La policía, pues, comenzó a investigar; y las mujeres a chismear, y los testigos afirman que fueron los dichos y comentarios que se decían lo mismo en las calles que entre negocios y casas los que abastecieron a la autoridad con información, y no el serio y verdadero trabajo policial que se esperaba de ella. Tal vez por eso el primer arrestado como sospechoso del secuestro—porque te secuestro y robo se hablaba—de Casandra, fue Gabriel Galaviz, a quien una de las de muchas habladurías señalaba como enamorado de la muchacha o su novio oficial, inclusive; por mucho que sus padres negaran insistentemente la existencia de cualquier compromiso formal de su hija con nadie. 
Como suele ocurrir en estos casos, sin embargo, la palabra informada de la familia inmediata parecía tener menos peso que la del vulgo boquiflojo, y los investigadores se negaron a soltar a Gabriel, aunque era claro que el pobre hombre, a juzgar por su angustia y desesperación, se había enterado de la desaparición de la novicia hasta cuando lo estaban interrogando; pues había sido arrestado, y en esto los testigos están de acuerdo, cuando bajaba de su coche. Según su propia declaración había llevado un paquete importante a Guadalajara, pero lamentablemente no había encontrado al destinatario lo cual, al decir de la autoridad, comprometía gravemente su coartada. 

Con el poblado severamente alebrestado, de poco sirvieron los reclamos del doctor Galavíz para que dejaran a su hijo en libertad por falta de pruebas. Las sospechas bastaban por el momento, le dijeron; ya irían apareciendo las evidencias. Y así fue.
Tras unos pocos interrogatorios hechos como Dios manda el reo comenzó a despepitar su propia condena. Se afirma que, para el segundo día de su arresto, Gabriel había confesado que amaba a Casandra. Al tercero, un pequeño apretón de las tuercas de la maquinaria indagatoria lo hicieron revelar que entre los dos había cierto entendimiento y luego, pocos minutos después, que ella correspondía plenamente a sus sentimientos. Finalmente, al amanecer del tercer día, el pobre muchacho le dio a sus torturadores la pieza que les faltaba: ambos estaban desesperados al darse cuenta de que los padres de ella rechazarían cualquier pretendiente. Conservaban, se aferraban a la esperanza de que su hija se curara de sus espantosas (para ellos) visiones y regresara a México a renovar sus votos y terminar su noviciado. De no ser así, preferían que llevara una vida de celibato y recogimiento pues, en su torcida manera de ver su relación con la divinidad, era ya muy malo que Casandra dejara a Jesucristo vestido y alborotado frente al altar, como para añadirle la injuria del matrimonio o siquiera un noviazgo con alguien más a tan pocos días de su infidelidad. Así, Gabriel confesó que tanto él como la novia robada al redentor del mundo buscaban la forma de ganar la aprobación de aquellos viejos para sus propósitos.
Minutos después, los investigadores anunciaban los sensacionales resultados del investigación: todos los elementos, incluida la declaración del detenido, apuntaban a un hecho bochornoso. Los jóvenes, Gabriel y Casandra, impedidos para realizar sus amores con la bendición de la iglesia, la familia y la sanción del estado, habían consumado su fuga al cobijo de la noche. Todo había salido bien hasta el momento en el que Gabriel fue arrestado cuando regresaba para recoger alguna cosa, ropa o documento de uno de los dos amantes; pues cosa común es que se olviden dichos objetos al escapar deprisa. La historia del viaje a Guadalajara para entregar un paquete era, por supuesto, falsa, y los interrogatorios continuarían hasta que el escondite de los amantes fuera revelado.

Podría pensarse que Gabriel Galavíz no revelaría el paradero de su novia sin importar cuanto lo torturasen porque sencillamente lo ignoraba. Aún así, después de escuchar las preguntas de los agentes; de su descripción que hicieron de la escena y las circunstancias de su desaparición, además de lo que esperaban que él mismo dijera, al muchacho le había quedado en la mente una duda; pequeña al principio, pero que poco a poco fue creciendo hasta llenarle todo el pensamiento.
Solo, en su celda, dolido por los golpes (no muchos, pero dados con arte y entendimiento) y acurrucado bajo la cobija que su padre le había llevado, Gabriel consideró una nueva posibilidad. Hasta ese momento no había pasado un instante sin que lo atormentara la ansiedad, sabiendo sin ninguna duda que a Casandra le había pasado algo muy grave; pero ahora el dolor había embotado un poco esa ansiedad, ayudándolo a calmarse y comenzar a hacerse sus propias preguntas.
¿Por qué se había indignado tanto al escuchar a los agentes hablar de su novia como si fuera una mujer ligera, capaz de cualquier cosa? ¿por qué los acusó de difamarla con tanto fuego y determinación? Era cierto que nunca le había dado ocasión de dudar de ella, pero ese "nunca" no valía mucho tratándose de una relación joven. Además, sabemos que las mujeres disimulan bien, y lo que es imposible a nuestros ojos suele ocurrir a nuestras espaldas. ¿No había abandonado, pues, el noviciado? Eso decía ella, pero ¿qué tal que todo ese asunto de los sueños y las visiones que ya algunos supersticiosos llamaban "profecías" no era sino una mentira, una tapadera que ocultaba una transgresión más grave?
Nadie sabía realmente lo que pasaba en esos lugares; ni siquiera los mismos capellanes que se tenían que largarse al caer de la noche… según eso. Nadie, además de las monjas, que también saben guardar los secretos. Tontas relamidas. Palomas histéricas. Además, pensaba, no estoy tan seguro de que el carnicero le fuera indiferente. ¿Cómo lo miraba? Recuerda, Gabriel; cómo lo miraba cuando nos cruzábamos por la calle, cuando los tontos celos y el enojo no te dejaban pensar claro. Sí. Recuerdo que había cierta lucha en ella. No eran los ojos de alguien que ve un perro, un mojón de caca u otra cosa que no le importara; sino que eran ojos que se entendían con otros ojos, una boca que se apretaba para no dejar salir palabras que pudieran traicionarla y un cuerpo que; ahora puedo verlo, un cuerpo que se tensaba, pero no por enojo o desprecio, emociones que a la mujer se le dan fácil y todo el tiempo, sino de deseo, lujuria; tal vez hasta amor. Porque el carnicero no está feo. A la manera de los nativos es bien parecido, y mucho más fuerte que yo mismo.
Gabriel apretaba los puños; se hacía bolita bajo su cobija con una estaca que poco a poco se le iba clavando sobre el abdomen; un dolor real e insoportable.
"Ahora si la hicieron buena, dijo en voz baja y llena de ira. Los dos se salieron con la suya en todo. Los agentes dijeron que no había regadero en su cuarto. Sólo la ventana abierta y un par de cosas tiradas, como para disimular. Ni siquiera tuvo que robársela. Ni siquiera tuvo que… y aquí me quedaré yo a pagarlo todo, como el fiel idiota que soy."
Poco a poco, de acuerdo con los testimonios, el reo se fue quedando dormido. Creyendo con amargura saber en dónde estaba Casandra; y nosotros diríamos, sabiéndolo realmente.


Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.