Mural literario en evolución constante. Aparece un sábado sí y otro no; aunque gozará de cierta libertad en sus tiempos conservando la periodicidad. Dedicado a la publicación de narrativa breve original e inédita, susceptible de ser coleccionada. También, ocasionalmente, a la discusión abierta y constructiva sobre Arte, Ciencia, Religión y Política. Se invita a los lectores a no estar de acuerdo conmigo y a decir por qué.
sábado, julio 26, 2014
El jardín del gobernador (primera parte)
jueves, junio 27, 2013
Las Campanas Mágicas en Amazon
jueves, diciembre 31, 2009
Justina Cortés Vázquez (1915-2009)
I
Estaba sentado frente a la urna, posada ésta sobre la mesa como un ataúd en miniatura entre dos ramos de margaritas con floreros de cristal; la imagen del Sagrado Corazón de Jesús recargada sobre uno de ellos. A mi alrededor, miembros de mi familia oaxaqueña que había visto muy poco o no había visto en absoluto durante muchos años entraban al cuarto para rezar el rosario, el segundo del novenario. Se saludaban entre ellos después de abrazarme y decirme lo mucho que sentían la muerte de la señora Justina. Me aseguraban que estaban conmigo en mi pena, que fuera fuerte. Se veían profundamente tristes cuando decían esas cosas. Yo les devolvía el abrazo, tranquilo y extrañado; como si no fuera yo el que debiera recibir el pésame, sino ellos mismos. De hecho, me apenaba el hallarme sereno y conforme, el no compartir su dolor.
En cuanto se alejaban, me concentraba de nuevo en contemplar las cenizas de mi abuela. No obstante, a pesar de mis esfuerzos me era imposible descubrir en ellas a la mujer que se cepillaba el pelo durante el fresco de la tarde, sentada en la penumbra de su sala, pasando el peine una y otra vez por su pelo blanco y perfumado. No, pensé. Ella se ha ido. No está ahí. Se me ocurrió que la verdadera catástrofe universal no llegaría -como dicen las escrituras- con la resurrección de los muertos, en los umbrales del milenio, sino que se encontraba justo frente a mí, representada por una cajita de madera fría y silenciosa: la inevitable destrucción del mundo complejo y sin confines del ser humano, de su mente y de su memoria.
II
Me gustaba sentarme junto a mi abuela cuando se cepillaba el pelo porque había algo en esa actividad que le permitía conversar sin apenarse o montar en cólera, los dos extremos de su carácter indiano siempre proclive al silencio más que a la locuacidad, a ordenar y mandar más que a negociar, rasgos que reconozco, intactos y socialmente cuestionables, en mis propias relaciones con los demás. Con el peine en la mano -o a la hora de comer- sin embargo, mi abuela se suavizaba y podía hablar durante horas de, por ejemplo, su niñez; un tema que yo escuchaba con particular regocijo pues era como observar, a través de una lente cuya claridad y detalle ningún libro de historia podía igualar, estampas rurales del México revolucionario.
Me contaba que su mamá se llamaba Herlinda Vázquez, y su papá Juan de Dios Cortés; que ambos eran jornaleros en una hacienda llamada Monjas, a las afueras de Miahuatlán, Oaxaca, y que la niñez la había pasado en el rancho de su abuela. Cuando le pedí una vez que me narrara su recuerdo más antiguo, me dijo: "Vivía con mis tías, Domitila y Tiburcia. No recuerdo el nombre de su padre; aunque creo que se llamaba Pedro. Pero de todos modos, ya se había muerto cuando yo llegué al rancho. Ahí tenían su jacal (su abuelita y sus tías). Antes eran jacales; no eran casas como ésta (la casa de Oaxaca), sino jacales de pasto; de este pasto que se da en el campo. Allá se comía muy bien y nada faltaba. Si querías carne, tenías tasajo; de ese tasajo -de hebra, se llamaba- gordito; que se ponía a asar en las brasas. Comías tu tasajo, comías tu queso acabado de sacar del suero; huevos hechos en el comal... bueno, todo lo que tú querías. Y limpio; no porquerías. Porque las gallinas se atascaban en el montón de mazorcas que había en el patio y se comían el maíz... pero ¡precioso el maíz! No como ahora, que está como crecido a fuerza".
No era casual que en sus últimos años la conversación derivara frecuentemente a la comida. La primera y más importante señal de su declive la recibió cuando, a la florida edad de 85 años, le dieron la noticia devastadora de que ya no podía comer de todo lo que se le antojara. Ese fue el primer paso cuesta abajo en una vida llena plena de entusiasmo la cual, aunque tardaría muchos años más en apagarse, nunca volvería a ser la misma.
Recuerdo con placer la noche en la que festejamos sus 84 años. Litzia y yo estábamos recién casados, y deseaba que ella conociera a la mujer que me había cuidado durante toda mi niñez. Como se trataba de que viera a mi abuelita de buenas y en plan conversador, decidí que la velada perfecta sería una invitación a cenar; en el mercado, por supuesto, que es donde mejor se come después de la casa.
En el merendero, mi abuela se hizo llevar una enorme tortilla bien tlayuda y cubierta de asiento, frijoles, quesillo y un buen trozo de tasajo; además de un tazón de chocolate y una hogaza de pan de yema. Parecía una broma, pero cuando en realidad la viejita comenzó a mandarse los manjares Litzia, francamente asustada y en tono de amable reprimenda me dijo: "¡haz algo, que tu abuelita se va a morir si se come todo eso!" Yo, divertido por sus temores, le contesté: "se va a morir si NO se lo come", ignorando el peso que tales palabras habrían de tener con los años.
III
Mi abuelita se casó joven, aunque no tanto como muchas otras mujeres de su pueblo quienes, aun hoy en día, aparecen en los exhortos con no más de 15 o 16 años de edad. Ella debió tener dieciocho o diecinueve cuando conoció a su primer marido, un tímido aprendiz de panadero llamado Austreberto Alcántara. Era un año mayor que ella y la única fotografía que conservo de él es una en la que aparece junto a sus compañeros del amasijo. En primer plano se ve un enorme guajolote que están a punto de matar para comérselo con mole, y mi abuelo mira a la cámara con la seriedad congénita del mixteco. Con Austreberto mi abuela tuvo dos hijos, Antonio y Rebeca, mi madre, quien aunque se quite la edad nació en 1938, cuando mi abuelita tenía 23. Una buena razón para mencionar ambas fechas es que todas las mujeres de la familia se quitaban la edad, o se la aumentaban, ya fuera a propósito o porque simplemente olvidaban el año en el que habían nacido. Mi tía Aleja, por ejemplo, decía haber nacido en 1908, cuando en su acta original, que hallé en el archivo del estado, dice que es de 1912. Mi abuelita, aunque sus documentos tienen la fecha 1918, en realidad -y sin duda alguna- nació en julio de 1915, cuando Porfirio Díaz acababa de morir en París, y México padecía el recrudecimiento de la guerra civil; con Villa -que se retiraba hacia Chihuahua- enfrentando a un Obregón que llevaba manco apenas mes y medio, después de los combates de Celaya y Santa Rosa.
El primer matrimonio de mi abuela duró poco y tuvo un final siniestro, de leyenda, como esas que ella misma me narraba y que tanto me impresionaron desde la niñez. Primero se enfermó mi tío Toño, de unos cinco o seis años. Enfermó de tifoidea o un padecimiento semejante cuya curación dependía de la penicilina, poco menos que inexistente en la Miahuatlán de ese entonces. Un día después, el abuelo Austreberto salió de su trabajo con el cuerpo muy caliente y sin abrigarse, y contrajo una pulmonía fulminante que se lo llevó en unas cuantas horas. Cuando se sintió morir llamó a mi abuelita, y como ella buscara tranquilizarlo al decirle que su hijo estaba mejorando, él contestó: "no te apures, Justi. Rebe se queda, pero Toñito se va conmigo. Así está bien".
Y así fue, en efecto. Mientras mi abuela se atareaba arreglando los modestos funerales de su esposo, aprovechaba cada instante disponible para velar junto a la cama en la que su hijo mayor agonizaba. Mi madre era muy niña, y tuvieron que encargarla en la casa de una tía. Cuando mi abuelo estaba tendido, mi tío Toñito murió.
IV
Poco tiempo después, mi abuelita se casó de nuevo, en esta ocasión con un caballero algo mayor llamado Salustio Arias Ríos, al que ella siempre se refirió respetuosamente como Don Salustio. Se dedicaba a lo que hoy llamaríamos la profesión aseguradora que incluía, además de los seguros propiamente dichos, planes de ahorro diseñados para los ejidatarios y pequeños empresarios de los pueblos cercanos a Oaxaca. Fue necesario, pues, que mi abuelita y mamá abandonaran Miahuatlán para establecerse en la capital del estado. Con el tiempo, buena parte de su familia los seguiría.
En Oaxaca, Don Salustio -cuya primera esposa e hijos vivían cerca del centro- compró un solar en las afueras del antiguo barrio virreinal de El Marquesado, y comenzó la construcción de una casa que, aun después de muchas transformaciones y reconstrucciones sigue en pie, y es el hogar de mi hermana Adriana y su familia hoy en día. A principios de los años cuarenta, sin embargo, las calles apenas estaban dibujadas y la única construcción a la vista era el cementerio municipal apenas a unos cuantos pasos.
La casa sería la obsesión de toda su vida. Sin importar las razones, nunca se decidió a dejarla, y casi todo su dinero lo dedicaba a ampliarla y adaptarla. Seguramente hubiera podido quedarse ahí definitivamente, si los acontecimientos no la hubieran obligado a cambiar de planes.
Don Salustio padecía de fuertes ataques de asma, que usualmente controlaba con remedios caseros. Entre otras cosas, tenía prohibido exponerse a cambios de temperatura y tomar cosas muy frías. No obstante, cuando viajaba por los pueblos el calor que padecía era a menudo agobiante, y lo primero que hacía al llegar a ellos era beberse enormes vasos de agua fresca. Desesperada, mi abuelita mandaba a mi madre, ya adolescente, para que lo acompañara y lo mantuviera alejado de las aguas frescas, o quizá de algunas otras cosas también; pero todo era inútil. Cuando no eran aguas, eran paletas o tejate, una bebida helada hecha de cacao.
Finalmente, don Salustio cayó muy enfermo. Para desconsuelo de mi abuelita, pidió ser llevado a la casa de su primera esposa, en donde sus hijos lo cuidaban bien, aunque recibían a mi madre como una persona extraña, cuyos descuidos habían llevado la enfermedad de don Salustio al extremo. Mamá lo quería como a un padre, pero eso pareció no importar en absoluto. Don Salustio murió pocos días después, sin que ella ni mi abuelita pudieran verlo de nuevo.
V
Mi mamá tenía trabajo en Oaxaca como ayudante en la panadería La Vasconia, pero eso no era suficiente para sostenerse a sí misma y a mi abuela, de manera que ésta última encargo la preciada casa a uno de sus sobrinos y a su hermana Aleja, y emprendieron el viaje a Ciudad de México. Ahí, mi abuelita consiguió trabajo como doméstica y mamá estudió una carrera comercial que le permitió luego emplearse como secretaria en lo laboratorios Waltz y Abbat, los inventores del Isodine. Mi abuelita cosechó fama en su oficio por su honestidad, su sazón exquisita y su buen juicio, lo mismo que por la disciplina de acero que regía todos sus actos, y pronto las familias más ricas de México se disputaban sus servicios. Esa relativa prosperidad les permitió rentar un departamento en la Colonia del Valle y dar el enganche de otro en la Unidad Cuitláhuac, recientemente construida cerca de las aduanas de Pantaco. Mi guapa mamá comenzó a ser pretendida por personas de recursos, entre ellas el hijo del embajador de un país centroamericano, que se enamoró perdidamente de ella. Mi abuela, sin embargo, dudó de sus intenciones y prohibió la relación tajantemente.
Para entonces, algunos familiares habían ya seguido a mi abuela de Oaxaca a México, como lo habían hecho de Miahuatlán a Oaxaca, y el tío Miguelito llegó un día a la casa con un amigo llamado Antonio Santoyo, mi padre. Si a mi abuelita el hijo del embajador le había parecido mal partido, mi padre era poco menos que una catástrofe, aunque no pudo hacer nada cuando mis padres se casaron en 1969.
Cuando yo nací, mi abuelita pasaba en Oaxaca una larga temporada, cuidando de la casa y haciendo ajustes que nunca la dejaban satisfecha. Después de mi bautizo, tanto mamá como papá tenían que regresar a sus trabajos, y ambos decidieron dejarme en Oaxaca con mi abuela hasta que ella decidiera regresar a México.
De hecho, durante muchos años mi abuela dividió sus semanas entre nosotros, sus nietos, en México, y el cuidado de su casa, en Oaxaca. Con nosotros pasaba mucho tiempo leyendo libros sobre temas piadosos y escuchando la radio; nos cocinaba comida deliciosa y sus reprimendas eran terribles cuando hacíamos algo que no le gustaba. Al atardecer miraba el reloj y caminaba a la ventana para vigilar un lugar determinado del paisaje. A la misma hora y por el mismo lugar, todos los días, mamá aparecía caminando de regreso del trabajo. Mi abuela decía, "ahí viene su mamá" y nosotros corríamos, primero a la ventana para verla venir, y luego a la puerta, para recibir los regalitos que siempre nos traía. Mi abuela, a nuestras espaldas, sonreía.
VI
La relación de mi abuela con sus hermanas siempre fue afectuosa. Las visitaba a menudo y cuando no podía hacerlo se mantenía en contacto con ellas por teléfono. Se ocupó en particular por su hermana Aleja Marcelina, quien vivió en la casa de El Marquesado con su hijo, su nuera y sus nietos hasta poco antes de su muerte. Era a ellos a quienes confiaba el cuidado de la casa durante las temporadas que pasaba en México, y para mí llegaron a ser una parte muy importante de la familia. A mediados de los años ochenta, mi abuela renunció a su trabajo en México para regresar a Oaxaca definitivamente, y 10 años después tanto mi mamá como mi hermana decidieron ir a vivir con ella.
Desde su regreso, mi abuela puso un negocio que acomodó en el pasillo, los cuartos que daban a la calle y en la cocina. Se trataba de un comedor al que llamó "La Tía", pero que después de la llegada de mamá y Adrianita se conoció como el de "Las Tías", pues las tres entusiastas mujeres lo atendían desde la hora del desayuno hasta la merienda. Su clientela principal estaba formada por estudiantes del cercano Instituto Tecnológico, y por maestros rurales que llegaban de los rincones más remotos del estado a tomar cursos y seminarios, hospedándose en un albergue a dos cuadras de ahí. En su mejor momento, el comedor servía más de veinte personas al mismo tiempo, y al pasar entre las mesas podían escucharse animadas conversaciones en Mixteco (la lengua de nuestra familia), Zapoteco, Mixe, Chinanteco y otra media docena de lenguas distintas. Mi abuela se convirtió en objeto de profundo afecto pues, además de proveer comida deliciosa y casi regalada, era fuente inagotable de cariño maternal. Una fuente extraña, hay que decirlo, pues de ella manaban también en abundancia regaños, filoso sarcasmo, atroces palabrotas y terribles juramentos; aunque fuera siempre la bondad la que imperaba.
En una ocasión, a mediados de 1993, un joven de larga barba ensortijada y negra entró al comedor acompañado de otras tres personas, y se sentaron a almorzar. Mi abuela les sirvió y, como era su costumbre en los días de poca clientela, acercó una silla para acompañarlos. Iban de paso por Oaxaca y el de la barba era el único que hablaba, en tanto que sus tres compañeros -de rasgos indígenas- apenas y dijeron palabra durante la hora entera que estuvieron ahí. El visitante le hizo varias preguntas a mi abuela; que si vivía bien, que si estaba de acuerdo con las cosas que el gobierno hacía y eso. Mi abuela había tenido esa conversación con los estudiantes muchas veces, y contestó lo de siempre: que ella estaba de maravilla, pero no gracias a los políticos, quienes eran una pandilla de ladrones que no merecían ni a las putas que los habían parido. Cuando el hombre se fue, estrechó la mano de mi abuela, y le dijo que estuviera pendiente, porque cosas importantes estaban a punto de ocurrir.
En enero del año siguiente una fotografía inundó las pantallas de televisión en todo el país, y mi abuelita reconoció en ellas, de inmediato y sin vacilar, al hombre que había almorzado en el comedor pocos meses antes. Cuando mencionaba la anécdota, años después, todos a su alrededor la mirábamos boquiabiertos y con una mezcla de azoro y respeto, pues ese hombre había entrado ya a la historia de México con el nombre de subcomandante insurgente Marcos.
VII

En las noches de verano, cuando la llovizna golpeteaba la noche entera sobre el tejabán del patio, mi abuela y su hermana hacían tamales de hoja de plátano y totomoztle. Se sentaban en ese agradable lugar cubiertas con sus rebozos, y se dedicaban a amasar la masa y remojar las hojas. Mi abuela ponía carbón en su viejo anafre y lo encendía con cautela, cuidando que las brasas ardieran suavemente antes de poner sobre ellas la enorme vaporera llena de tamales, con un viejo centavo de cobre en el fondo para avisar si el agua se terminaba antes de tiempo.
Eran momentos mágicos aquellos. La oscuridad nos rodeaba enmedio de la ciudad y el tintinear del centavo se confundía con el murmullo de la lluvia sobre nosotros. Mi abuela contaba entonces, por ejemplo, sobre el día en el que el carretero de la muerte se había detenido frente a la casa, camino del cementerio, y el tío Miguelito había escuchado sus ruedas de madera crujir bajo el peso de los que ya no vivían, para arrancar luego con la misma fatiga terrible del infierno. O nos hablaba del catrín de Miahuatlán, que había logrado tentar la ambición de los incautos, de la misma forma que la Matlacihua se aprovechaba de la lujuria de los hombres para llevarlos a la perdición. Nos narraba sus historias en susurros, porque los tamales podían no cocerse si alzábamos la voz, o echarse a perder de plano si nos enojábamos.
En una ocasión llegué a Oaxaca con el corazón destrozado, harto de la vida y técnicamente privado de la razón. Mi abuela dejó todo lo que estaba haciendo y me llevó del brazo hasta su recámara para recostarme en su dura cama; esto es, una tabla penitenciaria a manera de base, cubierta de breve colchoneta y unas cuantas cobijas. Ahí, la sabia anciana me escudriñó el semblante y sin decir palabra sacó de su ropero una de sus posesiones más preciadas: una botella de alcohol en la que se maceraban lentamente sendas hojas de peyote y alcanfor, y con eso me dio fuertes frotaciones sobre el torso y los brazos desnudos. Lo hizo durante un rato, para después hablar palabras que jamás olvidaré en tanto viva. Dijo:
"¿Sabes? Hay cosas en el mundo que se pueden componer, y otras que no. Ayer, para que veas, el vecino Fulano regresaba de Tlacolula; llevaban quién sabe cuantos días de parranda, y se vino con otros siete de sus compadres. Chocaron en la carretera y tres murieron, entre ellos el vecino. Yo lo conocía, y puedo decirte que no quería morir. Yo sé que tampoco tú quieres morir, pero de los dos, eres el único que tiene elección. Sólo con la ayuda de Dios vas a olvidar y sentirte bien; pídele a San Dimas eso; ¡está tan cerca de Dios! Él no le niega nada". Y luego agregó: "recuerda que en Oaxaca ni siquiera los muertos descansan en paz".
Epílogo
Y ahí estaba yo, casi quince años después, sentado frente a la misma cama en la que mi abuela me había hecho esa observación fundamental. La dura cama que se convirtió a la postre en su lecho de muerte. La presencia de mis primos en su rosario me era grata, y sin embargo necesitaba de un poco de tiempo a solas con mis recuerdos antes de regresar a Morelia.
Medité en sus últimos días. Desde un año atrás, cuando la muerte de su hermana Aleja la entristeció mucho más que sus antojos insatisfechos, dejó de ir a la iglesia y buscó de nuevo romper su estricto régimen alimenticio con la malsana travesura de pedirle furtivamente a la garnachera de la esquina que le preparara sopes y quesadillas, mismos que luego la hundían en terribles diarreas que llegaban a durar semanas enteras. La última vez que la vi, en Junio, estaba muy delgada, y se soltó llorando desconsoladamente cuando me daba la bendición, al despedirnos. "Ésta es la última vez que me ves", profetizó entre sollozos. Yo pensaba en las veces que la había visto llorar sin motivo aparente, y siempre me había preguntado en vano la razón de su llanto. Tratando de ocultar mi emoción, le contesté: "no morirás cuando tú quieras, sino cuando sea el momento", y me fui para no verla más.
El día de su muerte mi abuelita se levantó de buen ánimo y desayunó con el apetito de costumbre. Como todos los días, tomó la escoba y se fue a barrer la suciedad de los perros en el patio de atrás, junto a la vieja letrina sellada de los años cuarenta. Fue hasta entonces que se mostró extraordinariamente cansada. Todavía caminó hacia la puerta, como deseosa de un paseo pero regresó, exhausta, a su recámara para recostarse.
No subió a comer. Mamá creyó que nada más había prolongado su siesta, pero cuando la fue a buscar se dio cuenta de que respiraba agitadamente, con la boca y los ojos bien abiertos, y supo que era el fin. Mi abuelita, sin embargo, parecía no saberlo. "Mamá -le dijo- ¿quieres que vaya por el padre?" Ella negó con la cabeza. El sacerdote de El Marquesado, que la conocía de décadas atrás, fue a decir misa el 2 de noviembre al cementerio de enfrente. Le pidió confesión, pero el padre -por flojera o sinceramente convencido de su bondad, no puedo decirlo- la confortó diciendo que no era necesario confesarse, que Dios la esperaba en el cielo.
Mamá creyó por un momento que la crisis podía ser pasajera, y comenzó a regañar a mi abuela con dureza, diciendo: "no te vayas a ir ahora, ¿eh, mamá? Pasado mañana se casa Adrianita, y vienen los muchachos". Mi abuela asintió, y dijo: " No. Yo no me voy a ninguna parte". Al parecer estaba convencida de que solamente le faltaba el resuello, y me tranquilizó sobremanera saber que esa mujer, cuyo temor a la muerte era legendario, no se diera cuenta de que se estaba muriendo. Extenuada, dejó de respirar pocos minutos después.
"No está aquí tampoco", pensé al contemplar la cama de mi abuela. Esperando en vano una manifestación suya, una prueba, si bien pequeña, de que no había desaparecido del todo. Me levanté, y regresé lentamente al cuarto en donde la familia rezaba frente a las cenizas de su cuerpo.
Me imaginé entonces viviendo noventa y cuatro largos años. Sobreponiéndome a terribles dificultades, teniendo que entregar a la muerte a personas amadas, una tras otra; viendo que mis hijos crecen y tienen hijos a su vez. Imaginé que esos hijos crecían y tenían sus propios hijos, y que esos pequeños, tan distintos a mí y tan lejanos en el tiempo se acercaban y me besaban, agradecidos de mi presencia en el mundo. Quizá entonces -pensé- cuando haya vivido todo eso, sepa por fin la razón por la que lloraba mi abuela.
A.S.
Diciembre 29 de 2009.
jueves, diciembre 18, 2008
Las historias del Abuelo
Persuation
P
or eso no escuchamos la campana de la puerta cuando sonó la primera vez. Estábamos inclinados sobre los mapas, concentrados; y el cabo Cervera -inspirado- había dicho una de esas frases que me sorprenden por ser inocentes y muy sagaces a la vez, usuales frutos de su personalidad suriana. Había dicho, mientras pasaba la mano sobre la extensión interminable de la Unión Soviética: me pregunto si Hitler ha visto este mapa alguna vez. Y la vitrola de Epifania sonaba tan fuerte que nada se oía sino la voz arrabalera de Agustín Lara.
Seguramente tiene uno en su mesa, como nosotros, le contesté.
Nos ocupábamos en seguir el movimiento de los ejércitos alemanes y soviéticos, señalándoles con banderas de colores de acuerdo con las notas del capitán Sandoval Castarrica, pues ni el cabo ni yo hablamos palabra de inglés, y las noticias de Londres nos decían tanto como los latines de los curas.
Luego agregué: a lo mejor su mapa tiene más banderitas que el nuestro.
La campana sonó por segunda vez, y Epifania se asomó a la sala echando más humo que sus cazuelas:
¡Quiabrausté! Gritó, malhumorada. ¡Quelpipián se me pega si lo dejo de menear!
¿Más banderitas? Preguntó Cervera, desconcertado. Pero yo ya iba rumbo a la puerta para evitar, sin lograrlo, que tocaran la campana por tercera vez.
¿General Cayeetano Mooontoya? Preguntó el mensajero, leyendo mi nombre con muchos trabajos. Me entregó luego un sobre lacrado y con el sello resplandeciente de la Presidencia de la República, lo que explicaba su aire triste y el uniforme cortado para un cuerpo más grande que el suyo. Sentí deseos de invitarlo a almorzar al firmar de recibido su lista de entregas, pero seguramente iba de prisa, y Epifania no estaba de humor para servir visitas.
¿Y el movimiento en el sur del frente? Preguntó Cervera apenas hube regresado. Apuntaba con el dedo un grupo de banderas negras en el Cáucaso; debía ser mediados de 1942.
Petróleo, dije. Los ejércitos en Europa lo necesitan para la operación de sus blindados.
El cabo me miró con tristeza. Juntos habíamos peleado la Revolución a lomo del caballo, pero el tiempo nos había dejado atrás. La caballería dejó para siempre de ser un arma, ¿verdad? Yo asentí. Ahora son solamente diversión de ricos, le dije, mostrándole la carta que me había dejado el mensajero.
Se trataba de una invitación del presidente Ávila Camacho para la inauguración del nuevo gran Hipódromo Nacional. La fundación -decía- de la moderna hípica mexicana, con una pista que nos pondría a la altura de Las Vegas, de Kentucky y no sé qué otros lugares más. No era propiamente una invitación, pues poco le faltaba para tener el tono de una orden: el hipódromo se construía en los terrenos de la Secretaría de la Defensa Nacional, en Lomas de Sotelo, y el Ejército Mexicano tenía, en consecuencia, la obligación ineludible de sobresalir en la carrera inaugural. Se me invitaba o, si se quiere, se me ordenaba participar jugando un caballo pura sangre. De no tenerlo, un lote entero de los más finos caballos de carrera se había hecho traer de los Estados Unidos, y yo podría escoger el que quisiera.
Cervera y yo nos miramos en silencio por unos segundos, sonriendo a medias.
Paso, dije. Esas vaciladas no son para gente como tú, o como yo. Los caballos son armas, no juguetes.
¡Quesenfríalpipián! Gritó Epifanía desde la cocina.
El disco se había terminado.
E
n los caballos hay mucho dinero, Cayo.
Habían pasado muchos días, y por eso tardé un momento en entender lo que María me dijo. Fue una frase casual en apariencia, dicha unos momentos después del saludo; porque María iba llegando de su paseo de los domingos, en los que se montaba en su motocicleta y se la llevaba desde la casa, en la Colonia del Valle, hasta Coyoacán y de regreso. Daba gusto verla, plena y feliz, desmontando de su máquina para entregarla luego a Cervera, quien la recibía con mucho cuidado desde la vez aquella cuando se le cayó encima, rompiéndole una pierna. Cervera, debió ser él quien le dijo de la carrera, el muy hablador. María era tan hábil y buen jinete en la moto como con los caballos, y quizá por eso, porque sus placeres casi nunca tenían que ver con el dinero, que me costó trabajo entender su comentario.
Hay dinero, si; le contesté, pero nada más para los que apuestan, y eso solamente si gana el caballo que ellos dicen que va a ganar. Un negocio de locos en el que siempre se pierde.
Los criadores ganan siempre.
En la vitrola sonaba la misma canción del otro día. Ahora puse un poco más de atención a la letra.
A ti, vida de mi alma, pervertida
Mujer a quien adoro,
A ti, mujer ingrata,
Por quien tanto he sufrido y tanto lloro.
Epifania la repitió unas tres veces mientras estuvimos ahí; como si no tuviéramos más discos. Y a lo mejor no teníamos más. En cuanto a lo que María había dicho, me hubiera gustado cambiar el tema, pero le recordé:
Yo no soy criador. Además no se trata de eso, sino de que los extranjeros crean que los militares podemos darnos el lujo de serlo. Y si somos honestos, nada hay más alejado de la verdad. Cualquier charro sabe montar mejor y sabe más de entrenar caballos que muchos de los generales que van a participar en esa carrera del demonio. Es la realidad del ejército. Es la realidad del país. Solamente a la gente del gobierno, que tiene la barriga entorpecida por los banquetes y las mientes atrofiadas por tanto halago, se le ocurre que podemos engañar a los gringos y a los ingleses en algo que ellos conocen tan bien como los nombres de sus madres.
A ti consagro toda mi existencia,
La flor de la maldad y la inocencia,
Es para ti, mujer toda mi vida,
Te quiero, aunque te llamen pervertida.
Gemía, desde la vitrola, esa voz aguardentosa y dulce al mismo tiempo. María insistió:
El Indio dice que nadie sabe más de caballos en el ejército que tú y, mira, Cayetano: yo nunca te he preguntado cómo es que no estás trabajando con él si es que así te valora, pero lo que es en ésta deberías hacerle caso. ¿Me entiendes?
El Indio era como nombrábamos a mi general Amaro, por más señas mi compadre, quien por ese entonces era Director del Colegio Militar, después de haber sido Secretario de la Defensa Nacional en los días en los que Plutarco Elías Calles era Presidente. Acostumbrábamos jugar al Polo de vez en cuando, en el Campo Marte, y aunque eso mismo que le dijo a María me lo había dicho a mí un par de veces así, de bigote a bigote, nunca se le habría ocurrido sacarme del retiro so pretexto de algún hueso en el gobierno. Él sabía que me faltaban letras para eso, y yo además hubiera tenido que ir a matar al que dijera que tal o cual cosa me la habían dado nomás por ser amigo del Secretario, y lo iban a decir muchos pelados. Mejor dejar las cosas de ese tamaño. A María le dije nomás: ven, vamos al pueblo de Mixcoac a escuchar la banda. Era que una idea se me había cruzado por la mente, y aunque por el camino María me pidió varias veces que le dijera lo que estaba pensando, preferí esperar hasta asegurarme de que el Piojo estaba justo en el lugar en donde lo había dejado la última vez que nos vimos, tres meses atrás.
Ahí está; le dije a mi esposa, y le señalé un lugar enmedio de la Banda de Música de la Policía Municipal.
¿Qué? ¿Quién? Me preguntó. No veo a nadie conocido.
¿Cómo no? ¿Ves esa como escudilla dorada y muy grande? Debajo de ella está el Piojo.
Y es que el Piojo Vitela tocaba una tuba que casi le doblaba la estatura, y de toda su persona lo único que se alcanzaba a ver eran sus dos manitas: una con la que pulsaba las llaves y la otra, a la que le faltaba un dedo, sosteniendo la panza, en comparación enorme, del instrumento. María y yo nos sentamos en un café a la orilla de la plaza, y ahí esperamos a que la banda terminara la serenata. El Piojo nos vio de lejos, y unos minutos más tarde se acercó a la mesa, vestido todavía con el uniforme lleno de botones de su corporación. Besó la mano de María con el respeto de costumbre, y a mí me dio un abrazo.
Mi general, dijo.
R
ecuerdo al Piojo Vitela: pequeño como un niño, pero arrojado y bravo como gallo de pelea; fue durante casi diez años el corneta de mi regimiento y era de verse la gallardía sin igual con la que sonaba las órdenes enmedio del combate, lo mismo que el valor ciego con el que se lanzaba con nosotros a las cargas, rebasando a veces en su loco entusiasmo a los de la primera línea, echándose a las espaldas su corneta apenas a tiempo para sacar su pistola y empezar a disparar. Porque esa era la única manera en la que lo iba a dejar meterse a las balaceras, siendo tan menudo de presencia y frágil en apariencia. Varias veces me insistió: métame a los pleitos, y varias veces le dije que no, que no daba la estatura; que lo suyo era asistir en el cuidado de la caballada, en la retaguardia, y que en eso no había quien le ganara.
Pero un día, en Guerrero, sorprendimos a los rebeldes vidalistas cerca de Coyuca. Se nos estaban escapando, y que me quiebran al corneta a la hora de rematarlos. Ahí es donde se metió el Piojo sin que nadie lo llamara. Antes de que le dijera que no, él ya se había trepado de un salto increíble a uno de los caballos con la corneta en la mano y me gritó: ¡la orden, mi general!
Yo pensé: ni qué perder ahorita, y le contesté: ¡toca a la carga cerrada! Y que la toca. Hoy todavía me acuerdo, pues tocó la orden tan fuerte que debieron escucharla clarita hasta en Acapulco. Ese día matamos casi a todos los vidalistas, don Baldomero Vidales entre ellos, y el Piojo Vitela se convirtió en miembro del batallón con el empleo provisional de corneta de órdenes.
La razón por la que cuento todo esto es que el Piojo tenía una manera de montar muy rara cuando se lanzaba al galope tendido. Por ello era la burla de la tropa y los paisanos lo miraban, extrañados, al pasar. Montaba con la nalga al aire, como si no tocara a la montura en absoluto y fuera volando sobre ella, con las piernas acunclilladas y los estribos tan altos que le quedaban a media silla. Por lo tanto, el Piojo Vitela tenía dos pares de estribos: uno para ir al paso, y otro para galopar. Cuando por fin le pregunté por qué montaba de ese modo tan raro me huyó la mirada y disimuladamente cambió el tema. Insistí varias veces en los días siguientes, presa de la curiosidad (pues en mi vida sencilla de soldado no había visto algo semejante) aunque con el mismo resultado. Por fin, una mañana me dijo que por ser yo su jefe me iba a contar, pero solamente después de jurarle que no le iba a decir a nadie más.
Tengo una enfermedad privada, me dijo. Usted sabe, mi general: de las que duelen al sentarse. Figúrese usted: ¡Y eso que galopar es lo que más me gusta hacer en la vida! Como esa es la única manera en la que puedo hacerlo sin lastimarme, pues ni modo. Ande yo caliente, que se ría la gente, como mi santa madre me decía. Además, añadió misteriosamente, he notado que el caballo va más rápido montándolo así; pruébelo usted y verá.
No lo probé, por supuesto; pero tampoco lo olvidé. Muchos años después, ya en el retiro, vi una fotografía en la que otro diminuto jinete montaba exactamente igual que como lo hacía el Piojo. Era en una carrera llamada Derby de Kentucky.
V
en, siéntate; dijo Joaquín Amaro, señalando un sillón frente a su enorme escritorio.
Lo fui a buscar al atardecer, y me sorprendió verlo perfectamente uniformado, como si fuera a desfilar. Estaba acostumbrado a verlo sudoroso y con la ropa de jugar al polo llena de barro; pero ese día la dignidad con la que llevaba sus insignias era tal, que no pude evitar sentir un profundo respeto por la forma en la que el rango encarnaba en ese inteligente soldado, una emoción que desde entonces no siento por nadie más.
No me digas que te vienes a rajar; me dijo, molesto. Estoy contando contigo para no vernos tan mal en ese asunto en el que nos metió el Señor Presidente.
¿Fue su idea, entonces? Le pregunte.
La de la carrera, sí. Dijo el Indio. Aunque la construcción del nuevo hipódromo salió de las mientes de un italiano, que no sé cómo se las arregló para convencer al Lic. Alemán de que el suyo era un gran proyecto, estando quebrado y prácticamente presa de sus acreedores en Tijuana.
A lo mejor el señor Secretario de Gobernación es uno de sus acreedores. Para el cachorro todo los hombres tienen un precio.
No hables de él así. No en mi oficina, por lo menos. No me voy a retirar como jefe de operaciones en una zona militar remota, no después de llegar tan alto, carajo.
Dejé pasar la alusión a mi caso. Aunque yo no había llegado alto como él; y por eso tenía razón en preocuparse hasta de lo que decíamos o dejábamos de decir. El tema era otro:
De eso precisamente venía yo a hablarte, le dije. Voy a participar, pero con una condición.
Sin sorprenderse, Amaro preguntó: ¿cuál condición?
¿Recuerdas el caso del que te hablé hace unos cuatro o cinco años? Es un corneta del 38 de caballería al que se le ha negado su pensión desde que lo cesaron, y que malvive de tocar en una banda de música, todo por una acusación absurda y sin fundamento.
Ahora el Indio estaba molesto.
¿Sin fundamento? Dijo. Tú, Cayetano, estabas ahí cuando el muy cabrón se puso a tocar "El Pelón me Sobas" justo antes de un discurso del Presidente.
¿La revista esa?
Sí. Yo mismo hice que cerraran esa carpa durante una semana por la canción que ridiculizaba a don Abelardo Rodríguez; pero ya para entonces la tonadita estaba en discos, pianolas y hasta algunos cilindreros la tocaban. Corrió más rápido que la viruela y todos la sabían. Eso hizo más grave el desacato.
Eran como cincuenta las cornetas en el estadio. ¿Cómo sabes que fue precisamente él, si es que nadie acepta haberlo visto?
Sí que lo vieron. Dos de sus compañeros se rajaron cuando el calor de los interrogatorios se hizo más fuerte. Pero aunque nadie lo hubiera visto, esa corneta la escucharon hasta a dos cuadras afuera del estadio, y aun los que estaban en las gradas más altas sintieron que la tenían en la oreja. No te hagas pendejo, compadre. Fue él, y más le vale irse olvidando de su pensión, que mucha suerte tiene de no estar preso todavía. Si esa es la condición, prefiero que nuestra caballería pierda de todas todas a hacer lo que sugieres. Además -agregó, moderando el tono- de todos modos ya perdimos.
¿Qué dices?
Que yo sepa, tú no tienes caballos pura sangre, y se llevaron a casi todo el lote que llegó de Estados Unidos. Solamente quedan dos o tres caballos que se lastimaron durante el viaje. Va a ser un desastre, porque los más pendejos llegaron primero, y se llevaron los caballos rápidos. Meléndez, por supuesto, se las arregló para quedarse con los tres mejores.
Meléndez era un militar mediocre cuya carrera en el ejército se había forjado a base de delaciones y traición. Además, reportaba como muertos en combate caballos vivos que luego vendía por su cuenta. Por el momento tenía la confianza del presidente, pero se rumoraba que pronto tendría que pagar las que debía. Se inscribió en la carrera para quedar bien, pero hasta mi compadre sabía que lo iba a echar todo a perder. Se decía que Meléndez cortaba la leche nada más con mirarla.
Señal de que no son tan pendejos, comenté para silenciar mis pensamientos.
Son madrugadores y gandallas. ¿Qué van a hacer con esos animales? Ojala y de perdida contraten a alguien que les diga hacia donde tienen que correr.
Pues entonces te la voy a poner mas fácil, compadre: ¿qué tal si hacemos la carrera más emocionante? Con eso y hasta me decido a entrarle.
Créeme, Cayo; ya es emocionante de por sí, con todos esos gringos que vienen a la inauguración, seguros de que nos pueden ganar a la hora a la que se les antoje.
Escucha, dije en voz baja; si mi caballo -el que me toque, no importa- llegara en segundo lugar...
Espera un poco, me interrumpió el Indio. ¿Por qué dices que en segundo lugar?
Bien sabes, le contesté, que no puede llegar en primero.
Ya arreglaremos las cosas, dijo. No es seguro todavía que el jefe meta un caballo a la carrera. El Presidente de Costa Rica va a estar ahí en visita oficial. Sería descortés que solamente se quedara mirando.
No tiene nada que ver. Pero, regresando a lo nuestro...
Cierto, dijo Amaro, ya interesado. Vamos a suponer que tu caballo llega segundo. ¿Qué ocurre entonces?
Tú arreglas que el Piojo reciba su pensión completa, si es posible con su retroactivo al día en que debería de haberse jubilado. Nada más eso.
Amaro sonrió como si le hubieran contado un chiste que ya se sabía. Dijo: estás bastante pendejo el día de hoy, compadre. Me daría risa lo que dijiste de no saber que estás hablando en serio. Pero, vamos a suponer que pierdes, y llegas en tercero o cuarto; o en primer lugar, lo cual sería peor. Yo ¿qué gano?
Me quedé pensando un par de segundos. Hasta ese momento no había considerado la opción, posible sin duda, de perder.
¿Te acuerdas del Chevrolet café, ese que te gusto la otra vez que fuiste a la casa?
No salgas con fanfarronadas, Montoya, dijo mi compadre. El Piojo no vale tanto. Nadie vale tanto ahora que las cosas se ponen complicadas por la guerra.
La pensión por el coche, compadre. No tienes nada que perder.
¿Y si de todos modos digo que no; que no le entro?
Pues entonces yo tampoco le entro, y que el general Meléndez y los demás pendejos le hagan como puedan.
El indio agachó la cabeza sin decir nada.
Ya estuvo, me dije en ese momento.
E
n un suspiro se fueron siete meses. Al cabo Cervera ya no le alcanzaban las banderas rojas para marcar a los ejércitos soviéticos que rodeaban a los alemanes en un abrazo de muerte; Epifania seguía poniendo el mismo disco en la vitrola, y el Piojo y yo seguíamos sin resolver el último de muchos problemas dos días antes de la inauguración del hipódromo, fijada para el 6 de marzo de 1943.
Y es que todo el tiempo se nos había ido en poner en pie a nuestra montura, en fortalecerla y en devolverle las ganas de correr que había perdido tras meses de colgar -apoyada en sus flancos y costillas- de un enorme arnés ortopédico. A la pobre la encontré, echada y sola, en los establos del Colegio Militar de Popotla un par de horas después de acordar con el Indio nuestra extraña apuesta. Era una maravillosa yegua alazana, de estrella en la frente y gran alzada, que todos los generales invitados a correr habían despreciado sin mucho pensarlo, a pesar de su regia estampa y perfil ganador.
El sargento a cargo del lote me explicó: se lastimó durante el vuelo, mi general. Una fractura que no tiene remedio. Habrá que sacrificarla para que no padezca tanto. Solamente esperaba las órdenes del mayor a cargo del detall para remitirla.
Yo mismo examiné a la yegua. Se trataba de una lesión muy grave en el menudillo, una articulación clave entre la caña y la cuartilla de una de sus patas anteriores. Me levanté con la doble tristeza de ver arruinado un animal tan hermoso y frustrado mi deseo de ayudar a un amigo tan querido. Iba a salir del establo cuando me imaginé al Piojo, en los umbrales de la vejez, diciéndole adiós para siempre a su pensión.
No. Pensé, y me volví para darle otra ojeada a esa pata. No estaba rota, como había dicho el sargento, sino solamente dislocada y probablemente astillada. De cualquier modo tenía remedio.
Me la llevo, dije.
No le servirá de nada, general; me dijo el sargento.
Ese es mi problema. ¿Tiene nombre?
Persuation, dijo leyendo la cédula del caballo.
¿Como? -Ya he mencionado que el inglés no se me da bien.
PER-SUEI-SHION, deletreó el otro con enfado.
De acuerdo, escríbalo ahí y déme los papeles que tengo que firmar; ordené con brusquedad, aunque me daba lo mismo si el nombre estaba escrito o me lo mentaban. De todos modos era como un quejido de mula para mí.
Imaginen, pues, mi apuro cuando el oficial a cargo de las inscripciones me preguntó, esa misma tarde, el nombre de mi caballo para inscribirlo en la carrera. Me rebusqué los bolsillos por la cédula, pero no la encontré en ninguna parte. Miré a mi alrededor, pero no vi quién me ayudase. Como el oficial seguía esperando mi respuesta hice un esfuerzo más con la memoria, pero solamente logré recordar una sílaba:
Empieza con Pe, dije. Pe... y algo.
El oficial, impaciente, comenzó a golpear la mesa suavemente con la punta de su lápiz. El resultado fue un ritmo desigual que me hizo recordar, vaya a saber por qué, la canción que la Epifania ponía todos los días en la vitrola, y que yo a veces canturreaba sin querer.
General, ¿cómo se llama su caballo? Volvió a preguntar el oficial. Su tono de voz me irritó.
Póngale... póngale Pervertida, dije con todo el aplomo del que era capaz, y era capaz de mucho. No obstante me arrepentí de inmediato al ver por todas partes sonrisas burlonas y algunas miradas de incredulidad. Todos ahí sabían de qué carrera se trataba. Ni modo, me dije; ni ánimas que me echo para atrás.
¿General?
Ya me oíste. Querías saber el nombre de la yegua, ¿no? Se llama Pervertida.
El nombre es lo de menos, pensaba. Sanarla nomás va a ser una hazaña.
Pero ahora, después de haber curado a la yegua; de llevarla a la pista y devolverle la confianza, de comprobar que había nacido para ser un rayo, un resplandor, y que era una bestia noble y buena como ninguna otra que hubiera yo visto; ahora, dos días antes de la carrera, era el Piojo el de las jodiendas. El pinche Piojo que primero dijo que jamás, pensión o no pensión, iba a montar vestido como poste de peluquería; que luego de ponerse la ropa esa se negó a usar el fuete porque dijo que a los caballos se les trataba con cariño, y que si no sacabas carrera con las riendas, o con los talones en las ijadas, no la ibas a sacar a mentadas y menos a fuetazos; él, que montaba por la derecha el muy pendejo, a riesgo de hacer encabronar a su animal o de marearlo, ahora se caía de la silla como un novato después de apenas unos segundos de volar por la pista como una flecha sobre la Pervertida.
Yo estaba desconcertado. Sin dar crédito a mis ojos los miraba salir del arrancadero como una centella, como un disparo de fusil, con el jockey -es decir el Piojo- firme sobre los estribos y hablándole dulzuras a la yegua, como si ella pudiera entenderle; y posiblemente le entendía, porque a cada palabra levantaba las orejitas, agradecida. Sin embargo, apenas a unos metros de la salida algo muy extraño sucedía. El Piojo actuaba como si no supiera qué hacer con las manos; jugueteaba con las riendas tratando de sujetarlas mejor, pero en lugar de eso comenzaban a resbalársele estúpidamente. Eso lo ponía aun más nervioso, y la Pervertida acortaba el paso al faltarle la guía de su jinete para afirmarse en el galope. El resto era solamente un trámite: sentir el frenazo, inclinarse y caer por sobre las crines dando una fea voltereta. Así, una y otra vez; día tras día.
No entiendo lo que pasa, general. Me decía el Piojo Vitela, desesperado, sin que yo pudiera ayudar en nada. Explícame qué es lo que sientes, le pedía, pero él, de por sí torpe en el discurso, comenzaba con una retahíla incomprensible sobre el equilibrio, las manos, el vértigo y no sé qué más.
Descansemos, Vitela; le dije, si seguimos así te vas a romper un brazo.
El Piojo me miró sin hablar. Había dolor en esa mirada, pero no por los golpes, estoy seguro.
R
ecuerdo que esa noche no podía dormir pensando en lo cerca que habíamos estado de lograrlo. Ya no me preguntaba sobre lo que hacía que Vitela se cayera del caballo, pues el cerebro tiene sus límites cuando se trata de cosas que no comprende. Me regodeaba en cambio recordando las semanas de terapia con la alazana, los días en la pista y los pequeños detalles del entrenamiento que la habían convertido en lo que era: el caballo más rápido que había visto en mi vida; el arma ideal en manos del jinete ideal. O por lo menos eso pensaba, pues probablemente los gringos tenían razón, y nosotros no sabíamos nada de correr caballos.
Fue en ese momento que traté de recordar, por nostalgia más que por otra razón, las portentosas cargas de mi amigo; aquellas en las que parecía que el caballo era una extensión de su cuerpo. No fue difícil. Era como si lo estuviera viendo: tocaba la orden, y de un salto ya estaba en sus estribos altos comenzando la carrera, pues su caballo entendía ese movimiento como la orden de arrancar. El grito del Piojo y sus palabras de aliento venían después, ya lanzados al galope. ¿Qué nos faltaba? De pronto, noté algo en esa nítida imagen del pasado que por su simple estar ahí no me había llamado la atención.
¡No, no puede ser!, me dije en voz lo suficientemente alta como para que María se despertara a mi lado, preocupada por mi desvelo. No es nada, mujer, le dije tratando de tranquilizarla. Es sólo que hemos sido muy brutos; el Piojo y yo.
Ella, como enmedio de sus sueños, me dijo: las noticias me las das en la mañana, Cayetano. Ahora es tiempo de dormir. Luego agregó: no se trata de si son brutos o no, que lo son de todos modos. Se trata de que nunca van a correr igual que antes por dos razones: la primera es que ya están viejos, la segunda es que ya no hay nadie echándoles bala.
Tenía razón. Siempre la tenía.
T
oma, le dije al Piojo Vitela a la mañana siguiente, cuando faltaba un día para la carrera y tenía a los ayudantes del Indio encima de nosotros dando lata. Les hubiera dicho que se fueran al carajo, pero antes quería poner a prueba la idea de la noche anterior. Era solamente una corazonada, pero valía la pena de intentarse a la desesperada, como todo lo que hacíamos en la guerra.
Pero ya no estamos en la guerra, mi general; dijo el Piojo justo en ese momento, al ver lo que le estaba ofreciendo.
Eso no importa, cabrón; le dije. Hazlo una vez nada más, que nada te cuesta.
Se van a reír de mí, jefe.
Se van a reír de todos modos, dije.
Finalmente, el Piojo alargó la mano y tomó de las mías su vieja corneta; o por lo menos una que mucho se le asemejaba, y la miró como si no supiera qué hacer con ella.
¿Qué orden toco?
¡Ninguna, pendejo! Nada más llévate a la Pervertida al arrancadero y jálense, como si nada. Detrás de mí, los ayudantes de mi compadre nos miraban, divertidos. En los tiempos modernos de las comunicaciones por radio, las cornetas de órdenes apenas y se veían en los desfiles.
El Piojo obedeció con desgano. Seguramente se dolía de sus golpes y la idea de aumentar su tormento no le era grata en absoluto. No obstante, todo cambió al saltar sobre Pervertida, pues en cuanto el jinete se afirmó en los estribos, la corneta halló por si misma su perfecto acomodo. Al abrir el arrancadero caballo y Piojo salieron disparados como una bala de cañón. El Piojo iba que no creía ni en él mismo, rebasando imaginarios rivales uno tras otro en una carrera que terminó varios segundos antes de lo esperado, dejándonos sin habla a los que la presenciamos. Todos habíamos pasado la vida rodeados de esas bestias maravillosas, pero estoy seguro de que ninguno de nosotros creyó jamás que pudieran volar de esa manera. Ni siquiera el Piojo, que desmontó azorado y tembloroso, presa de una agitación malsana que no lo abandonó por el resto de la tarde.
Mira, Piojo; le dije antes de que se fuera para tomar un baño: eso fue realmente rápido. Tanto, que o las marcas que me dieron están mal, o a la Pervertida le sientan bien los aires de México. No tenemos de otra: mañana tienes que controlarla firme. No es buena idea ganarle al caballo del Presidente. Además, la apuesta está fija a que llegas segundo, ¿entiendes?
El Piojo asintió, turbado aun por la experiencia, y se fue. Tratando de moderar mi orgullo, me dije de nuevo: los caballos son armas, no juguetes. Pero ya para entonces, muy en lo profundo, comenzaba a comprender el entusiasmo de aquellos que los hacían correr por gusto y por dinero.
I
magínate, me dijo el general Meléndez en las tribunas bajas; no solamente vino el presidente de Costa Rica, sino los embajadores de las naciones aliadas, varios secretarios y un montón de artistas del cine. ¿Los ves? Meléndez señalaba hacia los palcos centrales, en donde personas bien vestidas se saludaban entre ellas, se hacían cortesías y miraban los caballos que en ese momento daban lentamente una vuelta a la pista antes de la carrera de honor. Minutos antes me había puesto bigote a bigote con el Piojo para recordarle de no ganarle al pintito del presidente. La idea era hacer el uno dos: primer lugar para Ávila Camacho -consumado jinete y criador- y segundo lugar para el ejército. Si acaso un gabacho tenía la osadía de adelantarse, entonces nuestro deber era el de salvar el honor nacional y llegar primeros sin más miramientos. ¿Estaba claro? La pensión, Vitela. Olvídate de los papeles, los honores y las madres que los parieron a todos. Es la paz de tu vejez la que se está jugando, además de... y le iba a decir lo del coche, pero me pareció que ya tenía bastante presión encima, así que lo dejé ir. Pobre. No se hallaba entre toda esa gente tan curra y estirada y por eso se puso a hablarle a la Pervertida. Entonces pareció tranquilizarse un poco.
Arriba, en las tribunas, vi a mi compadre tomar su lugar justo detrás del presidente. Me buscaba con la mirada, y le hice una pequeña señal para llamar su atención y darle a entender que todo estaba listo. Sus ayudantes debieron darle buena noticia de lo que vieron porque no se veía nervioso ni nada; y hasta se inclinó por encima del hombro de Ávila Camacho para decirle algo, señalando el lugar en la pista en el que la Pervertida se paseaba. Es uno de los favoritos, parecía decirle; y defiende los colores del Ejército Nacional.
Aunque también era probable que lo que buscaba mi compadre era distraer la atención del presidente para evitar que viese a los demás caballos del lote especial, aquellos que los demás generales se habían llevado antes de mí y que estaban -de manera más que evidente- hasta la caramba de droga. Por ese entonces la práctica de estimular artificialmente a los caballos no era ilegal en un país que apenas tenía hipódromos decentes, pero en esa ocasión particular daba pena ver a los pobres animales con los belfos babeantes y los ojos desorbitados, corcoveando ansiosamente sin que sus jinetes pudieran hacer nada por controlarlos. Uno de los caballos de tal forma enervado llego incluso a romper la exclusa del arrancadero derribando a su jockey, para luego seguir galopando solo en sentido contrario. Pensé que el triunfo de una de esas pobres bestias carecería de valor en absoluto, y sería para todos los que portábamos uniforme una especie de deshonra.
D
entro de unos cuantos segundos, anunció el poderoso sonido local, comenzará la última carrera inaugural de este fausto día. Un día que será recordado por las generaciones por venir como el del nacimiento de la Gran Hípica Mexicana.
O algo así. Luego de muchas frases como esa que venían a decir casi lo mismo, el anunciante dijo:
Los caballos están ya en sus arrancaderos:
¡Con el número treinta y uno: Stinging Bee!
¡Con el número veinticinco: Gay Dalton!
¡Con el número doce: Texon Boy!
Y así, puros caballos con nombres gabachos. ¡Con el número cuarenta y dos: Blue Stripe!
¡Con el número diecinueve: Famous Victory!
¡Con el número seis...! ¡Peeervertida!
En todo caso todos pensaban lo mismo: ese caballo es el mexicano. Y las apuestas estaban a su favor, cuatro a uno.
Asunto aparte fue la corneta del Piojo, pues despertó inquietud entre los jockeys rivales -gabachos todos- que pasaron un buen rato hablando con los jueces sobre la legalidad de correr con un instrumento musical en la mano. Los jueces, indecisos ellos mismos, estuvieron a punto de impedirlo, pero el argumento propuesto por un criador americano cuyo nombre he olvidado los desarmó: si agitas el fuete con suficiente fuerza produces un silbido, el silbido está afinado, por lo tanto el fuete puede ser un instrumento musical, por lo tanto el Piojo puede correr con otro instrumento si le place.
Los caballos estaban en sus arrancaderos.
Un fuerte timbrazo, seguido por la apertura de las puertas marcó el momento de la salida.
Texon Boy y Blue Stripe se adelantaron de inmediato, desahogando en el puro arranque la fuerza que debía de durarles toda la carrera. Pronto cedieron espacio al número uno y a la Pervertida, que lo seguía de cerca. El caballo de Meléndez, Gay Dalton, iba bien montado y dejaba astutamente que la Pervertida le rompiera el aire en tanto podía mantenerse detrás de ella. El Piojo se dio cuenta y trató de sacudírselo, pero pronto se concentró de nuevo en mantener la velocidad y apretar insidiosamente a los punteros. El primer pelotón comenzó a extenderse, con Red Train ganando terreno con estudiada intensidad. Gay Dalton se sintió entonces con la obligación de rebasar a la Pervertida pero ésta, en cuanto el caballo del presidente le sacó un cuerpo aceleró sorpresivamente, impulsada por las dulces voces del Piojo y el balanceo de su abollada corneta. Durante la carrera el Piojo se daba el gusto de jugar con el instrumento y de levantarlo en el aire como para que relumbrase con el sol, movimiento que servía para distraer a los caballos rivales tanto como una señal para que el público local aplaudiera a su favorita. Era como una fiesta que no iba a tardar en terminar. Renuente a perder, Gay Dalton alargó su galope y trató de pasar a la Pervertida por afuera. Iban cuerpo a cuerpo, nariz con nariz. El Piojo, tranquilo, sabía que los fuegos del rival iban a durar poco y no le habló a su yegua para romper el rebase, cuando el jockey de Gay Dalton agitó sospechosamente su fuete y arrojó a los pies de la Pervertida un objeto que estalló como una pequeña granada, haciendo tropezar y caer a la yegua con el Piojo aterrizando de muy mala manera, aunque hacia afuera de la pista, a salvo del resto de los caballos que saltaban trabajosamente a la pobre alazana sin que ésta pudiera ponerse en sus cuatro patas a causa de la conmoción. El público gritaba, indignado pero incapaz de explicarse lo que había sucedido. Yo vi la explosión, pero al parecer fui el único, pues Meléndez sonreía ante la indiferencia de los jueces ante el atentado. Le dije: tramposo. Él calló un momento antes de responder: el Indio quería el uno dos para México y lo va a tener, y tú te vas a callar el hocico, porque...
Meléndez no alcanzó a terminar la frase. Algo en la pista le había llamado poderosamente la atención. Me volví en dirección de su mirada, y lo que vi me quitó el aliento: era la Pervertida que se levantaba de un salto y corría hacía donde el Piojo la esperaba. Éste montó (por la derecha, como siempre) sin que su cabalgadura se detuviera para nada, y hasta se dio el lujo de inclinarse en su silla para recoger, al galope y sin desmontar, la corneta que había quedado poco más adelante. El público, enloquecido, comenzó a ovacionar a la Pervertida mientras agitaba sus boletas a manera de pañuelos. Fue entonces que entendí todo: Meléndez se haría rico si llegaba segundo, con todo el mundo apostando, por gracia o por lo que sea, a una yegua que de todos modos estaba lastimada. El viejo truco de apostar en contra de la favorita y hacerla perder. Me dieron ganas de sacar la pistola y matarlo ahí mismo, sobre todo porque nadie se hubiera enterado. Y es que en la pista ocurría lo inverosímil. El Piojo había lanzado a la Pervertida en una carrera a matacaballo con la que había rebasado al pelotón principal y amenazaba a los punteros. Pervertida y Gay Dalton, de nuevo juntos a unas cuantas yardas de la meta. El Piojo que escupe con desprecio al jockey rival. Pervertida que rebasa sin problemas y se enfila sin piedad contra Red Train cuyo jinete no da crédito a sus ojos y se distrae peligrosamente viendo a ese caballo fantasma que no debería estar ahí. Yo pensé: cálmate, Piojo. Cálmate y llega segundo.
Pero el Piojo no atendía razones, y la Pervertida cruzó la meta una cabeza adelante del caballo de Ávila Camacho. Las tribunas vibraban a causa de los saltos del público que, arrebatado por el entusiasmo, gozaba la emoción de ganar por vez primera en el hipódromo. Vitela, aunque satisfecho su orgullo, no festejaba. Sabía que había traicionado la razón misma por la que ambos estábamos en ese lugar, y que pronto tendría que retomar su lugar en la banda para trabajar hasta su muerte. Repentinamente recordé un asunto que tenía pendiente. Metí mano a la pistola y me di la vuelta, pero el asiento de Meléndez estaba vacío.
Epílogo
Á
vila Camacho no se tomó a ofensa la victoria de la Pervertida. Por el contrario, felicitó a mi compadre por la hazaña que supuso para el ejército vencer a los formidables rivales americanos y dispuso que se nos entregara al Piojo y a mi una sustanciosa suma a manera de estímulo aunque, como sucede en esos casos, ese dinero se perdió en la burocracia mexicana y ninguno de los dos vio un centavo jamás.
No importaba. El dinero del premio era tanto que compré otro Chevrolet, y hasta me di el lujo de negarme a vender a la Pervertida, aun cuando algunos gringos me ofrecían buenos dólares por ella. Decidí en cambio regalársela a María para que la montara en sus paseos dominicales. Ella lo hacía cuando deseaba sentir la misma velocidad de su motocicleta sin sufrir el sonido del motor, y era un gusto verlas regresar por la avenida, bellas y felices, justo a la hora a la que el sol alargaba su sombra. El cabo Cervera las recibía y se llevaba a la Pervertida a su caballeriza. Lo hacía de las riendas siempre, pues una vez quiso montar a la soberbia yegua y ésta lo derribó rompiéndole una pierna.
Lo primero que hice al recibir el dinero del premio fue buscar al Piojo para dividirlo con él, pero por más que lo busqué no pude encontrarlo. Pasé preocupado ese mes y parte del siguiente, pues sé que los gabachos pueden ser muy vengativos en cuestiones de apuestas y carreras, hasta que recibí una carta con timbres americanos y fechada en San Francisco. Era del Piojo. No me había podido llamar pues desconocía mi número de teléfono, y como no sabía escribir había tenido que esperar a que un amigo suyo lo hiciera por él. Estaba muy bien. Me escribió que un gringo lo había contratado el día mismo de la carrera para montar sus caballos en California, a condición de que siempre llevara la corneta en la mano y la tocara llegando a la meta. Eran carreras de exhibición, y se ganaba muy bien. Me agradecía el haberle devuelto el placer de montar a caballo y me deseaba suerte. De la pensión ni se acordaba, el muy cabrón.
Gracias a las notas de mi antiguo ayudante, el capitán Sandoval Castarrica, el cabo y yo seguimos el desarrollo de la guerra hasta su final. Del conflicto en el Pacifico nos ocupábamos poco debido a nuestra ignorancia en lo tocante a la guerra naval, y nos conformábamos con saber la ubicación de los pilotos mexicanos en la inmensidad del mar. La derrota alemana en Europa, en cambio, no enseñó una gran lección: los tanques fueron enormemente poderosos hasta que, incapaces de conquistar su propio alimento en Rumania y Rusia, se quedaron sin combustible. Un problema que nuestras hermosas armas equinas nunca tuvieron, ya fuera en la sierra interminable o en la profunda selva del sur.
AS
San José Itzícuaro, a 10 de diciembre de 2008.
Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.




