lunes, septiembre 16, 2019

Irma Butze López Aguado (1946-2018)

I Escribe

Desde hace muchos meses que debo a la memoria la composición de este breve obituario, y sin embargo no había logrado forzarme a escribirlo. Y digo forzarme porque sé que me va a doler muchísimo hacerlo, y tal vez voy a llorar cuando yo nunca lloro por nada ni por nadie. Porque voy a tener que escribir  en tiempo pasado de una persona que siempre estuvo en mi presente. De una parte de mi vida que trato siempre con muchísimo cuidado, como una joya que solamente se luce en ocasiones muy especiales. 
No lo escribiría de no ser por el espontáneo recuerdo que hoy evoqué de las noches mexicanas en la calle de Egipto, en la casa del Dr. Madrazo y su esposa, la señora Irma Butze, quien preparaba un pozole delicioso; tan bueno que, a riesgo de ofender a muchas personas queridas, debo confesar que desde entonces no he probado otro mejor ni, con la excepción de mi mamá Margarita, en mejor compañía. Porque nos juntábamos no menos de 25 personas para dar el grito, entre familiares (de los Madrazo Butze) y amigos los cuales, por alguna obra de ultraterrena alquimia, se convertían por algunas horas en mi familia y en mis amigos sin que ni entonces ni ahora—con la perspectiva del mucho tiempo andado—se pudiese reconocer la diferencia. La preparación comenzaba desde el medio día, y yo tenía la oportunidad de ayudar a la señora Irma en buena parte del proceso en tanto no tuviese que cumplir con mi obligación, que era al mismo tiempo la razón por la que yo me encontraba en esa casa, la cual era estudiar mi repertorio en el piano; aunque ocasionalmente la señora me llamaba para mandarme a comprar tostadas, o crema, para picar cebolla (muy mal)o simplemente para hacerle compañía. Por la noche llegaban las visitas, luego cenábamos una y otra vez ese pozole de ensoñación, dábamos el grito (o no, dependiendo del ambiente), se bebía mucho y de botellas muy buenas y, como era de esperarse, yo terminaba frente al piano tocando feliz lo que la concurrencia tuviera a bien ponerme sobre el atril. Y aquello podía ser cualquier cosa: desde obras del repertorio clásico hasta música de los Beatles y Simon & Garfunkel; no importaba qué, en tanto los vasos no estuvieran vacíos en ningún momento y la señora Butze disfrutase la música con su familia. Eso, para mí, era lo más importante. Era la única manera, y lo sigue siendo, en la que podía demostrarle a cabalidad mi amor y mi profundo agradecimiento. 
Al otro día, sobreponiéndonos a las crudas y las desveladas según fuera el caso, los más jóvenes, los muchachos, nos levantábamos muy temprano para subir a los autos y manejar hasta la base militar de Santa Lucía, y así poder ver despegar los aviones que iban a desfilar ese día para luego, después de verlos aterrizar espectacularmente, dar un paseo por la base y gozar de sus secretos. Una vez, incluso, conseguimos subirnos a un viejo bombardero en desuso y contemplar su tablero arruinado por el tiempo, inutilizado por el descuido, pero no menos asombroso y bello que cuando surcaba los aires. En medio de todo estaba México y la alegría de ser libres, de tener un futuro, de ser muy jóvenes y de ya no estar solos.  

Esas imágenes. Esos sonidos. Esos recuerdos son los que regresaron sin aviso a mi mente hoy por la mañana para decirme que no puedo dejar partir a esa mujer ejemplar sin un homenaje; sentido en cuanto inadecuado y modesto, aunque eternamente insuficiente en virtud de los beneficios que le debo y la manera tierna e inolvidable en la que transformó para siempre mi vida. 

II Sobre los hilos que se entrecruzan

Como todo, o como nada, nuestro encuentro no fue obra de la casualidad. Fue a mi querida maestra de la primaria, la maestra Tere, a quien la señora Irma preguntó un buen día si acaso conocía un maestro de piano; aunque también pudo ser que la maestra Tere le comentase a ella sobre las clases de piano que su hija Barbie estaba recibiendo de un exalumno suyo que ahora estudiaba en la UNAM y andaba tocando por todas partes. No sé. El caso es que la señora Irma también tocaba el piano y se interesó mucho por el asunto de las lecciones, de manera que le pidió a mi maestra que le mandase pronto a ese exalumno suyo para poder retomar sus propios estudios del instrumento. 
Semanas después la señora Irma ya se había olvidado por completo de las lecciones y del exalumno, y estaba en la cocina preparando la merienda cuando la muchacha que le ayudaba en la casa la llamó y le dijo que en la puerta la buscaba “un niño vestido de señor”.
Ese niño era yo. 
Yo, que en ese entonces me asemejaba en lo emocional a un perrito sin dueño y en lo físico a un pequeño Clavillazo, pero que usaba traje y corbata para todo porque pensaba (en realidad era lo contrario) que esa era la manera en la que causaba menos compasión. Yo, que me debatía en las inacabables penurias de una adolescencia catastrófica; coleccionista de expectativas incumplidas que vagaba de forma incansable por entre libros elegidos al azar, siempre cuesta arriba y siempre por las veredas; nunca por el camino real. Con sólido y fuerte oficio pero sin ningún beneficio; mentido por mis propios espejismos, vivía eternamente enamorado de alguna mujer imposible. Esa tarde me quedé a merendar, y aunque acepté ser su maestro de piano y el de su hijo Moisés, la que me daría las lecciones de vida sería la señora Irma.
Al principio solamente llegaba a dar mis clases (a las cinco de la tarde) y luego me iba a otra parte; pero con el paso de los meses comencé a pasar más y más tiempo en esa vieja y hermosa casa, casi siempre con el pretexto de tocar para la señora tal o cual antigua partitura de las muchas que conservaba, algunas de las cuales aun permanecen en mi repertorio. Para entonces ya se había enterado de que no tenía ni tuve nunca un piano útil en mi casa y ella, que en su sala tenía un bello Weinbach con acabado en caoba, lo puso a mi disposición para poder estudiar. Las lecciones de piano, por una razón o por otra, se fueron haciendo esporádicas y finalmente cesaron por completo. 
Tal vez ni ella ni yo sabíamos en ese momento lo que ese desinteresado ofrecimiento, ese favor que se da sin pensarse demasiado iba a operar en mi vida. Afortunadamente, aunque yo era persona poco afecta a dar, y por lo tanto a recibir, acepté esa vez. La primera de varias decisiones acertadas que la señora Irma me ayudó a tomar. Porque no solamente se trató del ofrecimiento de un piano para estudiar, sino—y esta era la parte que ninguno de los dos pudimos anticipar—también de una madre afectuosa, una mesa para comer, un padre (en la figura sólida como un peñasco del Dr. Madrazo) al cual escuchar y una familia para reñir, de la manera divertida y amable en la que las familias bien avenidas riñen. De un momento al siguiente, el mundo fue un lugar menos inhóspito, menos solitario. 

III Las bendiciones de lo cotidiano

Fue la primera vez en muchos años en la que tuve un sistema y una rutina en la cual ese sistema pudiese afirmarse. Llegaba a la casa de Clavería más o menos a las nueve, cuando el doctor se había ido al hospital a trabajar y los niños a la escuela. Ocasionalmente los hijos mayores de la señora Irma—Moisés y Rodrigo—seguían en casa, aunque ninguno de los dos protestó jamás por la que debía ser mi estorbosa presencia, y con el tiempo se convirtieron en amigos que de manera comprensiva me ayudaron a mejorar mis habilidades para relacionarme con los demás jóvenes de mi edad. 
De las 9 a las 11:30 tocaba el piano sin parar y con una concentración cada vez más hermética conforme pasaba el tiempo. A esa hora la señora Irma me pedía que la acompañara al mercado de Clavería a hacer la compra fresca para la comida del día, y gracias a esas escapadas que nunca duraban mas de media hora aprendí a escoger y regatear por lo más fresco y por lo mejor, aunque tuve que comenzar por diferenciar el cilantro del perejil y otras habilidades básicas semejantes. El acompañarla al mercado tenía como beneficio adicional que en ocasiones podía sugerir el menú del día, privilegio que no siempre se reservaba el doctor. Entonces decía: lomito en salsa, o milanesas, o albóndigas (con pimienta y deliciosas), o pollito frito, o espaghetti, o consomé con verduras, o verdolagas, o calabacitas rellenas, o chuletas, o pastel de carne, o brazo de gitano (que era algo parecido), o estofado o cualquier otra cosa que se me antojase y que ella preparaba con una sazón sin paralelo. 
A las doce del medio día o un poco después estábamos ya de regreso en la casa y yo seguía estudiando mientras ella preparaba la comida, porque a las dos en punto el doctor entraba por la puerta y eso, sin que se desperdiciase al respecto palabra ninguna, era la invitación a sentarse a la mesa. En ocasiones el doctor Luis se quedaba en la puerta escuchándome tocar unos momentos, y en una de ellas sonrió y me dijo sin afectación: “eso no lo vas a poder tocar”. Sin duda conocía la obra, porque sin importar si tocaba un fragmento al principio o al final, si lo hacía lento o mucho más lento, la reconocía y me decía lo mismo. “¿Para qué la estudias tanto? No te va a salir de todos modos”.
Se trataba de la cuarta Balada de Chopin y el doctor, como siempre, tenía razón. Nunca me gustó cómo la toqué y finalmente la deseché de mi repertorio.   
Gracias esos encuentros con la realidad, cada vez más presente pero cada vez más manejable, mi carácter se estabilizó. Mi descenso hacia la misantropía galopante se detuvo y comencé—cosa rara—a disfrutar de las cosas y de las personas. El afecto y los cuidados de la Señora Irma se fueron infiltrando poco a poco y sin darme cuenta en todo lo que yo hacía. Abandoné varios malos hábitos en los primeros meses de mi estudio en su casa, como perder el tiempo y leer de manera desordenada; así que después de poco más de un año bajo su vigilancia había cubierto la mayor parte de los créditos del bachillerato en la UNAM y pude invertir mi dinero y mis lecturas en pagar y pasar (sin tomar ninguna clase o asesoría) todas las materias de la preparatoria abierta, menos tres o cuatro cuya naturaleza me repelía aún en esas ideales circunstancias. No era casualidad tampoco que la oficina de la SEP en la que me inscribía a los exámenes estuviera muy cerca de la casa de Clavería, en el metro de Tacuba. No recuerdo que los Madrazo Butze me hayan apoyado con dinero, pero hicieron algo mucho mejor; es decir, me enseñaron a administrar lo que ganaba con mis presentaciones y lecciones, que era bastante y hasta entonces nada más veía pasar por mis manos sin provecho. Seguía comprando muchos libros y otras cosas inútiles, pero podía invertir en otras más significativas como la acreditación de mis estudios y mis transportes. En más de un sentido me estaban preparando para otra de las grandes experiencias de mi vida: mi primer gran amor correspondido, el que me motivó a terminar por fin esas materias malditas y en tiempo récord inscribirme a la universidad.  

IV Sobre las buenas personas y sus historias

Doña Irma Butze López Aguado nació en 1946, un 14 de Febrero. Me parece apenas adecuado en una mujer a la que solamente vi dar amor y servicio durante el tiempo en que la conocí. Jamás la vi enojada, y nunca escuché siquiera que pronunciara una palabra áspera para nadie, o nada.Sé que algo así es difícil de creer y alguien podrá pensar que lo que escribo no es otra cosa que un elogio común de esquela fúnebre. Por lo tanto estoy dispuesto a hacer una concesión rigurosamente autocrítica y diré que, si acaso la vi enojada, entonces no me di cuenta. Ni siquiera con sus gatos, que eran muchos y (como yo) recogidos de la calle, que serpenteaban por todas partes y se meaban en donde se les antojaba vi que perdiese la paciencia. Al contrario; recordaba con una precisión envidiable todos sus nombres y nunca dejaba de ponerles a tiempo algo de comer. Los nombres, por cierto, eran ingeniosos y sumamente personales, hablando por supuesto como si los gatos tuviesen personalidad, y yo creo que la tienen. Uno de esos nombres, Merlín, se lo puse después a mi propia mascota, un gatito atigrado que abandonaron bajo mi ventana muchos años después y cuyos chillidos me despertaron a la mitad de una noche de otoño más fría de lo habitual. No será para ustedes difícil adivinar que ese gato fue una presencia sumamente importante en mi vida, y mi amigo Ilich Aguilar dijo una vez de Merlín: “este gato es una bendición”.
Era hija del genial dibujante de historietas don Germán Butze Olivier, el creador de una tira cómica que fue muy popular en las décadas de los años 40’s y 50’s, inocente, que narraba tramas humanas y llenas de imaginación llamada “Los Supersabios”. Nunca lo conocí, por supuesto, pero a juzgar por sus hijos debió ser un hombre excepcional y con un carácter en el que la diversión y la severidad se combinaban en las proporciones adecuadas. Era aficionado a las ciencias, sobre todo a la astronomía, y dicha afición se reflejaba en cada episodio de su historieta. Creo que fue él quien construyó la casa blanca de Clavería que tanto me gustaba, sobre todo porque ahí daba la impresión de que nunca pasaba el tiempo. Podía imaginar sin ningún problema que seguíamos en mil novecientos cuarenta y tantos, y que si abría la enorme puerta de madera iba a ver pasar los autos de aquella época, los hombres llegando del trabajo en overol de mezclilla y las hermosas mujeres con faldas largas y delicados vestidos bordados. La señora Irma me contaba muchas anécdotas sobre él, y la que más le gustaba era que uno de los personajes más entrañables de Los Supersabios, llamada Clavelito—una niña imaginaria que cobra vida—había sido sugerido y dibujado por ella misma. Es por eso que siempre que pienso en la señora Irma imagino al mismo tiempo un ramo de rojos claveles, por mucho que en los años en que la conocí me recordaba más a la mamá de uno de los protagonistas llamada doña Pepita Piñón, con la que compartía no solamente algunos rasgos físicos, sino también el carácter inocente y afable (Si leyera esto le daría risa, fingiría estar molesta sin dejar de sonreír y me regañaría: “¡ay, Toño!”). Finalmente, fue gracias a su padre que conoció al doctor Luis, porque según entiendo fue quien lo trató en el Hospital de La Raza hacia el final de la vida del dibujante, en 1974, y se casaron tiempo después.
Podría decir que a la señora Irma le encantaba la ópera, pero sería más justo afirmar que le gustaba la música en general, y en particular era fanática incondicional de José Carreras. Aunque ocasionalmente hablaba de algún otro cantante, como Pavarotti o DI Stefano, siempre era en relación con Carreras y para compararlos en talento y en la belleza de su voz. Muchas horas pasé con ella escuchando discos y viendo grabaciones de sus conciertos, y nunca lo hice sin obtener beneficios, porque me fijaba muy bien en los pianistas con los que actuaba para copiar en ocasiones algún arreglo que me pareció efectivo y bien logrado. Me pedía que le tradujese las arias y le contara la situación de la ópera de la que provenían, aunque en muchas ocasiones se trataba de información que ella ya sabía y solamente deseaba corroborar conmigo. Era la época de Los Tres Tenores en las Termas de Caracalla, y ya no recuerdo cuántas veces escuchamos aquella grabación histórica, en tantas ocasiones copiada y jamás igualada, ni siquiera por los mismos que la habían protagonizado en primer lugar, por mucho que luego lo hayan intentado. De todo el gigantesco repertorio del tenor español, a la señora Irma le gustaba una canción de Tosti llamada “Non t’amo più”, la cual me es imposible tocar sin recordarla a ella y a su infantil entusiasmo por ese generoso exponente del arte lírico, que me cae bien no por él mismo, sino por haber tenido una fanática tan noble y especial para mí.

V Sobre el amor y el pan.

Podría escribir un libro entero sobre lo que viví con la señora Irma, pero no quiero extenderme demasiado ahora. Quiero que lean esto de un solo aliento y hasta el final. De manera que, de la interminable multitud de bellas memorias que con ella tengo, trataré de elegir la más hermosa para poder contarla, y me parece que sería la ocasión en la que me ayudó a organizar una velada musical en la casa de Clavería. 
Ya para entonces mi vida había cambiado mucho, sobre todo porque gracias a mis nuevos hábitos y a la seguridad que me habían dado (supongo que algo tiene eso que ver, al menos) había logrado que la joven más bella y más talentosa de toda la escuela, y yo diría que de todo México, se enamorase de mí. Fue con ella y con la señora Irma que tuvimos la idea de hacer una velada musical a la gran manera, y para ello invitamos artistas jóvenes de gran talento que aceptaron acompañarnos: la mezzosoprano Gabriela Thierry y su hermana, la oboísta María del Carmen, lo mismo que una violonchelista muy guapa llamada Fabiola Flores, que tocó de manera espectacular el concierto de Dvorak y algunas otras cosas. Por supuesto mi hermosa novia cantó para nosotros también, y yo toqué algunos números solo y acompañándolos a todos ellos. Tomando en cuenta sus carreras en la actualidad, aquella fue sin duda una noche de estrellas de la música mexicana. 
Para esa fecha tan especial la señora Irma y yo elegimos preparar el famoso brazo de gitano, y a mí se me metió en la cabeza hornear un strudel de manzana porque había visto a la señora hornearlo y se me figuraba que era muy sencillo. Obviamente estaba muy equivocado, porque ella tuvo que ayudarme prácticamente en todo. Gracias a eso mi strudel sabía bien, pero tenía el aspecto de una gigantesca oruga con sobrepeso que un niño travieso había masacrado a martillazos. La señora Irma preparó otros tres strudels que le quedaron perfectos y eso balanceó la cuestión, aunque a la hora de llevar el mío a la mesa las burlas ingeniosas y bienintencionadas no se hicieron esperar. 
Bueno, pues ya pueden imaginar la velada: la casa se llenó con los invitados del doctor y la señora Irma, sobre todo amigos y familiares. Ahí estaba por supuesto mi maestra Tere y su esposo, mi querido amigo Mario Velarde quien recientemente murió también, y otros muchos que recuerdo con profundo afecto. La señora estuvo perfecta en su doble papel de anfitriona y maestra de ceremonias, estimulada su fantasía por la presencia de esos artistas, que aunque jóvenes eran verdaderos, bajo su techo y en la sala de su casa. Mis amigas y mi amada actuaron con intensidad de concierto y todos disfrutamos de una cena tal como pocas veces hemos probado una en nuestras vidas; aderezándolo todo con bromas, alegría y palabras de encomio. 
Aún así, creo que aquellas horas deliciosas no tuvieron nada que ver con la fatuidad del talento ni mucho menos con la banalidad de ser el centro de la atención, como hasta entonces y de muy torcida manera había entendido mi lugar en el mundo. La recuerdo como un regalo invaluable que la señora Irma me dio con la alegría que le era usual. Un regalo de aceptación, de un cariño que hasta ese momento me era ajeno e inesperado. Un regalo de servicio; de un día entero de trabajo para complacer a un muchachito que ni era de su familia, pero a quien parecía querer como si lo fuera. Ese es un regalo que no se olvida nunca y, si acaso tengo la oportunidad de hacer lo mismo por alguien más, lo pasaré en su debido tiempo a quien la vida me ponga en el camino como herencia inmaterial, legado inmortal que no puede verse ni tocarse, pero que se atesora lo mismo.

VI Epílogo (es mejor no despedirse)

Dejé de frecuentar a la familia Madrazo Butze cuando puse mi primer departamento de soltero (otro signo de progreso y autosuficiencia heredado de ellos y de su círculo personal) en Coyoacán, y era para mí más práctico ir a estudiar a la escuela de música en la calle Xicoténcatl que a Clavería. No obstante, los visitaba en ocasiones importantes: cuando hice mi examen profesional (escribí para ellos un párrafo de agradecimiento en mi tesis de licenciatura) o cuando les llevaba a presentar a mis hijos recién nacidos. Después de mudarme a Morelia, en 2005, aprovechaba mis presentaciones en la capital para visitarlos de vez en cuando; procurando siempre llegar a la hora de la comida o un poco antes y con tiempo suficiente para tocar un rato el piano después de las largas sobremesas llenas de conversación interesante y bella. 
Visité a la señora Irma el 29 de Agosto de 2016. Afortunadamente ninguno de los dos sabía que se trataba de la última vez, y pudimos hablar tranquilamente. Me preguntó por mis hijos y hablamos de los suyos, quienes llevaban ya vidas independientes y prósperas. Comimos por última vez juntos y hablamos de la presentación que me había llevado a México en esa ocasión. El doctor me pareció mucho más entrado en años de lo que esperaba, pues sus canas le daban un aire de noble hacendado, sobre todo con su bigotazo y sus anteojos redondos que siempre lo asemejaron al presidente Francisco Carbajal, el que se hizo cargo de La Silla a la renuncia de Huerta. Ya no recuerdo qué fue lo que comimos, pero como siempre estuvo delicioso. Fue todo de nuevo como en los viejos tiempos, sin faltar una coma, sin extrañar un movimiento, aunque solamente estuviéramos ellos y yo cuando la costumbre era llenar la mesa de los hijos propios y el ajeno. Después de la comida se siguió la rutina usual y el doctor se fue a su recámara, en tanto que la señora Irma y yo nos fuimos a la sala. Ahí toque para ella el piano por última vez en nuestras vidas. La Polonesa Heroica, que era una de sus favoritas. Entonces fue donde aparecieron los cambios: en las notas falsas, en el aire aletargado; en mi pianismo de hombre viejo y de nuevo escapado de la realidad durante buena parte del tiempo. Como se hacía de noche y debía regresar al hotel me levanté prometiendo regresar muy pronto. Creo que estuvo bien. A veces es mejor no despedirse.  
En los primeros días de Octubre de 2018 fue mi maestra Tere, de nuevo, la que me llamó para avisarme de la muerte de mi querido amigo Mario Velarde, su esposo; y en la misma llamada me dijo que la señora Irma no se encontraba bien. 
De inmediato llamé a la casa de Clavería. Siempre usé la línea fija, porque nunca tuve el número celular de ninguno de ellos. Me contestó el doctor y me dijo que la señora estaba en el hospital, grave, con una infección cuyos detalles no pude escuchar por el choque que la noticia me produjo. Insistí en visitarla, pero el doctor me dijo que eso era imposible, pues solamente podían hacerlo él y sus hijos. “Cuando la vea”, le pedí, “dígale que la quiero mucho”; y colgamos. El resto del mes me debatía de cuando en cuando entre el llamar para recibir una noticia que podía ser muy buena o muy mala, o esperar a que una noticia mala me alcanzase primero, si acaso. Cuando pasó un mes sin que nadie me dijera nada me consolé pensando en que la ausencia de noticias era ya una buena noticia; aunque de todos modos, a principios de Noviembre, me armé de valor y llamé de nuevo. Me contestó el doctor y pedí sin más hablar con la señora Irma. 
“¿Quién habla?” Me preguntó después de un silencio que me puso en alerta. Yo contesté: “Antonio Santoyo”.
“¡Ah... Toño!” Dijo él con un tono peculiar, como el que se usa cuando uno recuerda un quehacer que se había olvidado. Luego se produjo otro largo silencio que fue como una confirmación en sí misma de lo que yo temía, después de lo cual dijo: “ya murió”. Y así fue. Murió el 28 de Octubre, de su infección combinada con una enfermedad de esas que tienen nombre de persona, que la había afectado sin que yo lo supiera por más de 40 años. No recuerdo una sola palabra de lo que dije después, salvo preguntarle al doctor cómo se encontraba. Tal vez la pregunta más tonta que puede hacerse a un deudo, pero al mismo tiempo la única posible. 

Pienso en ella mucho. Cada vez que toco alguna de las obras que le gustaban. Cada vez que le cuento a mis hijos sobre las cosas buenas, bellas y verdaderas que pasaban en Clavería. Cuando hablo de ella con los viejos amigos que la conocieron. Quisiera decirle que la extraño mucho, que aún ahora me hace mucha falta. O sobre todo ahora. Porque en pocos años mis hijos se irán a seguir sus caminos, y yo volveré a quedarme igual que cuando la conocí: solitario y triste, como perrito abandonado. Ojalá y entonces extienda de nuevo, desde donde quiera que se encuentre, su mano piadosa y me reciba en su morada allá. Una morada que sin duda es muy grande y espaciosa, como la merece; y con un gran piano que ya quiero tocar para ella. Porque ahora solamente puedo llorarla mucho mientras escribo esto, al grado que las lágrimas no me dejan ver el cuaderno y caen sobre el papel, embarrando la tinta por toda la plana. No tengo más que lágrimas, música y rojos claveles para ella. Ella, en cambio, me dejó mucho, mucho más de lo que cabe en estas páginas con las que le doy las gracias en tanto no pueda verla de nuevo. A la señora Irma. A mi mami de Clavería.  

A S 
Morelia, Septiembre 14 de 2019. 

lunes, abril 17, 2017

Cruz Rojas Carranco (1934–2017)


I

"¡Yo siempre estoy bien!" Decía, en respuesta a mi saludo; era una frase inesperada por razones que no viene al caso explicar aquí, aunque el punto es que cuando se pregunta "¿Cómo está?," uno solamente espera escuchar, si acaso, un "bien" a secas, y no aquella declaración de bienestar, aquella exclamación de hombre incondicionalmente feliz que me sacudió y desconcertó las primeras veces que la enfrenté, hace muchos años. Ese grito que para un niño crónicamente frustrado y triste sonaba desvergonzado, falaz y casi agresivo; que podría haber salido de un libro de autoayuda, salvo por el hecho de que la gran mayoría de ellos no había sido escrita todavía. 
Quien la barritaba era un morenazo robusto, de abdomen redondo y prominente que aunado a su prematura calvicie le daba un engañoso aspecto de monje en camiseta, shorts y zapatos tenis. Su felicidad era, pues, real y no fingida, por mucho que la fuerza de su carácter—cualidad necesaria en los que, como él, tienen la labor de tejer nuestros destinos para siempre—lo llevó ocasionalmente a violentos exabruptos; raros, y por ello terribles de verdad. 
Así decía ese hombre, violín segundo de la Orquesta Sinfónica Nacional para más señas, a quien muchos de los mejores músicos de este país llamarán para siempre "maestro", y que todos llevaremos en el corazón junto a nuestros padres y otros personajes fundadores de la memoria: "¡Yo siempre estoy bien!"

II

Y es que nosotros fuimos una generación en muchos sentidos privilegiada en la historia de la entonces Escuela Nacional de Música. La última que hizo su examen de admisión en la antigua y venerable casa de Mascarones y la primera en entrar a los salones, muchos de ellos todavía en obra negra y sin puertas, del nuevo y hermoso edificio de Coyoacán; generación que vivió, no solamente en sentido figurado, un momento de encuentro entre la tradición que nos legaba extraordinarios y experimentados maestros y la modernidad pedagógica representada no sólo por una obra de arquitectura vanguardista, sino también por un nuevo método de aprendizaje musical llamado "Jugando con la Música", sistema integral basado en los bi, tri y tetragramas de Hindemit y el instrumental Orff, cuyo autor era el pedagogo holandés Pierre van Hauwe, en la excelente traducción de la joven pianista Adriana Sepúlveda Vallejo. Aquella edición con cuadernillos de colores y adornada con motivos prehispánicos logró, junto con la dedicación y pericia de nuestros mentores, dos objetivos primordiales con un éxito sin precedentes: aprendimos rápidamente y sin esfuerzo una gran cantidad de competencias musicales que hoy en día son consideradas raras, como la transposición a primera vista, por ejemplo; y en un lugar no menos importante hizo que un porcentaje muy elevado de nosotros eligiera después a la música como actividad profesional, al grado que cualquier intento por listar a los niños que en aquellos años comenzaron sus estudios y que ahora son intérpretes, miembros de importantes orquestas o maestros profesionales de música resultaría tardado e incompleto. En conjuntos corales nuestro maestro era un barítono de voz transparente llamado Antonio Armenta; en rítmica nos enseñaba una acordeonista talentosa pero de genio muy disparejo llamada Iduna Tuch, quien también me ayudó con la lengua alemana cuando era niño cantor, y la hermosísima maestra de Iniciación Musical era nada menos que la pedagoga María del Carmen Silva, esposa del clavecinista chileno Gastón Lafourcade, cuya hija Natalia me parece que también se dedica a la música. Al recordar a esa batería didáctica no me sorprende que hasta niños como yo, emocionalmente impedidos para cualquier cosa, se aficionaran irremediablemente al arte.  
En el centro indiscutible de este grande y fructífero esfuerzo educativo estaba sin duda la orquesta que bajo distintos nombres (OIC, Festival, OJUC, etc.), diversas dotaciones y con un desfile de niños talentosos y otros no tanto, dirigía el maestro Cruz Rojas en el salón 10 del nuevo edificio de Coyoacán, a cuyas aulas ingresé, desorientado y sin conciencia de pisar tierra santa, un día de octubre de 1979; junto a mí, como compañero de pupitre, se encontraba quien es todavía mi mejor y más viejo amigo, el Dr. Gustavo Martín, con quien compartí muchas de las vivencias que en este breve obituario han de narrarse. 

III

No fue sino hasta fines de 1983, sin embargo, cuando el maestro Cruz y yo nos conocimos. En ese entonces los años debían durar mucho más de lo que duran hoy en día, porque en apenas tres me había convertido en una persona completamente distinta a la que había comenzado a estudiar, y era como si una vida entera hubiese para mí transcurrido en la música. En cierto sentido me sentía como un veterano porque, después de tres años como miembro de los Niños Cantores de la ENM cambié de voz, y tuve que abandonar esa agrupación en la que aprendí a amar el canto por el resto de mi vida, después de cientos de conciertos, recitales y giras que descubrieron definitivamente mi vocación artística. Aquél fue un golpe demoledor, aunque el director del coro, el maestro Alfredo Mendoza, escribió en mi última boleta de cantor después de algunas palabras sobre mis aptitudes: "debe continuar su desarrollo de forma instrumental". Se refería a mis estudios de piano con la maestra Olga Ruíz, alumna a su vez de quien luego sería mi maestro más determinante: Néstor Castañeda. 
Fue en uno de mis recitales como pianista en donde el maestro Cruz me escuchó y, sin que pueda recordar los detalles, le propuso a mis padres y a mi maestra que asistiera a los ensayos de la Orquesta Festival, su proyecto de entonces; no a tocar algún instrumento, como era de esperarse, sino con la idea de que aprendiera los rudimentos técnicos y teóricos para dirigirla. Ignoro cuales fueron las razones que lo llevaron a tomar esa decisión, pues nunca se lo pregunté y si acaso lo hice olvidé la respuesta; el hecho fue que su idea me cambió por completo la vida, aunque no siempre para bien si hemos de ser sinceros, faltándome la madurez que tales encargos requieren. 
Se trataba de una orquesta enorme, de unos ochenta niños, formada a la manera y con las características del método van Hauwe y en la que tomaba parte casi la totalidad de los alumnos del Centro de Iniciación Musical. En el lugar que ocuparían las cuerdas en una orquesta tradicional, por ejemplo, se encontraban las flautas dulces en sus diversas tesituras, desde la soprano hasta la bajo, una flauta grande y costosa que tocaba Violeta Dávalos, hoy en día una célebre cantante de ópera; detrás los violines, los chelos y los contrabajos, y como un anillo alrededor de todo se formaban los instrumentos Orff: xilófonos, marimbas, metalófonos, timbales y otra multitud de percusiones usuales. Al tratarse de una orquesta sui generis el repertorio consistía mayormente en obras del propio van Hauwe, y dirigí mi primera de ellas, el "Bolero", a mediados de 1984. A partir de entonces, el maestro Cruz me permitía compartir algunos programas con él y después, ya con la Orquesta Juvenil de Cámara de la UNAM, alternaba el podio con el piano, en otra etapa de aprendizaje acelerado en lo musical, pero de fuertes retrocesos en lo que ahora llamarían "relaciones interpersonales". Época de aprender a tratar a mis compañeros con respeto, de ubicarme en mi realidad y reconocer (con éxito desigual hasta la fecha) las funestas explosiones monomaniacas con las que he tenido que luchar el resto de mi vida. Fue un maestro atento y cuidadoso, y así como obligaba a sus alumnos de violín a repetir una y otra vez sus series (números representando digitaciones, escritos en cartulinas que dominaban la pared del salón 10) me obligaba a dar entradas con tal mano y a marcar el compás con otra, a mirar a la orquesta y no a la partitura (las entradas se preparan siempre con una mirada, decía) y otras muchas cosas que buena parte de los dizque directores de hoy en día hacen mal, sin duda porque no había nadie que les enseñara con la paciencia suficiente.  

IV

La vida de la orquesta era de mucho viajar, y nada nos infundía mayor entusiasmo que preparar el repertorio para una gira, lo cual era un quehacer casi continuo. El maestro Cruz tenía una Volkswagen Combi, súper equipada, que a veces se llevaba y de la que me acuerdo a menudo, pues estoy seguro de que todos la admirábamos y queríamos tener una igual. No lo sé; tal vez la razón por la que la idealizo de esta forma es porque nunca se me hizo viajar en ella en un trayecto largo. El maestro Cruz era un mago en esto de conseguir apoyo para que la orquesta pudiera salir, y no creo que exagero al decir que es gracias a él que conozco cada ciudad importante de nuestro país. Aunque eso de conocer es un decir, porque en ocasiones no daba tiempo sino de llegar a una ciudad, tocar, y luego subirse al autobús para ir al siguiente destino. Lo regular, sin embargo, era que el maestro arreglara las cosas de manera que tuviéramos tiempo de pasearnos y convivir con la gente de los lugares en donde dábamos nuestros conciertos. Para ello nos buscaba hospedaje con familias locales, las cuales nos compartían la comida y las tradiciones que les eran propias. Nos albergaban en grupos de tres o cuatro muchachos  más o menos regulares, aunque de ser necesario el maestro armaba sus propios compañerismos a modo, según lo requerían las necesidades del grupo. 
Nunca he sido alguien popular en ninguna parte, y para cuando salíamos de gira con la orquesta mis compañeros evitaban alojarse en las mismas casas que yo y me apodaban "Sam", por el águila arrogante y mandona que salía en el show de los Muppets. El maestro me ayudaba y me aconsejaba lo mejor que podía para ganarme no solamente el respeto de los muchachos, sino también su afecto, pero era yo muy cabeza dura y por más que lo intentó siempre hubo una especie de barrera que no pude traspasar, defectos de carácter que en ese momento no me pudo quitar. Algo nos quitó a todos, por cierto y eso fue el miedo a los escenarios, el temor al fracaso, al ridículo en público. No recuerdo que los nervios, lo que ahora pomposamente llaman "pánico escénico" fuera una preocupación para nadie en la orquesta. El maestro simplemente nos decía: "vas a tocar esto", y uno se lo aprendía y lo tocaba, sin mayor aspaviento. Aunque las lecciones más duras tenían que ver con la responsabilidad, de las cuales recibí varias. La primera de ellas recién llegado como aprendiz de director, cuando se me ocurrió gritarle a uno de los muchachos desde el podio que era un estúpido, por ya no recuerdo qué razón. Y no importa por qué lo hice pues, ¡Jesusito! El maestro se encargó de darme a entender, de manera inequívoca y pública, que esa no era la manera de tratar a nadie en ninguna circunstancia y por ninguna razón. Aun así, tal vez la lección más angustiante fue el viaje a Acapulco.
Se trató no de una gira, sino de la fiesta de cumpleaños de mi prima Sol, parte de una numerosa rama de mi familia que reside en Acapulco. Mi tía Hortensia me llamó para invitarnos, y me preguntó si acaso era posible que llevara la orquesta para tocar el vals de la quinceañera; de manera casual le comenté al maestro Cruz la solicitud y con mucha amabilidad me dijo que por supuesto, que la orquesta podía ir siempre y cuando ella se hiciera cargo de los gastos; otra oportunidad para viajar, pasar un buen rato juntos y hacer música, algo que siempre había disfrutado porque nunca, hasta ahora, había sido la parte organizadora. Sabía que el dinero no iba a ser problema para mi tía, y comencé a organizar el viaje partiendo del error de que la orquesta era lo único que iba a estar en su mente durante los dos días que íbamos a estar allá. Aún así logré programar un concierto en el lobby de La Palapa y varias actividades en la playa la mañana anterior a la fiesta. 
Aquello fue un desastre, aunque se trató de un desastre que la orquesta logró disfrutar gracias a la actitud luminosa y animada del maestro Cruz. Llegamos de madrugada a la casa de la calle Castillo Bretón, cuando todos estaban dormidos y no nos esperaban, y horas después fuimos enviados a otra de las casas de mi tía para que la orquesta se instalara; ¡una sola casa para toda una orquesta juvenil! Nunca antes fue tan evidente el hecho de que el maestro “siempre estaba bien” sin importar la situación como entonces, cuando tuvo que dormir en unas escaleras con vista al mar acompañado de parte de la orquesta, pues no pude conseguir mejor hospedaje por mucho que lo intenté, y el maestro nunca me quitó la responsabilidad de la organización para facilitar las cosas con su experiencia: era yo quien tenía que resolver las carencias, y rápidamente. Así, recuerdo con particular orgullo cuando conseguí que las cocineras de mi tía llegaran como huracán a la casa a preparar un tardío pero sabroso y abundante desayuno, y que tanto el vals como el concierto al día siguiente fueran un éxito. Los muchachos disfrutaron la playa y mi prima su fiesta, y en el autobús de regreso a casa la orquesta hizo una colecta para reponer lo que gasté en taxis, persiguiendo desesperadamente a mi tía a todas horas por todo el puerto de Acapulco junto con Gustavo. 

V

El maestro Cruz encontró un complemento perfecto para sus proyectos en la persona de los maestros Mauro y Juventino Ramírez, los fundadores y directores de la Orquesta Libertad de la ciudad de Oaxaca; una orquesta con formato similar a la OJUC pero que dependía enteramente de sus propios recursos, aportados por los padres de familia, y que ensayaba en la casa de uno de ellos, el Sr. Eliodoro Arellanes, cuyas hijas tocaban también en la orquesta: Enriqueta el violín y Manuela el fagot. En Oaxaca, el maestro Cruz se sentía completamente en casa, y siempre que viajábamos allá se llevaba instrumentos y partituras para dejar a manera de obsequio, pues seguramente sentía una especie de comunión con esos hombres quienes, al igual que él, consagraban su vida a la formación de nuevas generaciones de artistas. Fue en Oaxaca también cuando lo vi (cosa rara, como dije) montar en cólera. El conductor del autobús se había estado portando muy grosero durante todo el viaje y en un momento dado se negó a llevarnos a unas ruinas; las de Mitla, supongo; y el maestro de plano se puso a gritarle, fuera de sí, que nos iba a llevar a ese lugar lo quisiera o no. Yo estaba hasta el fondo del autobús y aun ahí los gritos acabaron por aturdirme después de unos momentos. Ya no recuerdo lo qué pasó después, ni quiero recordarlo.
A pesar del tradicional aislamiento de mi patria oaxaqueña, y de los pocos recursos con los que contaban, varios miembros de esa orquesta son ahora músicos profesionales también, y tocan en importantes orquestas por todo México. Las vocaciones artísticas que en otras partes del mundo son fruto de grandes inversiones económicas y fatigosas cacerías de talento, en Oaxaca y en México se dieron como resultado del raro poder de esos hombres para poner en nuestros corazones la profunda, intensa, eléctrica y arrebatadora emoción de entregar nuestra música y, al mismo tiempo, entregarnos a nosotros mismos al tocar en público. Una emoción que traspasa tu piel como un tatuaje, que se queda circulando en tus venas como parte de tu propia sangre y te lleva a considerar esos años como los mejores de toda tu vida, a pesar de los sacrificios, a pesar de los sinsabores, fatigas y las desilusiones amorosas; porque todos nosotros éramos unos románticos entonces y cualquier actividad juntos era pretexto para dejarnos llevar por la belleza y las ilusiones instantáneas y catastróficas. Cuando salimos a nuestra primera gira de Oaxaca, por ejemplo, hice lo que pude para viajar con la familia Petrides Madrid porque estaba locamente enamorado de Avril, una morenita de rasgos redonduelos, talle delicado y buena puntería con el rifle, a la que traté por todos los medios de impresionar, pero sin lograrlo. Ya para cuando fuimos a Acapulco iba yo preso de un afecto más duradero, el de Karina, a quien nunca pude conquistar porque nunca se separaba de su amiga Deborah Oropeza; fuimos novios un par de días, pero creo que me dijo que sí solamente para poder librarse de mi molesto cortejo. Nunca lo consiguió. 
En una ocasión, cuando estábamos hospedados en un hotel de Tlaxcala que tenía un bello patio interior, salimos envueltos en cobijas para tratar de escapar del aire helado y nos reunimos para platicar con el maestro de estas cosas, sentados en bancas, deseosos de poder hacer una fogata. No sé cómo fue que apareció un violín cuando estábamos hablando de mujeres (o las que llamábamos así a pesar de ser casi todas unas niñas) y el maestro Cruz tocó una versión de "Estrellita", de Ponce, que en ese momento nos enseñó más sobre el amor que cualquier discurso. 


Epílogo

Lo vi muy poco en sus últimos años. Recuerdo que lo visité en su casa de Cuernavaca y luego en los funerales de su esposa, la maestra Milla Domínguez, una hermosa soprano que parecía una versión clara y dulce de él mismo. Hace poco, en la casa del director de coros Jorge Medina (otro forjador de generaciones), dicho maestro me mostró una extraordinaria fotografía en blanco y negro en la que aparecía una especie de grupo versátil. Había dos violinistas y dos cantantes además del maestro Medina que llamaron mi atención; los violinistas eran el gran Hermilo Novelo y el maestro Cruz, y las cantantes, que parecían estar bailando un ritmo a go-gó, eran Milla Domínguez y Lupita Campos, tan jóvenes y guapas que casi me da un ataque cardiaco. La vida y el entusiasmo que se respiran en la foto explica el por qué ambos maestros nos cuidaban, respetaban y querían a pesar de todas nuestras sinvergüenzadas, en lugar de pensar que todos éramos simplemente una bola de locos. Tanto Hermilo Novelo como Milla murieron en accidentes de carretera, la segunda cuando iba con el maestro Cruz rumbo a Cuernavaca. Yo asistí, como he dicho, a las exequias, y fue impresionante ver llegar al maestro a la funeraria de García López, caminando lentamente a causa de los golpes recibidos en el choque y con el torso tieso por llevar puesto un collarín, para luego acercarse al ataúd abierto en el que descansaba su esposa para siempre. Lentamente, presa de una intensa emoción, se inclinó lentamente como si quisiera darle un beso; acarició luego con la mano el cristal que la cubría y murmuró sollozando, con lo que me pareció un avasallador remordimiento: "¡Perdóname, Millita! ¡Perdóname!" Repitiéndolo varias veces. Hoy en día, con el corazón aun roto por aquella escena, me sigo preguntando qué era eso que el maestro quería que le perdonara.
Después supe que se había vuelto a casar con una mujer muy joven y había tenido un hijo a los 70 años. Eso me dio mucho gusto porque mi padre, el último de sus hermanos en nacer, llegó cuando mi abuelo superaba incluso esa edad, y estoy seguro de que la circunstancia inusual de tener al astuto general de tiempo completo, aun fuerte y en el colmo de la sabiduría y la experiencia lo hizo el hombre exitoso que es hoy en día. Dicen que el tiempo y ciertas batallas legales pasaban de largo junto a él sin hacerle daño alguno y que, salvo una pequeña parálisis facial, su salud era extraordinaria. Así lo imagino y así quiero recordarlo.
Tenía 83 años cuando manejaba su automóvil y lo embistieron en un crucero. Con todo, sobrevivió al siniestro junto con su familia (su esposa resultó con un hombro roto), y a pesar de no haber tenido la culpa del accidente, la influencia de quien sí la tuvo medió para que pasara varios días en los separos del Ministerio Público, de donde salió ya con neumonía y algunas costillas rotas. Su fortaleza era tanta que resistió varias operaciones, pero hasta los hombres más fuertes eligen levantarse de la mesa cuando salen mal los naipes. Cuando de cualquier modo hay personas amadas en ambos lados del velo.
Lamenté mucho no poder ir a su funeral por hallarme en Morelia, pero estoy seguro de que es otra cosa más que Cruz Rojas me perdona. No importa. Si quiero verlo, solamente cierro los ojos y ahí está, con su chemisse, sus pantalones cortos y todo de blanco; se acerca a mí sonriendo y me extiende la mano que no sostiene la raqueta de tenis. Sé perfectamente lo que le voy a preguntar, porque quiero que me conteste esa única verdad de la que estoy completamente seguro, esa frase que a partir de hoy quiero repetir para imitarlo siempre que alguien quiera saber cómo estoy; hasta que el maestro, tal vez pronto, pueda decírmela en persona otra vez: "¡Yo siempre estoy bien!"

Morelia, Abril 17 de 2017. 

lunes, noviembre 21, 2016

Jan Dolinski (1952-2016)


I

La idea vino de un amigo mío, también estudiante de piano, con el que me iba a ir a Nueva York a mediados de 1993; se le ocurrió que podríamos tocar en un restaurante durante los meses que restaban para nuestra salida, porque el dinero nunca sobra y estando en esa ciudad estaba claro que nos íbamos a quedar con ganas de muchas cosas de no ir preparados; además, yo tenía planeado visitar a mi prima en Duke University, en Carolina del Norte, para lo que debía llevar una cantidad adicional a la que todos los demás habían ya reunido. Mi amigo dijo tener un contacto, y me llevó a conocerlo a un lugar que con el tiempo aprendería a amar, primero, y que luego llevaría para siempre en el corazón acunado en lo que podría describirse como odio perenne, un subprograma que funciona siempre en segundo plano: la Antigua Hacienda de Tlalpan. 
Ahí fue donde conocí a Jan Dolinski. 
No tengo una impresión clara de esa primera entrevista. No recuerdo siquiera si nos puso a tocar, lo cual es muy probable dado que el repertorio de su cuarteto no era nada fácil, pero recuerdo que nos ofreció tocar dos turnos diarios, uno en la tarde—con el que me quedé yo—y otro en la noche, que cubriría mi amigo. En aquél entonces la paga no era mala (era antes del Error de Diciembre del 94), los músicos teníamos muchos privilegios y tocábamos una colección al parecer interminable de Oberturas, valses, polkas, galopps, tangos y operetas vienesas que hasta el día de hoy me resultan deliciosas e indispensables. Era excelente, además, porque no interfería con nuestros estudios y uno de nuestros derechos era poder ordenar comida del menú, con lo que ahorraríamos aun más dinero. Jan estuvo de acuerdo en que solamente trabajaríamos hasta salir de viaje y nada más.
Ajá.
Pasaron varios años en los que nos comunicamos de manera intermitente, años en los que tocaba con él y su cuarteto como suplente y nos íbamos a trabajos ocasionales hasta 1999 cuando, terminada ya la licenciatura y casado, esperaba el nacimiento de lo que pensé sería solamente un hijo. Fue entonces cuando el Cuarteto Polonia y yo sentimos que estábamos hechos el uno para el otro, porque recibí la hermosa noticia de que sería padre de gemelos y había decidido dejar de tocar en público como solista después de una temporada especialmente desastrosa; estaba decepcionado de mí mismo como intérprete y necesitaba un sueño que despertara de nuevo mis deseos de hacer música; además, Jan llevaba ya tiempo ofreciéndome ser el titular, y acepté encantado.
Me dirán ustedes que ningún artista sueña con tocar en un restaurante y tal vez tengan razón, pero en el caso del cuarteto Polonia todo era diferente. La Hacienda era simplemente un lugar bello en el que podíamos pasarla muy bien tocando música maravillosa. Aprendí mucho de Jan y de los artistas con los que trabajábamos, casi todos camaradas de allende la cortina de hierro, conocedores de los estilos nacionalistas de la Europa oriental, que se comían las partituras como nos comemos nosotros un postre y que dominaban sus instrumentos de formas que hasta entonces no conocía: con sencillez, sin aspavientos, técnica siempre impecable y con el sentimiento y la inspiración que no suelen derrocharse en esos entornos. Disfrutaba sobre todo cuando, además de los dos violines y el contrabajo, que tocaba Jan, se añadía al grupo un violonchelo, cuyas melodías siempre líricas le daban a las obras aun más elegancia y romanticismo. No me apena decir que en ese momento comenzó una etapa musical muy significativa e importante de mi vida, que me formó de maneras que nunca hubiera podido imaginar y aún hoy en día no alcanzo a comprender del todo.

II

Después de cada turno de media hora nos íbamos a las mesas del fondo del salón a sentarnos. Para cuando yo estaba de planta ya no existía tal cosa como ordenar comida del menú, y nos conformábamos con leer, conversar y, en mi caso, escribir. Las condiciones de trabajo se habían deteriorado mucho en general, pero eso no era lo peor; cuando recibí mi primer cheque como titular era mucho menos dinero del que esperaba a causa de los descuentos, que no sufría cuando tocaba como suplente. Particularmente indignante me pareció el descuento de la CROC, del cinco por ciento, y esa noche fui con Jan y le dije que eso no era posible, que esa central obrera no había hecho nada por evitar que nos quitaran derechos, pero sí estaban a la orden para quitarnos una buena parte del salario. "¿Son unos pinches cerdos, le grité, unos pinches marranos!" 
Jan comenzó entonces a reírse como nunca lo había visto reírse hasta entonces, y tal vez no lo volví a ver reír así después. Estuvo riéndose de mí como una media hora, y luego Olga y Miguel se unieron a la fiesta. "¿Para qué te alcanza ahora el cheque?“ Me preguntaban cuando las carcajadas se los permitían, “¿Te vendo mi casa! ¿Quieres comprarme el coche? Te lo vendo..." Fue en esa ocasión en la que Jan me dio la primera de muchas lecciones de vida que recibí de él; las recibí a lo largo de varios años, pero en general tenían la misma estructura: yo le decía como me gustaría que fueran las cosas y él me decía cómo eran en realidad y aquello que podía hacer al respecto, como calmarme, por ejemplo. "No te preocupes", me dijo en esa ocasión, "porque al final, las cosas siempre funcionan". En días anteriores había leído un discurso de Gordon B. Hinckley que tenía esa misma frase como parte central, y me sorprendió tanto que el Presidente de la Iglesia y mi amigo Jan hubieran llegado a la misma conclusión, que a partir de entonces comencé a prestarle más atención cuando me hablaba. No siempre tenía mucho éxito en eso, y a veces lo hacía reír por la manera distraída en la que seguía sus muchas historias. Fantaseábamos todo el tiempo con encontrar una mujer con piernas muy largas y mucho dinero, para que nos cumpliera nuestros caprichos costosos. Una vez me habló de una novia que había tenido en su juventud. Me dijo, sin duda con la intención de impresionarme, que era una muchacha rubia y muy alta, que tenía un auto increíble, un Malibú Classic, y que le gustaba mucho el sexo; el Malibú Classic era de color blanco. Yo estaba desconcertado ante la avalancha de imágenes atractivas y le pregunté: "Bueno ¿Y cómo sabes que le gustaba mucho el sexo?" El primer impulso de Jan fue reírse, por supuesto, pero luego debió sentir algo de compasión por alguien que hacía preguntas tan imbéciles, y simplemente contestó: "...porque me dijo".
Cuando las condiciones de trabajo se deterioraron tanto que se hicieron absurdas, comenzamos a reírnos de ellas hablando de los patos que nadaban una pequeña fuente junto a las mesas del pasillo, llegando a la conclusión de que ellos estaban tan esclavizados como nosotros, y nos preguntamos si acaso también tenían que darle dinero al delegado de la CROC que cenaba a veces con el patrón. "Los patos también tienen que obedecer al Perro Mudo (así llamábamos al jefe del comedor) y no graznar entre turnos", decíamos. O bien: "Los patos deben seguir nadando aunque no haya un solo cliente en todo el restaurante. Órdenes del Perro Mudo", o "si un pato suplente no llega, ninguno cobra el turno". Espero poner a los patos y al Perro Mudo en la novela que estoy escribiendo, porque siempre he pensado que son parte de una historia mucho más grande que su pequeña fuente y su comedor. ¿Qué pensaría Jan de saber que ahora soy no solamente un líder sindical, sino tal vez el más pobre de todo el movimiento obrero mexicano? Tal vez se azotaría de nuevo de la risa, y yo con él, con todo mi corazón. 

III

Por cosas como esa, sin embargo, nos despidieron varias veces de la Hacienda, o el patrón lo intentó, por lo menos. Recuerdo que Jan se angustiaba mucho siempre que eso ocurría y se apresuraba a arreglarlo. No se preocupaba tanto por él o por los muchachos, quienes de todos modos tenían trabajo en importantes orquestas, sino por mí, el eterno freelance, y decía: "¿qué va a pasar con tus gemelitos? Ahora lo arreglo". Cuando después logró convencerme de que entrara a un financiamiento para comprar un automóvil y nos despidieron de nuevo, decía: "tu coche, tu coche; no, tengo que arreglar esto", y lo arreglaba. Cuando saqué por fin el Pointer de la agencia, le pedí a Jan que fuera el primero en manejarlo y nos paseamos durante horas; luego pasamos por Olga y Miguel y los llevamos a su casa. 
Mientras escribo este breve obituario escucho la música que Jan, los muchachos y yo solíamos tocar juntos, y no puedo evitar sentir una fuerte nostalgia al tiempo que no dejo de reír por los mismos recuerdos que la provocan, extremos de la sensibilidad que nacen de lo trascendente. No me siento triste por su partida, pues vivió siempre rodeado de lo que le gustaba—el café, el tabaco, los malditos partidos del Atlante (equipo del cual era fiel aficionado por quién sabe cuál razón), los coches, las revistas de coches que leía todo el tiempo y por supuesto las buenas bebidas—disfrutándolo siempre al máximo, resistiendo siempre con entereza las brutales tragedias que ensombrecieron aquella parte de su vida en la que yo ya no estuve cerca de él. Pienso que bien puede decirse de Jan lo que Arthur Rubinstein dijo en uno de los programas de TV que hizo ya muy anciano, cuando alguien le preguntó si no tenía miedo de morir y el gran pianista contestó: "si no hay otra vida después de ésta, ni siquiera me voy a dar cuenta, y si sucede que hay otra vida, entonces estoy seguro de que la voy a disfrutar tanto o más que ésta". Es una lástima que Jan fuera en ello, en el arte de disfrutar la vida, tan buen maestro y yo, hasta el día de hoy, tan pésimo alumno. 
En ese sentido recuerdo que Jan siempre trató de enseñarme varias cosas sin conseguirlo nunca, una de ellas fue jugar bridge; algo que se le ocurrió cuando le traje a petición suya unos mazos de cartas que fueron usados en el Mirage, tras uno de mis viajes a Las Vegas. Antes de que yo pudiera captar el fetiche de jugar con barajas usadas en un casino famoso, Jan trataba ya de hacerme entender las reglas del juego. Una y otra vez, partida tras partida yo estaba seguro de que había por fin aprendido a jugar, pero otras tantas veces cometía errores elementales y fallaba en hacer siquiera las jugadas básicas correctamente. Para entonces Jan no se reía, sino que simplemente montaba en cólera y decía que era un pendejo, que la cosa era muy sencilla, y luego guardaba malhumorado la baraja. No obstante, poco después volvía a sacarla para intentarlo de nuevo. La última vez fue en su casa, adonde me invitaba ocasionalmente a comer, y después de llamarme pendejo y guardar la baraja me invitó a su estudio y mejor puso algunas películas polacas en VHS. Nada de Kieslowsky y esas payasadas, sino películas de autores completamente desconocidos y  de nombres impronunciables. Recuerdo una que trataba de la invasión alemana a Danzig, una especie de visión de los vencidos pero no de los aztecas, sino de la segunda guerra mundial; me impresionó mucho esa película, sobre todo una escena en la que los defensores polacos disparaban sus ametralladoras sin parar durante toda la secuencia, a tal grado que tenían que hacer a un lado con el brazo los casquillos vacíos que se amontonaban junto al arma, por lo que llegué a la conclusión de que las ametralladoras polacas eran las únicas cuyo cañón no se calentaba nunca. Se lo comenté a Jan, quien contestó que era un pendejo, y seguí viendo la película hasta el final, aunque dependiendo de sus explicaciones porque no entendía una sola palabra.
Y es que esa es otra cosa que Jan nunca pudo enseñarme por más que lo intentó: la lengua polaca. Aunque siempre me he considerado bueno para los idiomas, a lo más que llegué fue a memorizar una canción que decía algo como: "si mi suegra tuviera ruedas, entonces sería una vieja bicicleta". Me encantaba esa canción y los muchachos siempre me pedían que la cantara cuando me invitaban a sus comidas y reuniones; aunque lo mejor era cuando la cantaba en la casa de mi suegra, con gusto y a buen volumen, sin que nadie me preguntara nunca el significado de la letra.

Epílogo

La última vez que Jan y yo tocamos juntos debió ser a finales de 2001, justo antes de que yo me fuera a dirigir un coro institucional que ocupaba todo mi tiempo, para después mudarme a Morelia en febrero del 2005. No obstante, lo recordaba a menudo y ocasionalmente nos escribíamos por correo. Me mandaba fotos de su casa, tal vez la casa en la costa de la que tanto hablamos en su momento, y de las hermosas flores que cultivaba. Aunque dejé para siempre de hacer restaurantes y esas cosas, siempre tuve la ilusión de que me invitara a tocar otra vez en un trabajo, aunque fuera por los viejos tiempos; y es que extraño seriamente tocar esa hermosa música de nuevo, no a solas, sino como debe ser tocada, con un cuarteto o quinteto de pros y un contrabajo decente; con una pareja que baila en la media luz de un restaurante amado y odiado al mismo tiempo.
Aun hoy, siempre que voy manejando o estoy en una reunión, y escucho "Zigeunerbaron" o algún vals de Strauss, alguna obertura de Lèhar o de Kalmann, cuando escucho, en suma, alguna de las hermosas piezas que tocaba con Jan, invariablemente comento a los que me acompañan: "tocando esta maravillosa música fue que me salvé, porque pude darle de comer a mis bebés"; aunque me gustaría también mencionar que al tocarla veía a mis hijos en la imaginación, lo mismo que a su mamá, a quien amaba tiernamente, y contemplaba un futuro en el que lo que yo escribía y la música que tocaba me convertían en una persona menos malvada e infeliz cada día. Creo que lograr ese futuro sin tristeza ni maldad es el homenaje que aun le debo a Jan Dolinski, el fiel polaco cuya música y amistad transformaron en memorias luminosas y de inefable intensidad lo que de otro modo hubiera sido la época más miserable de mi vida. Eso le debo, y aprender a jugar al bridge. 
Tal vez después. Tal vez allá.

Morelia, día del músico de 2016.

domingo, febrero 08, 2015

Buck, el gato. (2008—2015)




       Nadie sabe ni la forma y el momento en que aparecerá una amistad duradera, y es en estos momentos, cuando escribes algo para despedir al compañero que se ha ido para siempre que descubres lo inesperado que fue todo; porque en ese momento no buscabas un gato ni sabrías qué hacer con él, porque en ese momento habían un montón de cosas más importantes en qué pensar y de todos modos ya estabas convencido de que tener mascotas es una lata. Pero la vida no pregunta qué es lo que piensas, sino que solamente llega y te ocurre para que trates de vivirla lo mejor que se pueda, un arte (porque arte es) que Buck, el gato, llevó a elevados niveles, enseñándome muchas cosas por el camino.

Eran los últimos días en San José Itzícuaro. Se trató de una etapa hermosa y llena de amor que no logré disfrutar en absoluto porque los problemas mundanos me engañaban con la ilusión de que era un hombre infeliz y frustrado; y tal vez lo era, porque no había entendido que los problemas existen hasta que dejas de pensar en ellos como tales, hasta que les cambias el nombre y el carácter. Una mañana en que los niños estaban en casa tocó la puerta una mujer que no conocía. Traía en las manos un pequeño gato bicolor, blanco y gris, y sin más me lo puso en las mías, diciendo: "Aquí le traigo este pobrecito animal, porque yo sé que ustedes tienen gato y a éste los niños de la esquina lo han maltratado mucho".
El gato se veía muy nervioso, pero no tan maltratado como se vería después, andando los años, cuando regresaba de sus patrullas ensangrentado por combates de amor o de odio, que entre los de su especie suelen ser igualmente violentos. Nosotros, Marielle y yo, teníamos una gatita llamada Jollie (a la que yo le decía Yoli, nada más para molestar) y por su carácter uraño no podíamos quedarnos con el recién llegado. Los niños, sin embargo, y como es usual en estos casos, se emocionaron tanto como para ya no dejarlo ir, y se lo llevaron a su casa. Yo los seguí poco después, cuando tomé la terrible decisión de regresar con su madre, abandonando con ello no solamente a una mujer hermosa y preparada, sino la última que real e incondicionalmente me quiso. Sin contar a las eternas y silenciosas tortugas, Buck, mi querido Buck era el último recuerdo vivo que me quedaba de ese tesoro que solemos llamar, solamente en retrospectiva, tiempos felices.
Ya en casa, en Morelia, con mis problemas agravados por el resentimiento y la incompatibilidad, primero, y luego por el fanatismo religioso de mi familia con los que no sabía cómo lidiar, Buck creció y se fortaleció. Nunca fue un gato normal; era claro que lo del maltrato fue verdad, porque era muy difícil que se quedara quieto cuando tratábamos de tenerlo en los brazos. No se acurrucaba en ellos nunca. Era como si nosotros fuéramos una persona, y nuestras manos otra distinta, a la que temía de forma irracional y cuyo contacto no soportaba por más de algunos segundos. La excepción era las caricias, que recibía de buen grado, hasta el momento de intentar un abrazo, que rechazaba siempre con cortés firmeza. En cuanto se hizo un gato adulto rechazó la vida doméstica también y comenzó a frecuentar los tejados propios y ajenos, expandiendo tanto su territorio que, cuando los niños y su madre me abandonaron definitivamente apenas un año después de mi regreso, lo miraban pasar por su casa que quedaba a tres cuadras de distancia, pasando el río Pasto.
Su base, sin embargo, fue siempre mi casa. Ahora era una casa vacía, ayuna tanto de amor como de muebles, y los maullidos con los que anunciaba su llegada resonaban en las recámaras huecas, en las paredes despojadas de todo adorno; y era algo sobrecogedor al principio, pues Buck acostumbraba hacer una patrulla nocturna que terminaba muy tarde, o muy temprano como quiera verse, y solía despertarme con su saludo el cual, nuevamente, no siempre apreciaba. Porque llegaba de madrugada; la hora de mis terrores, de mis miedos más irracionales (como si no todos los miedos fueran irracionales) en una torcida forma de consolarme con la idea de que, después de todo, no me había quedado completamente solo.
Así, a pesar de sus rutinarias patrullas, o gracias a ellas, Buck se convirtió en una compañía extrañamente constante. Estaba conmigo durante las horas de la mañana que dedicaba a la escritura. Se acurrucaba en la cama, que está justo a mi escritorio, y dormitaba al rítmico tamborileo de mis teclazos, o el murmullo de la pluma corriendo sobre el papel. En ocasiones releía un poco de lo escrito en voz alta para disfrutar los sabores del texto plenamente, o comprobar (más allá de la gramática) que un grupo de voces sonaba bien en su conjunto; y Buck levantaba la cabeza, aguzando las orejas, dando su tácita aprobación a lo escuchado antes de cerrar los ojos de nuevo. En invierno la rutina cambiaba, y llegaba poco después de acostarme, echándose sobre mis piernas para calentarse y calentarme. Era algo tan placentero que yo cantaba entonces una canción que había escrito para él y que empezaba: "Querido Buck, mi querido Buck, mi querido gato..." Digo; no hace falta tener mucha imaginación cuando se trata de los afectos sencillos que nos conectan con los amigos. A pesar de ser tan territorial, toleró la presencia de otros tres gatos y un perro que por turnos ocuparon la casa con una casi amable atención: Sasha, Merlin II, Merlín III y Fido. La primera se mudó a casa de los niños cuando fue asediada por Buck, y los otros tres murieron a temprana edad. 

Buck salvó la vida varias veces: Enfermedades respiratorias, un hueso (suyo o de algo que se comió, no sabemos) que se le quedó atravesado en el pecho y cuya presencia o naturaleza ni las radiografías pudieron aclarar; ataques de perros y de otros gatos que le dejaban heridas profundas que tardaban meses en sanar, caídas y, en los últimos meses, la necesidad de conseguir su propia comida debido a mis cada vez más frecuentes y largas ausencias. Este último era un asunto que no me preocupaba en demasía dado que yo no era el único que lo alimentaba regularmente. Buck era un tremendo glotón, un tragaldabas que explotaba la hospitalidad de por lo menos tres casas; y lo que no encontraba aquí podía comerlo siempre en otro lugar con mejor o peor suerte en lo que respecta a la calidad. 
Por eso, la primera señal de que algo no andaba bien fue que pasaba enfrente de la comida como si no estuviera ahí, a pesar de que se quejaba de tener hambre, y de dolores que lo asaltaban a mitad de la noche. No puedo dejar de pensar en que fui muy negligente y, a diferencia de las ocasiones anteriores en las que cayó enfermo, no corrí a llevarlo al veterinario suponiendo que lo suyo era una diarrea de esas de las que te recuperas dejando de poner comida en una panza sobrecargada. Ya le había pasado antes, y terminaba saliendo tan campante dejando atrás su caja de arena hecha un batidillo. Por eso pienso que a Buck lo envenenaron; porque nunca recuperó el apetito. El hecho de que no dejara de hacer sus patrullas me engañó con la impresión de que el asunto seguía sin ser grave hasta la mañana en la que tuve que salir de viaje de nuevo y supe que me había confiado de más. Que habría tenido que llevar a Buck al veterinario el día anterior y ahora, aunque pudiera llevarlo, no tenía remedio, porque se estaba muriendo tras una noche de vomitar y defecar. Estaba acostado en mi cama con los ojos entrecerrados, y le hablaba mientras hacía maletas apresuradamente. Me fui luego a hacer el desayuno y regresé con un poco del tocino que siempre compartía con él, lo que hizo el milagro de que se levantara de nuevo para ir a la cocina; pero no logré que comiera nada. Salió a tomar el sol en el patio de atrás y ahí lo dejé, junto a más comida, porque siempre esperé que lograría salir adelante también ahora. Por si acaso, me despedí de él y le di las gracias. 

Al día siguiente lo enterré en el mismo patio en el que lo había dejado. Estaba molesto conmigo mismo por este mal hábito de arruinarle la vida a mascotas y personas, pero pienso que mi castigo es largo y continuo, además de merecido. Porque sigo despertando en mi cama solitaria, a la misma hora a la que Buck regresaba de sus patrullas, pero sin escuchar su maullido el cual, aunque molesto, disipaba como ninguna otra cosa los espectros de la madrugada. 

sábado, diciembre 13, 2014

Casandra; segunda y última parte



Por el camino de León se encuentra, apenas saliendo de Purísima, una desviación que conduce (por vía de una hermosa y larga vereda arbolada cuya sombra invita al paseo y a la reflexión) a un extenso y hermoso valle. Hacia el oeste se ven las verdes colinas que limitan con Jalisco, divisandose al este las torres chaparras de San Francisco del Rincón. 
Si se camina lo suficiente hacia el fondo de este valle, que para los efectos de este reportaje llamaré "del rezo", pues ahí se reunieron algunos familiares míos para orar por las almas de los difuntos; se llega a un cerro erizado de riscos de apariencia inhóspita y agreste, en la cima del cual está una cabaña de madera con techo de lámina. Esa cabaña fue construida años atrás por doña Juana, con ayuda de su sobrino para descansar de sus largas excursiones; las que emprendía para recolectar hierbas y hongos característicos de las cercanías, que luego usaba en sus ritos y curaciones. No obstante, el día en el que la policía reveló a Gabriel Galavíz como el autor del secuestro, Casandra se hallaba en esa misma cabaña, prisionera, custodiada por Pedro, el carnicero sobrino de doña Juana.
Al atardecer de aquel día, Casandra tomaba café de un pocillo de lata, preparado en una fogata constante que Pedro encendía a esa hora y dejaba abrasando durante la noche, sabedor que nadie iría a buscarlos ahí: un lugar de fama siniestra, protegido por una alta  e invisible muralla de superstición. 
Ya estaba apaciguado, más tranquilo; casi satisfecho. No como la primera noche que habían pasado juntos y solos ahí. Noche afiebrada, de manos inquietas para Pedro y sueño tranquilo para Casandra. Y es que la vieja había sido muy clara: era menester que el hombre no la tocara, hasta no descubrir la fuente de sus poderes adivinatorios; el secreto de esas visiones que habían puesto en peligro su posición de privilegio en la imaginación del pueblo. Un lugar ganado a fuerza de muchos años de trabajo paciente; de muchos años de constante sacrificio. Pedro no entendía la razón de tan tajante prohibición. ¿No había sido él quien se había arriesgado para robarla? ¿Cuando después de tantos años de verla crecer y desarrollarse frente a él, la codiciaba ya sin ambigüedades, debía respetarla? Pero doña Juana le dijo en tono perentorio lo que era de todos sabido: que las artes mágicas de cualquier doncella se pierden con el contacto carnal.
Era cierto que no se había resistido al robo, y que tampoco se resistiría a otras cosas, tan mansamente se había portado desde un principio; y eso hacía todavía más insoportable la cercanía de esa hembra tan deseada e indefensa. Su piel blanca y delicada pedía sus caricias, y no podía apartar su vista del escote turgente y generoso de su camisón de dormir. Tanto, que era incapaz de advertir la mirada de dulce compasión con la que aquellos ojos lo miraban cuando no estaban cerrados en lo que parecían largas y silenciosas plegarias.

La segunda noche, Pedro se levantó del petate en el que se había acostado, y camino en silencio al camastro en el que Casandra dormía plácidamente. De afuera llegó la momentánea claridad de un relámpago, luego su trueno, y un copioso aguacero se desplomó desde las alturas sobre la cabaña, resonando en la techumbre. Tal vez por eso la joven no se dio cuenta de lo que ocurría sino hasta que sintió las toscas manos del carnicero recorrer sus brazos, primero, y luego sus piernas, con la torpe ansiedad de quien busca algo ahí sin poder encontrarlo. Ella se quedó muy quieta, dudando si acaso aquello era una de sus recurrentes pesadillas o, para su desgracia, estaba despierta; pero el olor acre del sudor, la respiración agitada y la cercanía del deseo ajeno le quitaron la duda de golpe. Aún así, tardó un segundo más en comprender que resistirse con la fuerza no le iba a servir de nada. Su siguiente pensamiento debió ser para la única potencia capaz de ampararla en ese supremo predicamento porque, según afirman los testimonios, logró bajarse del camastro en el momento en el que Pedro estrechaba el abrazo. Éste pensó que la muchacha haría por alcanzar la puerta, y se felicitó por haber tenido la precaución de atrancarla. Lejos de eso, sin embargo, Casandra camino en la penumbra hasta un altar en la pared adyacente, en donde unas veladoras rompían—vacilantes—las tinieblas de la cabaña; y ahí se arrojó al piso frío y oloroso a petricor para abrazar afanosamente una cruz de palo seco; cruz con un Cristo sufriente y sanguinolento la cual, embadurnada de aceites, resinas ceremoniales y hierbas milagrosas se alzaba—fija en la tierra—más alta que una persona sobre sus pies. 
Pedro pujó entonces, exasperado, y dudo por un instante. La muchacha no había gritado, y sin embargo podía escuchar, no con los oídos de su cuerpo sino con otros, un clamor que venía de todas partes y de ninguna al mismo tiempo. No se había defendido, y aún así sus manos ardían como cruzadas por heridas profundas e innumerables. En medio de su aturdimiento pudo intuir que todo aquello no era sino una maldición que la cruz que ella abrazaba estaba dejando caer sobre él.
Eso lo asustó. Pero la picazón irresistible y grata del deseo estaba ya en su sangre, y después de unos segundos de vacilación alargó los brazos, sujetó a Casandra por los tobillos y trató de separarla de la Cruz con tirones bestiales y espasmódicos que al principio no tuvieron efecto alguno. Aquella enorme cruz apenas se movía con cada poderosa sacudida, y los brazos de Casandra la ceñían como el acero de un candado. El carnicero gritaba: ¡suéltala! una vez con cada jalón, y poco a poco fue siendo obedecido. Una hora una hora después, la joven soltó la Cruz.
Exhausto, vencido en su victoria, Pedro levantó a Casandra y la puso de nuevo en el camastro. A causa del cansancio estuvo a punto de recostarse a su lado y quedarse dormido sin más avances, pero pudo más la porfía; pues el deseo implacable seguía vivo, y desvistiéndola la gozó como se gozaría con un cuerpo inerme.
Después llegó la calma. Casandra no dijo una palabra, ni Pedro le pregunto nada.

Casandra terminó su café, y Pedro avivó el fuego, justo en el momento en que una figura pequeña y saltarina se abrió cuesta arriba saliendo de la vereda arbolada. Era doña Juana montada en un jumento, el cual en pocos minutos la llevó hasta la casa. 
En cuanto desmontó, Pedro le dio un café en la olla de barro, y le puso una cobija sobre los hombros pues comenzaba a refrescar. La vieja lo miró, recelosa, y aunque la escena que veía no parecía fuera de lo que esperaba, tuvo un presentimiento. Lentamente caminó hacia donde Casandra tomaba su café, cabizbaja, y levantó su cabeza poniendo la mano en su barbilla en un gesto casi tierno. Se acercó, y miró dentro de sus ojos con la intención de los abismos en busca de la luz profética que desde su regreso de México resplandecía en ellos. La chamana de Purísima sintió un escalofrío al no ver otra cosa que las profundas tinieblas de un alma derrotada y sin esperanza. Aquella pérdida le provocó un momentáneo aturdimiento. Lentamente soltó la barbilla de la joven, dio un paso atrás y, aunque los testimonios difieren un poco en cuanto a lo que después ocurrió, podemos afirmar que doña Juana se volvió entonces hacia su sobrino y le gritó con todas sus fuerzas:
“¡Animal; malnacido, hijo del demonio! ¿no te dije cuatrocientas veces que no la tocaras ni con las intenciones? ¡Ni siquiera con las malditas intenciones!"
Fue entonces que se acercó a la fogata y tomó uno de los leños que la alimentaban, en cuyo extremo brillaba un tizón humeante que blandió, caminando lentamente hacia Pedro, sin dejar de vociferar. El sobrino retrocedió un par de pasos, y doña Juana se detuvo entonces; Como indecisa. Dejó de insultarlo y por un momento se ausentó de la escena. Casandra la contemplaba con serena atención. Sin moverse y con los labios tremolantes como si murmurara un secreto.
Doña Juana dijo: "no se puede castigar el fuego con el fuego. Es un caso ya perdido. La mujer; la magia; la profecía, ese tesoro que me hubiera alargado la vida hasta la eternidad me lo arrebató tu urgencia. Tu imprudencia." luego dejó caer al piso el tizón luminoso, anaranjado, y se sentó a merendar en silencio, en una actitud de profundo abatimiento.
Pedro se había sentado. Su rostro no traicionaba siquiera la sombra de un pesar, o un arrepentimiento. Cuando vio que la vieja se calmaba él pareció entender algo. Uno como mensaje cifrado contenido en sus palabras y movimientos. Pesadamente, el carnicero se puso de pie, caminó unos pasos hacia el cobertizo y tomó un enorme cuchillo para destazar; se sentó de nuevo, y comenzó a afilarlo parsimoniosamente.
Doña Juana se fue de nuevo al pueblo terminada su merienda, montada en el mismo cansado jumento, en tanto que Pedro y su prisionera se fueron a dormir. Casandra no se defendió ahora, cuando Pedro la tomó sin decir una palabra; tranquilo por hacer las cosas a su manera, ya a toro pasado, y sin haber sido castigado. Ni siquiera él había entendido las palabras de su tía, y aunque las hubiera entendido a él le daban lo mismo las ambiciones de poder y eternidad que la vieja pudiera tener. 
Casandra durmió cansada y presa de la pesadumbre. Al dar las tres de la mañana, sin embargo, se despertó de repente. Había tenido la visión más clara y poderosa de toda su vida, y tuvo miedo. Al ver que Pedro dormía se levantó, y cubriéndose con la cobija abrió la puerta, para en silencio tomar el camino del pueblo. 

Al día siguiente, poco antes de las 11, el carcelero abrió la celda de Gabriel, y le dijo: "puedes salir. Estás libre".
Gabriel no se movió. No había podido dormir en toda la noche, torturado por la idea siniestra de que Casandra pudiera haber huido con el carnicero; y sin embargo a esa hora, y con la luz de la mañana entrando por la rejilla, sus sospechas perdieron su filo y hasta le parecieron ridículas e infantiles. Se sorprendió de haber podido temer semejante traición  de una mujer tan buena y devota como Casandra. ¿No era acaso ella quien le decía todo el tiempo que fuera un hombre formal, sin engaño en su corazón, sin mentiras en su boca? Por eso, en medio de su aturdimiento y su fatiga, fue incapaz de escuchar lo que se le decía; y hasta después de unos segundos pudo darse cuenta de que la figura en la reja abierta no era producto de su imaginación, sino un policía real que agitaba el enorme manojo de llaves en su mano para llamar su atención.
“¡Hey, paisano!” Insistió este; "que ya te vayas".
Gabriel se enderezó en la dura tabla que hacía las veces de cama. "¿Cómo?" Preguntó, intrigado. Lo primero que pensó fue que su contacto en Guadalajara había comparecido para corroborar su coartada. "¿Por qué?”
"No sé bien" dijo el de las llaves. "Creo que apareció la muchacha".

La luz del sol lo cegó por un momento al salir de la comandancia. Hacía un poco de frío, y comenzó a ponerse el saco mientras trataba de resistirse al resplandor en busca de alguien que hubiera ido a recibirlo. Por desgracia, la persona con la que se encontró, y que reconoció tras un par de angustiosos segundos, no era su novia recuperada; como esperaba, sino la vieja chamana, doña Juana.
"Pobre muchacho" exclamó ella, pasando la mano por su traje sucio y oloroso a días de sudor y excremento. "Mira cómo te han dejado estos mal nacidos. ¡Y todo por los errores juveniles de una mujer inconstante!".
El cuerpo de Gabriel se pensó; pero no dijo nada. La vieja sintió su turbación.
"Claro" siguió diciendo, afectando una profunda decepción. "No será la primera vez que los actos libertinos de mujeres impías sean pagados por hombres inocentes y bien intencionados".
"Le pido, doña Juana" la interrumpió Gabriel, "que se explique de inmediato, porque sus habladas me caen de peso después de lo que me han hecho. Si habla de Casandra, me acaban de decir que apareció, y se encuentra bien. Voy a verla en este momento".
"De que se encuentra bien, de eso no tengas duda", le dijo doña Juana, insidiosa. "Si no habré tenido yo que ver con eso."
"Eso es imposible. ¿De qué está hablando?"
"La conciencia, Gabrielillo; es una mala consejera, y la compasión un mal sentimiento. Pero, ¿qué iba a hacer yo, viendo que por causa de la temeridad del Pedrito y, sobre todo, por la liviandad de Casandra, usted pasó tanto tiempo preso? Eso no se le desea ni a un enemigo, mucho menos a un buen vecino como lo es usted."
Al escuchar ese nombre, Gabriel sintió una corriente eléctrica que lo sacudió y lo fijó en su sitio.
"¿Qué dice?" Preguntó; en su voz había una sombra de amenaza, de peligro latente.
"Digo que, perdóname Gabriel, pero debo contártelo por tu bien y por el de tu conciencia, que cuando fui a la cabaña que tengo en el valle, camino de San Pancho, un lugar de oración en el que busco la comunión con Dios y los santos, lo encontré contaminado por la corrupción y el pecado que por vía de esa mujer ha llegado al pueblo. No; no me mires así. No es conmigo con quien tienes que desquitarte, pues nada tengo yo de culpa en este asunto. Es esa alma negra de Pedro, mi sobrino, a quien todos mis esfuerzos no han bastado para corregir, el que cayó víctima de la seducción de Casandra. ¡Malhaya el momento en el que la conociste, muchacho!"
"¿Me está diciendo…" Dijo Gabriel, la voz ahogada por un sollozo "…que mi novia fue secuestrada por ese carnicero?"
"Yo no diría que la secuestró, Gabriel; porque Pedro puede ser necio y hasta algo malvado, pero no tonto. ¿Para que conseguir por la fuerza lo que puede obtenerse por puro convencimiento?”
"¡Eso no es cierto, doña Juana!" Tronó Gabriel sin poderse contener. "¿Estaban los dos allá en la cabaña? ¡Necesita darme una prueba para que yo le crea esa barbaridad!"
"¿Prueba? ¿Qué prueba puedo yo darte si los vi ahí, abrazados y felices después de pasar la noche juntos? ¿Crees que mentiría en un asunto tan grave que te ha costado tantas horas de cárcel? Pero si no me crees, ve y habla tu mismo con ella. Yo ya lo hice, y le dije cosas tan duras como para romper su corazón de piedra y convencerla de regresar con sus padres, las únicas personas en la tierra de quienes puede esperar comprensión o piedad para su conducta."
Gabriel se tambaleó. Los testigos afirman que el mundo daba vueltas a su alrededor y por unos momentos se sintió desvanecer sobre el piso. Las pesadillas de celos que por la noche lo mantuvieron en vela regresaron de golpe a su corazón llenándolo de odio y hambre de venganza, con la cual salió casi corriendo rumbo a su casa.

Al entrar, Gabriel fue por las recámaras buscando a su padre, pero no estaba en la casa. El joven se preguntó si acaso ya sabría la noticia de su liberación; de ser así ¿porque no había ido a recibirlo? Seguramente nadie se tomó la molestia de avisarle.
Entró a su recámara, y al mirarse al espejo se sobresaltó. No se reconocía en el reflejo: sus ojos afiebrados; la barba crecida, la piel seca y los cabellos en desorden le devolvían la imagen de un loco. Incapaz, sin embargo, de ligar su aspecto a su estado, abrió un cajón de su ropero y, de acuerdo con el plan que lo obsesionaba desde su encuentro con doña Juana, sacó un viejo revólver, herencia de su abuelo el maderista. Con una ansiedad que iba en aumento buscó la caja de balas, temeroso de que su padre les hubiera tomado, o escondido. Por ello soltó un ligero gemido al encontrarlas, mitad presentimiento, mitad victoria. Con manos temblorosas cargó el arma, tardándose en ello lo que a él le pareció una eternidad. Luego tomó un puño de balas y se lo puso en el bolsillo; como si en su locura imaginara que se preparaba para enfrentar un ejército, cuando lo que anhelaba era solamente matar a dos personas. 
Fue así que, siguiendo los reportes de testigos, podemos establecer que Gabriel fue a salir de su casa sin haberse cambiado de ropa, o siquiera lavado el rostro demacrado y sudoroso; y al abrir la puerta se encontró de frente con Casandra, quien se disponía a tocar la puerta.
Los dos se quedaron petrificados; silenciosos. Gabriel ya presa de incontrolable agitación y su novia con la cabeza baja y una mano sobre el corazón, batallando con el llanto que se abría paso, incontenible, hacia sus ojos.
Tras ese momento de perplejidad fue Gabriel el primero en moverse: alargó la mano, sujetó a Casandra por los cabellos y, con un tremendo jalón, la hizo entrar casi en vilo a la casa, arrojándola violentamente en el centro de la sala. Ahí estaba ella, tendida sobre el piso, doliéndose del tirón y la caída, cuando Gabriel, fuera de sí, le dio un fuerte empujón con el pie, sacó la pistola que se había fajado en la cintura y la encañonó sin compasión.
"¡Eres una puta!" Le gritó.
"¡No!" Alcanzó a decir ella en un lamento, pero Gabriel ya estaba de nuevo lanzándole una patada en las costillas la cual, aunque lanzada con más amargura que fuerza, le sacó un pujido y la hizo rodar boca arriba. 
"¿Cómo te atreves a deshonrarme a mí y a mi familia de esta manera?" Se quejó Gabriel, presa del delirio. "¡A mi! ¡Quien a pesar de todo lo que se contaba de ti, a pesar de las cosas raras que inventabas para justificar tu expulsión del noviciado estaba dispuesto a darte mi apellido!”
Casandra levantó la mano en un gesto que parecía suplicar una oportunidad para hablar, pero él la apartó de un fuerte cachazo de su pistola. Ella dio un grito mientras se sobaba angustiosamente el golpe.
"¿Ves esta casa?" Siguió Gabriel cada vez más exaltado, blandiendo la pistola para señalar los confines de la sala. "Esta casa, puta, iba a ser tuya. ¡Es la herencia sagrada de mis padres que estuve a punto de poner en tus manos mugrosas y pecadoras!".
“¡Nooooo!” Gritó ella de nuevo, sin dejar de sobarse la mano lastimada.
"¿No? ¿No qué? ¿Vas a negar que pasaste la noche con el carnicero?" Le gritó, y luego insistió: "dime, puta, ¿pasaste la noche con el carnicero?"
Casandra supo que no podía mentir.
"¡Sí!", Dijo; y luego: "… Pero escúchame, Gabriel, por favor…"
Pero aquél no la dejó terminar. Dejó escapar un bramido animal, primigenio, y fue a tomar una silla del comedor; la rompió contra el piso y tomó una de sus patas para azotar con ella a Casandra por todo su cuerpo. Nunca, ni en sus momentos de mayor enojo, Gabriel creyó tener semejante violencia dentro de sí; era como haber comido durante dos noches tanta humillación, miedo y orgullo herido como para vomitar fuego durante muchos años. Se vio, en ese momento de tormenta homicida, en un callejón sin salida. Tendría que irse del Estado, comenzar de cero en otra parte; tal vez jamás podría casarse, sus padres morirían de pena. A cada pensamiento, Gabriel dejaba caer un golpe sobre Casandra, quien repetía una y otra vez, en voz ahogada por la sangre y la piedad, que la dejaran hablar.
Finalmente, Gabriel se desplomó sobre el piso, exhausto. Jadeaba intensamente y estaba cubierto de sudor. Su novia yacía junto a él, cubierta de golpes y raspones por todo el cuerpo; la ropa desgarrada a trechos. Tenía los ojos entrecerrados y de su boca salía un hilo de sangre que comenzó a encharcarse sobre el tapete.
Gabriel pensó que la había dejado inconsciente, pero después de unos segundos ella escupió una bocanada de sangre y dijo:
"¡No lo vayas a matar!"
Gabriel se derrumbó finalmente al escuchar estas palabras. ¿Sabía Casandra que al pronunciarlas se estaba sentenciando a muerte? ¿Cuándo—se preguntaba—había tenido su novia una muestra de abnegación semejante por él, por Gabriel? Recordaba que nunca quiso darle sino un beso breve muy de vez en cuando; si lo tomaba de la mano su apretón era frío, sin entusiasmo; si él trataba de abrazarla ella lo apartaba. ¡Qué terribles momentos había pasado esperando una caricia, una palabra dulce que nunca llegaron. Él, Gabriel, era quien tenía que mendigar cada contacto, cada mirada. Su mano era incapaz de tocar la mejilla de ella sin un temblor nervioso ante el inminente rechazo; el gesto de desagrado que se le enterraba en el corazón como una estaca. ¡Y él había elegido respetarla! Sería la cercanía del noviciado; pensaba. Estaba reservando las joyas de su piel para la noche de su matrimonio. No podía hacer otra cosa. ¡Y que engaño tan diabólico había sufrido! Al carnicero se había entregado toda entera y sin reservas. Y lo amaba. Lo amaba como nunca lo amaría a él; a Gabriel. Al hombre fiel y cabal que por ella había terminado en la cárcel. Tanto así, que en el momento desesperado en el que padecía tanto dolor, Casandra no podía pensar sino en salvar a su amante de la muerte. 
"¿Y todavía lo defiendes?" Le gritó, inclinándose para atronarle los oídos. "¡Eres una cualquiera!" Y luego repitió más bajo: "una maldita cualquiera, mal nacida.”
Entonces empuñó su revólver con ciega determinación, y lo acercó a la cabeza de su novia.
"No. No es eso." Murmuró ella desde las profundidades de su cuerpo destrozado; de su conciencia en calma. Se había dado la vuelta para verlo a la cara. "Me preocupas tú. Tú, nada más. Lo vi en un sueño… Gabriel; si lo persigues… te matará."
Pero Gabriel se encontraba ya en un infierno al que las buenas intenciones no llegaban, sino solamente las palabras crudas y sin bondad que en ese abismo significaban siempre otra cosa.
"Maldita infiel. Maldita mentirosa;" Gabriel hizo una pausa para tomar aliento y gritar: "¡no te creo! ¡No te creo! ¡No te creo!"
Luego presiono el revólver sobre la frente de Casandra y disparó una; dos veces. 


Epílogo

La vereda que conduce al valle. Es de noche, y aunque hace frío ha dejado de soplar el viento. Por en medio de los árboles que, a los lados, parecen soldados enormes que se hubieran formado en una correcta valla de honor, camina apresuradamente la ruina de lo que alguna vez fue un hombre.
Se trata de Gabriel. O para mejor decir, su cuerpo que como aún autómata se dirige a cobrar venganza del carnicero. ¿Su alma? ¿Su inteligencia? Ésas y otras cosas que hacen de un hombre tal ya no las lleva consigo. Quedaron desperdigadas; olvidadas por partes en distintos lugares por los que ha pasado en las últimas horas. Una parte reposa sobre el cadáver de Casandra, después de que como un golpe, como un mazazo lo sacudió la conciencia de su delito. Otra parte, tal vez la última, sobre las manos de su padre, quien al ver el extremado desastre le dijo que no se preocupara, que él mismo asumiría la autoría del crimen y luego, al negarse Gabriel a ello sin dejar de llorar, lo exhortó con amor a que se entregara para enfrentar su culpa, sin lograr convencerlo. 
Por eso es que sólo un cuerpo vacío recibió la primera cuchillada, urdida por la espalda,  de Pedro, quien se acercó en total sigilo, aprovechando la turbación de esa cabeza sin pensamientos ni deseos; ocupada si acaso por la obsesión de la muerte. A ese golpe siguió otro, y otro más; y no cesaron hasta que Gabriel no era sino un confuso montón de piel rota y sangre derramada del que Pedro se alejó perdiéndose en la noche para siempre. Al momento de escribir estas palabras continúa prófugo de la justicia. Eso si hemos de creer los testimonios a nuestra disposición y pienso: ¿por qué no los creeríamos? 

AS 

Morelia; Septiembre—Octubre de 2014. 

Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.