sábado, octubre 11, 2014

Solamente estoy de paso




Mis días en la corte de Su Majestad La Reina (démosle ese título con legitimidad, sin sarcasmo alguno) me han hecho recordar lo que mi segundo consejero (mi padre es el primero) el gran maestro CT, me dijo una vez. Hablábamos de mi costumbre de rasurarme todos los días con la navaja de hoja libre; escuchando música de los años 20's o la novela de Manzoni “I Promessi Sposi”; leída en la voz sensual, expresiva y bella de Silvia Cecchini. “¿Por qué ponerte todos los días en la garganta un arma con la que los gángsters irlandeses solían matarse entre ellos?”, preguntaba. “Es más tardado, más doloroso y hasta peligroso. La tecnología ha inventado instrumentos finísimos para rasurarse rápida y fácilmente ”. 
Creo que mi vida ha dado un giro. Mis inclinaciones tienden a ser otras con la experiencia. 
Le contesté, pensando sin querer en la mirada dulce que Su Majestad me regala de cuando en cuando: “por el placer de hacerlo”; y luego agregué: 
“Porque el pequeño dolor es parte de ese placer. También por el lujo de tomarme las cosas con calma, sin apresurar los finales de frase; por el refinamiento en la técnica y la emoción de sentir la navaja cerca de un manantial de sangre que no podré detener si cometo un error, lo mismo que el fuego se torna inapagable si te prende en la piel viva o el amor te arruina la vida una vez que te abandonas a él. Por eso pero, sobre todo, porque vale la pena". 

Eso pienso en la corte de la Reina. 

sábado, septiembre 27, 2014

Sobre la tumba de Cirilo


Se acerca otro aniversario de la muerte, ocurrida en Octubre de 2011, del columnista del semanario Umbrales Cirilo Siria, y aunque se impone recordarlo, es necesaria una aclaración si hemos de narrar su circunstancia: hay que decir—a la manera de las novelas—que toda semejanza de los personajes con personas reales es puramente accidental. Se trata de un despropósito para todos quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y militar a su lado, pero un paso necesario si deseamos proteger la identidad de personas aún vivas. 
Sin importar la manera en la que presente, creemos necesario este homenaje a la vida de ese sindicalista ejemplar que fue Cirilo, un hombre que resistió valientemente las agresiones y violencia propias de la lucha de clases, pero que sucumbió penosamente a la engañosa delicadeza de la pasión amorosa.


I

¿Por qué el amor debería estar ausente de la vida de un luchador social? El socialismo, y en cierto modo también el sindicalismo, son una labor de amor; entendido éste como una renuncia al interés propio en beneficio de otra persona o una causa común. Esa es, esa debe ser una manifestación del amor.
Y no es que Cirilo no hubiese amado antes. Muchas veces me contó que, durante la huelga de Pascual que tantos años resistió hasta la victoria final, vivió acompañado de una bella estudiante universitaria a la que llamaba Carmen. Era delicada, algo más alta que él (casi cualquier persona lo era), de cabello castaño y ojos dorados cuando les daba el sol. Estudiaba sociología, aunque prefería la acción política a cualquier cosa que le enseñaban en la escuela. Su atracción hacia Cirilo fue inmediata. Carmen llegó a medio día a la planta de Insurgentes Norte, cerca de Lindavista, con la intención de levantar algunos testimonios de las mujeres cercanas al movimiento. Entonces lo vio: joven (en aquellos días contaría con unos 20 años o un poco más) parado sobre unas cajas de madera, dando un largo discurso sobre las razones para quitarle al patrón la maquinaria a cuenta de los salarios caídos. Era—el discurso—una mezcla bien articulada de razones prácticas y justificaciones ideológicas para la demolición de prejuicios morales, y los compañeros lo escuchaban en silencio, aunque atendiendo las labores cotidianas del campamento.
A Carmen—quien olvidó de repente la razón de su visita—le llamó la atención el lenguaje que usaba: claro, preciso, y al mismo tiempo cercano a los camaradas; un lenguaje aprendido en la infancia, y transformado en un arma eficiente a través de muchas lecturas. Se prendó de su cuerpo, delgado y pequeño, pero que en el trance oratorio se pensaba como la aguja de una trampa lista para dispararse. La espoleta de una granada arrojada hacia otra parte.
“Sus manos nunca dejaban de moverse”, me dijo Carmen en el funeral. ”Eran unas manos que podían empuñar el aire para proferir una terrible amenaza, que describían con precisión las palabras de un discurso o acariciaban durante horas mi espalda con ternura inacabada. Amaba esas manos. Amaba esa palabra, y esa humanidad pequeña y frágil”.

II

Cirilo dejó una nota de despedida sobre su mesa de madera, comprada en Pátzcuaro, y la encontré de milagro enmedio de los montones de libros y cuadernos en los que garabateaba esos escritos que nunca publicaba, o casi nunca. 
En la nota, Siria pidió, entre otras cosas, que se le hiciera un funeral sencillo y sin ostentaciones ideológicas. De hecho, prohibió expresamente la presencia de cualquier símbolo en su capilla ardiente, ya fuera religioso (cruces, estrellas de David) o político con una sola excepción: su féretro debía cubrirse con una bandera del SUTRACON; de preferencia aquella que había tremolado durante el histórico levantamiento del 2010.
A partir de dicha solicitud pude confirmar algo que ya sospechaba: la desilusión de Cirilo por todos los sistemas de pensamiento político por los que había luchado a lo largo de su vida. Según sus propias palabras, había caído en una bancarrota ideológica de la que ya no se recuperaría sino parcialmente.
Al principio de su activismo, abrazó al comunismo como una forma de vida, aunque el derrumbe de la Unión Soviética lo hizo repensar las posibilidades de extender su doctrina al resto de la población. Ya para entonces era un desengaño extraordinariamente tardío, y con todo fue necesaria la lectura de Solzhenitsyn para que el desencuentro fuera total. Intentó luego con una forma intensa y antidogmática de la democracia social, aunque la imposición del neoliberalismo por parte de Salinas y sus sucesores destruyó por completo su confianza en los sistemas representativos en tanto mecanismos de control para una oligarquía avorazada y mafiosa. Su confusión y desconsuelo no son para ser descritos. Era evidente que, al margen de su coraje reprimido y el torrente de energía vital que no hallaba cauce o desahogo, Cirilo padecía una suerte de horfandad; un desamparo político cuya fuente emocional era la impotencia, y en virtud del cual se veía orillado cada vez más hacia el Fascismo. 

III

Fue en esa encrucijada que tuve la idea (él diría, la "iluminación") de asociarlo al SUTRACON como activista con voz, pero sin voto, en la organización de las bases.
Cirilo abrazó el sutraconismo con pasión religiosa. Como un náufrago a punto de ahogarse se aferra a una tabla para mantenerse a flote, de ese ansioso modo se aferró Cirilo, nuevamente, a un proyecto sindical, el nuestro. Su valor y entusiasmo pronto se contagió a las bases, y la oportunidad de escribir su propia columna en UMBRALES para comunicar su vasta experiencia dentro del sindicalismo lo emocionó como a un niño. Desde sus primeros borradores supo darse cuenta—para mi asombro y satisfacción—de que el nuestro es un sindicato sui generis, de factura inédita y única, y debía adaptar sus vivencias de modo que resultaran comprensibles dentro del marco de la realidad conservatoriana. 
Otra motivación, sin embargo, agitó su pluma desde la primera entrega de su Almanaque Sutraconista. Más allá de su misión social, de sus objetivos claramente didácticos y casi evangelizadores y la experiencia dolorosa del revolucionario inveterado, la columna era el vehículo sencillo para la intensa pasión amorosa del articulista. El mensaje lanzado en una botella, la bengala multicolor disparada al aire con la intención—ingenua, si se quiere—de llamar la atención de su sol, su paloma, su "adorada güerita" a la que dedicaba sus pensamientos y todas las entregas de su Almanaque. No había una sola en la que no escribiera siquiera un par de frases dulces para la amada secreta.
Yo estaba conmovido; sinceramente conmovido, pues nunca—hasta ese momento—sospeché que Siria pudiera expresarse con esa juguetona dulzura. Después de leer un par de entregas me aventuré, como muchos otros, en el juego de adivinar la identidad de la misteriosa beldad que de ese modo había impactado el corazón del amigo, aunque sin éxito. Su natural reserva para con su vida interior se tornó en este caso una muralla impenetrable. Tal vez, me digo, ni la misma güerita se supo encarnada en las páginas de nuestro semanario.

IV

El amor, como todos los desastres, tomó a Cirilo mal parado, fuera de balance. De haberle ocurrido siquiera una década atrás, las potencias de su alma y de su intelecto se hubieran abierto camino en el corazón de la güerita; pero cuando—una mañana de otoño—el viejo combatiente, el orador de las cien mil batallas, se atrevió a cruzar con ella unas cuantas palabras, el corazón le dijo con toda claridad que la lucha sería desesperada e inútil si de lo que se trataba era de conquistarla. 
Y no es que la güerita hubiera tenido malas palabras para el sutraconista, o que de sus ojos saliera un mensaje inequívoco de rechazo o desprecio. De ningún modo. Convencido estoy de que Cirilo jamás hubiera dado su vida por alguien que abrigara esos sentimientos. No, por el contrario, se trató de una charla "dorada, como las hojas que caían de los árboles; un momento de dicha a en el que escuché como un privilegiado sus palabras de canela y contemple sus alemanes de hada azucarada". No obstante su azoro, o tal vez a causa del mismo, nunca más volvió a buscarla, y volcó su pasión en la composición de baladas y poemas; única fuente que nos permite adivinar lo que pasaba por su mente cerca del final.
"Soy un vaso de días pasados, y todo lo que llegue a mi envejecerá de pronto". Decía una reflexión, garabateada bajo un poema llamado "Rebeldía del tiempo". Su alma, considero, se reusaba a abandonar el amor, pero su corazón de luchador le impedía someter a su amada a la esclavitud contra la que siempre había luchado. Su cuerpo, aún cuando magullado por su historia, se hallaba fuerte y nuevo aún; pero su mente era un laberinto que la güerita jamás lograría cruzar a salvo.
El día en que su pronóstico se cumplió, y su partido fue brutalmente derrotado, Cirilo se conectó a la corriente como una lavadora, y abandonó el mundo montado en un rayo. Fue un final que no puede ni debe entristecer a nadie; aunque no dejo de preguntarme qué hubiera ocurrido si, como otras tantas veces en el pasado, Cirilo se hubiese empecinado como cuando se trataba de vencer a un patrón de maneras bruscas y villanas, organizar un plantón de la nada o arrastrar a todo un pueblo al boicot; y se hubiera propuesto reconstruirse a sí mismo para conquistar a su amada sin admitir derrota, con arte y brillantez en su amorosa estrategia. 
Si tal hubiese acontecido ¿sería Cirilo un hombre feliz? Tal vez; aunque conociéndolo, hubiera encontrado en la felicidad de una compañera un nuevo dictador del cual emanciparse.

Tal vez, pienso, tuvo razón.

AS

Morelia, Noviembre de 2011 — Septiembre de 2014

domingo, septiembre 07, 2014

Una nueva forma de tomarnos de las manos (segunda y última parte)



Leandro pensó que no importaba en absoluto el poder destructor del tiempo frente al poder reparador de esa sonrisa, lo mismo que de los ojos grandes y avellanados de Raquel. De su esbeltez, que de enfermiza se tornó estilizada y sus manos delgadas, recatadamente tomadas al frente, sobre el regazo. Él se quedó callado. No recordaba a esa mujer, aunque reconocía haber vivido con ella tiempo atrás. Era como si un velo que la hubiera mantenido oculta e intacta en la oscuridad se hubiera levantado de pronto. El velo de tristeza y melancolía que lo angustiaba.
Fue tan encantadora y sencilla la aparición de su mujer, tan claro el regreso de las cosas que en ella amaba, que Leandro olvidó por un dulce momento que tenía la firme intención de abandonarla; y no lo recordó sino después, cuando se dejaba guiar de la mano escaleras arriba. Pensó por un instante que lo llevaba a la recámara, y el deseo de que así fuera borró por completo su anterior designio. Se sintió estúpido por haber estado a punto de escapar de una persona tan amada. Es así como nuestra mente traiciona al corazón. Cuando tiene motivos para creer que nuestro afecto no es bienvenido nos dice que es mejor alejarnos antes de someternos al tormento del desamor y la tristeza. Y con esa facilidad se desengaña al hombre, que una sonrisa, unos ojos iluminados repentinamente tras meses de oscuridad, convierten en gozo el sufrimiento, la melancolía en un suave carnaval. ¿Quién había dicho que Raquel lo amaba de nuevo? ¿Quién dijo que su tristeza había quedado atrás? Nadie. Tal vez era su imaginación de nuevo; tal vez el desastre era ya inevitable y en esos minutos contemplaba al moribundo levantarse en un último estertor antes de partir para siempre. ¿Era su imaginación también la mano tibia y delgada que lo llevaba furtivamente, como si su destino fuera un lugar secreto?
"Gracias por el pan", dijo Raquel. "Huele delicioso; aunque yo traje un poco hace rato". 
Entonces ella, pasando de largo la recámara entró al estudio. Leandro no tuvo tiempo de sentirse decepcionado, porque cuando siguió a su mujer al interior lo que vio le quitó por un momento el aliento.
El pequeño espacio, que durante los meses anteriores había ido cubriéndose de polvo y cayendo en el desorden se veía renovado y acogedor: los libros ordenados, los muebles limpios y amorosamente adornados con tres floreros llenos de margaritas, la flor favorita de ambos. El piano había sido limpiado también y sobre la tapa—era un Petrof vertical, siempre afinado—Raquel había puesto tres velas sin amenazar la madera del instrumento. Había otras velas alrededor, en los libreros y, sobre unas mesitas a cada lado del teclado, dos copas llenas de vino tinto. Era como la alcoba de un poeta enfermo de romanticismo en su noche de bodas. En las mesas, junto al vino, Leandro vio platos con rebanadas de pan—el mismo que solía comprar—cubiertas de aderezo y filetes de salmón.
"Ven", dijo ella. "Debes estar cansado".
Leandro se dejó quitar el saco y cuando Raquel lo hubo colgado regresó a darle un abrazo estrecho y cálido, hundiendo la cabeza en su cuello y suspirando profundamente, como si quisiera reparar con el aliento las piezas rotas de algo  que se hubiera estropeado, muy adentro. Él seguía sin poder hablar. Sorprendido, pero temeroso de que las palabras le impidieran gozar de todo aquello. Pensó en separarse del abrazo; pedir una explicación de todo ese montaje, de toda esa repentina ternura que era como lluvia en torrente después de una larga sequía, pero no quiso. Si había una razón no tardaría en saberla.
"Perdóname", dijo Raquel riendo de nuevo; y su risa era brillante como el tintineo del oro. "Yo sé que vienes cansado, pero desde la mañana tengo ganas de tocar contigo un poco. ¡Tantas ganas! He traído esta pieza en la cabeza durante todo el día y por eso contaba los minutos esperando a que regresaras".
Hasta en eso era la de antes, pensó él: corriendo y saltando, apurándose para terminar su trabajo y tener tiempo de tocar un rato juntos. El vino era parte del ritual, aunque las velas acentuaban más la calidez y cercanía de esa, la forma más íntima de la música; alianza de intenciones en la que los artistas compartían no solamente la misma obra, sino aun el mismo instrumento musical.
Entonces Leandro sonrió. Tocar con su mujer era una de las cosas que más gozaba en el mundo, apenas después de hacerle el amor; algo que ocurría ya poco. Era un amor triste e infructuoso, aunque ambos deseaban un hijo desde hacía tanto tiempo; aunque sólo él se había resignado ya a no tenerlo.
"¿Qué quieres tocar?" Preguntó sonriendo, paternal.
Ella dijo, aplaudiendo rápido como una chiquilla: "¡Dolly, Dolly!"
Leandro se sentó al piano y Raquel junto a él. En el atril estaba esa obra que Gabriel Fauré, ya en los linderos de la vejez, compuso para celebrar a la hija de su amante. Él se preguntó si acaso la elección de la música iba más allá del deleite infalible de hacerla juntos, y sin contestarse comenzó a tocar los compases que sirven de introducción a la primera pieza; una Berceuse por el cumpleaños de esa tal Dolly, la futura esposa de Debussy. Un motivo de cinco notas, cuatro cortas y una larga acompañadas por un bajo arpegiado y constante; suave, sencillo.
Al escucharlo Raquel se irguió con solemnidad, subió las manos al teclado y, tras llevarse el cielo en un suspiro, comenzó con la encantadora melodía; un mensaje de candor y curiosidad lleno de esperanza. Canto en frases largas que hacía saltar a la vista aquella niña sin necesidad de una frase o una palabra.
Leandro era feliz. La música fluía con facilidad y los acariciaba como una brisa pura y afectuosa. Ahora todo era como antes, mejor que antes. De repente Raquel cometía un error y se detenía. Se disculpaba riendo, tomaban un trago de vino y se besaban con ternura para seguir tocando luego. A veces Leandro miraba a Raquel sin dejar de tocar; contemplaba su nuca delicadamente curvada, sus orejas pequeñas que a la luz de las velas le parecían la creación de un pintor renacentista que no había nacido, que no nacería jamás.
"¡Ay, qué dicha!" Exclamó ella entonces, elevando el rostro al cielo y dejando de tocar.
"Soy tan feliz", contestó entonces Leandro. "¿Por qué dejamos de hacer esto por tanto tiempo? ¡Es delicioso!"
"Sí. ¡Es como si pudiéramos pasar horas tomados de las manos..." susurró ella y agregó luego, riendo apenas, "...los tres!"
Leandro, quien estaba a punto de seguir tocando sufrió un sobresalto y se quedó con los dedos suspendidos sobre el teclado. Se asustó ante la idea de que hubiera alguien más en la vida de ella, un hombre tal vez; e iba a levantarse cuando Raquel acarició su mejilla para obligarlo dulcemente a mirarla a los ojos.
"Estoy embarazada". Dijo. Luego lo abrazó para poder hablarle al oído: "no es la primera vez, porque lo estuve hace como cinco meses, pero perdí al bebé. Lo perdí tan suave y tan rápidamente que preferí no decirte. Hoy vi al doctor Silva, y dice que ahora no hay peligro, que todo va a salir bien. Sé que no te he tratado como se debe; que me alejé del piano. ¡Estaba tan desilusionada que me sentía de luto, Leandro! Soy una tonta. Sé que debí decirte; que hubieras entendido. Pero ahora veo que fue mejor así. Ojalá y que, si entre nosotros hubo una sombra, se vaya de inmediato. Ojalá y siempre puedas sentarte junto a mí, frente al piano, tesoro. Mira, te prometo una cosa: cuando sientas deseos de tocar conmigo sólo dime. Yo acostaré temprano a nuestra hija, traeré el vino y la velas, y el tiempo será nuestro. Después, si quieres, llevaremos la música a la recámara. ¡Soy tan feliz!"
Leandro, abrumado; avergonzado por su debilidad y por su miedo recordó, como una revelación, la noche aquella de ansioso deseo que se transformó en danza agónica de amor. Raquel lloró mucho antes de quedarse dormida, y la bendición de su llanto había llegado por fin sin que la acompañara la esperanza. Estrechando el abrazo recordó que la palabra Berceuse significaba "canción de cuna", y recogiendo un puñito de ternura del fondo de su corazón susurró al oído de esa flor estremecida: "yo también soy feliz; porque estas conmigo, y porque aun te amo".

Epílogo

Tocaron poco esa noche, sobrecogidos por el gozo; y luego se regalaron con la pasión y el entusiasmo de los primeros días. Sin poder dormir, Leandro se levantó en la madrugada, encendió un cigarro y salió al balcón. Miró al cielo, y se alegró al darse cuenta de que la noche silenciosa y estrellada era como un espejo de su corazón en calma. No pensó, curiosamente, en el futuro; como suele ocurrir a quienes reciben la noticia de que van a ser padres, o ya lo son en cierto modo. Ni en el pasado, que como sus dudas había dejado de existir. 
Pensó en Raquel y en la feliz costumbre que había nacido esa noche; esa nueva forma de pasar horas tomados de las manos, entre la música y el amor. 

AS 

Morelia, 16 de mayo de 2014.

sábado, agosto 23, 2014

Una nueva forma de tomarnos de las manos (primera de dos partes)



Cuando terminó el ensayo, Leandro bajó las manos y se quedó muy quieto mirando el teclado. En silencio, ajeno al alboroto del coro que se desbandaba. Un tenor amigo suyo se acercó para palmearlo en el hombro, pero se detuvo al ver su semblante reconcentrado, ausente. Convencido de que en esa cabeza se libraba una especie de batalla, retiró la mano y se alejó rumbo a la salida.
En realidad, Leandro había pasado las dos horas de trabajo convenciéndose de que tenía que abandonar a Raquel, a la hermosa Raquel; esa misma tarde.
El problema era que el camino de las razones, que al principio se le había presentado recto y despejado, se hallaba ahora desdibujado por una selva de contradicciones, y lo que ahora quedaba de todos los argumentos era un sentimiento solamente; sólido, como los sentimientos que nos hacen tropezar aparecen siempre, aunque ajeno a la cordura: ya no quería; no, ya no debía seguir viviendo con ella. Eso era todo. 
Hubiera podido dar razones, claro, si se las hubieran exigido. Diría, ya no la amo; por mucho que su corazón aun le pertenecía, y aunque en el fondo supiera que, para él, el amor no era algo que existía o no sin poder controlarlo, dependiente de ajenos factores, o que cayera del cielo a la manera de una bendición, sino un verbo, una acción que podía ejecutar cuando el corazón se lo pedía. Amar, para Leandro, era una decisión que ahora hacía a un lado: por eso la razón era falsa, y disimulaba esa emoción insoportable.
"Debo irme". Pensó. Caminaba con calma hacia su casa, no muy lejos de la vieja sala de ensayos en donde la había conocido. No había motivo para apresurar las cosas. Después de todo era el tiempo, ese dios inmisericorde que había creado los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos, el que lo había echado todo a perder. El tiempo, gran creador y gran destructor, como el amor. 
De la sala a su casa era un camino agradable, arbolado, de banquetas enlozadas que pasaba por la panadería tradicional del barrio. Era su costumbre entrar, saludar al panadero y tomar dos bizcochos y una hogaza para la merienda. Al entrar, una tela bordada y enmarcada decía a los clientes: "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy". Como siempre, Leandro lo leyó devotamente y en voz baja, agradecido por lo menos por esa bendición. Eran costumbres también, pensó enmedio del aroma de la hornada; hijas del tiempo. Una sola vez, no por olvido, había fallado en llevar el pan y Raquel—encerrada ya entonces en el silencio que lo había demolido todo—ni siquiera preguntó la razón. Solamente se puso un suéter ligero y fue por el pan.
Ahora llegaría una vez más y pondría la bolsa de papel sobre la mesa de la cocina; después de saludar a Raquel, quien sin duda estaría en la sala, leyendo. Él diría: "ya llegué, amor"; y ella: "gracias a Dios". Convenciones de matrimonio viejo y sin hijos, aunque no llevaran juntos más de seis años, aunque ella tuviera solamente 27 y él 40.
Esa tarde, sin embargo, Leandro se sorprendió porque Raquel no estaba en la sala, ni en la cocina tampoco, como esperaba.
"Tal vez salió". Se dijo, poniendo la bolsa de pan sobre la mesa de la cocina. En un instante Leandro se dio cuenta de que era mejor así. Temía no saber qué decir llegado el momento de partir. No podría irse en silencio si ella estaba presente, y ahora tenía la oportunidad de tomar unas cuantas cosas indispensables y salir, para decretar con ello la separación. No hacía falta mucho. Viajar ligero era una de sus virtudes.
Sería lo mejor. Imposible decir: "me voy porque desde meses atrás eres una mujer triste". ¿No era su deber interesarse en su tristeza, tratar de remediarla? Sí. Lo había intentado una vez, pero ella había guardado silencio. En un momento abrió la boca como para decir algo, pero el llanto se llevó en torrente sus palabras y él no volvió a insistir con ello. Podría decirle: "Tú no eras así. Siempre fuiste eléctrica, llena de vitalidad y fuerza, y lo sigues siendo tal vez. Sólo que entonces había fuego en tus ojos. Todo lo que hacías era hermoso, luminoso por el entusiasmo de tus manos. Reías, hablabas sin parar". Pero, ¿no era él causa de ese cambio? Por supuesto que lo era. ¿Cómo reclamar después de apagarle la sonrisa con sus nostalgias; sus costumbres y preocupaciones de hombre entrado en años? No hacía falta mucho más para acabar con una juventud; aun una como esa, brillante y cálida como el sol.
A pesar de todo, no había culpa en su pensamiento. Solamente la admisión de un hecho doloroso. Tampoco le preocupaba irse sin una despedida. Ya después, tal vez, explicaría su acción. Raquel era todavía joven y muy linda. No estaban atados. Ambos podían intentarlo de nuevo con alguien más. Se había enamorado de su dicha, de su locura por la vida. Dejar que ambos se perdieran por su causa era un precio imposible de pagar a cambio de seguir juntos. Sería una verdadera bancarrota del mundo.
En ese instante, Leandro sintió la mirada de Raquel. Se volvió y ahí estaba ella, sonriéndole desde el marco de la puerta.
Raquel.
Sonriendo.

sábado, agosto 09, 2014

El jardín del gobernador, segunda y última parte



V

Meses antes, al día siguiente de su conversación con el hombre de la pelota, Mariana se detuvo extrañada ante la barda al darse cuenta de que no estaba ahí. El lugar le quedaba de camino a la Casa Dolores y la terapeuta prefería caminar a maniobrar su auto en el laberinto de exclusas, puntos de registro y casetas de vigilancia que le quitaban más tiempo que la hora y media de terapia que le daba al Gobernador. Era sólo un control al que se sometían los peatones y eso facilitaba  mucho las cosas, pero ahora se sentía involucrada con el hombre aquél y con su extraño hábito, y le contrariaba no hallarlo en el lugar en el que lo había visto durante semanas. ¿Era demasiado temprano? Mariana había adelantado su salida con la esperanza de continuar la conversación del día anterior. ¿Era su decisión de acercarse la causa de su ausencia? Ese pensamiento la inquietó, y durante unos segundos cerró los ojos para aplicar una técnica que la devolviera con objetividad al "aquí" y al "ahora".
Abrió los ojos y miró a los alrededores sin hallarlo. Luego se acercó al lugar de la barda y se puso justo en el mismo lugar en el que acostumbraba estar; sacó una pelota de tenis que llevaba preparada y la lanzó contra el póster de una corrida de toros, apuntando al círculo descolorido en la espalda del torero, la huella dejada por quien ella, de una forma íntima y compasiva, consideraba su paciente.
La pelota no regresó a su mano al primer intento, ni al segundo, sino que rodó sin control saltando por la banqueta y Mariana, apenada pero presa de una extraña determinación, fue por ella al arroyo una y otra vez hasta que, tras varios intentos logró que fuera de su mano a la barda y de regreso tras un breve rebote a media banqueta. Satisfecha, la especialista repitió la hazaña hasta que su ejecución se hizo más natural, casi automática. Buscaba analizar la conducta en primera persona, esperando encontrar la satisfacción oculta detrás de la repetición.
Al principio fue divertido, aunque la diversión fuera principalmente consecuencia del paulatino dominio del juego, y una vez que la pelota regresaba a su mano sin necesidad de mantener los ojos fijos en ella, mariana fijó su atención en las líneas del piso. Era una banqueta antigua, y profundas gritas la cruzaban a lo ancho, consecuencia de siglos de dilataciones y contracciones cotidianas. ¿Acaso había un mensaje oculto ahí? ¿Era relevante que la pelota tocara una o varias de esas gritas en su rebote? Si acaso había un patrón, ella fue incapaz de encontrarlo, aun después de algunas permutaciones con las líneas sobre las que podía rebotar la pelota. Buscó en el sol de la mañana un juego de sombras y encontró varios que le decían mucho, pero solamente tenían sentido partiendo de su propia experiencia.
Eso la dejaba con los pósters y la espalda del torero desgastada por los leves pero incontables pelotazos. Para entonces llevaba casi una hora jugando. ¿Cuántos golpes le había dado al póster en ese intervalo? ¿Cuantas veces serían durante toda la mañana? ¿En un mes? ¿Venía solamente por las mañanas el hombre de la gabardina? Trató de pensar en todas las connotaciones que conocía de la palabra "torero", de la palabra "espalda" sin hallar una motivación para la que no tuviera que entrevistar al paciente. Era simplemente tiempo perdido. Era psicóloga, no detective, aunque ambas cosas tuvieran mucho que ver. Aun así, su curiosidad se había vuelto insoportable. Debía de existir un patrón o un satisfactor para esa conducta. Era imposible que se tratara de un loco sin causa para sus actos.
Entonces lo vio.
Lo vio, y sin que ella se diera cuenta la pelota, que había seguido lanzando automáticamente, cambió de rumbo y la golpeó levemente en el brazo para rodar luego al piso y detenerse tras varios breves rebotes. Justo frente a ella, apenas arriba del toro y el torero, había una grieta en la barda y letreros; de mediano tamaño y forma ovalada, a través de la cual podía verse el baldío; o por lo menos una parte. Justo el lugar en donde un solitario pirul daba sombra escasa al hombre de la gabardina el cual, sentado sobre un pedazo grande de escombro, parecía conversar con un invisible interlocutor.
La pelota estaba en su mano, pero no jugaba con ella.

VI

Cuando Mariana entró a la iglesia de la Misericordia, y suplicó que la dejaran pasar al terreno para poder hablar con el hombre de la pelota el sacristán, un hombre mayor de calvicie pronunciada, monacal, le dio la espalda sin decir nada y desapareció por la puerta de la sacristía. Iba a ir en su busca cuando lo escuchó caminar de regreso, ahora acompañado de una mujer de su edad, o quizá un poco mayor a quien regañaba ansiosamente y sin cuidarse de ser escuchado.
"Te dije que permitir que don Santos entrara lo iba a meter en problemas a él, y de paso a nosotros".
"¡No seas escandaloso!" Se defendió la vieja; "¿de qué problema hablas?"
"¡Pues que no lleva ahí un par de horas y ya llegó una gente del gobierno a llevarlo preso!"
"¿Y cómo sabes que es del gobierno? ¿Eh? ¿Mitotero?"
"Ven a verla. Está bien vestida y peinada. Además, habla pulidito como niña del Liceo."
"¡Si serás bruto, Susano!" La pareja se detuvo apenas tras la pared de vidrio esmerilado de la sacristía. "los del gobierno son una pandilla de animales. ¿No se te ha ocurrido que puede tratarse de alguien que lo conoce? Tal vez él le dijo que viniera".
"Sí, me conoce". Interrumpió Mariana tratando de sonar amable. La vieja, llamada Lidia, asomó la cabeza desde la sacristía.
"¿Usted conoce a don Santitos?"
"Claro que sí. Y no soy del gobierno. Soy, digamos, doctora".
Lidia se alisó el pelo con las manos, estudiando más de cerca a la mujer. "¿Doctora? ¿Del corazón?"
Mariana entonces dio pequeños golpecitos sobre su sien con el índice de la mano derecha, mientras sonreía con inocencia. Lidia abrió muy grandes los ojos y la boca en un gesto de asombro, y suspiró: "¡No me diga que don Santitos...! ¡Dulce niño Jesús, ya se lo llevan!"
"¡No, no, no!" Se apresuró a calmarla. "¡No se trata de eso en absoluto!" Yo solamente quiero ayudar".
"Pues ojalá pudiera"; se metió el sacristán, quien mascaba media torta sacada de un escritorio sucio y descolorido como todo lo demás que había en la sacristía. "Aunque para mí que don Santos la va a tratar como a los demás".
"¿Lo han tratado otros especialistas?"
Lidia le hizo a Susano una seña para que callara y dijo, tomando inesperadamente a Mariana de las manos.
"Vinieron dos doctores. El párroco los llamó porque es amigo de esa familia desde hace muchos años".
"¿Familia?", la interrumpió Mariana. "¿Cuál familia?"
"Es una tragedia muy grande, y don Santitos no habla de ella, ni creo que lo haga nunca. Por eso hace el teatro aquél de la pelota, para que nadie lo moleste queriendo saber por qué pasa horas ahí parado, quiero decir, realmente. Mire, don Santos tenía una familia. Una esposa, mujer muy guapa que era ella, y dos hijos. El párroco nos cuenta que se querían mucho. Tenían sus problemas, pues; como todos, pero eran lo que se dice una bonita familia. Pero ya ve usted que sólo Dios, nuestro Señor, sabe por qué pone a prueba a unas personas y a otras no. Y pasó entonces que la señora y los niños enfermaron de no sé qué cosa, de esas que se heredan entre parientes. Ella la tenía desde niña, y cuando se le manifestó lo hizo también en sus hijos. Horrible enfermedad que se los llevó a a los tres en cosa de seis meses".
"¡Increíble!"
Eso dijeron todos. Don Santos lo tomó muy bien para un desastre de ese tamaño: organizó las misas y los velorios él mismo, sin permitir que nadie le robara ese privilegio. Como murieron aquí, en el hospital, su amigo el párroco le permitió comprar unas tumbitas en el camposanto de atrás. Decía que eran 'a perpetuidad', ¿verdad, Susano?"
Ambos soltaron una risita de ecos siniestros, mirándose a los ojos, y Susano, el sacristán, repitió: "¡a perpetuidad!"
"Esa perpetuidad duró solamente diez años", continuó la mujer; "diez años durante los cuales don Santos visitó la tumba de su familia bajo ese pirul todos los días. Así lo conocí yo, señora. Mañana tras mañana, porque él trabaja por las tardes, venía y se sentaba frente a las tumbitas; a veces traía comida y almorzaba ahí. Una o dos veces fui a ver si le hacía un poco de plática, pero aunque no fue grosero me di cuenta que mi compañía no le gustaba; o la de nadie, para el caso. Pero nunca hubo problema, porque nadie lo molestaba.
Lidia llevó entonces a mariana a la oficina y ahí, por una ventana que daba al terreno, era posible ver al hombre de la pelota sentado frente al árbol arruinado.
"Entonces vino la expropiación", suspiró la mujer del sacristán. "En el primer año del Gobernador llegaron los abogados a decir que los diputados habían pasado una ley; que dizque todo el hospital era una desastre, que estaba viejo, atrasado y otras mentiras. Porque era un buen hospital. Sí, viejo. Eso claro; tan viejo como el siglo, pero daba su servicio. Aun así, la ley esa decía que el terreno ya no era del hospital sino del gobierno, porque el gobierno le iba a dar buen uso. Demolerían el viejo edificio para hacer una escuela, o un teatro, o una biblioteca, o no sé qué".
Mariana no dijo nada a pesar de saber, por lo que había oído en la oficina del Gobernador, lo que realmente iban a construir ahí.
"El camposanto fue expropiado con todo lo demás. Se construyó uno nuevo en las afueras y los deudos aun vivos se llevaron a sus muertos a las tumbas que les regalaron allá. Todos menos don Santos, quien se negó a que nadie tocara a su familia. Ni para cambiarlos de lugar ni para ninguna otra cosa. Es como si se hubiera encariñado también con las tumbitas y el pirul".
"Bueno, eso es normal", dijo Susano. "Yo lo entiendo. Las tumbas son algo sagrado, como los difuntos. No es algo que deba andarse moviendo de aquí para allá. Eso es cosa de ateos y herejes".
Lidia le soltó un codazo al sacristán. "Eres un simple", le espetó. "¿No recuerdas lo que esos tipos le dijeron a don Santitos? Que si no movía a su gente le iban a echar metros y metros de concreto encima. ¿Qué te parece eso como respeto para los muertos?" Luego se volvió de nuevo hacia Mariana y le suplicó: "tal vez usted pueda hacer algo. A ese pobre hombre no lo dejan ya ni entrar a donde su familia está enterrada. Solamente hoy lo hicimos pasar por pura compasión, pero mañana lo va a ver de nuevo frente a la barda como un loquito. ¡Debe haber algo que usted pueda hacer!"

VII

Podemos explicarlo todo y dar nuestras razones con endiablado aplomo, aunque a la postre solamente somos esclavos de nuestros pretextos.
Mariana no pudo dormir esa noche pensando en lo que estaba a punto de comenzar. Era una idea nacida de la exasperación, pero también de un deseo sincero de curar, de aliviar el sufrimiento de sus pacientes. En un principio pensó en intentar que don Santos dejara ir los cuerpos de su esposa y sus hijos, separando su alma, la parte de ellos que es eterna, para permitirle mover lo que no era más que un cascarón; pero se dio cuenta de que el hombre tenía conciencia de ello, que amaba y veneraba esos cuerpos y el lugar en el que estaban, no por lo que eran (y ahora entendía sus palabras acerca del amor y los ladrillos), simples envolturas temporales convertidas en polvo; sino como las reliquias sólidas y tangibles que eran para él, sin negociación posible con la paz que le daba su cercanía, que era la de su propio feliz pasado. Eso sin mencionar lo difícil que era tratar a alguien que se rehusaba a hablar sobre las causas de su pena con todos, al grado de idear el curioso ritual de la pelota para llevar la atención de la gente por otro lado y mirar, por un agujero, el lugar en el que realmente deseaba estar. 
Pero si su idea era contraria a la ética y a lo que se esperaba de ella como terapeuta, Mariana se preguntaba la razón por la que había aparecido en su mente con la claridad del cielo, al ver a don Santos sentado frente a la tumba. Fue como si alguien, un ser invisible, se la hubiera susurrado. No podía estar equivocada.
La terapia con la que trataba al Gobernador estaba comenzado a dar resultado. Para su sorpresa era una persona fácilmente sugestionable, y sus ataques de ansiedad habían cedido tras unas cuantas sesiones.
¿No era acaso esa la razón, el objetivo de la sugestión hipnótica? Su paciente podía sentirse mejor, podía ser más efectivo en su trabajo. Pocas cosas podrían elevar más su nivel de conciencia que la creación de una obra pública duradera y buena. No era una cuestión moral, sino pragmática: la traducción en acciones de una terapia exitosa.
Mariana se sentó en la cama y, aunque estaba sola comenzó a hablar en voz baja:
"No es necesario que engañe a nadie. Voy a romper las reglas, y no  por don Santos, aunque me parezca guapo, o interesante; ni por mí; sino porque no puedo evitarlo. No puedo resistir las ganas de hacer todo esto para ver qué pasa, por muy irresponsable que tal cosa pueda sonar. Soy una psicóloga, pero no soy perfecta, carajo".
Cuando hubo admitido eso, Mariana dejó de revolverse en la cama y se quedó dormida. Al otro día comenzó a insertar la idea de un parque en los terrenos de la Misericordia en los scripts hipnóticos del Gobernador.

VIII

La intención, profunda y verdadera, de construir un jardín en lo que había sido un hospital y camposanto había sido ya instalada con éxito en el subconsciente del Gobernador el día de su discusión con el Secretario de Gobierno. A tal grado que el astuto político se quedó preocupado por la incapacidad de su segundo al mando para apreciar los enormes dividendos que en cuestiones de imagen y legado tendría una obra sencilla pero significativa como esa. ¿Qué diablo se le había metido? Pensaba. Era claro que había entrado al negocio del casino sin avisarle, y esa falta a la más elemental cortesía entre colaboradores y aliados políticos lo afirmó en su determinación de negarles el terreno que había expropiado para ellos. Para no hacer tronar del todo las relaciones con el centro del país, les regalaría las licencias y hasta les daría algo de dinero a manera de compensación; pero se tendrían que ir a otra parte. Con esa idea en mente saludó a Mariana y se preparó para gozar de su terapia; la mejor parte de su día y una que esperaba como el niño espera un juguete.
Mariana estaba inquieta. Nuevamente esa sensación de que el secretario de Gobierno la miraba con sospecha, casi con odio. Minutos antes de ser anunciada vaciló entre llevar o no su plan hasta el fin, pero esa mirada le quitó cualquier duda. Pidió al Gobernador que descolgara sus teléfonos y se recostara con comodidad en su sillón, y se dispuso a llevarlo a un trance profundo para instalar el ancla final de su tratamiento.
Tenía razón. En cuanto salió del despacho de su jefe, Zapata fue a encerrarse en su oficina. Pensativo, se sentó frente a su escritorio y, tras golpetearlo unos segundos con el índice derecho abrió un cajón con llave y sacó un pequeño altoparlante que conectó en el cajón mismo. Encendió un interruptor y luego acercó la bocina a su oído con cuidado. Por ella comenzó a escucharse lo que se hablaba en el despacho del Gobernador con perfecta claridad. La voz de Mariana, dulce y ligeramente siseante hablaba de paz, de relajación y de lugares tranquilos. Hasta era posible oír la respiración profunda y pausada del estadista en trance. Ese micrófono estaba conectado a una grabadora que se activaba al conectar el interruptor, y su cinta sin fin registraba hasta una hora de conversación. Aunque Zapata espiaba a su amigo ocasionalmente, esa era la primera vez que lo hacía durante su terapia, y se reprochó por ello con severidad. Había sido un error dejar que esa mujer le hablara sin supervisión. El buen humor del mandatario, su paz y la velocidad con la que recuperaba la tranquilidad cuando la perdía le habían parecido curiosas, no sospechosas. ¡Eso de la hipnosis suena tanto a control mental, a manipulación! ¡Cómo no lo vio antes!

"Eres un hombre poderoso que toma decisiones inteligentes, pero las toma desde el corazón".

Decía la voz de Mariana por el altoparlante. Zapata sonrió por las palabras tan ridículas y la ridícula lentitud con la que se decían. Sin embargo, su sospechas tenían una falla: ¿qué le importaba a ella? Su proyecto no tenía enemigos conocidos, y si los hubiera tenido ocultos no se valdrían de una psicóloga para destruirlos. Era mucho dinero invertido en ello como para asumir un riesgo semejante. Por un momento pensó en apagar el interruptor. Ya después tendría tiempo de hablar con esa mujer y sobornarla para ponerla de su lado. Con la motivación correcta no sería difícil persuadirla de decirle al Gobernador, con la misma vocecita, que tomara desde el corazón la decisión de construir el maldito casino.
Movió la mano hacia el interruptor dentro del cajón e iba a apagarlo cuando escuchó a Mariana decir:

"Y ahora piense en ese jardín que hará felices a tantas personas, a tus gobernados, que hablarán de ello a sus hijos, sus hijos a sus nietos..."

Zapata se quedó muy quieto y murmuró: "hija de la..." sin completar la frase a causa de la sorpresa. El orgullo de saberse en lo cierto lo hizo sonreír sin que por eso las llamas del enojo dejaran de crepitarle con fuerza, brotando de su pecho e invadiendo todo a su alrededor. Entre más escuchaba más ideas venían a su mente para destruir la carrera de Mariana, para destruirla a ella; para hacerle la vida miserable, y de paso demostrarle al gobernador que era un pendejo; un perfecto pendejo que se dejaba manejar como un muñeco. Ya no le importaban las razones por las que la terapeuta lo atacaba de esa manera, porque ya tendría tiempo después de averiguar para quien estaba trabajando, primero, y luego preguntarle de dónde había sacado el valor para intentar retarlo.
Zapata cerró los ojos y trató de controlar su enojo. Respiró profundamente y repasó una por una las cosas que iba a hacer y la forma en que iba a hacerlas, tratando de que no se le olvidara ningún detalle. Pero cuando levantaba el teléfono para llamar al coronel Zepeda, responsable de la guardia personal del Gobernador, escuchó que Mariana modificaba el tono de su voz. Había dejado de ser un susurro suave, lento, amable y dulce. Seguía siendo un susurro, pero uno que se había tornado penetrante, incisivo y mandón. Intrigado, se llevó la bocina al oído y lo que escuchó lo llenó de horror:

"...y en tanto escucha atentamente el sonido de mi voz, sepa que el Secretario de Gobierno tiene en su poder las fotografías que lo comprometen con la muerte de su yerno. Las guarda para usarlas en su contra. Para mostrarlas a su hija si lo considera necesario. Usted no podrá recordar esta importante información cuando despierte, a menos que escuche este sonido..."

Y se escucharon tres fuertes chasquidos de los dedos de Mariana, los que repitió luego de reforzar la sugestión otras tres veces.

"...al despertar me dará escolta permanente, y solamente la levantará cuando con mi voz escuche las palabras: llévese la blanca nieve".

Zapata reflexionó durante unos segundos, y su inacción le hizo pensar que él mismo se hallaba bajo el influjo de esa especie de bruja. Luego, sin poder encontrar una solución inmediata, colgó el teléfono lentamente. En el despacho, Mariana sacaba del trance al gobernador con una cuenta regresiva. Entonces el Secretario de Gobierno apagó la bocina y la grabadora.
Minutos después fue llamado para acompañar a comer al estadista. En el amplio vestíbulo vio a Mariana alejarse rumbo a la puerta mientras el jefe daba a Zepeda instrucciones precisas de poner a dos hombres que por turnos la custodiaran las 24 horas del día. No dio más explicación, ni el coronel se la pidió. Cuando por fin se volvió hacia su amigo, el Gobernador lo miró con desconfianza, como con ganas de reprocharle algo, pero sin poder recordar qué.

Epílogo

Las brisas se hicieron más frecuentes a finales del verano, y el pirul, añoso y grande entre otros árboles recién plantados, se mecía con suavidad sin dejar de darle sombra a Santos y a Mariana. Estaban sentados, uno al lado del otro, en una banca de metal con el escudo del gobierno del Estado adornando el respaldo. Santos terminaba su almuerzo y hablaba lentamente pero sin interrumpirse una especie de poema de amor mientras Mariana lo escuchaba, divertida, mirando a los niños que corrían por los prados, que montaban en bicicleta y paseaban a sus mascotas. Una pareja, no muy lejos, se besaba debajo de una sombrilla. Miraba el pequeño lago artificial y, un poco más allá, los columpios siempre ondulantes. A unos cuantos pasos detrás de ella, como si no la conociera, un agente de la seguridad del Gobernador la vigilaba fingiendo leer el periódico, o leyéndolo tal vez, porque nunca se había reportado novedad con esa vigilancia particular. Ya no digamos un simple asalto; ni siquiera un admirador impertinente o boquiflojo le había dado a su escolta algo que hacer. Tal vez pronto, pensaba la muchacha, iría a saludar al Gobernador para agradecerle el parque y decirle, como por casualidad, llévese la blanca nieve. 
Santos, en cambio, miraba un rectángulo robado al césped, en el que varios rosales florecientes perfumaban la tumba de su familia. No había cruz ni lápida, aunque una bardita que apenas llegaba a la rodilla era suficiente para que ni por descuido alguien pisara esos rosales que el hombre de la pelota cuidaba con amor y constancia. Las huellas de su sufrimiento habían desaparecido de su rostro, y un semblante joven y expresivo había emergido de las antiguas ruinas.
"Gracias", dijo a Mariana, "el almuerzo estuvo delicioso". Luego tomó su mano como se toma una paloma, y la besó. Sin retirarla, ella recostó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. Después de unos minutos de dichoso silencio, Santos dijo:
"Hay algo que todavía no te he preguntado".
"¿Sí?"
"Cómo fue que supiste lo de las fotos, si el Gobernador no lo sabía tampoco".
"No lo sabía", dijo Mariana sin abrir los ojos. "Bueno, sabía que existían, pero no quién las tenía. Fue una corazonada. Se trató de la primera ansiedad que le quité, la del destino de esas fotos. Luego la volví a poner, pero en un lugar en donde no le estorba, solamente por si acaso".
"Las cosas buenas pueden llegar de cualquier parte".
"Sí", susurró Mariana, feliz, acercándose a Santos un poco más, enredando sus brazos con el de él; "es sorprendente ver cómo de tantos benditos errores hemos heredado tanta paz".

Y ambos se fueron, seguidos de la escolta, tomados del brazo y en silencio.


AS

Morelia, 11 de Junio de 2014.

sábado, julio 26, 2014

El jardín del gobernador (primera parte)




A Fernanda Molina, en Pátzcuaro


I

La primera vez que vio al hombre, Mariana creyó que se trataba de un loco recién escapado del manicomio. Sólo cuando por curiosidad profesional se detuvo a observarlo a la mañana siguiente, tras verlo en el mismo lugar y haciendo lo mismo por varias semanas, se dio cuenta de que no era así. Lo que había confundido con una hopalanda de hospital era en realidad una vieja gabardina; arruinada pero limpia; el pelo ralo y cómicamente desmelenado por la brisa estaba lavado y quizá hasta había sido peinado horas antes, y el rostro un poco arrugado y seco mostraba la dignidad de quien es aun dueño de su cordura. Lo único que desentonaba era que, como siempre, el hombre se entretenía lanzando una pelota de tenis contra la barda de madera. No tenía—la barda—mucho tiempo ahí, pues había sido colocada para limitar el terreno que ocupó durante décadas el Hospital de la Misericordia, anexo a la parroquia del mismo nombre. la iglesia seguía ahí, pero el hospital había sido demolido a principios de ese año.  Era una barda como cualquiera otra. Dispareja; pintada del verde ese que siempre sobra y casi regalan en las tiendas Dupont, y estaba invadida por la propaganda de los cines, las luchas y los cigarros. Así, cuando Mariana pasó de nuevo por ahí al día siguiente y el resto de la semana, vio al hombre frente al mismo tramo de barda, arrojando la pelota contra ella con apenas la fuerza suficiente para hacerla rebotar al piso y de regreso a su mano. Así, una y otra vez, sin que nadie lo molestara.

II

Poco más de tres meses después, el Gobernador bebía un escocés sin agua de frente al gran ventanal de su oficina en la Casa Dolores, su residencia oficial. Se había quitado el saco para engañar al calor de principios de la primavera y miraba sin ver allende las jacarandas que sombreaban los prados recién podados. Era una mañana quieta, soleada y él se sentía de maravilla. De hecho, no recordaba el gozar de un bienestar semejante desde que era un muchacho de veinte tantos y gastaba con la bella Susana el dinero que ganaba como asistente en el bufete de su padre; sin otra obligación que la de disfrutar cada minuto de esas tardes de venturoso idilio.
Ahora, 30 años después, se propuso saborear el beso tibio del whisky con la clara inconsciencia de antaño, y se sorprendió de nuevo al ver lo insignificantes que eran problemas que poco antes juzgaba insalvables. Esos monstruos que amenazaban con destruir su administración, con acabar su carrera política y arruinar su reputación no eran—ahora lo comprendía y ya era tiempo—sino producto de su imaginación alimentada por sus miedos y absurdas supersticiones.
Pensaba, por ejemplo, en el famoso caso de Luis Carrizales; ese mariconcito que amenazó con provocar su caída con un escándalo para el que usaría fotografías que tomó siendo su escolta. Al gobernador no le había preocupado la estabilidad de su régimen, blindado a prueba de chantajitos gracias a sus cuidadosos antecesores, quienes hicieron la remoción del gobernador algo prácticamente imposible; y en cambio lo aterrorizaba que su hija se enterara de que su novio, al que llevaba casi un año llorando, no había muerto a manos de una pandilla de inadaptados sociales, de ojetes vagabundos en el delirio de la droga como se había hecho creer a todo mundo, sino que se había despedido del mundo aullando, eso sí, como un ajusticiado, pero molido a palos por él mismo, su padre; a quien cada patada, cada batazo que dejó ir a la cabeza de ese desgraciado le obsequiaron con un secreto placer.
Por supuesto que no se arrepentía. ¿Quién le dijo a ese muerto de hambre a quien la Maja conoció en la preparatoria, a ese hijo de albañiles, que podía alzarse con el premio inaudito de la hija del Gobernador? ¡Hijo ejemplar! ¡Estudiante destacado! De todo habían dicho quienes pedían justicia y castigo para los responsables, incluyéndolo él mismo. ¡Si hubieran visto al estudiante suplicar llorando por su vida! ¿A qué hora había tomado el cabrón de Carrizales esas fotos? Se había distraído. Se había dejado arrastrar por la emoción y el odio. Era, después de todo, uno de esos trabajos en los que no permites que un sicario te robe la diversión.
Dio otro sorbo al escocés, y sonrió ante lo absurdo de sus preocupaciones, la facilidad con la que sus miedos desaparecieron casi por si solos.
Casi, si se descontaba lo hecho por Pepe Zapata, su Secretario de Gobierno. Y lo mismo había ocurrido con la mayor parte de sus antiguas angustias. Era como un milagro, aun suponiendo que a su edad se pudiera creer en los milagros. Si eso no era posible, ¿a quien agradecer la feliz circunstancia a la que debía tanta paz?
De repente, el Gobernador puso el vaso en el marco de la ventana y se quedó con la mirada fija en un punto del horizonte cercano, y tras hacerle a Zapata una seña para que se acercara, le señaló el lugar diciendo solemnemente:
"Ya sé qué hacer con el terrenazo ese de allá".

III

Mariana, aunque mujer y muy linda, nunca fue curiosa. Y sin embargo el hombre que encontraba todas las mañanas lanzando su pelota contra la barda del terreno iba ocupando cada vez más espacio en su mente, y conforme pasaban las semanas más tiempo era el que dedicaba a preguntarse la razón de su conducta. No era que le pareciera necesariamente enfermiza, sino que se asemejaba más a un juego; obsesivo y extraño, pero un juego al fin. Tras mucho pensárselo, Mariana se acercó al hombre de la pelota un día en que no tenía que llegar temprano al trabajo.
Mirándolo de cerca le pareció más bien joven. Una mirada atenta y educada como la suya le permitió descubrir que las huellas que avejentaban su rostro no habían sido causadas por el tiempo, sino por desastres interiores que la intrigaron todavía más. Muy pocas veces a lo largo de su carrera Mariana había podido ver con semejante claridad y crudeza los estragos del dolor, sobre todo en una persona que le parecía sorprendentemente tranquila. Debía estar acostumbrado a que lo miraran, pues aunque se había acercado a no más de unos cinco pasos, la presencia de la mujer le había pasado por completo desapercibida. Seguía ensimismado en su juego.
Mariana comenzó entonces a buscar una frase con la cual pudiera iniciar una conversación. No deseaba disturbar aquél ritual (pues tal parecía a juzgar por la concentración y calma del jugador) con una frase trivial o un comentario que careciera de importancia para cualquiera de los dos. Quería decir algo verdadero, por lo menos en parte; pero le costaba trabajo pensar en algo que no fueran pelotas o bardas. ¿Qué había en esa cabeza más allá de esa aparente obsesión? 
Estaba a punto de darse por vencida y preguntarle simplemente si podía hacer algo por él, cuando el hombre retuvo la pelota, y en lugar de volver a lanzarla contra la barda le dio vueltas en la mano; lentamente, contemplándola como si la hubiera encontrado tirada momentos antes y la estuviese viendo por primera vez. Luego, sobresaltando a Mariana, la miró a los ojos y le dijo: "¿No es acaso una desgracia lo que le hacen a la ciudad?"
Ella se llevó la mano al pecho sin darse cuenta. Los ojos que la miraban encerraban a la vez tanto dolor y tanta bondad que no pudo evitar pensar en un perro recién atropellado; casi como un reflejo contestó: "¿a qué se refiere?"
"¿Cómo?" dijo él, sin dejar de darle vueltas a la pelota en su mano. "mire usted, si tiene la oportunidad de viajar a cualquier capital de Europa y camina por lo barrios viejos tendrá sin duda la oportunidad de ver, uno tras otro, hermosas casas y antiguos monumentos conservados con un afecto que va mucho más allá del deber. Aun las ciudades arrasadas por la guerra se vieron a si mismas renacer gracias al celo de sus propios habitantes, quienes salvaron de los escombros una cara de santo por aquí, y por allá un escudo de armas; frisos, estatuas o cualquier cosa que les permitiera darle a su calle el aspecto que tenía antes de su destrucción".
El hombre miró hacia la barda y el póster desgastado antes de continuar: "en cambio aquí no es posible dar un paso sin toparse con estos horrendos boquetes que ofenden la vista e insultan la inteligencia. Nosotros llevamos siglos sin estar en guerra, y sin embargo la nuestra parece una ciudad bombardeada. Por cierto, me llamo Santos".
"Yo soy Mariana; Mariana Fernández", dijo ella, estrechando una mano fuerte y cálida, atenta todavía a las palabras que escuchaba. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuánta razón tenía. En toda la ciudad, pero sobre todo en esas calles, el trabajo de la piqueta era incesante. Se preguntó la razón por la que, de todos los edificios que habían sido demolidos, don Santos había elegido ese hospital; viejo, pero no particularmente bello.
"Es usted, supongo, un historiador; o un crítico de arte", preguntó Mariana. Por su modo de hablar, aquél hombre era persona educada, tal vez un especialista que apreciaba detalles del anexo de la Misericordia que a ella se le habían escapado.
"No. En absoluto", contestó. Pero no es necesario ser uno para amar estos lugares por mucho más de lo que son en realidad; o sea, simples edificios: montones muy viejos de piedra y argamasa. Y digo amar por una razón; los críticos son personas cuyas opiniones sobre las obras que juzgan son tan cambiantes como el clima. El amor es constancia. No depende de modas ni mucho menos está sujeto a la fuerza del progreso de la que se habla últimamente. Si éste es el precio del progreso y la modernidad—y señaló de nuevo el baldío bardeado— entonces ese precio es impagable".
Mariana, extrañada por el discurso que juntaba al amor con los ladrillos, cobró ánimos para opinar recordando cosas que había logrado escuchar, contra su voluntad, en horas de trabajo: "más bien es el precio de la corrupción".
Don Santos cerró los ojos y sonrió por vez primera en esa conversación, asintiendo con la cabeza. El gesto universal de sentirse sinceramente comprendido. 
"Pero entonces", aventuró Mariana, sintiendo que había llegado el momento de hablar de lo que tanto la intrigaba; "¿Lo que usted hace aquí es una especie de protesta?"
El rostro del hombre se iluminó brevemente con una chispa de sorpresa.
"¿Una protesta? Sí, claro que lo es. "Qué otra cosa si no? Y supongo que usted es periodista, o algo así".
"En efecto", mintió Mariana sin desviar la mirada. "Se trata de un reportaje para... El Sereno".
"Buen periódico. Aunque solamente lo compré un par de veces hace mucho", dijo Santos; y en voz más baja, confidencial, añadió: "Mire usted, yo le agradecería que no publicara nada todavía. No conviene hacer ruido con algo que ni siquiera es noticia. O por lo menos eso dijo uno de sus colegas hace un par de semanas".
"Debió ser un imbécil".
"Tal vez. Preguntaba, eso sí, puras cosas que los imbéciles preguntan: que dónde comía, y de donde sacaba el dinero para vivir cuando era claro que no trabajaba, y que si no tenía otro quehacer..."
"Yo prometo no preguntar ninguna de esas cosas"; dijo Mariana sacando de su bolsa una pequeña libreta como la que usan los reporteros; pero ya para cuando estaba lista don Santos había reanudado su juego, o protesta, arrojando suavemente la pelota contra la barda y recuperándola siempre con el mismo calculado rebote. En silencio y dando a entender que no respondería a nada más.

IV

"Por supuesto que sabe qué vamos a hacer con ese terreno, señor Gobernador," dijo el Secretario de Gobierno, acercándose. "Lo decidimos hace meses, con los socios que vinieron desde la capital. Vamos a construir un club privado, el más elegante de la provincia. Los planos están listos y la construcción comienza en 3 semanas".
Había preocupación en la voz del funcionario, por mucho que tratara de disimularla con el orgullo y la satisfacción de lo que estaban planeando, pues el Gobernador no era el mismo en fechas recientes, y parecía tener sus propias y secretas satisfacciones. Porque sin darse cuenta, o fingiendo no darse cuenta de lo que pasaba por la cabeza de su colaborador, le dijo: "lo sé, Pepe. Lo sé. No creas que no me acuerdo. Lo que pasa es que desde hace días me he sentido a disgusto con la idea del club ese. No me preguntes por qué. A lo mejor no acaba de cuadrarme eso de acomodar un pinche casino ahí, juntito a la iglesia de la Misericordia".
El Gobernador se detuvo. Un tenso silencio cayó sobre ambos hombres. Finalmente, tras unos segundos que al secretario se le hicieron crueles e interminables, su jefe preguntó, con el tono casual de quien sugiere un lugar para comer y tomar la copa:
"¿Y por qué no hacemos unos jardines?", y luego, sonriendo abiertamente, "no lo sé, un parque, con su lago, juegos, un paseo; algo así".
Estupefacto, el Secretario de Gobierno casi se tropieza cuando se dio la vuelta para alejarse del ventanal en el que el Gobernador, sumido aun en la contemplación, se había quedado. La cabeza le daba vueltas y eran inútiles sus esfuerzos por detenerla y usarla para pensar en qué momento las cosas habían comenzado a echarse a perder.
"Estás bromeando, ¿verdad, Pablo?" Le preguntó al Gobernador sin volverse. haciendo a un lado las formas por primera vez en esa oficina. "Dime por favor que se trata de una broma".
"No, Pepe; claro que no. Hablo en serio. ¿Por que te enojas? ¿Qué importancia tiene? No es el primer negocio grande que arreglamos ni será el último. Si la gente viene de la capital o no, la verdad no tiene importancia, ¿o sí? De todos modos nos pelan el nabo. nosotros somos los que mandamos aquí y no ellos".
"No digas barbaridades, Gobernador, que esto sí te podría costar el hueso, y a mí también, de paso. Los socios son personas importantes, muy cercanas al Sr. Presidente".
"Claro. Yo también soy cercano al Señor Presidente, y todos los diputados y sus esposas y un montón de personas van a llegar diciendo que son sus cuates del alma con tal de apantallarte y lograr lo que se proponen, aun a sabiendas de que el Presidente no se va a ensuciar las manos por salvar el terreno para un garito, o para un hotel. A lo mejor pone mala cara porque le gustan las fiestas y los relajitos; pero de ayudar en eso a sus supuestos amigos, de eso, nada".
El Secretario de Gobierno regresó escandalizado al ventanal para llamar la atención del Gobernador.
"¿Y nuestras carreras, Pablo? ¿Es tan importante esto como para ponerlas en riesgo?" Su voz era la de una persona en aguda tensión emocional, casi suplicante.
"¿Cuales carreras, Pepe? ¡No mames!" Exclamó el Gobernador volviéndose finalmente  hacia su colaborador. "¡Ya llegamos a la cumbre, Zapata! De aquí ya no podemos ir más arriba, ni tú ni yo. Además, te recuerdo que los presidentes no duran para siempre, y si el actual se enoja por una idiotez como ésta, ya no tarda en irse de todos modos".
"Pero ¿Por qué un parque? ¿De donde salió esa idea?" Zapata recuperaba poco a poco el gobierno de sí mismo. "Es la primera vez que te escucho hablar de algo así".
"No lo sé", contestó el Gobernador mirando de nuevo el ventanal rumbo al parque que solamente él podía ver. "Te juro que no lo sé. En los meses recientes he sentido un cambio en mi forma de ver el mundo. Es la obligación de todo gobernante buscar elevar sus miras; superarse a sí mismo para servir mejor a sus conciudadanos. Mira, Pepe; cómo en las ciudades más importantes del mundo tienen hermosos jardines enclavados en sus colonias populares; aun aquellas densamente pobladas. Son detalles, también esos, de modernidad y buen gobierno. Tú sabes que mi mente y mi corazón se están transformando; que gracias a eso he dejado de ser un hombre atormentado, aunque atormentado en secreto, que esas mariconadas no tienen por que saberlas la ciudadanía. Es cosa de cada cual. Y recuerdo, Pepe, que tú mismo dijiste que te daba gusto verme así, jovial y saludador como debe serlo todo buen político, y no con la cara de enterrador con la que andaba después de la elección".
"Bueno, sí, así es. Pero esto es otra cosa muy distinta. No se habla de alegrías y tristezas, sino de grandes sumas en metálico".
"Es lo mismo. No hay transformaciones a medias, Pepe. Una transformación a medias no es más que una deformación".
"No debemos mezclar lo personal con los asuntos de gobierno".
"¿Y desde cuándo los permisos de demolición, de construcción y las licencias de juego son actos de gobierno? La creación de espacios públicos, mi amigo, si lo son. Actos de gobierno que perduran en la memoria de los ciudadanos".
Y luego, sin previo aviso, sin dar tiempo a que nadie se preparara, el Gobernador dijo algo que sumió de nuevo a Pepe Zapata en la turbación; una frase cuyo poder destructor no fue medido a cabalidad por quien lo estaba pronunciando:
"El dinero no lo es todo".
El Secretario de Gobierno comenzó a pensar en que esa pesadilla no podía ser real, que a causa de alguno de sus muchos excesos estaba imaginando todo aquello. ¿Era su amigo, el viejo Pablo Lamas, su cómplice y cerebro del crimen cuya fortuna era un enorme cementerio de escrúpulos, el que acababa de decir que el dinero no lo era todo? Era muy cierto que últimamente se había estado comportando muy extrañamente y aparentaba una jovialidad juvenil que le irritaba, pero hasta ahora nada, absolutamente nada que afectara los negocios había acompañado su absurdo optimismo. Y aun así, de todos los negocios que podrían haberse ido al carajo, su amigo había elegido éste.
"Te pido, Pablo, que reconsideres tu posición. Tal vez hoy no te encuentras bien; no estás pensando con claridad. Discutamos esto en otra ocasión. Ven, vamos al salón a tomar una copa".
"No puedo, Zapata. Tengo una cita, y quiero que sepas que no solamente estoy bien, sino que me siento mejor que nunca, y el deseo de hacer ese jardín no es una ocurrencia momentánea, sino eso, un deseo que de días atrás me impulsa a bloquear la construcción de ese casino, sin importar que se pierda lo que nos tocaría por autorizarlo y conseguir el terreno. ¡Como si no hubiera otro lugar en el cual poner un antro de esos!"
Zapata clavó en su amigo una mirada de fría amenaza que lo puso en alerta.
"Insisto en que lo hablemos otro día", masculló al borde del insulto. "Puede haber consecuencias graves para ti si insistes en semejante tontería. Consecuencias graves para ti... y para tu familia".
"¿Me estás amenazando, señor Secretario de Gobierno? Se supone que estamos en el mismo equipo; Tú deberías protegerme de esos inversionistas si es que se ponen violentos, y no actuar como uno de ellos..."
El Gobernador hizo una pausa para reflexionar, y le devolvió a su colaborador la mirada fría y desconfiada.
"...a menos que seas uno de ellos, a mis espaldas. Que hayas comprometido en ese negocio más de lo que podemos perder. Que hayas hecho sin mi autorización promesas que no puedes cumplir a personas que no respetan la vida".
El ambiente se cargó repentinamente de explosivo recelo. Ninguno de los dos hombres habló durante cinco interminables segundos, cuando entonces se escucharon tres toques en la puerta y Minerva, la secretaria personal del jefe, anunció: "Señor Gobernador, llegó la doctora para su terapia".
"Hazla pasar", dijo el funcionario, despidiendo con la mano a Pepe Zapata, quien salió del despacho francamente exasperado. En la puerta se cruzó con la terapeuta quien se alisaba el chongo con la mano en un gesto gracioso y bello.
"Buenas tardes", dijo Mariana Fernández.
Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.