sábado, agosto 09, 2014

El jardín del gobernador, segunda y última parte



V

Meses antes, al día siguiente de su conversación con el hombre de la pelota, Mariana se detuvo extrañada ante la barda al darse cuenta de que no estaba ahí. El lugar le quedaba de camino a la Casa Dolores y la terapeuta prefería caminar a maniobrar su auto en el laberinto de exclusas, puntos de registro y casetas de vigilancia que le quitaban más tiempo que la hora y media de terapia que le daba al Gobernador. Era sólo un control al que se sometían los peatones y eso facilitaba  mucho las cosas, pero ahora se sentía involucrada con el hombre aquél y con su extraño hábito, y le contrariaba no hallarlo en el lugar en el que lo había visto durante semanas. ¿Era demasiado temprano? Mariana había adelantado su salida con la esperanza de continuar la conversación del día anterior. ¿Era su decisión de acercarse la causa de su ausencia? Ese pensamiento la inquietó, y durante unos segundos cerró los ojos para aplicar una técnica que la devolviera con objetividad al "aquí" y al "ahora".
Abrió los ojos y miró a los alrededores sin hallarlo. Luego se acercó al lugar de la barda y se puso justo en el mismo lugar en el que acostumbraba estar; sacó una pelota de tenis que llevaba preparada y la lanzó contra el póster de una corrida de toros, apuntando al círculo descolorido en la espalda del torero, la huella dejada por quien ella, de una forma íntima y compasiva, consideraba su paciente.
La pelota no regresó a su mano al primer intento, ni al segundo, sino que rodó sin control saltando por la banqueta y Mariana, apenada pero presa de una extraña determinación, fue por ella al arroyo una y otra vez hasta que, tras varios intentos logró que fuera de su mano a la barda y de regreso tras un breve rebote a media banqueta. Satisfecha, la especialista repitió la hazaña hasta que su ejecución se hizo más natural, casi automática. Buscaba analizar la conducta en primera persona, esperando encontrar la satisfacción oculta detrás de la repetición.
Al principio fue divertido, aunque la diversión fuera principalmente consecuencia del paulatino dominio del juego, y una vez que la pelota regresaba a su mano sin necesidad de mantener los ojos fijos en ella, mariana fijó su atención en las líneas del piso. Era una banqueta antigua, y profundas gritas la cruzaban a lo ancho, consecuencia de siglos de dilataciones y contracciones cotidianas. ¿Acaso había un mensaje oculto ahí? ¿Era relevante que la pelota tocara una o varias de esas gritas en su rebote? Si acaso había un patrón, ella fue incapaz de encontrarlo, aun después de algunas permutaciones con las líneas sobre las que podía rebotar la pelota. Buscó en el sol de la mañana un juego de sombras y encontró varios que le decían mucho, pero solamente tenían sentido partiendo de su propia experiencia.
Eso la dejaba con los pósters y la espalda del torero desgastada por los leves pero incontables pelotazos. Para entonces llevaba casi una hora jugando. ¿Cuántos golpes le había dado al póster en ese intervalo? ¿Cuantas veces serían durante toda la mañana? ¿En un mes? ¿Venía solamente por las mañanas el hombre de la gabardina? Trató de pensar en todas las connotaciones que conocía de la palabra "torero", de la palabra "espalda" sin hallar una motivación para la que no tuviera que entrevistar al paciente. Era simplemente tiempo perdido. Era psicóloga, no detective, aunque ambas cosas tuvieran mucho que ver. Aun así, su curiosidad se había vuelto insoportable. Debía de existir un patrón o un satisfactor para esa conducta. Era imposible que se tratara de un loco sin causa para sus actos.
Entonces lo vio.
Lo vio, y sin que ella se diera cuenta la pelota, que había seguido lanzando automáticamente, cambió de rumbo y la golpeó levemente en el brazo para rodar luego al piso y detenerse tras varios breves rebotes. Justo frente a ella, apenas arriba del toro y el torero, había una grieta en la barda y letreros; de mediano tamaño y forma ovalada, a través de la cual podía verse el baldío; o por lo menos una parte. Justo el lugar en donde un solitario pirul daba sombra escasa al hombre de la gabardina el cual, sentado sobre un pedazo grande de escombro, parecía conversar con un invisible interlocutor.
La pelota estaba en su mano, pero no jugaba con ella.

VI

Cuando Mariana entró a la iglesia de la Misericordia, y suplicó que la dejaran pasar al terreno para poder hablar con el hombre de la pelota el sacristán, un hombre mayor de calvicie pronunciada, monacal, le dio la espalda sin decir nada y desapareció por la puerta de la sacristía. Iba a ir en su busca cuando lo escuchó caminar de regreso, ahora acompañado de una mujer de su edad, o quizá un poco mayor a quien regañaba ansiosamente y sin cuidarse de ser escuchado.
"Te dije que permitir que don Santos entrara lo iba a meter en problemas a él, y de paso a nosotros".
"¡No seas escandaloso!" Se defendió la vieja; "¿de qué problema hablas?"
"¡Pues que no lleva ahí un par de horas y ya llegó una gente del gobierno a llevarlo preso!"
"¿Y cómo sabes que es del gobierno? ¿Eh? ¿Mitotero?"
"Ven a verla. Está bien vestida y peinada. Además, habla pulidito como niña del Liceo."
"¡Si serás bruto, Susano!" La pareja se detuvo apenas tras la pared de vidrio esmerilado de la sacristía. "los del gobierno son una pandilla de animales. ¿No se te ha ocurrido que puede tratarse de alguien que lo conoce? Tal vez él le dijo que viniera".
"Sí, me conoce". Interrumpió Mariana tratando de sonar amable. La vieja, llamada Lidia, asomó la cabeza desde la sacristía.
"¿Usted conoce a don Santitos?"
"Claro que sí. Y no soy del gobierno. Soy, digamos, doctora".
Lidia se alisó el pelo con las manos, estudiando más de cerca a la mujer. "¿Doctora? ¿Del corazón?"
Mariana entonces dio pequeños golpecitos sobre su sien con el índice de la mano derecha, mientras sonreía con inocencia. Lidia abrió muy grandes los ojos y la boca en un gesto de asombro, y suspiró: "¡No me diga que don Santitos...! ¡Dulce niño Jesús, ya se lo llevan!"
"¡No, no, no!" Se apresuró a calmarla. "¡No se trata de eso en absoluto!" Yo solamente quiero ayudar".
"Pues ojalá pudiera"; se metió el sacristán, quien mascaba media torta sacada de un escritorio sucio y descolorido como todo lo demás que había en la sacristía. "Aunque para mí que don Santos la va a tratar como a los demás".
"¿Lo han tratado otros especialistas?"
Lidia le hizo a Susano una seña para que callara y dijo, tomando inesperadamente a Mariana de las manos.
"Vinieron dos doctores. El párroco los llamó porque es amigo de esa familia desde hace muchos años".
"¿Familia?", la interrumpió Mariana. "¿Cuál familia?"
"Es una tragedia muy grande, y don Santitos no habla de ella, ni creo que lo haga nunca. Por eso hace el teatro aquél de la pelota, para que nadie lo moleste queriendo saber por qué pasa horas ahí parado, quiero decir, realmente. Mire, don Santos tenía una familia. Una esposa, mujer muy guapa que era ella, y dos hijos. El párroco nos cuenta que se querían mucho. Tenían sus problemas, pues; como todos, pero eran lo que se dice una bonita familia. Pero ya ve usted que sólo Dios, nuestro Señor, sabe por qué pone a prueba a unas personas y a otras no. Y pasó entonces que la señora y los niños enfermaron de no sé qué cosa, de esas que se heredan entre parientes. Ella la tenía desde niña, y cuando se le manifestó lo hizo también en sus hijos. Horrible enfermedad que se los llevó a a los tres en cosa de seis meses".
"¡Increíble!"
Eso dijeron todos. Don Santos lo tomó muy bien para un desastre de ese tamaño: organizó las misas y los velorios él mismo, sin permitir que nadie le robara ese privilegio. Como murieron aquí, en el hospital, su amigo el párroco le permitió comprar unas tumbitas en el camposanto de atrás. Decía que eran 'a perpetuidad', ¿verdad, Susano?"
Ambos soltaron una risita de ecos siniestros, mirándose a los ojos, y Susano, el sacristán, repitió: "¡a perpetuidad!"
"Esa perpetuidad duró solamente diez años", continuó la mujer; "diez años durante los cuales don Santos visitó la tumba de su familia bajo ese pirul todos los días. Así lo conocí yo, señora. Mañana tras mañana, porque él trabaja por las tardes, venía y se sentaba frente a las tumbitas; a veces traía comida y almorzaba ahí. Una o dos veces fui a ver si le hacía un poco de plática, pero aunque no fue grosero me di cuenta que mi compañía no le gustaba; o la de nadie, para el caso. Pero nunca hubo problema, porque nadie lo molestaba.
Lidia llevó entonces a mariana a la oficina y ahí, por una ventana que daba al terreno, era posible ver al hombre de la pelota sentado frente al árbol arruinado.
"Entonces vino la expropiación", suspiró la mujer del sacristán. "En el primer año del Gobernador llegaron los abogados a decir que los diputados habían pasado una ley; que dizque todo el hospital era una desastre, que estaba viejo, atrasado y otras mentiras. Porque era un buen hospital. Sí, viejo. Eso claro; tan viejo como el siglo, pero daba su servicio. Aun así, la ley esa decía que el terreno ya no era del hospital sino del gobierno, porque el gobierno le iba a dar buen uso. Demolerían el viejo edificio para hacer una escuela, o un teatro, o una biblioteca, o no sé qué".
Mariana no dijo nada a pesar de saber, por lo que había oído en la oficina del Gobernador, lo que realmente iban a construir ahí.
"El camposanto fue expropiado con todo lo demás. Se construyó uno nuevo en las afueras y los deudos aun vivos se llevaron a sus muertos a las tumbas que les regalaron allá. Todos menos don Santos, quien se negó a que nadie tocara a su familia. Ni para cambiarlos de lugar ni para ninguna otra cosa. Es como si se hubiera encariñado también con las tumbitas y el pirul".
"Bueno, eso es normal", dijo Susano. "Yo lo entiendo. Las tumbas son algo sagrado, como los difuntos. No es algo que deba andarse moviendo de aquí para allá. Eso es cosa de ateos y herejes".
Lidia le soltó un codazo al sacristán. "Eres un simple", le espetó. "¿No recuerdas lo que esos tipos le dijeron a don Santitos? Que si no movía a su gente le iban a echar metros y metros de concreto encima. ¿Qué te parece eso como respeto para los muertos?" Luego se volvió de nuevo hacia Mariana y le suplicó: "tal vez usted pueda hacer algo. A ese pobre hombre no lo dejan ya ni entrar a donde su familia está enterrada. Solamente hoy lo hicimos pasar por pura compasión, pero mañana lo va a ver de nuevo frente a la barda como un loquito. ¡Debe haber algo que usted pueda hacer!"

VII

Podemos explicarlo todo y dar nuestras razones con endiablado aplomo, aunque a la postre solamente somos esclavos de nuestros pretextos.
Mariana no pudo dormir esa noche pensando en lo que estaba a punto de comenzar. Era una idea nacida de la exasperación, pero también de un deseo sincero de curar, de aliviar el sufrimiento de sus pacientes. En un principio pensó en intentar que don Santos dejara ir los cuerpos de su esposa y sus hijos, separando su alma, la parte de ellos que es eterna, para permitirle mover lo que no era más que un cascarón; pero se dio cuenta de que el hombre tenía conciencia de ello, que amaba y veneraba esos cuerpos y el lugar en el que estaban, no por lo que eran (y ahora entendía sus palabras acerca del amor y los ladrillos), simples envolturas temporales convertidas en polvo; sino como las reliquias sólidas y tangibles que eran para él, sin negociación posible con la paz que le daba su cercanía, que era la de su propio feliz pasado. Eso sin mencionar lo difícil que era tratar a alguien que se rehusaba a hablar sobre las causas de su pena con todos, al grado de idear el curioso ritual de la pelota para llevar la atención de la gente por otro lado y mirar, por un agujero, el lugar en el que realmente deseaba estar. 
Pero si su idea era contraria a la ética y a lo que se esperaba de ella como terapeuta, Mariana se preguntaba la razón por la que había aparecido en su mente con la claridad del cielo, al ver a don Santos sentado frente a la tumba. Fue como si alguien, un ser invisible, se la hubiera susurrado. No podía estar equivocada.
La terapia con la que trataba al Gobernador estaba comenzado a dar resultado. Para su sorpresa era una persona fácilmente sugestionable, y sus ataques de ansiedad habían cedido tras unas cuantas sesiones.
¿No era acaso esa la razón, el objetivo de la sugestión hipnótica? Su paciente podía sentirse mejor, podía ser más efectivo en su trabajo. Pocas cosas podrían elevar más su nivel de conciencia que la creación de una obra pública duradera y buena. No era una cuestión moral, sino pragmática: la traducción en acciones de una terapia exitosa.
Mariana se sentó en la cama y, aunque estaba sola comenzó a hablar en voz baja:
"No es necesario que engañe a nadie. Voy a romper las reglas, y no  por don Santos, aunque me parezca guapo, o interesante; ni por mí; sino porque no puedo evitarlo. No puedo resistir las ganas de hacer todo esto para ver qué pasa, por muy irresponsable que tal cosa pueda sonar. Soy una psicóloga, pero no soy perfecta, carajo".
Cuando hubo admitido eso, Mariana dejó de revolverse en la cama y se quedó dormida. Al otro día comenzó a insertar la idea de un parque en los terrenos de la Misericordia en los scripts hipnóticos del Gobernador.

VIII

La intención, profunda y verdadera, de construir un jardín en lo que había sido un hospital y camposanto había sido ya instalada con éxito en el subconsciente del Gobernador el día de su discusión con el Secretario de Gobierno. A tal grado que el astuto político se quedó preocupado por la incapacidad de su segundo al mando para apreciar los enormes dividendos que en cuestiones de imagen y legado tendría una obra sencilla pero significativa como esa. ¿Qué diablo se le había metido? Pensaba. Era claro que había entrado al negocio del casino sin avisarle, y esa falta a la más elemental cortesía entre colaboradores y aliados políticos lo afirmó en su determinación de negarles el terreno que había expropiado para ellos. Para no hacer tronar del todo las relaciones con el centro del país, les regalaría las licencias y hasta les daría algo de dinero a manera de compensación; pero se tendrían que ir a otra parte. Con esa idea en mente saludó a Mariana y se preparó para gozar de su terapia; la mejor parte de su día y una que esperaba como el niño espera un juguete.
Mariana estaba inquieta. Nuevamente esa sensación de que el secretario de Gobierno la miraba con sospecha, casi con odio. Minutos antes de ser anunciada vaciló entre llevar o no su plan hasta el fin, pero esa mirada le quitó cualquier duda. Pidió al Gobernador que descolgara sus teléfonos y se recostara con comodidad en su sillón, y se dispuso a llevarlo a un trance profundo para instalar el ancla final de su tratamiento.
Tenía razón. En cuanto salió del despacho de su jefe, Zapata fue a encerrarse en su oficina. Pensativo, se sentó frente a su escritorio y, tras golpetearlo unos segundos con el índice derecho abrió un cajón con llave y sacó un pequeño altoparlante que conectó en el cajón mismo. Encendió un interruptor y luego acercó la bocina a su oído con cuidado. Por ella comenzó a escucharse lo que se hablaba en el despacho del Gobernador con perfecta claridad. La voz de Mariana, dulce y ligeramente siseante hablaba de paz, de relajación y de lugares tranquilos. Hasta era posible oír la respiración profunda y pausada del estadista en trance. Ese micrófono estaba conectado a una grabadora que se activaba al conectar el interruptor, y su cinta sin fin registraba hasta una hora de conversación. Aunque Zapata espiaba a su amigo ocasionalmente, esa era la primera vez que lo hacía durante su terapia, y se reprochó por ello con severidad. Había sido un error dejar que esa mujer le hablara sin supervisión. El buen humor del mandatario, su paz y la velocidad con la que recuperaba la tranquilidad cuando la perdía le habían parecido curiosas, no sospechosas. ¡Eso de la hipnosis suena tanto a control mental, a manipulación! ¡Cómo no lo vio antes!

"Eres un hombre poderoso que toma decisiones inteligentes, pero las toma desde el corazón".

Decía la voz de Mariana por el altoparlante. Zapata sonrió por las palabras tan ridículas y la ridícula lentitud con la que se decían. Sin embargo, su sospechas tenían una falla: ¿qué le importaba a ella? Su proyecto no tenía enemigos conocidos, y si los hubiera tenido ocultos no se valdrían de una psicóloga para destruirlos. Era mucho dinero invertido en ello como para asumir un riesgo semejante. Por un momento pensó en apagar el interruptor. Ya después tendría tiempo de hablar con esa mujer y sobornarla para ponerla de su lado. Con la motivación correcta no sería difícil persuadirla de decirle al Gobernador, con la misma vocecita, que tomara desde el corazón la decisión de construir el maldito casino.
Movió la mano hacia el interruptor dentro del cajón e iba a apagarlo cuando escuchó a Mariana decir:

"Y ahora piense en ese jardín que hará felices a tantas personas, a tus gobernados, que hablarán de ello a sus hijos, sus hijos a sus nietos..."

Zapata se quedó muy quieto y murmuró: "hija de la..." sin completar la frase a causa de la sorpresa. El orgullo de saberse en lo cierto lo hizo sonreír sin que por eso las llamas del enojo dejaran de crepitarle con fuerza, brotando de su pecho e invadiendo todo a su alrededor. Entre más escuchaba más ideas venían a su mente para destruir la carrera de Mariana, para destruirla a ella; para hacerle la vida miserable, y de paso demostrarle al gobernador que era un pendejo; un perfecto pendejo que se dejaba manejar como un muñeco. Ya no le importaban las razones por las que la terapeuta lo atacaba de esa manera, porque ya tendría tiempo después de averiguar para quien estaba trabajando, primero, y luego preguntarle de dónde había sacado el valor para intentar retarlo.
Zapata cerró los ojos y trató de controlar su enojo. Respiró profundamente y repasó una por una las cosas que iba a hacer y la forma en que iba a hacerlas, tratando de que no se le olvidara ningún detalle. Pero cuando levantaba el teléfono para llamar al coronel Zepeda, responsable de la guardia personal del Gobernador, escuchó que Mariana modificaba el tono de su voz. Había dejado de ser un susurro suave, lento, amable y dulce. Seguía siendo un susurro, pero uno que se había tornado penetrante, incisivo y mandón. Intrigado, se llevó la bocina al oído y lo que escuchó lo llenó de horror:

"...y en tanto escucha atentamente el sonido de mi voz, sepa que el Secretario de Gobierno tiene en su poder las fotografías que lo comprometen con la muerte de su yerno. Las guarda para usarlas en su contra. Para mostrarlas a su hija si lo considera necesario. Usted no podrá recordar esta importante información cuando despierte, a menos que escuche este sonido..."

Y se escucharon tres fuertes chasquidos de los dedos de Mariana, los que repitió luego de reforzar la sugestión otras tres veces.

"...al despertar me dará escolta permanente, y solamente la levantará cuando con mi voz escuche las palabras: llévese la blanca nieve".

Zapata reflexionó durante unos segundos, y su inacción le hizo pensar que él mismo se hallaba bajo el influjo de esa especie de bruja. Luego, sin poder encontrar una solución inmediata, colgó el teléfono lentamente. En el despacho, Mariana sacaba del trance al gobernador con una cuenta regresiva. Entonces el Secretario de Gobierno apagó la bocina y la grabadora.
Minutos después fue llamado para acompañar a comer al estadista. En el amplio vestíbulo vio a Mariana alejarse rumbo a la puerta mientras el jefe daba a Zepeda instrucciones precisas de poner a dos hombres que por turnos la custodiaran las 24 horas del día. No dio más explicación, ni el coronel se la pidió. Cuando por fin se volvió hacia su amigo, el Gobernador lo miró con desconfianza, como con ganas de reprocharle algo, pero sin poder recordar qué.

Epílogo

Las brisas se hicieron más frecuentes a finales del verano, y el pirul, añoso y grande entre otros árboles recién plantados, se mecía con suavidad sin dejar de darle sombra a Santos y a Mariana. Estaban sentados, uno al lado del otro, en una banca de metal con el escudo del gobierno del Estado adornando el respaldo. Santos terminaba su almuerzo y hablaba lentamente pero sin interrumpirse una especie de poema de amor mientras Mariana lo escuchaba, divertida, mirando a los niños que corrían por los prados, que montaban en bicicleta y paseaban a sus mascotas. Una pareja, no muy lejos, se besaba debajo de una sombrilla. Miraba el pequeño lago artificial y, un poco más allá, los columpios siempre ondulantes. A unos cuantos pasos detrás de ella, como si no la conociera, un agente de la seguridad del Gobernador la vigilaba fingiendo leer el periódico, o leyéndolo tal vez, porque nunca se había reportado novedad con esa vigilancia particular. Ya no digamos un simple asalto; ni siquiera un admirador impertinente o boquiflojo le había dado a su escolta algo que hacer. Tal vez pronto, pensaba la muchacha, iría a saludar al Gobernador para agradecerle el parque y decirle, como por casualidad, llévese la blanca nieve. 
Santos, en cambio, miraba un rectángulo robado al césped, en el que varios rosales florecientes perfumaban la tumba de su familia. No había cruz ni lápida, aunque una bardita que apenas llegaba a la rodilla era suficiente para que ni por descuido alguien pisara esos rosales que el hombre de la pelota cuidaba con amor y constancia. Las huellas de su sufrimiento habían desaparecido de su rostro, y un semblante joven y expresivo había emergido de las antiguas ruinas.
"Gracias", dijo a Mariana, "el almuerzo estuvo delicioso". Luego tomó su mano como se toma una paloma, y la besó. Sin retirarla, ella recostó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. Después de unos minutos de dichoso silencio, Santos dijo:
"Hay algo que todavía no te he preguntado".
"¿Sí?"
"Cómo fue que supiste lo de las fotos, si el Gobernador no lo sabía tampoco".
"No lo sabía", dijo Mariana sin abrir los ojos. "Bueno, sabía que existían, pero no quién las tenía. Fue una corazonada. Se trató de la primera ansiedad que le quité, la del destino de esas fotos. Luego la volví a poner, pero en un lugar en donde no le estorba, solamente por si acaso".
"Las cosas buenas pueden llegar de cualquier parte".
"Sí", susurró Mariana, feliz, acercándose a Santos un poco más, enredando sus brazos con el de él; "es sorprendente ver cómo de tantos benditos errores hemos heredado tanta paz".

Y ambos se fueron, seguidos de la escolta, tomados del brazo y en silencio.


AS

Morelia, 11 de Junio de 2014.

sábado, julio 26, 2014

El jardín del gobernador (primera parte)




A Fernanda Molina, en Pátzcuaro


I

La primera vez que vio al hombre, Mariana creyó que se trataba de un loco recién escapado del manicomio. Sólo cuando por curiosidad profesional se detuvo a observarlo a la mañana siguiente, tras verlo en el mismo lugar y haciendo lo mismo por varias semanas, se dio cuenta de que no era así. Lo que había confundido con una hopalanda de hospital era en realidad una vieja gabardina; arruinada pero limpia; el pelo ralo y cómicamente desmelenado por la brisa estaba lavado y quizá hasta había sido peinado horas antes, y el rostro un poco arrugado y seco mostraba la dignidad de quien es aun dueño de su cordura. Lo único que desentonaba era que, como siempre, el hombre se entretenía lanzando una pelota de tenis contra la barda de madera. No tenía—la barda—mucho tiempo ahí, pues había sido colocada para limitar el terreno que ocupó durante décadas el Hospital de la Misericordia, anexo a la parroquia del mismo nombre. la iglesia seguía ahí, pero el hospital había sido demolido a principios de ese año.  Era una barda como cualquiera otra. Dispareja; pintada del verde ese que siempre sobra y casi regalan en las tiendas Dupont, y estaba invadida por la propaganda de los cines, las luchas y los cigarros. Así, cuando Mariana pasó de nuevo por ahí al día siguiente y el resto de la semana, vio al hombre frente al mismo tramo de barda, arrojando la pelota contra ella con apenas la fuerza suficiente para hacerla rebotar al piso y de regreso a su mano. Así, una y otra vez, sin que nadie lo molestara.

II

Poco más de tres meses después, el Gobernador bebía un escocés sin agua de frente al gran ventanal de su oficina en la Casa Dolores, su residencia oficial. Se había quitado el saco para engañar al calor de principios de la primavera y miraba sin ver allende las jacarandas que sombreaban los prados recién podados. Era una mañana quieta, soleada y él se sentía de maravilla. De hecho, no recordaba el gozar de un bienestar semejante desde que era un muchacho de veinte tantos y gastaba con la bella Susana el dinero que ganaba como asistente en el bufete de su padre; sin otra obligación que la de disfrutar cada minuto de esas tardes de venturoso idilio.
Ahora, 30 años después, se propuso saborear el beso tibio del whisky con la clara inconsciencia de antaño, y se sorprendió de nuevo al ver lo insignificantes que eran problemas que poco antes juzgaba insalvables. Esos monstruos que amenazaban con destruir su administración, con acabar su carrera política y arruinar su reputación no eran—ahora lo comprendía y ya era tiempo—sino producto de su imaginación alimentada por sus miedos y absurdas supersticiones.
Pensaba, por ejemplo, en el famoso caso de Luis Carrizales; ese mariconcito que amenazó con provocar su caída con un escándalo para el que usaría fotografías que tomó siendo su escolta. Al gobernador no le había preocupado la estabilidad de su régimen, blindado a prueba de chantajitos gracias a sus cuidadosos antecesores, quienes hicieron la remoción del gobernador algo prácticamente imposible; y en cambio lo aterrorizaba que su hija se enterara de que su novio, al que llevaba casi un año llorando, no había muerto a manos de una pandilla de inadaptados sociales, de ojetes vagabundos en el delirio de la droga como se había hecho creer a todo mundo, sino que se había despedido del mundo aullando, eso sí, como un ajusticiado, pero molido a palos por él mismo, su padre; a quien cada patada, cada batazo que dejó ir a la cabeza de ese desgraciado le obsequiaron con un secreto placer.
Por supuesto que no se arrepentía. ¿Quién le dijo a ese muerto de hambre a quien la Maja conoció en la preparatoria, a ese hijo de albañiles, que podía alzarse con el premio inaudito de la hija del Gobernador? ¡Hijo ejemplar! ¡Estudiante destacado! De todo habían dicho quienes pedían justicia y castigo para los responsables, incluyéndolo él mismo. ¡Si hubieran visto al estudiante suplicar llorando por su vida! ¿A qué hora había tomado el cabrón de Carrizales esas fotos? Se había distraído. Se había dejado arrastrar por la emoción y el odio. Era, después de todo, uno de esos trabajos en los que no permites que un sicario te robe la diversión.
Dio otro sorbo al escocés, y sonrió ante lo absurdo de sus preocupaciones, la facilidad con la que sus miedos desaparecieron casi por si solos.
Casi, si se descontaba lo hecho por Pepe Zapata, su Secretario de Gobierno. Y lo mismo había ocurrido con la mayor parte de sus antiguas angustias. Era como un milagro, aun suponiendo que a su edad se pudiera creer en los milagros. Si eso no era posible, ¿a quien agradecer la feliz circunstancia a la que debía tanta paz?
De repente, el Gobernador puso el vaso en el marco de la ventana y se quedó con la mirada fija en un punto del horizonte cercano, y tras hacerle a Zapata una seña para que se acercara, le señaló el lugar diciendo solemnemente:
"Ya sé qué hacer con el terrenazo ese de allá".

III

Mariana, aunque mujer y muy linda, nunca fue curiosa. Y sin embargo el hombre que encontraba todas las mañanas lanzando su pelota contra la barda del terreno iba ocupando cada vez más espacio en su mente, y conforme pasaban las semanas más tiempo era el que dedicaba a preguntarse la razón de su conducta. No era que le pareciera necesariamente enfermiza, sino que se asemejaba más a un juego; obsesivo y extraño, pero un juego al fin. Tras mucho pensárselo, Mariana se acercó al hombre de la pelota un día en que no tenía que llegar temprano al trabajo.
Mirándolo de cerca le pareció más bien joven. Una mirada atenta y educada como la suya le permitió descubrir que las huellas que avejentaban su rostro no habían sido causadas por el tiempo, sino por desastres interiores que la intrigaron todavía más. Muy pocas veces a lo largo de su carrera Mariana había podido ver con semejante claridad y crudeza los estragos del dolor, sobre todo en una persona que le parecía sorprendentemente tranquila. Debía estar acostumbrado a que lo miraran, pues aunque se había acercado a no más de unos cinco pasos, la presencia de la mujer le había pasado por completo desapercibida. Seguía ensimismado en su juego.
Mariana comenzó entonces a buscar una frase con la cual pudiera iniciar una conversación. No deseaba disturbar aquél ritual (pues tal parecía a juzgar por la concentración y calma del jugador) con una frase trivial o un comentario que careciera de importancia para cualquiera de los dos. Quería decir algo verdadero, por lo menos en parte; pero le costaba trabajo pensar en algo que no fueran pelotas o bardas. ¿Qué había en esa cabeza más allá de esa aparente obsesión? 
Estaba a punto de darse por vencida y preguntarle simplemente si podía hacer algo por él, cuando el hombre retuvo la pelota, y en lugar de volver a lanzarla contra la barda le dio vueltas en la mano; lentamente, contemplándola como si la hubiera encontrado tirada momentos antes y la estuviese viendo por primera vez. Luego, sobresaltando a Mariana, la miró a los ojos y le dijo: "¿No es acaso una desgracia lo que le hacen a la ciudad?"
Ella se llevó la mano al pecho sin darse cuenta. Los ojos que la miraban encerraban a la vez tanto dolor y tanta bondad que no pudo evitar pensar en un perro recién atropellado; casi como un reflejo contestó: "¿a qué se refiere?"
"¿Cómo?" dijo él, sin dejar de darle vueltas a la pelota en su mano. "mire usted, si tiene la oportunidad de viajar a cualquier capital de Europa y camina por lo barrios viejos tendrá sin duda la oportunidad de ver, uno tras otro, hermosas casas y antiguos monumentos conservados con un afecto que va mucho más allá del deber. Aun las ciudades arrasadas por la guerra se vieron a si mismas renacer gracias al celo de sus propios habitantes, quienes salvaron de los escombros una cara de santo por aquí, y por allá un escudo de armas; frisos, estatuas o cualquier cosa que les permitiera darle a su calle el aspecto que tenía antes de su destrucción".
El hombre miró hacia la barda y el póster desgastado antes de continuar: "en cambio aquí no es posible dar un paso sin toparse con estos horrendos boquetes que ofenden la vista e insultan la inteligencia. Nosotros llevamos siglos sin estar en guerra, y sin embargo la nuestra parece una ciudad bombardeada. Por cierto, me llamo Santos".
"Yo soy Mariana; Mariana Fernández", dijo ella, estrechando una mano fuerte y cálida, atenta todavía a las palabras que escuchaba. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuánta razón tenía. En toda la ciudad, pero sobre todo en esas calles, el trabajo de la piqueta era incesante. Se preguntó la razón por la que, de todos los edificios que habían sido demolidos, don Santos había elegido ese hospital; viejo, pero no particularmente bello.
"Es usted, supongo, un historiador; o un crítico de arte", preguntó Mariana. Por su modo de hablar, aquél hombre era persona educada, tal vez un especialista que apreciaba detalles del anexo de la Misericordia que a ella se le habían escapado.
"No. En absoluto", contestó. Pero no es necesario ser uno para amar estos lugares por mucho más de lo que son en realidad; o sea, simples edificios: montones muy viejos de piedra y argamasa. Y digo amar por una razón; los críticos son personas cuyas opiniones sobre las obras que juzgan son tan cambiantes como el clima. El amor es constancia. No depende de modas ni mucho menos está sujeto a la fuerza del progreso de la que se habla últimamente. Si éste es el precio del progreso y la modernidad—y señaló de nuevo el baldío bardeado— entonces ese precio es impagable".
Mariana, extrañada por el discurso que juntaba al amor con los ladrillos, cobró ánimos para opinar recordando cosas que había logrado escuchar, contra su voluntad, en horas de trabajo: "más bien es el precio de la corrupción".
Don Santos cerró los ojos y sonrió por vez primera en esa conversación, asintiendo con la cabeza. El gesto universal de sentirse sinceramente comprendido. 
"Pero entonces", aventuró Mariana, sintiendo que había llegado el momento de hablar de lo que tanto la intrigaba; "¿Lo que usted hace aquí es una especie de protesta?"
El rostro del hombre se iluminó brevemente con una chispa de sorpresa.
"¿Una protesta? Sí, claro que lo es. "Qué otra cosa si no? Y supongo que usted es periodista, o algo así".
"En efecto", mintió Mariana sin desviar la mirada. "Se trata de un reportaje para... El Sereno".
"Buen periódico. Aunque solamente lo compré un par de veces hace mucho", dijo Santos; y en voz más baja, confidencial, añadió: "Mire usted, yo le agradecería que no publicara nada todavía. No conviene hacer ruido con algo que ni siquiera es noticia. O por lo menos eso dijo uno de sus colegas hace un par de semanas".
"Debió ser un imbécil".
"Tal vez. Preguntaba, eso sí, puras cosas que los imbéciles preguntan: que dónde comía, y de donde sacaba el dinero para vivir cuando era claro que no trabajaba, y que si no tenía otro quehacer..."
"Yo prometo no preguntar ninguna de esas cosas"; dijo Mariana sacando de su bolsa una pequeña libreta como la que usan los reporteros; pero ya para cuando estaba lista don Santos había reanudado su juego, o protesta, arrojando suavemente la pelota contra la barda y recuperándola siempre con el mismo calculado rebote. En silencio y dando a entender que no respondería a nada más.

IV

"Por supuesto que sabe qué vamos a hacer con ese terreno, señor Gobernador," dijo el Secretario de Gobierno, acercándose. "Lo decidimos hace meses, con los socios que vinieron desde la capital. Vamos a construir un club privado, el más elegante de la provincia. Los planos están listos y la construcción comienza en 3 semanas".
Había preocupación en la voz del funcionario, por mucho que tratara de disimularla con el orgullo y la satisfacción de lo que estaban planeando, pues el Gobernador no era el mismo en fechas recientes, y parecía tener sus propias y secretas satisfacciones. Porque sin darse cuenta, o fingiendo no darse cuenta de lo que pasaba por la cabeza de su colaborador, le dijo: "lo sé, Pepe. Lo sé. No creas que no me acuerdo. Lo que pasa es que desde hace días me he sentido a disgusto con la idea del club ese. No me preguntes por qué. A lo mejor no acaba de cuadrarme eso de acomodar un pinche casino ahí, juntito a la iglesia de la Misericordia".
El Gobernador se detuvo. Un tenso silencio cayó sobre ambos hombres. Finalmente, tras unos segundos que al secretario se le hicieron crueles e interminables, su jefe preguntó, con el tono casual de quien sugiere un lugar para comer y tomar la copa:
"¿Y por qué no hacemos unos jardines?", y luego, sonriendo abiertamente, "no lo sé, un parque, con su lago, juegos, un paseo; algo así".
Estupefacto, el Secretario de Gobierno casi se tropieza cuando se dio la vuelta para alejarse del ventanal en el que el Gobernador, sumido aun en la contemplación, se había quedado. La cabeza le daba vueltas y eran inútiles sus esfuerzos por detenerla y usarla para pensar en qué momento las cosas habían comenzado a echarse a perder.
"Estás bromeando, ¿verdad, Pablo?" Le preguntó al Gobernador sin volverse. haciendo a un lado las formas por primera vez en esa oficina. "Dime por favor que se trata de una broma".
"No, Pepe; claro que no. Hablo en serio. ¿Por que te enojas? ¿Qué importancia tiene? No es el primer negocio grande que arreglamos ni será el último. Si la gente viene de la capital o no, la verdad no tiene importancia, ¿o sí? De todos modos nos pelan el nabo. nosotros somos los que mandamos aquí y no ellos".
"No digas barbaridades, Gobernador, que esto sí te podría costar el hueso, y a mí también, de paso. Los socios son personas importantes, muy cercanas al Sr. Presidente".
"Claro. Yo también soy cercano al Señor Presidente, y todos los diputados y sus esposas y un montón de personas van a llegar diciendo que son sus cuates del alma con tal de apantallarte y lograr lo que se proponen, aun a sabiendas de que el Presidente no se va a ensuciar las manos por salvar el terreno para un garito, o para un hotel. A lo mejor pone mala cara porque le gustan las fiestas y los relajitos; pero de ayudar en eso a sus supuestos amigos, de eso, nada".
El Secretario de Gobierno regresó escandalizado al ventanal para llamar la atención del Gobernador.
"¿Y nuestras carreras, Pablo? ¿Es tan importante esto como para ponerlas en riesgo?" Su voz era la de una persona en aguda tensión emocional, casi suplicante.
"¿Cuales carreras, Pepe? ¡No mames!" Exclamó el Gobernador volviéndose finalmente  hacia su colaborador. "¡Ya llegamos a la cumbre, Zapata! De aquí ya no podemos ir más arriba, ni tú ni yo. Además, te recuerdo que los presidentes no duran para siempre, y si el actual se enoja por una idiotez como ésta, ya no tarda en irse de todos modos".
"Pero ¿Por qué un parque? ¿De donde salió esa idea?" Zapata recuperaba poco a poco el gobierno de sí mismo. "Es la primera vez que te escucho hablar de algo así".
"No lo sé", contestó el Gobernador mirando de nuevo el ventanal rumbo al parque que solamente él podía ver. "Te juro que no lo sé. En los meses recientes he sentido un cambio en mi forma de ver el mundo. Es la obligación de todo gobernante buscar elevar sus miras; superarse a sí mismo para servir mejor a sus conciudadanos. Mira, Pepe; cómo en las ciudades más importantes del mundo tienen hermosos jardines enclavados en sus colonias populares; aun aquellas densamente pobladas. Son detalles, también esos, de modernidad y buen gobierno. Tú sabes que mi mente y mi corazón se están transformando; que gracias a eso he dejado de ser un hombre atormentado, aunque atormentado en secreto, que esas mariconadas no tienen por que saberlas la ciudadanía. Es cosa de cada cual. Y recuerdo, Pepe, que tú mismo dijiste que te daba gusto verme así, jovial y saludador como debe serlo todo buen político, y no con la cara de enterrador con la que andaba después de la elección".
"Bueno, sí, así es. Pero esto es otra cosa muy distinta. No se habla de alegrías y tristezas, sino de grandes sumas en metálico".
"Es lo mismo. No hay transformaciones a medias, Pepe. Una transformación a medias no es más que una deformación".
"No debemos mezclar lo personal con los asuntos de gobierno".
"¿Y desde cuándo los permisos de demolición, de construcción y las licencias de juego son actos de gobierno? La creación de espacios públicos, mi amigo, si lo son. Actos de gobierno que perduran en la memoria de los ciudadanos".
Y luego, sin previo aviso, sin dar tiempo a que nadie se preparara, el Gobernador dijo algo que sumió de nuevo a Pepe Zapata en la turbación; una frase cuyo poder destructor no fue medido a cabalidad por quien lo estaba pronunciando:
"El dinero no lo es todo".
El Secretario de Gobierno comenzó a pensar en que esa pesadilla no podía ser real, que a causa de alguno de sus muchos excesos estaba imaginando todo aquello. ¿Era su amigo, el viejo Pablo Lamas, su cómplice y cerebro del crimen cuya fortuna era un enorme cementerio de escrúpulos, el que acababa de decir que el dinero no lo era todo? Era muy cierto que últimamente se había estado comportando muy extrañamente y aparentaba una jovialidad juvenil que le irritaba, pero hasta ahora nada, absolutamente nada que afectara los negocios había acompañado su absurdo optimismo. Y aun así, de todos los negocios que podrían haberse ido al carajo, su amigo había elegido éste.
"Te pido, Pablo, que reconsideres tu posición. Tal vez hoy no te encuentras bien; no estás pensando con claridad. Discutamos esto en otra ocasión. Ven, vamos al salón a tomar una copa".
"No puedo, Zapata. Tengo una cita, y quiero que sepas que no solamente estoy bien, sino que me siento mejor que nunca, y el deseo de hacer ese jardín no es una ocurrencia momentánea, sino eso, un deseo que de días atrás me impulsa a bloquear la construcción de ese casino, sin importar que se pierda lo que nos tocaría por autorizarlo y conseguir el terreno. ¡Como si no hubiera otro lugar en el cual poner un antro de esos!"
Zapata clavó en su amigo una mirada de fría amenaza que lo puso en alerta.
"Insisto en que lo hablemos otro día", masculló al borde del insulto. "Puede haber consecuencias graves para ti si insistes en semejante tontería. Consecuencias graves para ti... y para tu familia".
"¿Me estás amenazando, señor Secretario de Gobierno? Se supone que estamos en el mismo equipo; Tú deberías protegerme de esos inversionistas si es que se ponen violentos, y no actuar como uno de ellos..."
El Gobernador hizo una pausa para reflexionar, y le devolvió a su colaborador la mirada fría y desconfiada.
"...a menos que seas uno de ellos, a mis espaldas. Que hayas comprometido en ese negocio más de lo que podemos perder. Que hayas hecho sin mi autorización promesas que no puedes cumplir a personas que no respetan la vida".
El ambiente se cargó repentinamente de explosivo recelo. Ninguno de los dos hombres habló durante cinco interminables segundos, cuando entonces se escucharon tres toques en la puerta y Minerva, la secretaria personal del jefe, anunció: "Señor Gobernador, llegó la doctora para su terapia".
"Hazla pasar", dijo el funcionario, despidiendo con la mano a Pepe Zapata, quien salió del despacho francamente exasperado. En la puerta se cruzó con la terapeuta quien se alisaba el chongo con la mano en un gesto gracioso y bello.
"Buenas tardes", dijo Mariana Fernández.

jueves, junio 27, 2013

Las Campanas Mágicas en Amazon

Después de meses de inactividad, llega al Gabinete la noticia de la publicación de Las Campanas Mágicas y su venta global en Amazon.com.
Con gusto recordamos que buena parte de los relatos que integran ese volumen de narrativa breve vieron por primera vez la luz en este espacio con el favor de sus seguidores, y esperamos que el público muestre la misma generosidad con el volumen que ahora ve la luz. 
Pronto lo sabremos, y pronto tendremos nuevas contribuciones en este espacio. 
Gracias a nuestros lectores. 

jueves, diciembre 31, 2009

Justina Cortés Vázquez (1915-2009)

A la izquierda, Justina

I

Estaba sentado frente a la urna, posada ésta sobre la mesa como un ataúd en miniatura entre dos ramos de margaritas con floreros de cristal; la imagen del Sagrado Corazón de Jesús recargada sobre uno de ellos. A mi alrededor, miembros de mi familia oaxaqueña que había visto muy poco o no había visto en absoluto durante muchos años entraban al cuarto para rezar el rosario, el segundo del novenario. Se saludaban entre ellos después de abrazarme y decirme lo mucho que sentían la muerte de la señora Justina. Me aseguraban que estaban conmigo en mi pena, que fuera fuerte. Se veían profundamente tristes cuando decían esas cosas. Yo les devolvía el abrazo, tranquilo y extrañado; como si no fuera yo el que debiera recibir el pésame, sino ellos mismos. De hecho, me apenaba el hallarme sereno y conforme, el no compartir su dolor.

En cuanto se alejaban, me concentraba de nuevo en contemplar las cenizas de mi abuela. No obstante, a pesar de mis esfuerzos me era imposible descubrir en ellas a la mujer que se cepillaba el pelo durante el fresco de la tarde, sentada en la penumbra de su sala, pasando el peine una y otra vez por su pelo blanco y perfumado. No, pensé. Ella se ha ido. No está ahí. Se me ocurrió que la verdadera catástrofe universal no llegaría -como dicen las escrituras- con la resurrección de los muertos, en los umbrales del milenio, sino que se encontraba justo frente a mí, representada por una cajita de madera fría y silenciosa: la inevitable destrucción del mundo complejo y sin confines del ser humano, de su mente y de su memoria.

II

Me gustaba sentarme junto a mi abuela cuando se cepillaba el pelo porque había algo en esa actividad que le permitía conversar sin apenarse o montar en cólera, los dos extremos de su carácter indiano siempre proclive al silencio más que a la locuacidad, a ordenar y mandar más que a negociar, rasgos que reconozco, intactos y socialmente cuestionables, en mis propias relaciones con los demás. Con el peine en la mano -o a la hora de comer- sin embargo, mi abuela se suavizaba y podía hablar durante horas de, por ejemplo, su niñez; un tema que yo escuchaba con particular regocijo pues era como observar, a través de una lente cuya claridad y detalle ningún libro de historia podía igualar, estampas rurales del México revolucionario.

Me contaba que su mamá se llamaba Herlinda Vázquez, y su papá Juan de Dios Cortés; que ambos eran jornaleros en una hacienda llamada Monjas, a las afueras de Miahuatlán, Oaxaca, y que la niñez la había pasado en el rancho de su abuela. Cuando le pedí una vez que me narrara su recuerdo más antiguo, me dijo: "Vivía con mis tías, Domitila y Tiburcia. No recuerdo el nombre de su padre; aunque creo que se llamaba Pedro. Pero de todos modos, ya se había muerto cuando yo llegué al rancho. Ahí tenían su jacal (su abuelita y sus tías). Antes eran jacales; no eran casas como ésta (la casa de Oaxaca), sino jacales de pasto; de este pasto que se da en el campo. Allá se comía muy bien y nada faltaba. Si querías carne, tenías tasajo; de ese tasajo -de hebra, se llamaba- gordito; que se ponía a asar en las brasas. Comías tu tasajo, comías tu queso acabado de sacar del suero; huevos hechos en el comal... bueno, todo lo que tú querías. Y limpio; no porquerías. Porque las gallinas se atascaban en el montón de mazorcas que había en el patio y se comían el maíz... pero ¡precioso el maíz! No como ahora, que está como crecido a fuerza".

No era casual que en sus últimos años la conversación derivara frecuentemente a la comida. La primera y más importante señal de su declive la recibió cuando, a la florida edad de 85 años, le dieron la noticia devastadora de que ya no podía comer de todo lo que se le antojara. Ese fue el primer paso cuesta abajo en una vida llena plena de entusiasmo la cual, aunque tardaría muchos años más en apagarse, nunca volvería a ser la misma.

Recuerdo con placer la noche en la que festejamos sus 84 años. Litzia y yo estábamos recién casados, y deseaba que ella conociera a la mujer que me había cuidado durante toda mi niñez. Como se trataba de que viera a mi abuelita de buenas y en plan conversador, decidí que la velada perfecta sería una invitación a cenar; en el mercado, por supuesto, que es donde mejor se come después de la casa.

En el merendero, mi abuela se hizo llevar una enorme tortilla bien tlayuda y cubierta de asiento, frijoles, quesillo y un buen trozo de tasajo; además de un tazón de chocolate y una hogaza de pan de yema. Parecía una broma, pero cuando en realidad la viejita comenzó a mandarse los manjares Litzia, francamente asustada y en tono de amable reprimenda me dijo: "¡haz algo, que tu abuelita se va a morir si se come todo eso!" Yo, divertido por sus temores, le contesté: "se va a morir si NO se lo come", ignorando el peso que tales palabras habrían de tener con los años.


III

Mi abuelita se casó joven, aunque no tanto como muchas otras mujeres de su pueblo quienes, aun hoy en día, aparecen en los exhortos con no más de 15 o 16 años de edad. Ella debió tener dieciocho o diecinueve cuando conoció a su primer marido, un tímido aprendiz de panadero llamado Austreberto Alcántara. Era un año mayor que ella y la única fotografía que conservo de él es una en la que aparece junto a sus compañeros del amasijo. En primer plano se ve un enorme guajolote que están a punto de matar para comérselo con mole, y mi abuelo mira a la cámara con la seriedad congénita del mixteco. Con Austreberto mi abuela tuvo dos hijos, Antonio y Rebeca, mi madre, quien aunque se quite la edad nació en 1938, cuando mi abuelita tenía 23. Una buena razón para mencionar ambas fechas es que todas las mujeres de la familia se quitaban la edad, o se la aumentaban, ya fuera a propósito o porque simplemente olvidaban el año en el que habían nacido. Mi tía Aleja, por ejemplo, decía haber nacido en 1908, cuando en su acta original, que hallé en el archivo del estado, dice que es de 1912. Mi abuelita, aunque sus documentos tienen la fecha 1918, en realidad -y sin duda alguna- nació en julio de 1915, cuando Porfirio Díaz acababa de morir en París, y México padecía el recrudecimiento de la guerra civil; con Villa -que se retiraba hacia Chihuahua- enfrentando a un Obregón que llevaba manco apenas mes y medio, después de los combates de Celaya y Santa Rosa.

El primer matrimonio de mi abuela duró poco y tuvo un final siniestro, de leyenda, como esas que ella misma me narraba y que tanto me impresionaron desde la niñez. Primero se enfermó mi tío Toño, de unos cinco o seis años. Enfermó de tifoidea o un padecimiento semejante cuya curación dependía de la penicilina, poco menos que inexistente en la Miahuatlán de ese entonces. Un día después, el abuelo Austreberto salió de su trabajo con el cuerpo muy caliente y sin abrigarse, y contrajo una pulmonía fulminante que se lo llevó en unas cuantas horas. Cuando se sintió morir llamó a mi abuelita, y como ella buscara tranquilizarlo al decirle que su hijo estaba mejorando, él contestó: "no te apures, Justi. Rebe se queda, pero Toñito se va conmigo. Así está bien".

Y así fue, en efecto. Mientras mi abuela se atareaba arreglando los modestos funerales de su esposo, aprovechaba cada instante disponible para velar junto a la cama en la que su hijo mayor agonizaba. Mi madre era muy niña, y tuvieron que encargarla en la casa de una tía. Cuando mi abuelo estaba tendido, mi tío Toñito murió.


IV

Poco tiempo después, mi abuelita se casó de nuevo, en esta ocasión con un caballero algo mayor llamado Salustio Arias Ríos, al que ella siempre se refirió respetuosamente como Don Salustio. Se dedicaba a lo que hoy llamaríamos la profesión aseguradora que incluía, además de los seguros propiamente dichos, planes de ahorro diseñados para los ejidatarios y pequeños empresarios de los pueblos cercanos a Oaxaca. Fue necesario, pues, que mi abuelita y mamá abandonaran Miahuatlán para establecerse en la capital del estado. Con el tiempo, buena parte de su familia los seguiría.

En Oaxaca, Don Salustio -cuya primera esposa e hijos vivían cerca del centro- compró un solar en las afueras del antiguo barrio virreinal de El Marquesado, y comenzó la construcción de una casa que, aun después de muchas transformaciones y reconstrucciones sigue en pie, y es el hogar de mi hermana Adriana y su familia hoy en día. A principios de los años cuarenta, sin embargo, las calles apenas estaban dibujadas y la única construcción a la vista era el cementerio municipal apenas a unos cuantos pasos.

La casa sería la obsesión de toda su vida. Sin importar las razones, nunca se decidió a dejarla, y casi todo su dinero lo dedicaba a ampliarla y adaptarla. Seguramente hubiera podido quedarse ahí definitivamente, si los acontecimientos no la hubieran obligado a cambiar de planes.

Don Salustio padecía de fuertes ataques de asma, que usualmente controlaba con remedios caseros. Entre otras cosas, tenía prohibido exponerse a cambios de temperatura y tomar cosas muy frías. No obstante, cuando viajaba por los pueblos el calor que padecía era a menudo agobiante, y lo primero que hacía al llegar a ellos era beberse enormes vasos de agua fresca. Desesperada, mi abuelita mandaba a mi madre, ya adolescente, para que lo acompañara y lo mantuviera alejado de las aguas frescas, o quizá de algunas otras cosas también; pero todo era inútil. Cuando no eran aguas, eran paletas o tejate, una bebida helada hecha de cacao.

Finalmente, don Salustio cayó muy enfermo. Para desconsuelo de mi abuelita, pidió ser llevado a la casa de su primera esposa, en donde sus hijos lo cuidaban bien, aunque recibían a mi madre como una persona extraña, cuyos descuidos habían llevado la enfermedad de don Salustio al extremo. Mamá lo quería como a un padre, pero eso pareció no importar en absoluto. Don Salustio murió pocos días después, sin que ella ni mi abuelita pudieran verlo de nuevo.


V

Mi mamá tenía trabajo en Oaxaca como ayudante en la panadería La Vasconia, pero eso no era suficiente para sostenerse a sí misma y a mi abuela, de manera que ésta última encargo la preciada casa a uno de sus sobrinos y a su hermana Aleja, y emprendieron el viaje a Ciudad de México. Ahí, mi abuelita consiguió trabajo como doméstica y mamá estudió una carrera comercial que le permitió luego emplearse como secretaria en lo laboratorios Waltz y Abbat, los inventores del Isodine. Mi abuelita cosechó fama en su oficio por su honestidad, su sazón exquisita y su buen juicio, lo mismo que por la disciplina de acero que regía todos sus actos, y pronto las familias más ricas de México se disputaban sus servicios. Esa relativa prosperidad les permitió rentar un departamento en la Colonia del Valle y dar el enganche de otro en la Unidad Cuitláhuac, recientemente construida cerca de las aduanas de Pantaco. Mi guapa mamá comenzó a ser pretendida por personas de recursos, entre ellas el hijo del embajador de un país centroamericano, que se enamoró perdidamente de ella. Mi abuela, sin embargo, dudó de sus intenciones y prohibió la relación tajantemente.

Para entonces, algunos familiares habían ya seguido a mi abuela de Oaxaca a México, como lo habían hecho de Miahuatlán a Oaxaca, y el tío Miguelito llegó un día a la casa con un amigo llamado Antonio Santoyo, mi padre. Si a mi abuelita el hijo del embajador le había parecido mal partido, mi padre era poco menos que una catástrofe, aunque no pudo hacer nada cuando mis padres se casaron en 1969.

Cuando yo nací, mi abuelita pasaba en Oaxaca una larga temporada, cuidando de la casa y haciendo ajustes que nunca la dejaban satisfecha. Después de mi bautizo, tanto mamá como papá tenían que regresar a sus trabajos, y ambos decidieron dejarme en Oaxaca con mi abuela hasta que ella decidiera regresar a México.

De hecho, durante muchos años mi abuela dividió sus semanas entre nosotros, sus nietos, en México, y el cuidado de su casa, en Oaxaca. Con nosotros pasaba mucho tiempo leyendo libros sobre temas piadosos y escuchando la radio; nos cocinaba comida deliciosa y sus reprimendas eran terribles cuando hacíamos algo que no le gustaba. Al atardecer miraba el reloj y caminaba a la ventana para vigilar un lugar determinado del paisaje. A la misma hora y por el mismo lugar, todos los días, mamá aparecía caminando de regreso del trabajo. Mi abuela decía, "ahí viene su mamá" y nosotros corríamos, primero a la ventana para verla venir, y luego a la puerta, para recibir los regalitos que siempre nos traía. Mi abuela, a nuestras espaldas, sonreía.


VI

La relación de mi abuela con sus hermanas siempre fue afectuosa. Las visitaba a menudo y cuando no podía hacerlo se mantenía en contacto con ellas por teléfono. Se ocupó en particular por su hermana Aleja Marcelina, quien vivió en la casa de El Marquesado con su hijo, su nuera y sus nietos hasta poco antes de su muerte. Era a ellos a quienes confiaba el cuidado de la casa durante las temporadas que pasaba en México, y para mí llegaron a ser una parte muy importante de la familia. A mediados de los años ochenta, mi abuela renunció a su trabajo en México para regresar a Oaxaca definitivamente, y 10 años después tanto mi mamá como mi hermana decidieron ir a vivir con ella.

Desde su regreso, mi abuela puso un negocio que acomodó en el pasillo, los cuartos que daban a la calle y en la cocina. Se trataba de un comedor al que llamó "La Tía", pero que después de la llegada de mamá y Adrianita se conoció como el de "Las Tías", pues las tres entusiastas mujeres lo atendían desde la hora del desayuno hasta la merienda. Su clientela principal estaba formada por estudiantes del cercano Instituto Tecnológico, y por maestros rurales que llegaban de los rincones más remotos del estado a tomar cursos y seminarios, hospedándose en un albergue a dos cuadras de ahí. En su mejor momento, el comedor servía más de veinte personas al mismo tiempo, y al pasar entre las mesas podían escucharse animadas conversaciones en Mixteco (la lengua de nuestra familia), Zapoteco, Mixe, Chinanteco y otra media docena de lenguas distintas. Mi abuela se convirtió en objeto de profundo afecto pues, además de proveer comida deliciosa y casi regalada, era fuente inagotable de cariño maternal. Una fuente extraña, hay que decirlo, pues de ella manaban también en abundancia regaños, filoso sarcasmo, atroces palabrotas y terribles juramentos; aunque fuera siempre la bondad la que imperaba.

En una ocasión, a mediados de 1993, un joven de larga barba ensortijada y negra entró al comedor acompañado de otras tres personas, y se sentaron a almorzar. Mi abuela les sirvió y, como era su costumbre en los días de poca clientela, acercó una silla para acompañarlos. Iban de paso por Oaxaca y el de la barba era el único que hablaba, en tanto que sus tres compañeros -de rasgos indígenas- apenas y dijeron palabra durante la hora entera que estuvieron ahí. El visitante le hizo varias preguntas a mi abuela; que si vivía bien, que si estaba de acuerdo con las cosas que el gobierno hacía y eso. Mi abuela había tenido esa conversación con los estudiantes muchas veces, y contestó lo de siempre: que ella estaba de maravilla, pero no gracias a los políticos, quienes eran una pandilla de ladrones que no merecían ni a las putas que los habían parido. Cuando el hombre se fue, estrechó la mano de mi abuela, y le dijo que estuviera pendiente, porque cosas importantes estaban a punto de ocurrir.

En enero del año siguiente una fotografía inundó las pantallas de televisión en todo el país, y mi abuelita reconoció en ellas, de inmediato y sin vacilar, al hombre que había almorzado en el comedor pocos meses antes. Cuando mencionaba la anécdota, años después, todos a su alrededor la mirábamos boquiabiertos y con una mezcla de azoro y respeto, pues ese hombre había entrado ya a la historia de México con el nombre de subcomandante insurgente Marcos.

VII

En las noches de verano, cuando la llovizna golpeteaba la noche entera sobre el tejabán del patio, mi abuela y su hermana hacían tamales de hoja de plátano y totomoztle. Se sentaban en ese agradable lugar cubiertas con sus rebozos, y se dedicaban a amasar la masa y remojar las hojas. Mi abuela ponía carbón en su viejo anafre y lo encendía con cautela, cuidando que las brasas ardieran suavemente antes de poner sobre ellas la enorme vaporera llena de tamales, con un viejo centavo de cobre en el fondo para avisar si el agua se terminaba antes de tiempo.

Eran momentos mágicos aquellos. La oscuridad nos rodeaba enmedio de la ciudad y el tintinear del centavo se confundía con el murmullo de la lluvia sobre nosotros. Mi abuela contaba entonces, por ejemplo, sobre el día en el que el carretero de la muerte se había detenido frente a la casa, camino del cementerio, y el tío Miguelito había escuchado sus ruedas de madera crujir bajo el peso de los que ya no vivían, para arrancar luego con la misma fatiga terrible del infierno. O nos hablaba del catrín de Miahuatlán, que había logrado tentar la ambición de los incautos, de la misma forma que la Matlacihua se aprovechaba de la lujuria de los hombres para llevarlos a la perdición. Nos narraba sus historias en susurros, porque los tamales podían no cocerse si alzábamos la voz, o echarse a perder de plano si nos enojábamos.

En una ocasión llegué a Oaxaca con el corazón destrozado, harto de la vida y técnicamente privado de la razón. Mi abuela dejó todo lo que estaba haciendo y me llevó del brazo hasta su recámara para recostarme en su dura cama; esto es, una tabla penitenciaria a manera de base, cubierta de breve colchoneta y unas cuantas cobijas. Ahí, la sabia anciana me escudriñó el semblante y sin decir palabra sacó de su ropero una de sus posesiones más preciadas: una botella de alcohol en la que se maceraban lentamente sendas hojas de peyote y alcanfor, y con eso me dio fuertes frotaciones sobre el torso y los brazos desnudos. Lo hizo durante un rato, para después hablar palabras que jamás olvidaré en tanto viva. Dijo:

"¿Sabes? Hay cosas en el mundo que se pueden componer, y otras que no. Ayer, para que veas, el vecino Fulano regresaba de Tlacolula; llevaban quién sabe cuantos días de parranda, y se vino con otros siete de sus compadres. Chocaron en la carretera y tres murieron, entre ellos el vecino. Yo lo conocía, y puedo decirte que no quería morir. Yo sé que tampoco tú quieres morir, pero de los dos, eres el único que tiene elección. Sólo con la ayuda de Dios vas a olvidar y sentirte bien; pídele a San Dimas eso; ¡está tan cerca de Dios! Él no le niega nada". Y luego agregó: "recuerda que en Oaxaca ni siquiera los muertos descansan en paz".

Epílogo

Y ahí estaba yo, casi quince años después, sentado frente a la misma cama en la que mi abuela me había hecho esa observación fundamental. La dura cama que se convirtió a la postre en su lecho de muerte. La presencia de mis primos en su rosario me era grata, y sin embargo necesitaba de un poco de tiempo a solas con mis recuerdos antes de regresar a Morelia.

Medité en sus últimos días. Desde un año atrás, cuando la muerte de su hermana Aleja la entristeció mucho más que sus antojos insatisfechos, dejó de ir a la iglesia y buscó de nuevo romper su estricto régimen alimenticio con la malsana travesura de pedirle furtivamente a la garnachera de la esquina que le preparara sopes y quesadillas, mismos que luego la hundían en terribles diarreas que llegaban a durar semanas enteras. La última vez que la vi, en Junio, estaba muy delgada, y se soltó llorando desconsoladamente cuando me daba la bendición, al despedirnos. "Ésta es la última vez que me ves", profetizó entre sollozos. Yo pensaba en las veces que la había visto llorar sin motivo aparente, y siempre me había preguntado en vano la razón de su llanto. Tratando de ocultar mi emoción, le contesté: "no morirás cuando tú quieras, sino cuando sea el momento", y me fui para no verla más.

El día de su muerte mi abuelita se levantó de buen ánimo y desayunó con el apetito de costumbre. Como todos los días, tomó la escoba y se fue a barrer la suciedad de los perros en el patio de atrás, junto a la vieja letrina sellada de los años cuarenta. Fue hasta entonces que se mostró extraordinariamente cansada. Todavía caminó hacia la puerta, como deseosa de un paseo pero regresó, exhausta, a su recámara para recostarse.

No subió a comer. Mamá creyó que nada más había prolongado su siesta, pero cuando la fue a buscar se dio cuenta de que respiraba agitadamente, con la boca y los ojos bien abiertos, y supo que era el fin. Mi abuelita, sin embargo, parecía no saberlo. "Mamá -le dijo- ¿quieres que vaya por el padre?" Ella negó con la cabeza. El sacerdote de El Marquesado, que la conocía de décadas atrás, fue a decir misa el 2 de noviembre al cementerio de enfrente. Le pidió confesión, pero el padre -por flojera o sinceramente convencido de su bondad, no puedo decirlo- la confortó diciendo que no era necesario confesarse, que Dios la esperaba en el cielo.

Mamá creyó por un momento que la crisis podía ser pasajera, y comenzó a regañar a mi abuela con dureza, diciendo: "no te vayas a ir ahora, ¿eh, mamá? Pasado mañana se casa Adrianita, y vienen los muchachos". Mi abuela asintió, y dijo: " No. Yo no me voy a ninguna parte". Al parecer estaba convencida de que solamente le faltaba el resuello, y me tranquilizó sobremanera saber que esa mujer, cuyo temor a la muerte era legendario, no se diera cuenta de que se estaba muriendo. Extenuada, dejó de respirar pocos minutos después.

"No está aquí tampoco", pensé al contemplar la cama de mi abuela. Esperando en vano una manifestación suya, una prueba, si bien pequeña, de que no había desaparecido del todo. Me levanté, y regresé lentamente al cuarto en donde la familia rezaba frente a las cenizas de su cuerpo.

Me imaginé entonces viviendo noventa y cuatro largos años. Sobreponiéndome a terribles dificultades, teniendo que entregar a la muerte a personas amadas, una tras otra; viendo que mis hijos crecen y tienen hijos a su vez. Imaginé que esos hijos crecían y tenían sus propios hijos, y que esos pequeños, tan distintos a mí y tan lejanos en el tiempo se acercaban y me besaban, agradecidos de mi presencia en el mundo. Quizá entonces -pensé- cuando haya vivido todo eso, sepa por fin la razón por la que lloraba mi abuela.

A.S.

Diciembre 29 de 2009.

Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.