lunes, marzo 26, 2007

Querer y poder

Maricón, hijo de la chingada. Pobretón de mierda. ¡Grita, cabrón! ¡Grita!


Manuelito. No era el becado común y corriente de la típica escuela católica, ese que se muere por llamar la atención, que estudia como loco para pasar los exámenes y se ofrece para los trabajos latosos, con el único fin de que no le quiten la beca, con todas las consecuencias que eso trae cuando estás -en cierto modo- en el lugar que no te corresponde, o sea, estudiando en una escuela de gente rica, cuando se es pobre como pobre puede ser el hijo de un velador.
No. Con Manuelito era la pura verdad. No era pose. No le costaba trabajo en absoluto hacer lo que para muchos de sus compañeros eran sacrificios imposibles, como comer bien y rápido, jugar muy poco, hacer la tarea durante o justo después de las clases y llevar ropa de calle para cambiarse de inmediato y no ensuciar el uniforme.
Sus esfuerzos no eran del todo desinteresados, sin embargo. Era la única manera de que sus maestros le permitieran tomar talleres sin pagar.
Los talleres. Caros casi como la colegiatura de la primaria que tampoco pagaba. Eso sin contar con que no tomaba solamente uno, sino dos talleres: coro, a medio día; y piano, justo después. Para acabar de redondear su estampa de fantasía, era igualmente bueno en ambos. El mejor.

Podrás gritar, pero nadie te va a escuchar; podrás hablar, pero nadie te va a creer. Es más: aunque te crean, nadie va a hacer nada. Tú no sabes, putito; he hecho cosas mucho peores y nunca me han hecho nada, o se lo han hecho a otros; los que son pobres, como tú.

Un par de días antes del festival, el maestro de piano habló con él una vez más, como lo había estado haciendo las últimas dos semanas.
"No te voy a obligar a nada. Piénsalo"
Y es que nadie aguanta a diez niños tocando el piano uno detrás de otro: las mismas cinco notitas, solamente que distinto orden, pero todos tocando las mismas; es más: ni siquiera sus papás y mamás. De todos los alumnos de piano, sólo tres de ellos tocaban algo que el oído humano pudiese diferenciar del ruido, y a la hora de una presentación eran esos tres los que iban a quedar dentro del programa para bien de todos. Uno de ellos, por supuesto, era Manuelito. Pero si él tocaba, Sebastián se quedaba fuera. Ni hablar de agregar otro participante; todos los demás talleres necesitaban espacios para demostrar a los padres que su dinero tenía un destino y un propósito. Para otro profesor, alguien que enseñara otra materia que no fuese piano, la solución sería sencilla a más no poder, pues de los cuatro en disputa, el único niño cuyo dinero no le hacía falta al colegio era Manuelito; pero era el caso que, muy a pesar del lugar en el que se encontraban, los maestros del departamento de arte conservaban aun la dignidad y la decencia cuando se trataba de dilemas como ese.
Por eso no quedaba de otra: había que persuadir al niño.


Pero es que no entiendes, cabrón, si no es así. ¿Cuántas putas veces? ¿Cuántas putas veces te dije que mejor lo dejaras así? ¿Querías que te dijera que ya me voy? ¿Que a ti te faltan dos años y yo ya paso a secundaria? Mi papá está en la mesa directiva, pero ya quisiera yo que todos los maestros se supieran mi nombre como pasa contigo, puto. Ni hablar. Los prefectos me conocen, pero ellos no deciden quién toca y quien no toca en el festival, ¿verdad? Con eso y el maestro de piano que vive como en otro mundo bastó; me chingaste la vida; me diste en la madre; y en eso la cagaste, cabrón pepenador. Te metiste conmigo. Mal.
Ahora te chingas tú. Y luego hablamos, que ya me voy.


Rogón, aparte. Manuelito supo convencer al director del coro, quien era, curiosamente, al que menos le gustaba la idea de que el niño tocara el piano primero, y luego se saliera corriendo para cambiarse, y así poder cantar de solista con el coro, que entraba unos minutos después.
"No te puedes concentrar, le decía, vas a entrar apurado, nervioso. ¿Qué tal si no te va bien tocando el piano? Es muy importante que te concentres desde antes en lo que vas a hacer. Deberías dejar que otro muchacho toque el piano. Tú de todos modos ya tienes tu solo, y es uno muy bonito."
Pero no. Manuelito se puso necio (se puede ser muy necio con lisonjas y palabras zalameras, si se quiere) y suplicó de todas las maneras que conocía para que lo dejaran cantar su solo después de tocar el piano. "Una cosa es querer, y otra poder," le dijo el maestro, pero de nada sirvió; ya nada más para quitarse de encima esa plaga fue que accedió a dejarlo cantar. Mal para ambos.

Porque los que fueron al baño antes del segmento de piano lo encontraron cerrado. Extraño, porque hacía unos minutos estaba abierto. Como había otros dos, sin embargo, nadie dijo nada. Nadie se quejó, ni avisó, ni siquiera cuando llegó el turno de Manuelito para entrar a tocar solo el piano y no apareció por ninguna parte. Como Sebastián sí estaba, y estaba vestido, y una mirada de complicidad corría entre él y el maestro, Sebastián entró oportunamente a suplir al pianista faltante, no sin antes mencionar lo triste que era sufrir a niños tan irresponsables. Después de echar a perder el festival (el coro tuvo que cancelar el solo, y cantar una obra sin ensayarla, lo que por supuesto resultó en un desastre) a esa gente deberían quitarle sus becas. No tiene sentido sacrificarse por gente que no sabe agradecer nada.


Te chingaste, naco. A ver si con esto aprendes.


A Manuelito lo encontraron hasta el otro día. Muchas horas después de que sus padres se habían vuelto locos de desesperación por haber encontrado su ropa de concierto y su uniforme de coro hechos girones en uno de los camerinos. Aunque parezca mentira, a nadie se le ocurrió buscar en el baño cerrado. Debieron pensar que no se había usado ese día, supongo. Manuelito estaba amarrado, amordazado, y los golpes que tenía en la espalda se le marcaron más con el frío del piso, pues con excepción de los calzones, estaba desnudo.

No le crean a ese maricón. Ya parece que voy a andarme preocupando de lo que hace el cabrón. ¿Quieren saber la verdad? A ese puto le dio miedo salir a tocar, se metió al baño a lloriquear; se encerró para que nadie lo viera. Hizo un berrinche tan fuerte, que le gano del uno, y se cagó en los calzones. Así que, ni modo que saliera, ¿no? A nadie le gusta que lo vean así. Por eso inventar la mamada del secuestro, tan pendeja. Se necesita ser muy idiota para romper tu ropa y ya con eso decir que te secuestraron, que te pegaron, que no te podías salir. Yo vi los calzones meados y cagados. Salieron en las fotos que le llevaron al director, al padre Ramírez. Yo las vi, me cae de madre. El padre las vio también, pero tan mentira es que aquí ando sin que me hagan nada. Y ahí nos vemos, que me tengo que ir.

A.S.

26 de marzo de 2007


lunes, marzo 19, 2007

La ofrenda de Angélica

(Óleo de Margarita Félix)
I

El coro de la parroquia es el lugar en el que Angélica nace, vive y muere, todo en una tarde. Fuera del coro es como si no existiera, como si fuera uno de esos fantasmas que según dicen andan por ahí, penando, asustando a los demás con sus cadenas; almas que ya no están en este mundo, pero que tampoco puede decirse que estén vivas. No se trata solamente del hecho de ser una niña (como se es un recluso que no sabe por cual delito lo han condenado) que dos horas, tres días de cada semana, se halla milagrosamente libre de ser ella misma; ni tampoco las alabanzas de su maestro (a quien ama con el secreto de lo que se sabe imposible) o la admiración de sus compañeras mayores, lo que hace que sean esos breves momentos en los que ella se permite existir. Es solamente la música, el grupo, el ritual de lo extraordinario; lo que -a su vez- no puede existir en ninguna otra parte.
En su vida fantasmal, Angélica se levanta de su catre mucho tiempo antes de que salga el sol. A veces, el murmullo de la lluvia no la deja dormir, pues aunque le agrada escucharlo sabe que dentro de poco tendrá que poner los pies descalzos sobre la tierra húmeda y fría para juntar la leña y prender el fuego del desayuno de sus hermanos. Ellos desayunan primero antes de irse a la escuela, porque como Angélica es mucho más útil en la casa que en la escuela solamente estudió hasta segundo año. Le han dicho, sin que ella acabe de creérselo, que los libros son una pérdida de tiempo cuando lo que se tiene es hambre, y con la madre enferma y el padre afuera todo el día en las obras, alguien tiene que ver por ella, por las dos gallinas, el perro y los hermanos. Angélica rara vez dice una palabra. No tiene necesidad. En su casa no le preguntan nada, y nada quieren sabe de ella; le piden cosas nada más; y ella asiente con la mirada triste, vacía, de alma en pena.

II

En la plaza del pequeño pueblo se encuentra el único hotel con agua corriente de la región, y en una de las tres mesas de su restaurante, debajo de unos portales, almuerza un hombre menudo de unos 45 años. Usa anteojos para leer un libro recién llegado por correo de la ciudad, y lentamente levanta la vista para encontrarse a otro hombre robusto y vestido de sacerdote frente a él. El sacerdote se sienta sin ser invitado. Tiene cara de pocos amigos, y de hecho tiene muy pocos; el mesero, que parecía adormilado unos minutos antes, se apresura a ponerle una cerveza en la mesa.
"Los niños cantan en las misas", dice el de los lentes, "y lo que se cobra se lo damos completo a usted, señor cura. Usted usa ese dinero en lo que le place, y nunca preguntamos nada. Los niños y las niñas del pueblo han aprendido mucho, se sienten bien; hasta parecen más contentos. No entiendo la razón de su enojo."
El cura del pueblo apura hasta la última gota de su cerveza antes de contestar.
"No estoy enojado, mi querido maestro; es más, ni siquiera estoy molesto. Puede decirse que hasta estoy divertido. Me divierte ver a alguien queriendo hacer crecer flores en el desierto. Honestamente, yo no sé qué es lo que se le perdió en este lugar tan apartado, pobre y olvidado, pero ultimadamente ese es su problema. Lo único que sé es que el Presidente Municipal es el que paga por que esté usted aquí, y por eso es el mismo Presidente Municipal el que los debe acomodar para sus dizque ensayos. En el coro de la parroquia ya no los quiero ver, ¿me entiende?"
"Pero señor cura, lo que pasa es que necesitamos el órgano que está ahí, en el coro, para ensayar."
"Eso no es cierto, maestro. ¿Qué pasa cuando se van a la huerta del convento a cantar mientras comen, juegan y holgazanean? Ahí ni las guitarras se llevan, cuantimenos el órgano. Ahí está mi punto."
"pero no toda la música se puede cantar así, padre -contestó el maestro sin alterarse en lo absoluto; más que la necedad del cura, a la que se iba acostumbrando poco a poco, le entristeció que se hubieran enfriado los chilaquiles cuando apenas los había probado. Entre más aprenden los niños -dijo- el instrumento se va haciendo más necesario."
El cura se queda un momento en silencio, rascándose distraídamente la barbilla. Está muy enojado desde el día en el que perdió el juicio del terreno.
Se trataba de una herencia que, a la muerte del regidor Gonzalo Paredes, se hizo en favor de la persona del señor cura en pago, según eso, de favores recibidos en vida del funcionario. Lo misterioso del caso fue que el regidor no tenía otros herederos en el mundo, y aunque don Gonzalo tenía muchos otros bienes que legar, solamente testó ese terreno, cercano a las huertas de la casa parroquial, sin que para ello mediara una particular amistad entre los dos hombres. Lo más sospechoso de todo, sin embargo, era que el supuesto testamento estaba fechado como de 5 años atrás, y solamente apareció con todo y copia en la notaría después de que el moribundo recibiera la extremaunción de manos de su mismo heredero.
Por supuesto que el municipio mandó todo a juicio. No estaba el horno para bollos en esos años, y tanto el Presidente como el cura se debían ya varios saludos como para resistir la tentación de cambiar algunos golpes reales. Era historia sabida hasta por los fuereños, y por eso el maestro de coro no se extraña de que el sacerdote le conteste:
"Pues dígale al presidente que les compre una pianola. Ya estuvo bueno de aprovecharse de mí y de mi iglesia. Además, eso de que nos paga cantando en las misas no significa nada. Es muy poco dinero; y los que pagan las misas las pagan lo mismo si hay coro que si no hay. Y ni modo de que vayan a casarse a otra parte. Ándele; vaya a ver si a su amigo le interesa tanto el coro como para tenerlo en el Palacio Municipal haciendo su ruido; y me voy, que hay gente esperando para confesarse."

III

Angélica comienza su impresionante transformación justo después de que le da de comer a sus hermanos y termina de recoger los excrementos de las cercanías. Nadie se lo pidió, porque en ese pueblo como en el resto del país los perros cagan sin que a nadie le preocupe lo que van dejando detrás, pero Angélica tiene tres semanas de salir los días de coro con una cubeta para poner en ella, tomándolos cuidadosamente con una bolsa de plástico, todos los mojones de perro que encuentra por ahí, en el camino que lleva al pueblo y en las malezas del monte. Es una cubeta grande, y ya casi está llena.
Todavía con el rostro inexpresivo de su no ser cotidiano, Angélica pone en orden las mantas de su madre y le acerca una jarra de plástico llena de agua; sale luego a paso rápido y toma el camino del pueblo. En ese momento comienza a sonreír.
En el pueblo, la niña que no es ya más un alma solitaria pasa por el cuarto del maestro de coro, quien invariablemente sale desde una hora antes a preparar el ensayo de ese día, y toma un baño refrescante en una de las pocas regaderas de la localidad. Angélica se pregunta cuantos viajes al aljibe le costaría llevar a casa el agua que usa solamente en ese baño, y el placer agridulce de la posibilidad la despierta mucho más que el delicioso líquido helado que corre por su cuerpo, y el jabón con el que se talla hasta la más insignificante costra de mugre de su piel. Al salir de la regadera, Angélica toma de la mesa, limpia y recién planchada, su ropa de cantar: una blusa blanca de algodón, falda dominical y un chal rojo de lana; regalos todos de su mentor, lo mismo que la diadema roja con la que se sujeta el pelo limpio y bien alisado. En menos de una hora la niña inexistente, sucia por hacer el trabajo de dos adultos, cansada y solitaria; se había transformado en la hija de un hombre principal, hermosa y fresca, de mirada resplandeciente ante el inminente gozo; mucho mejor aun sería decir que se había convertido en cantor.
Al salir del hotel para correr al coro de la parroquia, sin embargo, Angélica pasa por el comedor y se da cuenta de que su maestro no se ha ido todavía. Está sentado en la misma mesa en la que había comido. Triste, pensativo como una piedra."Seguramente el señor cura volvió a hablar con él," pensó la hermosa niña antes de ir a tomarlo de la mano para llevarlo al ensayo.

IV

La transformación física de Angélica palidece junto a su comportamiento durante el ensayo: sentada en la orilla de la silla, erguida y atenta, con la partitura justo entre sus ojos y las manos del director, capaz de leer música antes de haber aprendido el abc y, para completar la estampa, un lápiz con punta en el regazo, es el espejo de la mejor disciplina coral del mundo. También tiene una bonita voz, y canta con intenso y misterioso sentimiento un par de solos que la hacen muy feliz. Por esos breves momentos es capaz de escuchar su propia voz acariciando los rincones de la gran bóveda barroca, y entonces existe de nuevo, regresa al mundo de los que viven y pueden ser lo que más aman.
Por eso, un escalofrío la sacude cuando, al final del trabajo, el maestro les da la noticia esperada, sospechada durante las últimas semanas con angustia: el coro no iba a poder seguir ensayando en ese lugar, ni en el huerto tampoco, y mientras no consiguieran un acuerdo con el municipio, los ensayos iban a suspenderse.

V

Contrario a su propio ritual, Angélica no regresó al hotel a quitarse la ropa de cantar, sino que se fue a su casa directamente, a paso rápido y ansioso. Ni su padre ni sus hermanos estaban en casa, aunque de cualquier modo jamás hubiesen podido reconocer a su Angélica en esa preciosa y repeinada niña de la ciudad que se metió hasta el patio trasero, tomó una cubeta de caca de perro y sin siquiera coger un poco de aliento regresó al pueblo con la misma premura con la que había venido.
Frente a la casa del párroco, Angélica se detuvo. Levantó la cubeta llena de caca e iba a arrojar su contenido por una de las ventanas cuando un pensamiento la contuvo. "No con la ropa de cantar," pensó.
En lugar de arrojarla, Angélica puso la pesada cubeta frente a la puerta de la casa, un poco como había visto que los acólitos hacían con las ofrendas frente al altar, durante la misa, mientras el monitor decía cosas como: "este trigo representa el espíritu transformador del hombre que ahora te ofrecemos..."
"Esta cubeta de mierda -murmuró Angélica en el momento de soltar el asa secamente- representa mi vida a partir de hoy, que ahora te ofrezco, Señor."

VI

Angélica se fue, y se aseguró cuidadosamente de que no hubiera siquiera una mancha en su ropa de cantar, antes de depositarla por última vez sobre la mesa y regresar a su casa, para allá dejar de existir de nuevo.

A.S.
19 de marzo de 2007

domingo, marzo 11, 2007

Sugerencias para la preparación del repertorio

Documento escrito como material complementario para el curso "Interpretación de Lied", el cual se declarará clausurado el próximo martes a las 20:00 horas, después de una Liederabend ofrecido por los participantes, en la Sala Niños Cantores del Conservatorio de las Rosas de Morelia. Se publica para beneficio de todo artista interesado en mejorar su desempeño.
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Las siguientes sugerencias tienen un carácter general y pueden ser usadas en la preparación de todo género de repertorio, tanto vocal como instrumental. Están basadas estrictamente en la experiencia, y su efectividad se mide en relación directa con el empeño puesto en su aplicación. Aunque algunos preceptos están más enfocados a lo instrumental, y otros a lo vocal, no debe por ello suponerse que tanto una especialidad como la otra no pueden beneficiarse del conocimiento de todos ellos.

1.- Debemos acercarnos con humildad, orden y disciplina a las obras nuevas, sin importar su grado de dificultad. Sí nuestra actitud ante la música carece de uno o varios de esos principios, es probable que nuestra interpretación sea deficiente, nos tome mucho tiempo prepararla, o no podamos hacerlo en absoluto. La humildad nos permite apreciar las dificultades inherentes al estudio de las obras (aun las de facilidad aparente), obligándonos a ser cuidadosos en su preparación, y nos permite al mismo tiempo apreciar el potencial de piezas valiosas que de otro modo no despertarían nuestro interés. El orden, por otra parte, es indispensable para dominar las dificultades de una partitura y memorizarla a la perfección, sin pasar por alto ninguna indicación dejada por el compositor y sin invertir más tiempo del necesario. Con ello se abre el camino a la expresión de la personalidad del artista, lo que constituye la interpretación. Finalmente, la disciplina nos llevará a completar lo planeado en el tiempo y de la forma prevista, sin que los estados de ánimo, las distracciones o cualquier otra debilidad nos lo impidan.

2.- Un horario fijo de estudio es indispensable. Si bien podemos aprovechar cualquier momento para avanzar en la preparación de nuestro material, es muy importante apartar por lo menos tres horas diarias para este propósito, las cuales deberán ser respetadas a toda costa. Es recomendable asignar para el estudio las horas antes del medio día, cuando la mente está fresca y es más fácil concentrarse.

3.- La preparación del repertorio puede dividirse en dos etapas principales: la memorización y el dominio. A partir de esta última, el intérprete podrá despojarse de las preocupaciones técnicas y de memoria para concentrarse en el trabajo interpretativo. En la primera etapa el ejecutante deberá cantar o tocar los pasajes tan lentamente como sea necesario para su memorización, resolviendo problemas tales como la dicción, la afinación correcta, la digitación (en el caso de los pianistas), y el fraseo. En la segunda se deberá -por memoria- aumentar poco a poco la velocidad hasta el tiempo sugerido por el compositor, agregando los matices y demás sutilezas indicadas en el texto, el cual podrá consultarse cuando sea necesario para evitar descuido en los detalles observados desde la memorización. En suma, ambas etapas tienen por objetivo la memorización fiel de la partitura en todos sus detalles.

4.- Antes de memorizar una partitura es muy útil fijarse metas, tomando en cuenta la complejidad de aquella. Sugiero fraccionar la obra en unidades que puedan memorizarse en un día de trabajo, y esas a su vez en frases tan cortas que puedan memorizarse en cuestión de cinco a diez minutos, concentrándose totalmente en cada una y sin pasar a la siguiente hasta que no haya ninguna duda en la anterior. Hay que recordar que, en esta etapa, la velocidad no es lo importante, sino la permanencia clara y precisa de las notas y el texto correcto en nuestra mente. Al completar la memorización de cierto número de frases (las necesarias para constituir unidades musicales más grandes) conviene tocar todo lo aprendido lentamente pero sin detenerse, con la intención de hilar los fragmentos entre sí, y motivarnos a seguir adelante. Aunque la cantidad de material asignado para cada día puede ajustarse, la disciplina exige que respetemos el ritmo de trabajo determinado desde el principio, ajustando solamente cuando nos adelantemos a nuestras propias metas. Con esta mecánica se pueden memorizar obras de gran tamaño en muy poco tiempo, con un alto nivel de exactitud con respecto a la partitura y sin un esfuerzo extraordinario. Concentrarse en la memorización de una obra por demasiado tiempo es desmotivante e innecesario.

5.- En el caso de la música vocal, sugiero memorizar primero el texto por separado, luego la música solfeada, y finalmente unir ambos por memoria, cuidando en todo momento la correcta pronunciación y afinación. Este orden se aplica a cada uno de los fragmentos en los que hemos dividido la obra para su manejo. Si bien todo lo expuesto puede sonar complicado, una vez dominado el proceso éste rendirá los resultados prometidos.

6.- Una vez que se es capaz de cantar o tocar toda la obra de principio a fin, lentamente y sin detenerse, se puede comenzar, con la ayuda de un metrónomo, el ajuste gradual a los tiempos indicados en la partitura, poniendo especial atención en los matices, la articulación y el correcto fraseo. Solamente después de ello, la obra estará lista para ser llevada a clase.

*****

No obstante la disciplina y el cuidado puestos en la preparación de una obra, no se trata sino de la base sobre la cual descansa la interpretación. Es por medio de la cultura, a saber, el estudio de la literatura y las lenguas de otros pueblos, que el intérprete logrará construir su propia personalidad artística. ¿Qué será de un músico que solamente sabe de música? Su vida será triste, árida y mediocre, sin importar sus logros, que sin duda se deberán a todo menos a su arte. Alumnos: busquen el conocimiento con pasión y en todas las cosas. Por ningún motivo deben permanecer ajenos a las incontables riquezas de las letras y las demás ramas del saber si lo que buscan es hacer una carrera como artistas. Cultiven a diario su interés por la pintura, la escultura, la danza y las artes escénicas; solamente así podrán cumplir con el requisito básico para todo artista de -en palabras de Busoni- alimentar su vida a través del alma.

domingo, marzo 04, 2007

El tiempo se acaba y la mujer hermosa permanece


Hoy -5 de marzo- cumplo 37 años. Cuando estaba en la primaria, hacía mis cuentas y me sorprendía descubrir que en el año 2000 iba a cumplir la enorme cantidad de 30 años. El año 2000 me parecía entonces muy lejano, y sin embargo llegó y quedó atrás en un suspiro. Ahora me descubro viendo a los ancianos de cabezas blancas, cansados y enfermos algunos de ellos, y me digo, como lo hacía de niño con la marca simbólica de los treinta, que tal cosa se encuentra muy lejana todavía. Ahora pienso que no debo estar muy seguro. Ya no se trata de un año más, sino de un año menos.
La llegada de otro cinco de marzo estuvo precedida por una de esas giras de fin de semana en las que uno pasa viajando quince horas para tocar nada más tres en total, y pueden pasarse tres días sin dormir en una cama, o sin dormir en absoluto. Esas giras ponen mi mente a dar vueltas, apabullan mi imaginación con realidades que parecen venidas de la fantasía enferma de un desequilibrado. Y ello sucede porque los ritmos ocultos del viajero permiten que el imperio de la noche se extienda a la vigilia, junto con su poder para distorsionar, oscurecer y transfigurar con magia onírica hasta los hechos más ordinarios.
Comenzó el viernes a medio día con un viaje a Zamora, a la clausura de la feria de la fresa; si bien mis esperanzas se frustraron de golpe cuando me di cuenta de que no había fresas por ninguna parte. Quizá era demasiado tarde, o se las habían llevado ya todas. No importaba. De todos modos no hubiese tenido tiempo ni siquiera de comprar fresas, porque todo fue llegar al hotel a hospedarse, ir a ensayo, regresar al hotel a cambiarse, ir a actuar; correr a la terminal, enterarme de que no podía regresar a Morelia para tomar el autobús de primera para Aguascalientes; cambiar mi boleto por uno de tercera que salía de Zamora; correr al hotel y dormir tres horas; regresar a la terminal y encontrarme con que el perverso Georg me esperaba en el andén gélido, oscuro y completamente solitario. Estaba tranquilo, con una media sonrisa que revelaba sus dientes de oro y las cicatrices de sus labios, con sus músculos marcándose debajo de una incongruente guayabera blanca que de ningún modo temperaba su amenazante y peligrosa presencia. De no conocerlo, me dije, en estos momentos saldría corriendo, renunciando a la última oportunidad de llegar a tiempo a mi compromiso. Supuse que Doktor Faust lo había mandado para acompañarme y protegerme, y de verdad se lo agradezco.
Y es que, para empezar, el camión era un Flecha Amarilla, y conociendo su fama le dije al conductor -en tono sonriente- que se fuera despacito; pero me contestó, sumamente ofendido, que él no le preguntaba a los pasajeros a qué velocidad quería que manejara, y que iba a ir a la velocidad que al él le gustara más. Hubiera seguido así, de no haber subido Georg en ese instante preguntando si todo estaba bien. Se produjo un silencio conciliatorio, y entonces partimos.
Dormí poco, pues al amanecer me desperté de nuevo. Estábamos en Atotonilco, comenzando el cruce de esa región de valles áridos y silenciosos, de pueblos sin edad ni tiempo llamada los Altos de Jalisco. Mi perverso guardaespaldas estaba acostado en un asiento y dormía un sueño inquieto y agitado; desde Zamora un matrimonio de edad avanzada cargó en el camión miles de guitarritas de juguete multicolores, y como no cupieron en el maletero, muchos paquetes estaban por todas partes dentro de la cabina de los pasajeros, acentuando el carácter irreal de la escena. Georg se despertó cuando íbamos llegando a San Miguel el Alto, en donde se subieron varias jovencítas muy hermosas, vestidas con su mejor ropa; recién bañadas, sonrientes y felices. Miré a Georg, y con la mirada le pregunté si acaso aquellas criaturitas estaban vivas o eran habitantes del reino de los que ya no viven, convocadas por el gran poder que mi acompañante tiene para conjurar el inframundo; pero él dijo que estaban bien vivas, y sorprendidos ambos las seguimos con la vista hasta que se sentaron.
La hermosura de la mujer estuvo presente también en Aguascalientes, adonde llegamos pasadas las once de la mañana. Todos mis amigos llevaban hermosas acompañantes luciendo enormes escotes en el pecho y la espalda, y todos llevaban guayabera como el perverso Georg. Me sentí molesto por la ridícula situación de ser el único en la fiesta que llevaba traje y corbata, y aun más por el hecho de que la ropa, a causa de la bicicleta, me quedaba nadando y parecía -de hecho, lo era- cortada para una persona mucho más grande.
Toqué con entusiasmo, como siempre, y terminada mi actuación quise regresar a Morelia de inmediato. Imposible. Mis amigos insistieron en que debía quedarme al baile y tomar el autobús nocturno nuevamente, como si dormir sentado fuera la cosa más natural del mundo. Nos coartaron a pasar la tarde bebiendo, enmedio de figuras esbeltas, rotundas protuberancias y espaldas blancas y aterciopeladas que giraban constantemente a nuestro alrededor al ritmo de música salvaje y primitiva.
Desde un principio, Georg encontró a una preciosa mujer de vestido rojo y generoso escote, cuyo acompañante estaba demasiado distraído o asustado como para darse cuenta de que Georg bailaba cada vez más pegado a ella, desapareciendo juntos al anochecer en el inmenso jardín en penumbra. Yo, por otra parte, me hubiera quedado sentado de no ser por la mágica aparición de una damisela rubia encantadora, envuelta en ligeras volandas de flores, que me llevó a la pista y bailó para mí, como si se tratara de un íntimo deseo forjado en materia por un hado benéfico, mis canciones favoritas de los años de mi primera juventud. Yo no bailaba; solamente podía moverme al ritmo de la música, miraba sus ojos destellantes y plenos, arrebatado por la euforia, intoxicado por sus movimientos y su belleza.
No duró mucho sin embargo. La belleza se acaba, o mejor dicho, tu tiempo se acaba en tanto la belleza permanece en alguna otra parte, y minutos después me encontraba sentado de nuevo, saboreando alegremente el momento una y otra vez en mi memoria. Comenzó a hacer frío, y me levanté para buscar a Georg en la penumbra del enorme jardín. Su presencia siniestra era sensible en todas partes, pero la bella del vestido rojo (las gorditas siempre son agradecidas, diría un amigo mío) apareció desde el sur, trayendo con ella un delicioso aroma de flores. El perverso Georg la siguió lentamente unos minutos después, con la media sonrisa pintada en su faz. El regreso fue difícil. Mi cabeza estaba a punto de explotar, y en León e Irapuato el perverso Georg tuvo que darle una feroz golpiza a varios fantasmas de mi pasado que me asaltaron a traición, aprovechándose de mi debilidad: la debilidad de saber que en unas cuantas horas iba a estar un año más cerca de mi destino, y que el tiempo se acaba.

domingo, febrero 25, 2007

Dos enemigos, una sola arma


Está atardeciendo en un día más de mi vida. Comienza una semana nueva, muy diferente a cualquiera otra que haya vivido, a pesar de que durante ella voy a hacer más o menos lo mismo de siempre: atacar para vencer; amar; comprender y aprender todo lo posible. Enseñar lo poco que sé con la esperanza de que sea algo valioso para alguien más. Me queda cada vez menos tiempo para lograrlo. Cada momento es irremplazable y cuando se va lo hace para siempre.
Afortunadamente, mis enemigos están bien localizados y tengo las armas para vencerlos. Uno de ellos es mi sobrepeso, que en este mes pasado ha recibido golpes demoledores gracias a mi manía por la bicicleta; una verdadera locura que me gustaría poder contagiar al resto del mundo y así salvar al planeta de una destrucción segura. Ese -el calentamiento global- es el otro enemigo, menos tangible que mi barriga, pero igualmente letal.
No solamente he logrado hacer de la bici mi medio de transporte habitual, sino que aprovecho cualquier pretexto para subirme a ella y andar por toda la ciudad. El resultado: en poco más de un mes he pasado de 112 cm. a 104 cm. de cintura, y he bajado de 84 a 78 kilos de peso. Todo esto me sucede en un momento clave, cuando estoy acercándome a los cuarenta años de edad y mi cuerpo necesita mantenimiento urgente. Ya no soy un muchachito, y creo que estoy haciendo lo correcto si es que deseo estar listo cuando mi organismo me comience a pasar las facturas del pasado. Por otro lado, la tierra esta al borde de un cambio climático de proporciones catastróficas a causa de la incapacidad de la especie humana para controlar la codicia desmedida de unos cuantos de sus miembros mas inmorales. Cada vez queda más claro que la creación de fuentes alternas y ecológicas de energía sería para estos días una realidad de no ser por los esfuerzos en contrario de los magnates petroleros, determinados a perpetuar su negocio hasta agotar los yacimientos mundiales sin importarles en lo más mínimo el daño irreversible a un medio ambiente frágil en extremo. Lo mismo reza para aquellos países que, pudiendo explotar los recursos hidráulicos, eólicos y atómicos con los que cuentan en abundancia, se empeñan en obtener del carbón la mayor parte de su energía, como si su riqueza y supremacía fuese a salvarlos de la destrucción en un futuro cercano si las tendencias en el calentamiento global no son cambiadas por medidas de emergencia.
Solamente subido en mi bici puedo ver, como desde un mirador mágico, la forma irresponsable en la que el hombre, y concretamente el mexicano, destruye su medio ambiente y lo convierte en un lugar inhóspito. En Morelia, por ejemplo, no hay control de contaminantes para los autos particulares, lo que en el D.F. se conoce como verificación vehicular. No obstante, hago que el coche de la familia, que usualmente maneja mi esposa, se afine regularmente; pero por desgracia la ausencia de ese mecanismo de control ha provocado que por las calles de esta hermosa ciudad circulen unidades impresentables: viejas carcachas que arrojan humo al ambiente en cantidades industriales sin que nadie se les oponga. El año pasado, el gobernador presentó un proyecto para introducir la verificación en el estado, y la respuesta fue una violenta protesta dirigida por los mismo merolicos de siempre, o sea, los corruptos líderes del transporte público, quienes con el pretexto de que la verificación iba a provocar más corrupción, impidieron que la medida progresara. Nadie parece saber lo que en realidad está sucediendo. Pasa un poco como con los fumadores que siguen con su hábito autodestructivo porque en la ruleta rusa del cáncer siempre va a perder otro, y no ellos.
Cuando compré mi primer automóvil, hace casi siete años, la ocasión coincidió con mi contratación en una escuela muy lejos de mi casa. No pasó mucho tiempo antes de que, aburrido por el tráfico y harto de los embotellamientos, comenzara a dejar el coche en casa para usar el transporte público -como ahora la bicicleta- de manera habitual. No nací con el coche pegado a las posaderas, pienso. Aquí, sin embargo, en una ciudad mucho más pequeña, la gente usa el coche hasta para ir a la esquina; pero no se ven en la televisión -la única forma que de "educarse" tiene la mayoría de la población- spots que inciten a la gente a racionalizar el uso de automóvil, o a mantener a todo vehículo, principalmente los de carga, en buenas condiciones, como si de eso dependiera su vida. No los hay, o no por lo menos en cantidad suficiente.
"The mexican people is not that poor", me dijo una vez el profesor Thinmar, "it is just lazy and greedy". Tiene razón. Por eso mismo es difícil pedirles que hagan algo por ellos mismo que habitantes de países mucho más educados no están dispuestos a hacer, y me refiero a los Estados Unidos, cuyo gobierno se encamina, como el mexicano, al fascismo, y lo menos que les preocupa es lo que pueda suceder dentro de 15 0 20 años.
El peligro es real. El enemigo está a las puertas. ¡Salvemos al planeta! ¡Usen la bicicleta!

martes, febrero 20, 2007

Regresar

Escribo en la casa de mi hermano Arturo, en Azcapotzalco, ciudad de México. Es la misma casa en la que viví hasta que a los 24 años puse mi primer departamento de soltero, acto cuyo simbolismo incluía el de comenzar a vivir -en el instante de abandonar la casa materna- la etapa mítica conocida como el resto de mi vida. Ignoraba entonces que iba a sentirme así o mejor en otras ocasiones, como cuando me casé con mi amada Litzia, o cuando nacieron mis gemelos y luego mi hijo menor (feliz cumpleaños, Miluzc, eres el amor de mi corazón, aunque como ayer te hayas perdido por un rato poniendo a tu mamá como loca de angustia); o cuando por fin abandoné el DF para vivir en la bella Morelia.
El caso es que estar aquí me da siempre la oportunidad de ver mi vida en perspectiva; de reflexionar sobre el mucho tiempo y energías perdidos en el pasado y la desmedida importancia que le di a cosas que ahora me parecen triviales, por decir lo menos. No obstante, me parece que es un defecto que no puedo superar. Por ejemplo: ahora me parece muy importante que mi cuñada esté en la cocina haciendo tortillas. Jamás pensé que alguien pudiera tomarse en estos tiempos tan agitados la molestia de hacer tortillas de harina para la comida, cuando las tales pueden comprarse ya hechas ahorrándose todo el problema por el que Cinthya pasa en este momento, con la masa que se le pega a las manos con viciosa insistencia. Ese tipo de cosas -como el hecho de que Arturo me haya llevado al super a escoger lo que se me antojaba comer- son las que me conmueven, aunque al resto de la gente le pasen desapercibidas. Hacen de la comida en familia una convivencia única, y ayudan a que me sienta agradecido de estar aquí, a pesar de extrañar poderosamente a mi familia, a Morelia y a mi bici.
....
Ayer saludé a mi viejo amigo Gustavo en una actuación que tuvimos juntos en la Condesa, y me preguntó si ya había visitado el centro cultural Bella Época. De inmediato pensé que podría ser una buena idea hacerlo antes de irme a la Basílica de Guadalupe (cuyo pomposo título de "Insigne y Nacional" no deja de llamarme la atención) a tocar el órgano monumental; aunque de inmediato me sentí atrapado enmedio de sentimientos encontrados.
Es que se trata de una costumbre que he perdido: visitar las grandes librerías. Me entristece confesarlo, pero los libros se han vuelto como un artículo de lujo en mi vida. Hace dos o tres años Gustavo me decía que, si pudiera ahorrar todo lo que gastaba en libros, tendría al final de mes una buena cantidad de dinero, pero ahora no sé en qué más puedo ahorrar para poder comprar por lo menos un libro de los muchos que se me antoja leer, y solamente me queda esperar a que sea momento de "vivir mejor", como el usurpador prometió a los incautos. En fin; a pesar de esa situación decidí pasar a visitar el centro cultural del que hablaba, sede de la muy decente y atractiva Librería Rosario Castellanos.
De entrada, me quedé una media hora en la mesa de las novedades, lugar en que encontré lectura apasionante para varios días. De hecho, extraviado por las cuentas alegres e irreales (como las que dicen que no ha habido inflación, ¡qué poca madre la de los banqueros, de veras!) hechas en mi mente perturbada por la cercanía de los libros, comencé a amontonar en mis brazos un tomo tras otro con ansiedad de adicto en abstinencia. Primero tomé el libro de Carlos Tello sobre el dos de julio, aunque pienso que en ese caso no habría genuino interés sino solamente morbo, después de que su autor fuera exhibido como embustero y mentiroso por personalidades como José María Pérez Gay y Federico Arreola. Lo que en verdad provocó que se me hiciera agua la boca fue la monumental obra de Adolfo Bioy C. llamada simplemente "Borges". Es un libro que se antoja delicioso, lleno de anécdotas personales vividas por el autor al lado del gran poeta argentino y que seguramente ofrece insospechados detalles sobre su manera de pensar y de trabajar. Además, no se trata de una biografía concebida como tal, sino que la obra se construyó a partir de los diarios de Bioy, quien era él mismo un escritor de respeto, y arreglada en su forma definitiva poco antes de su muerte. Siempre he sentido una especial veneración por los escritores de diarios; y no hablo de las ficciones literarias escritas en la forma de tales, con las que muchos buscan disfrazar la mediocridad de sus ideas al expresarlas de esa forma, sino de aquellos que encuentran tiempo, día tras día, para sincerarse con sus "cuadernos de escribir la vida", como los llama Isabel Allende. Me parece que los diarios de Bioy son de esa naturaleza, y por ello sería maravilloso pasar horas en silencio frente a ellos, con la luz de las velas iluminando sus páginas, o quizá no en silencio, sino pronunciando en voz baja su lectura para poder saborear las palabras a plenitud. Lo mismo vale para el libro que tomé a continuación: la sexta entrega, cuyo título escapa a mi memoria en estos momentos, de la saga del capitán Alatriste, personaje de Arturo Pérez-Reverte que me ha regalado más de una intensa emoción y muchísimas frases de tan extraordinaria belleza y sabor antiguo, que encuentro una profunda satisfacción al detener la acción de la novela para pronunciarlas, y así disfrutarlas una y otra vez. Lo único malo que tienen las novelas del capitán Alatriste es que no me duran nada. El gozo de vivir sus aventuras por vez primera es efímero y apenas terminado cada volumen ya se desea tener el siguiente entre las manos. A veces debo resistir inclusive la tentación de releer los que ya tengo por temor a gastarlos, a quedarme sin el vital alimento de su frescura.
El resto de la librería me gustó mucho. Es un espacio solemne y al mismo tiempo moderno y disfrutable; hay una sección infantil con variedad en los títulos y algunos -demasiado pocos, para mi gusto- divanes y colchonetas en los que los padres pueden recostarse con sus niños para enviciarlos o enviciarse juntos con la lectura. Hay un estante especial para las obras de Rosario Castellanos en ediciones diversas y algunos estantes con libros en otros idiomas. Mi queja a ese respecto es que hay una marcada preferencia por los libros en francés. No entiendo el por qué. No son más baratos y Francia no tiene más escritores importantes que los países angloparlantes, o que Italia y Alemania, para el caso. No obstante, hay tres estantes de libros en francés y solamente uno de libros en Italiano y en Inglés, respectivamente. No hay un solo libro alemán a la venta.
No hablo francés, por cierto.
Tomé, pues, los poemas de Pavese en una edición integral y las novelas tempranas de Henry James en la lujosa edición de pasta negra auspiciada por el gobierno de los Estados Unidos. Como ya era tarde comencé a caminar rumbo a la caja, pero a medio camino me detuve y, gracias al cielo, comencé a pensar con claridad en lo tocante al poco dinero que llevaba en la bolsa.
Uno a uno fui devolviendo cada libro al lugar del que lo había tomado. Del que más trabajo me costó desprenderme fue el "Borges", porque a pesar de ser invaluable solamente cuesta unos $300 pesos; pero al final hube de reconocer que, o leía ese libro, o regresaba a Morelia, y lo último me pareció una urgencia más inmediata que lo primero. Salí de la librería con las manos vacías, pero contento de comprobar que no es la defunción de mi espíritu o la falta de curiosidad lo que me ha separado de la actualidad literaria; y que bien vale la pena seguir desenmarañando la rebuscada sintaxis alemana del "Hitler" de Joachim Fest, cuya difícil lectura me he impuesto como un deber, si como premio voy a poder tener -merced a un posible aunque improbable aumento en mis ingresos- la oportunidad de gozar de los caramelos literarios que ese día conocí.
¿Regresaré pronto a la librería?

domingo, febrero 11, 2007

La Vida del Alma


En una que otra de las semanas que vienen, publicaré en El Gabinete algunas de las piezas más raras salidas de mi pluma: mis sermones; reliquias de mis años como ministro religioso. Pido disculpas a aquellos lectores que gustan del tono laico y hasta irreverente de mi blog, y les suplico sean indulgentes con esta parte de mi personalidad que de vez en cuando sale a la luz. Además, dentro de esos sermones próximos a ser publicados hay uno que fue censurado y no pudo ser leído, por lo que será interesante predicarlo a través de la internet. El correspondiente a esta semana fue predicado en la capilla de Coyoacán el quinto domingo de agosto de 2004.

Queridos hermanos:

Agradezco al obispado la oportunidad, que para mí es una bendición, de poder dirigirme a ustedes una vez más. Tomo la palabra con humildad, sabiendo que no soy sino el peor de los siervos del Señor, y aún así, espero que mi mensaje sea de valor para todos ustedes.
El tema que me ha sido asignado me hace muy feliz, pues creo que es aquél del que más me gusta hablar, y es la música. Hace unos meses di un discurso en Benemérito que trata sobre lo mismo, y que se llama "Arte, Religión y Sociedad" y me sentí tentado por un momento a leer dicho discurso hoy, pues lo considero sumamente importante para motivar a los padres y a los maestros a tomar la difícil decisión de apoyar la vocación artística de los jóvenes talentosos. No obstante, tuve después la impresión de que debía hablar de la música desde un punto de vista más personal y menos académico, enfocándome en el impacto que el arte ha tenido en mi vida; y es eso lo que deseo hacer hoy.
En muchas ocasiones, las personas que me escuchan tocar me preguntan qué fue lo que hizo que yo empezara a estudiar el piano a la relativamente temprana edad de 9 años. Ellos esperan una respuesta como "es una tradición familiar" o "desde niño tuve inclinaciones artísticas" o algo parecido; y se sorprenden al oírme decir que si yo estudio música desde niño es porque mi mamá quería evitar que me juntara con los niños de la cuadra, quienes ya me habían llevado a cometer varias travesuras de cierta importancia, entre las que se destacaba la de robar un frasco de mermelada en la Conasupo. Así, cuando entré a la Escuela de Música, mis tardes las pasaba ocupadas aprendiendo algo que me gustaba, y cuando llegaba a tener una tarde libre estaba demasiado cansado como para salir a jugar con los muchachos de costumbres dudosas. De este modo, mi mamá evitó sin violencia que las malas influencias me llevaran por caminos que muy probablemente me hubiesen conducido a la delincuencia, y sin proponérselo me cambió la vida. Pienso que ese fue el primer gran servicio que hizo la música por mí. El primero de muchos.
Continuamente escuchamos a nuestras autoridades hablarnos de la importancia de cultivar nuestros talentos y de estudiar y prepararnos. La razón de ello es muy simple, y es que después de la muerte los espíritus vamos a ser iguales en cuanto a las riquezas, porque el dinero allá no existe, pero conservaremos las diferencias en lo que respecta a nuestros conocimientos, y tal diferencia va a ser muy importante, determinante.
Sin embargo, aparte de esta razón hay otra que se relaciona con nuestra familia como unidad formadora de personas íntegras y espirituales, y es que la presencia de la música en el hogar es capaz de realizar milagros en la vida de los que la forman.
Miguel de Cervantes escribió que "donde hay música no puede haber cosa mala"; y supongo que no es necesario que aclare la clase de música de la que estamos hablando. Cuando cerramos la puerta a los sonidos estridentes y a las canciones obscenas que se transmiten por la TV y la radio comercial y en su lugar ponemos los sonidos suaves de la música sagrada o de la buena música en general, entonces damos el primer paso hacia una nueva concepción del mundo, pues el mundo como lo conocemos llega a nosotros a través de los sentidos, muy particularmente la vista y el oído, y al mismo tiempo hacia la posibilidad de escuchar la voz secreta que desde nuestro interior nos habla de las cosas del Señor. Ustedes saben que esa voz es muy suave y a veces es difícil escucharla, pero la música de la que hablo no sólo no la estorba, sino que a veces ayuda a que se escuche mejor.
Cuando una familia se reúne bajo la influencia de la música, el ambiente es propicio para la expresión de los mejores sentimientos, y la influencia del maligno se ve seriamente disminuida. Cuando yo tenía unos 13 años, llevaron a la casa una vieja y destartalada pianola, la cual fue el único instrumento musical que he poseído si se exceptúa mi armónica; pero como no me servía para estudiar por el mal estado en el que se encontraba tuvimos que venderla al poco tiempo. En esa vieja pianola aprendí a tocar mis primeros himnos de Sión, en una versión simplificada que una hermana que trabajaba en las oficinas de la Iglesia había conseguido para mí. Ahora recuerdo muy claramente el efecto que la práctica de dichas obras tenía en el ambiente de continua tensión que se vivía en la casa; a causa sobre todo de las diferencias que iban a provocar en poco tiempo el divorcio de mis padres. Siempre que tomaba el libro de los himnos para estudiar, algo pasaba en la maltratada familia: mamá se acercaba para escuchar, y luego quería empezar a cantar, pero yo le decía que no estaba listo, que todavía no se pusiera a cantar porque me equivocaba. Mamá, para molestarme, llamaba a mis hermanos y hasta a mi papá, y de repente estábamos todos cantando himnos que a mi me salían muy más o menos; aunque, por supuesto, esto era lo menos importante de todo. Nos hallábamos juntos haciendo algo agradable, y no peleando o discutiendo.
No obstante, para mi familia era ya muy tarde, y ni siquiera la música tuvo el poder de salvarla. Para otros, es probable que la presencia de la música en el hogar pueda ser una influencia para despertar en aquellos que la forman los sentimientos mejores. No es necesario tener un músico en la casa para disfrutar de dicha influencia, basta con abrir la puerta a la música que ama el Señor y tratar de disminuir un poco el consumo de la basura de los medios masivos de comunicación. Satanás, en su infinita sabiduría y maldad, ha encontrado la manera de pervertir esa maravillosa creación del ser humano, para convertirla en vehículo de ideas y palabras inicuas, y para despojarla de su belleza, poder e interés cultural.
Al igual que tenemos cuidado con lo que comemos, debemos de tenerlo con las cosas que vemos y con las que escuchamos; pues si con aquellas podemos poner en peligro la vida de nuestro cuerpo, con éstas últimas ponemos en peligro la vida del alma, que es eterna y muy delicada.
Es tiempo de enriquecer nuestras vidas de una manera real y perdurable, es tiempo de superar el tipo de vida que consiste solamente en procurar alimento y consumirlo. Hay más cosas en la vida que lo que puede verse en la televisión, y son esas las que son más agradables a los ojos de Nuestro Padre Celestial. Para él hay pocas cosas mejores que ver a una familia que se reúne para entonar himnos o para escucharlos, y está agradecido con los padres que se interesan en descubrir y cultivar los talentos de sus pequeños hijos, alejándolos al mismo tiempo de las tentaciones y las malas compañías que los rodean y los amenazan todo el tiempo y por todas partes. No es fácil. Más de uno de ustedes ha de estar pensando que la vida es muy dura, que no queda tiempo para otra cosa que para estudiar y ganar lo necesario para vivir, y que comprar un instrumento y aprender a tocarlo, e inclusive lograr que la familia se junte a cantar por puro gusto es un lujo que nadie se puede permitir. No hay manera de que yo pueda rebatir ese argumento, pero puedo decir con toda seguridad que, si no hacemos algo por cambiar las condiciones en las que nuestra alma vive, las preocupaciones de las generaciones por venir seguirán siendo las mismas; porque la vida del alma no se reduce a los tiempos simples de una generación, sino que su poder y el de sus conocimientos se prolonga más allá de la vida del cuerpo, para influir en las generaciones futuras. Solamente con un gran esfuerzo y con un cambio de actitud con respecto a la cultura, a las artes y al conocimiento seremos capaces de enseñar con verdad a nuestra descendencia que lo más hermoso de la vida no es lo que conforta al cuerpo solamente, sino lo que alimenta al alma y enriquece su vida eterna.
Deseo terminar con unas palabras sobre el cuidado que debemos tener con el piano de nuestra capilla y sobre la manera en la que cantamos los himnos en nuestra congregación.
Un instrumento musical como el que tenemos en nuestro salón de reuniones es sumamente costoso en términos monetarios, tanto, que yo pude comprar un automóvil, pero no he podido comprarme un piano. No obstante, dicho costo en dinero no es nada comparado con el valor espiritual que le otorga ser un instrumento de adoración. Cuidar un piano no es sencillo, se necesita de técnicos especializados para el mantenimiento de su maquinaria, y de constante limpieza del mueble; aun así, la parte más importante del cuidado es la de no permitir que nuestros hijos se acerquen a él y lo traten como si fuera un juguete. Ningún niño va a aprender música o va a sentirse atraído por algo que se puede jugar. Por otra parte, tampoco debemos permitir maltrato por parte de otros adultos, y con valor debemos amonestarlos para que respeten la Casa del Señor. Nuestro piano se deteriora por maltrato semana con semana, y me siento impotente al no saber como protegerlo. No quiero ver ese bonito instrumento envilecido con una cerradura que hable de nosotros como una congregación de bárbaros incivilizados. Nada me haría sentir peor que eso.
En lo que respecta a los himnos, quiero contar lo que me pasó un día en el que me invitaron a tocar con el coro de una congregación de cristianos Presbiterianos. La invitación consistía en tocar con dicho coro al final de su servicio dominical, y estos hermanos me citaron temprano para que pudiera asistir a su servicio. En su centro de reunión tienen un hermoso órgano de dos manuales que debe de haberles costado una fortuna, y sin embargo no había ninguno entre ellos que supiera tocarlo. El pastor se acercó a mí poco antes de comenzar y me pidió que los acompañara en los himnos del servicio, a lo cual accedí de inmediato, como es natural. Preparé el instrumento y esperé. El servicio no era nada de llamar mi atención, hasta que llegó el momento del primer himno; una pieza brillante al estilo de "El Espíritu de Dios". Yo pensé que el sonido de un órgano tan grande iba a borrar las voces de una congregación relativamente reducida, pero cuando esos hermanos comenzaron a cantar puestos de pie no podía dar crédito a lo que oía: sus voces eran tan potentes y su canto tan lleno de entusiasmo, que me vi obligado a darle al órgano toda su potencia, de modo que me oyera un poco entre tan poderoso cantar. En ese momento entendí por qué al Señor le gustan tanto los himnos cantados por una congregación, y desde entonces, siempre que tengo la bendición de dirigir un himno le recuerdo a los hermanos que deben cantar con entusiasmo, que deben dejar la vida a la hora de cantar y que deben disfrutarlo, pues en ello radica el gusto de Dios al escucharnos. Si a nosotros nos da flojera cantar, tengan la seguridad de que al Señor le va a dar flojera oírnos, y no lo culpo.
Espero que podamos ser diligentes en buscar las cosas verdaderamente hermosas que la vida puede ofrecernos, y que todos los días podamos agradecer al Señor sus dones mediante una canción de amor en compañía de nuestras familias.

domingo, febrero 04, 2007

¿Por qué elegí la bici como medio de transporte?

You know what´s wrong with this town? Too many bikes!
(Bill Otersen)
1.- Por mí

Creo que mi relación con las bicicletas es más importante y estrecha de lo que yo pensaba. Andar en bici me da no solamente movilidad, sino también una intensa sensación de libertad y de poder. Me gusta mucho hacerlo; no por competir ni nada de eso, sino por el simple placer de pasear; lo haría durante muchas horas si eso fuese físicamente posible. Quizá lo sea algún día.

2.- Por mi salud

Cuando era un jovencito hacía mucho ejercicio. Nadaba, andaba en la bicicleta (una vieja Windsor) y corría. Tenía buena salud y podía caminar durante todo el día sin cansarme. Después adquirí muchos malos hábitos: comencé a comer y a beber en exceso y dejé de ejercitarme de manera regular. Paulatinamente subí de peso, y perdí la capacidad para correr sin lastimarme las pantorrillas y las rodillas. Hace poco comencé a tener problemas para respirar, para subir las escaleras y hasta para caminar largas distancias. Eso era el colmo, y decidí que algo debía de hacerse al respecto, aunque no tenía ni tiempo ni dinero disponibles para una rutina de ejercicio. Me sorprende haber tardado tanto en llegar a una solución tan obvia y excelente.

3.- Por mi familia

Creo que los beneficios físicos y emocionales del ejercicio, y la paciencia fruto del uso de un medio de transporte más lento que el automóvil, convertirán mi carácter amargo y ausente en una presencia más agradable dentro del hogar. Una compañía más cálida y amable para mis hijos y mi esposa. Por añadidura, el ritmo y constancia del pedaleo serán útiles después de que me haya bajado de la bici y haya entrado a mi recámara.

4.- Porque puedo

Si viviera en la ciudad de México sería imposible, a pesar de mis esfuerzos, usar la bici como medio rutinario de transporte sin arriesgar mi integridad física. Además, las distancias que se manejan en esa metrópoli y sus volúmenes de tráfico hacen inoperable en lo general un vehículo de pacífico y corto alcance. Morelia, en cambio, tiene remedio todavía en ese sentido, y creo que un coche menos en sus calles todavía implica una, si bien pequeña, diferencia.

5.- Por mi ciudad y el medio ambiente

La ceguera de los gobiernos de los países desarrollados en lo que se refiere al calentamiento global me hace pensar en que puedo aprovechar mis nuevos hábitos para manifestarme activamente en favor del uso de medios de transporte ecológicos. A pesar de que el uso del automóvil se relaciona poderosamente a los conceptos de superioridad, riqueza, poder y placer, tiene lógica todavía propagar el ideal contrario, que define al coche como un artefacto contaminante y que le quita, a quien lo usa hasta para ir a la tienda de la esquina, la voluntad de ejercitarse, minando su fuerza y su salud. La idea de una ciudad en la que la mayoría de la población use transporte no contaminante depende de la educación del individuo, pero también en buena medida del ejemplo de otros. Si esperamos a que los políticos o los medios de comunicación -los verdaderos educadores de la población- trabajen activamente con ese fin, entonces esperaremos eternamente.

6.- Por estilo

No se trata nada más de andar en bicicleta, sino de andar en la bicicleta correcta. Pienso que últimamente han estado diseñando bicicletas muy feas, y que lo ideal es regresar a los conceptos originales, los emanados de la necesidad y la utilidad, y dado que la moda "retro" es lo de hoy, deduzco que mi Eastman deluxe ha de llamar la atención en la calle lo mismo que un auto clásico. De hecho lo hace, y ello me llena de satisfacción. No puedo llegar a un centro comercial sin que varios transeúntes se arremolinen alrededor de la bici para admirar su copioso y antediluviano equipo, junto con sus toscos detalles, sobre todo ahora que la pinté (para tapar las horrendas calcomanías con las que me la vendieron) del reglamentario color negro mate, recuerdo del apoyo al esfuerzo bélico que prestó ese fiel modelo en los dos conflictos mayores del siglo pasado, y en muchos otros. Lo mejor: Mi gusto por vestir los pantalones muy por encima de la cintura, con tirantes y corbata, provoca que la gente comente por el camino: ¡mira, ahí viene una bici de hace 50 años... con un señor de hace 50 años manejándola!

¡Fibra, muchachos!

domingo, enero 28, 2007

Las puterías de Enero


Ya nos tomaron la medida. De veras que el mexicano en su conjunto es una masa perfectamente manejable en base a la sugestión televisiva, al grado de ser capaz de creer felizmente una mentira a pesar de tener alrededor las evidencias que la revelan como tal.Todo lo que el autonombrado presidente de México ha hecho en sus primeros días de supuesto gobierno (en realidad se trata de una mera gestión administrativa al servicio de los verdaderos poderes) hubiera bastado en un país medianamente consciente para provocar su caída o su desprestigio a los ojos de la población. Pero la realidad es que los administradores panistas han hecho bien en conservar a los habitantes de este país en una ignorancia operativa, en un nivel de precaria alfabetización nombrada descaradamente "educación", para así poder seguir robando y dejando robar a otros a sus anchas, como sus antecesores lo hicieron, explotando los recursos nacionales a niveles de infamia, autorizando casas de apuestas para arruinar todavía más a los incautos y solapando a los gobernadores delincuentes y a sus amigos pederastas -la escoria de la humanidad- sin que nadie, o demasiado pocos, se den cuenta de ello y hagan algo.No. En realidad han ido más lejos. Han reducido de forma criminal los de por sí ya escasos fondos destinados a la educación y a la cultura -enemigos mortales de su operación gangsteríl- sin cambiar una sola coma a instrumentos de saqueo como el IPAB y el TLC; diciéndonos con ello que su obligación es para con los banqueros -ladrones internacionales insaciables- y los intereses de nuestros poderosos vecinos. De hecho, los gobiernos azules no han hecho otra cosa que envilecer nuestra otrora respetable diplomacia, poniéndola a servir la mesa y lavar los platos sucios de Latinoamérica al gusto de uno de los gobiernos más corruptos e imperialistas de la historia estadounidense. Nadie lo ve. Nadie hace nada. De hecho, muchos de aquellos que todavía tienen material con el cual pensar y formarse un criterio, piensan que lo mejor que se puede hacer ahora es olvidar lo que ellos llaman "tensiones de la lucha electoral" para así, todos juntos y nuevamente hermanados, luchar bajo el liderazgo de nuestro querido presidente legal. Un hermoso pensamiento, sin duda; casi tan hermoso como aquél de hermanarse con el delincuente que nos acaba de robar nuestra cartera en lugar de mandarlo a la cárcel, dándole de buena voluntad aquello que debería quitarnos por la fuerza, si acaso. Abrazar al enemigo, prestarle nuestro abrigo y sentarlo a nuestra mesa para que se sirva lo que quiera de un menú que no le corresponde, y todavía que haga su guardadito para dárselo a su tío Sam. Así, le diremos que la próxima vez no lo dejaremos salirse con la suya, que somos buenos y por esta ocasión no le reclamaremos como se merece. Pero es la última vez. ¿Saben lo que pasó? Que ya nos tomaron la medida. Ya se dieron cuenta, como los priístas antes que ellos, que no importa el alboroto que causemos en tiempos electorales, una vez que nos informen quién es el nuevo Tlatoani por televisión, en la voz incontestable de todos los ruiseñores mediáticos, entonces, y solamente hasta entonces, se dará por buena la elección. Así es la cosa. El mexicano común no confía en su juicio, no esta seguro de su propio criterio. Por ello, bastará que dentro de 6 años se tiente de nuevo a los funcionarios de la oposición para que se corrompan -algo sencillo de hacer, para nuestro mal- y así poder captarlos en una bella producción fílmica. Con eso y con otras cosas se montará otra campaña de desprestigio que haga ver al opositor como un demonio nazi. El candidato a administrador elegido por los banqueros dirá algunas mentiras y echará algunas bravatas; hasta quizá copie de nuevo algunas promesas de su rival; hará alianzas con los elementos más lodosos de la política nacional y se las arreglará para junto con ellos inclinar fraudulentamente la balanza electoral a su favor. Hecho esto, todo será más fácil. Bastará con convencernos -siempre por televisión- de que lo que sucedió fue lo mejor para nosotros. Nos dirán que es tiempo de resanar heridas, y entonces, quitada ya la máscara de candidato, seguirá todo exactamente igual. Santa Paz porfiriana. Un pueblo atrasado e ignorante enriqueciendo a una minoría abusiva de empresarios inescrupulosos y banqueros ladrones. La obesidad insultante del secretario Carstens es un espejo fiel de esta vocación de rapacidad a la que el espurio obedece de manera servil. Inclusive la supuesta lucha contra el narco es una farsa, una pieza de vodevíl montada para distraer al vulgo con un imaginario teatro de guerra; una simulación de acción y de control inexistente en la realidad. La única mano dura que ha habido de parte del gobierno ha sido en contra de los asalariados y su capacidad para alimentarse.Todas las mentiras han quedado al descubierto, pero ya nos tomaron la medida, y nadie hace nada. Ni siquiera AMLO, el supuesto paladín de los pobres y los necesitados toma en serio su papel de presidente legítimo. Calderón no es mi presidente, pero fuera de él no se ve a nadie. El político que esperábamos iba a organizar el gobierno paralelo y la resistencia civil anda de gira. Posiblemente también él estaba actuando. También él era una farsa. ¡Ya nos tomaron la medida, carajo!

domingo, enero 21, 2007

Las ruedas sin edad

Cuando el autor de esta columna tenía unos 19 años, se fue a cumplir con una misión de carácter religioso en las ciudades de Querétaro, León y sus alrededores. Como misioneros, mi compañero y yo no teníamos automóvil, y tampoco teníamos mucho dinero para gastar en transporte público, siendo parte de nuestro trabajo estar constantemente en movimiento de una parte a otra de las ciudades, y aun entre la ciudad y los pueblos que la circundaban. Fue en esa ocasión que descubrí el placer insuperable de transportarme en bicicleta.Antes de la misión, la bicicleta era un juego, un pasatiempo, y la transición a considerarla un medio de transporte costó mucho dolor y sobresaltos, pues no podíamos detenernos para descansar, y el tráfico agresivo de las ciudades nos hacía sentir que todo el tiempo estábamos en peligro. Sin embargo no siempre fue así, y gracias a mi bicicleta pude disfrutar de momentos de belleza inolvidable que aun hoy en día permanecen en mi memoria como pruebas de que, a pesar de lo que a veces me dicta la voz insulsa de mi depresión, verdaderamente he vivido a plenitud.Por ejemplo, la ocasión en la que regresábamos de Purísima del Rincón, el pueblo del pintor Hermenegildo Bustos, y nos dirigíamos a nuestra casa en San Francisco del Rincón, un recorrido de unos 15 kilómetros que hacíamos mas o menos tres veces a la semana. Ese día nos sorprendió la lluvia en la carretera; un aguacero repentino y copioso que hubiese obligado a cualquiera a desmontar y buscar refugio en cualquier lugar, pero nosotros, sin necesidad de consultarlo, seguimos adelante, lentamente a causa del viento que teníamos en nuestra contra, permitiendo que el aguacero nos empapara como una gigantesca regadera. De repente tomamos una pendiente y aceleramos tanto que las gotas de agua nos golpeaban el rostro y el cuerpo con la fuerza del granizo; aceleré con todas mis fuerzas, casi al borde del desmayo, para luego dejarme ir con el impulso para disfrutar del viento que rugía a mi alrededor y de la sensación del agua vapuleando cada centímetro de mi cuerpo. Estaba sintiendo la plenitud de la libertad, de mi organismo en tensión, de mis pulmones plenos de aire, la velocidad, la dicha.Poco después descubrimos una pequeña vereda que salía de Purísima rumbo a Jesús del Monte. Era un camino sin pavimentar, perfectamente recto y flanqueado por arboles frondosos y frescos. Lo seguimos por una media hora, asombrados de que nadie, ni en automóvil ni a caballo, interrumpiera nuestro paseo. Finalmente se terminaron los arboles, y entonces entramos a un valle de belleza sin igual al pie de los montes. Silencioso, sembrado de trigo, rebosante de paz debajo de un cielo increíblemente azul.De inmediato lo adoptamos como lugar de recogimiento, y a menudo lo visitábamos para orar largamente. Para suplicar por nuestras almas a un creador que parecía estar más cerca de nosotros ahí que en cualquier otro lugar. Ese valle nos enriqueció como pocas experiencias de mi vida lo han hecho, y no lo hubiésemos descubierto nunca de no haber sido por nuestras benditas bicicletas, cuyo paso silencioso no interrumpió nuestras meditaciones al irnos de ahí por última vez.Hace una semana se me ocurrió que podría remediar mi falta de ejercicio (y mi exceso de peso) si cambiaba el caro y contaminante transporte público por una bicicleta. No tenía mucho dinero, pero me sentía locamente entusiasmado por la idea de revivir aquellas experiencias tan queridas por mi corazón. Sabía que era difícil, si no imposible, conseguir una bici como las que a mí siempre me han gustado, pero confiaba en poder hallar una usada en algún taller de reparaciones. No obstante, y gracias a la recomendación de uno de mis alumnos, fui el lunes pasado a ver si podía encontrar algo en "El Pedal de Oro", un lugar de mucha tradición en Morelia en lo que toca al ciclismo.En cuanto entré pude ver la gran cantidad de bicicletas modernas, de ruedas pequeñas, deportivas y de montaña que esperaba encontrar, pero que no me agradan o no me servían para lo que deseaba hacer. Aunque estaba desanimado, me tomé la molestia de explicarle al vendedor cuál era la bicicleta que quería, y mi sorpresa no tuvo límites cuando me dijo que tenían lo que yo buscaba, o algo mejor, y así fue, por mucho. El vendedor me señaló una esquina de la tienda, y ahí estaba la bici de mis sueños: una Eastman Tiger de fabricación hindú, copia exacta -tornillo por tornillo- de la Raleigh Deluxe 1914, la bicicleta oficial del ejército inglés, y de muchos otros en el mundo por casi todo el siglo. Estaba completamente equipada con luz frontal, cuarto trasero, reflejantes, base de estacionamiento, candado integrado a la rueda trasera, portabultos y su brillante campanilla original. Hasta estaba pintada del reglamentario color negro. El único problema: pesa como un yunque. Emocionado pregunté el precio, pues aunque estaba dispuesto a pagar lo que fuera por esa bici, nada más llevaba en la bolsa $1500 pesos, y no podría gastar un centavo más hasta la siguiente quincena. El vendedor dijo: "cuesta $1350", y yo: "¡Pues me la llevo!"Tardaron unos minutos en prepararla, y del centro la manejé hasta Ocolusen, en donde me esperaban para comer; un recorrido de unos diez kilómetros que me dejó exhausto y asustado por la pérdida de toda mi destreza y fuerza de tiempos de la misión. De ahí me fui nuevamente al centro, con una parada de descanso y rehidratación al tener a la vista Catedral, tropezando con las banquetas y poniendo pie a tierra de manera torpe casi a cada cruce de calle. En el Conservatorio descansé unas tres horas, y me llevé finalmente la bici a casa (unos 8 kilómetros) en un recorrido desafiante que aun ahora no entiendo como logré completar en el estado en el estado de agotamiento en el que me encontraba. Al llegar a casa dejé la bici estacionada en el patio; entré caminando lentamente, sin ingle, sin piernas, con la ropa empapada; entré al baño, me duché largamente, y al salir solamente tuve tiempo de ponerme la pijama antes de quedarme profundamente dormido, dolorido, pero increíblemente feliz.Ya sin tanto drama -aunque no sin peripecias- me llevé martes y miércoles la bici de ida y vuelta al Conservatorio. Estoy seguro que el entusiasmo me va a alcanzar para convertir a la bici en mi medio de transporte habitual, y ya para entonces tendré de vuelta mi antigua fuerza. Mi esperanza es que, sin que yo me dé cuenta, gracias al puro placer de biciclear (palabra de mi hijo Emilio), un día amanezca con mi antigua talla también.La pregunta es: ¿descubriré algo ahora?


domingo, enero 14, 2007

Los Tres Reyes Guarros



En diciembre de 2005 una amiga muy querida me preguntó cual sería mi petición si ella fuera Santa Claus. En respuesta a esa ingenua pregunta, mi mente torcida concibió una breve fábula que Doktor Faust encontró por accidente entre mis papeles hace un par de días. De inmediato el viejo maestro me sugirió que la publicara, pues le pareció divertida, y es por eso que lo hago, al tiempo que le envío un cariñoso saludo en dondequiera que se encuentre a la amable dama que la inspiró.

La promesa, la ilusión, el alegre despertar la mañana de navidad en busca de los esperados dones; el milagro feliz de las navidades que se torna desvarío de amor, pagana fiesta de los sentidos, embriaguez impía de la imaginacion sin freno bajo el influjo de la venus de rojo y blanco ataviada; la que -merced a una precipitación castálida- sobre carruaje de pegasos -no renos- navega el orbe para rebosar de anhelos el pecho de sus devotos.Del oriente lejano, de Lecumberri, de Neza y el Peñón de los Baños, vienen los magos. Los legendarios Reyes Guarros. Su misión es la de poner todo su conocimiento al servicio de las artes adivinatorias, para así regalar al mundo con sus esperadas predicciones, las cuales cada año dan forma al destino de los hijos de los hombres, tanto aquellos que cargan con el peso del poder y la fama, como del vecino, o el conocido. Vickyclaus también enuncia predicciones anuales, las cuales son aún más precisas, contundentes e insondables que las de los mismo Reyes Guarros, y sin embargo ahora ha decidido ofrecerles algo más: la oportunidad de hacer una petición, de solicitar un don.La sorpresa de los monarcas adivinos es enorme. ¿Cuál, entre todos sus deseos y anhelos, será el que soliciten a Vickyclaus?En su turbación, el más pequeño de los adivinos busca la soledad para meditar. Se encuentra caminando en una playa lejana, en la que las olas rompen con pausada dulzura. Nunca en su vida había visto un mar así, que hablara con fuerza y a la vez con nostálgia, con un deseo de conquista y victoria resonando en cada golpe de marea. A su alrededor le parece ver que danzan mujeres muy hermosas, en las que el Rey Guarro puede reconocer algunas de las doncellas que lo han amado, y luego lo olvidaron, haciéndole sentir una delicada ternura por lo primero, y vergüenza infinita por lo segundo, todo en el mismo momento de atroz lucidez que aquellos que sueñan despiertos tienen a veces, y de los cuales solamente queda la sensación de abismo al volver a la realidad. Cuando todo es confusión, aparece un rayo de luz en el horizonte, y sobre las aguas camina Vickyclaus, vestida con su toga doctoral, hermosa hasta la desesperación y en su mirada el brillo del deseo y la seducción. El pequeño Rey se deja caer a la arena, arrebatado por la apasionada visión, y pierde el conocimiento, o el recuerdo de sí mismo, al ver que Vickyclaus se detiene frente a él y se despoja de su toga, la cual se transforma, en sus últimos instantes de conciencia, en una cómoda y espaciosa tienda beduina.Al despertar, el Rey se encuentra todavía en la tienda, en una enorme y mullida cama cubierta de los más finos linos egipcios, con sábanas de seda natural de las montañas de Okinawa, y almohadas tejidas por las expertas manos de las hijas del Marahjá de Palmyra. Junto a él descubre con asombro, apenas asomando de entre las cobijas, el rostro durmiente de Vickyclaus, su delicioso hombro desnudo que cruza en un tenue movimiento la sonrisa de profunda satisfacción y saciedad que ilumina su boca, boca que es rosa de placer, y roja de tanto besar. El Rey guarro no siente deseo, sino ternura indescriptible, y descubre que también él se halla profundamente satisfecho, cansado, ahito de amor. Su miembro exhausto, desflemado y cubierto de las mieles de Venus le confirma que ha sido víctima de un poderoso encantamiento de Vickyclaus y, persuadido fácilmente a administrar una larga noche de pasión, ha sido despojado hasta del más mínimo recuerdo de la misma, su memoria ha sido demolida por el poder de su amante quien, sin piedad, ha reservado para sí la conciencia y el recuerdo de los placeres de toda la noche, y también sin duda el poder para devolverle al rey la oportunidad de vivir y recordar los instantes cumbres de su existir, claros e intensos como en su primer florecer.Ahora, el Rey Guarro sabe lo que ha de pedirle a Vickyclaus.

domingo, enero 07, 2007

Ensalada de Año Nuevo

Son varios los temas que me han llamado la atención durante la semana, una semana -por cierto- de nostalgia, descubrimiento, errores e ilusiones; de metas no cumplidas, de metas superadas y nuevas metas. Al no poder decidirme por ninguno de ellos le di a cada uno un poco de espacio en la entrega de hoy.

Io Canto

Por fin, después de no encontrarlo, de hallarlo disponible pero sin llevar dinero en la bolsa, y de esperar que llegara a Morelia, pude adquirir una copia (al hablar de discos es correcto usar esa palabra; es un error, en cambio, transliterar la voz inglesa "copy" para decir "copia" refiriéndose a un libro, pues cada libro es un ejemplar en sí mismo, o sea, un original. Lo anoto por tratarse de un error cada vez más común). Decía, pues, que por fin pude hacerme del último disco de Laura Pausini, intitulado Io Canto. Como todas las producciones de la Pausini se trata de un CD agradable, a momentos muy emocionante y, sobre todo, alimentado directamente por la historia personal de la intérprete aun cuando, por primera vez en su discografía, los temas que lo conforman no son originales, sino piezas grabadas con anterioridad por otros artistas; de los llamados "covers". Lo que mantiene al CD dentro del ámbito de lo personal es el criterio de selección usado para definir el contenido de sus 16 cortes. No se tomó en cuenta, o no de forma primordial por lo menos, la popularidad o el éxito de las canciones, sino su lugar dentro de la vida y el corazón de Laura. Eso me encanta de esa mujer, es una de las razones -aparte de su voz, su deliciosa intuición musical y su enorme talento- por las que la admiro y gozo tanto de su música, o sea, que le es materialmente imposible separar su vida de su arte, y es transparente en sus razones artísticas para cualquiera que conozca aunque sea un poco de su vida y su carrera.Ella misma lo menciona en el libreto que acompaña el disco: "...y aquí está la música que escucho en momentos muy tristes, así como en los especiales, las canciones que cantaba de jovencita en el piano bar, aquellas que me han enseñado, sobre todo, a emocionarme y amar la música, sin tomar en cuenta géneros o estilos". Es por eso, porque la mucha o poca fama de los temas fue irrelevante para su introducción en el proyecto, que prácticamente todo resulta nuevo para mí; además, no se nota que abarca un periodo de treinta años, desde los setentas al 2006; pues todos los arreglos, a caballo entre el pop, el rock y un lounge sofisticado, hacen que el conjunto suene sorprendentemente homogéneo. Con tanto puntos a favor, se perdona la paulatina americanización del otrora fiero estilo italiano de Laura Pausini; presente, si bien veladamente, en cortes como aquél que le da nombre al CD, pero lamentablemente bajo control o ausente en el resto, en un esfuerzo absurdo por agradar al mercado estadounidense, que prefiere lo inocuo y anodino de sus vanas figuras pop. El Gabinete de Doktor Faust felicita emocionado a Laura por este nuevo disco.

Software interesante

Una de mis metas de año nuevo es la de perfeccionar mi dominio de la lengua alemana. Es un asunto que me ha ocupado ya inauditos cuatro años de resultados desiguales. Hasta ahora, uno de mis problemas había sido la de encontrar un diccionario para mis lecturas que fuera a la vez completo y manejable; pero los diccionarios manejables eran insuficientes, y los más completos no podían llevarse a ninguna parte por su tamaño. Esa dificultad quedó solucionada con la adquisición -merced al apoyo de mi hermano Arturo, quien me prestó su tarjeta de crédito- del diccionario Ultralingua para Pocket PC. Ahora tengo un enorme diccionario que cabe en mi bolsillo (junto con mi agenda, cinco periódicos, cientos de libros, discos, revistas y otras muchas cosas, todas electrónicas). Basta escribir la voz en duda para que el programa encuentre la definición de inmediato, y si acaso la palabra fuera una conjugación, el programa encuentra el infinitivo del que procede. Sorprendente.Por otra parte, una de las razones por las que me resultaba difícil la organización de mi información genealógica, era que debía limitarme al lápiz y al papel. Con la última -5.2- versión del PAF (Personal Ancestry File) todo resulta sorprendentemente fácil y bien organizado. Hay espacio para todo; no hay límite para el número de nombres, o de ramificaciones, o de familias, las cuales, por cierto, pueden investigarse por separado y después "conectarse" usando cualquier familiar que tengan en común. Estoy lejos de dominar el programa, pero hasta el momento ha demostrado ser una poderosa herramienta en la organización de toda la información que hemos podido reunir sobre mis antepasados. El programa está a disposición del público en general en la página www.familysearch.org
Es lunes. Es momento de trabajar por nuestras metas.

¿Operación qué?

Para todos los que me han preguntado, preocupados, cómo nos va con las payasadas policiales del espurio, me complace informarles que aquí estamos como si nada. Para nuestra fortuna (y desgracia al mismo tiempo), la operación esa ha sido una vacilada tan inofensiva para nosotros como lo ha sido para el narco. Pueden estar tranquilos. ¡Les deseo una semana feliz!

domingo, diciembre 31, 2006

Oaxaca, mi abuelita y el año nuevo


Estoy sentado en mi casa de Oaxaca, mi tierra amada, que últimamente se ha visto tan castigada por la maldad, la estupidez y la rapacidad de una clase política corrupta como pocas en nuestra historia. Las cosas que he visto en las pocas horas que llevo aquí han bastado para despertar mi rabia asesina, pero al mismo tiempo entiendo que el arma en la que debo ejercitarme es la pluma, y con ella habremos de derribar -como un primer pequeño paso- a la mierda humana que ocupa el cargo que alguna vez fuera de Juárez, para luego comenzar a reconstruir nuestra hermosa ciudad. Enfrente de mí está sentada mi maravillosa abuelita Justina. Mi abuelita nació en los territorios de la hacienda de Monjas, en Miahuatlán, Oaxaca, en el año de 1915; el mismo en el que Porfirio Díaz murió en Francia, y me estremece pensar en la cantidad de cosas que han pasado por sus ojos. Visto de esa manera, la historia de mi patria como nación independiente podría traducirse en la vida de dos personas, con un faltante de apenas 20 años: Don Porfirio nació en 1830, precisamente un 15 de septiembre; y mi abuela, que nació cuando Don Porfirio todavía respiraba, si bien con trabajos ya, sigue viva y esperando el siguiente aniversario patrio. Cuando ella tenía la edad que yo tengo ahora era apenas el año de 1951. Mi abuelita, durante el sexenio de Miguel Alemán, vivía ya en Oaxaca con su segundo marido y construía poco a poco la casa que todavía nos da cobijo frente al panteón del Marquesado; una casa que ocupaba en principio un enorme terreno que poco a poco se fue perdiendo hasta solamente quedar una franja en la que caben todas nuestras vidas, varios cuartos en armonioso desorden y un bello jardín de arboles frutales. Hace apenas unos meses taparon la vieja letrina del fondo, detrás del primer cuarto, semilla original a partir de la que el resto de la casa creció. Una más de las paulatinas transformaciones que van destruyendo la historia o, mejor dicho, la producen y convierten en documento y legado al dejar de ser la realidad que conocimos.
Como decía, mi abuelita Justina llegó a Oaxaca más o menos cuando tenía 26 años, y ya para entonces era viuda de un honesto panadero llamado Austreberto Alcántara, mi abuelo; quien se murió al salir de los amasijos, con el cuerpo caliente, al frío de la madrugada, pescando una pulmonía fulminante. Mi tío Toño, hermano de mi mamá, había muerto ese mismo día de problemas estomacales sin que mi abuelo lo supiese todavía, y mi pobre abuelita tenía que dividir su tiempo entre la capilla ardiente de su hijo mayor y el lecho en el que su esposo agonizaba. Cuando le llevaron a mi mamá en brazos para que se despidiera, le dijeron a don Austreberto que no podían llevarle a su niño porque "estaba enfermo", pero mi abuelo contestó -sin saber, repito, que mi tío ya había muerto- "no importa, porque Toñito se va, y Rebeca se queda".Mi abuela era joven, muy guapa, y no tardó en casarse de nuevo con un agente de seguros llamado don Salustio, y cuando éste murió también (dejándole por lo menos la casa) se llevó a mi mamá a la ciudad de México y comenzó a trabajar como ayuda doméstica en algunas casas de las Lomas, rentando al mismo tiempo un departamento en la colonia del Valle. A esa circunstancia se debe que yo haya nacido, porque en la calle de Eugenia vivía mi papá, en la casa de mi abuelo el general. Mi mamá vivía en Providencia, y poco después ambos se conocieron en la peluquería de la esquina, que ya no existe, y en la que padecí mis primeros cortes de pelo.
Mi mamá era secretaria en los laboratorios Waltz y Abbat, que ya tampoco existen por supuesto; los primeros que produjeron y envasaron -en México y sin que ya nadie lo mencione- el Isodine. Tenía que cumplir con turnos larguísimos, y por eso mi abuelita nos cuido a ambos, mi hermano Arturo y yo, de tiempo completo. El lazo entre nosotros es, pues, muy semejante al que existe entre madre e hijo, y en la solución de todas mis emergencias prehistóricas se encuentra ella, muy estricta pero amorosa y ágil, y no falta quien sugiera que mi gusto por las canciones viejitas, por la historia y mi carácter agrio y taciturno se deben a el hecho de haber sido criado por mi abuela. Bien vale la pena, en ese caso.
Ahora, sin embargo, mi abuela (siempre digo en la mente la versión zapoteca de la palabra: Xagüela) ya no es ágil, ni mucho menos. Cuando llegué anoche a la vieja casa frente al panteón, y entré a su recámara, me asustó terriblemente la inaudita, insólita presencia de un bastón colgando de la piesera de su cama. "¿Mi abuela (símbolo de longevidad, fortaleza y resistencia) usa bastón ya?" Dije. "¡No lo puedo creer!" Y entonces escuché sus tres risas roncas, pues me escuchaba aparentando dormir. Una vez más me asuste, porque la vi mucho, mucho muy viejita, como una momia -apenas un poquito de carne pegada a los huesos- embalsamada en un festivo sarape rojo. La cabeza me dio vueltas y no recuperé la serenidad hasta hoy, cuando vagabundeó con nosotros toda la mañana sin cansarse y sin usar el bastón que tanto me inquietó sino de vez en cuando.
Debo irme. Debo prepararme para cruzar con mi abuelita el mismo lugar en el cosmos que todos cruzamos cada 31 de diciembre, o casi el mismo, si se toma en cuenta el desplazamiento del sol alrededor del corazón de la galaxia. Ella lo ha cruzado más de noventa veces, desde que Carranza era Primer Jefe y la guerra moderna desgarraba por primera vez a Europa. Hitler era un cabo cuya función era transmitir órdenes de trinchera en trinchera y Don Porfirio entregaba su estafeta decimonónica a un siglo que se terminó hace ya casi siete años. Un siglo del que me tocaron nada más los últimos treinta años. Debo aceptar la destrucción, el cambio -odio hacerlo, pero así debe de ser- aceptar la muerte de mi abuelita, la de mis padres y la mía propia como si ya hubieran sucedido, pues las miro acercarse sin cesar, y sin que pueda volver la vista hacia otra parte. Encima de eso, tengo que alegrarme en la cena de año nuevo y desear, como se acostumbra en estos casos, un año nuevo feliz a los lectores de El Gabinete de Doktor Faust. Deseando sinceramente que mis temores les demuestren lo absurdo que resulta preocuparse por cualquier cosa, y vivan así cada momento de sus vidas intensa y felizmente, cada minuto del año que comienza.

domingo, diciembre 24, 2006

Feliz Navidad a Nuestros Lectores


Del lado izquierdo de la máquina de escribir está la cerveza; del lado derecho la botana de queso, y muy cerca mi hijo Emilio juega creando historias que, aunque son indescifrables para mí, a él lo entretienen enormemente. En ese sentido se me parece, pues aunque yo tenía hermanos era mi costumbre jugar solo, moviendo los brazos y hablando en voz alta conmigo mismo de fantasías tan vívidas que a los demás les resultaban aterradoras, como si se tratara de casos de posesión diabólica.El spaghetti está listo, y en el horno se cocina lentamente el pollo a la naranja. Mi mujer y dos de mis hijos están en el super, haciendo compras de último minuto motivadas por el anuncio repentino de que cuatro misioneros van a cenar con nosotros.Los párrafos anteriores implican muchas cosas que suceden y que escribo por primera vez, todas ellas muy importantes en el marco de mi historia personal. La primera de ellas es la frase "compras de último minuto". Como todos saben bien, la víspera de Navidad es cuando la mayoría de las personas se prepara para la cena, para dar regalos y todo eso. No es necesario que lo recuerde. Lo relevante del asunto es que, por primera vez desde 1994 , puedo hablar de "compras" durante la Navidad, pues hasta ahora todas nuestras celebraciones decembrinas habían estado ensombrecidas por la escasez. También es la primera vez que como familia celebramos la Navidad en nuestra casa, pues siempre habíamos sido invitados en casa de algún familiar, y aunque es algo muy agradable la mayoría de las veces, siempre queda la ilusión de ser uno mismo el anfitrión. Afortunadamente, los misioneros no tienen un lugar en el cual cenar y pasar la Navidad, y por ello tendrán su lugar en la historia de la familia al ser nuestros primeros invitados a una cena de navidad en el hogar de los Santoyo.No obstante, quizá lo más importante sea que por fin, después de contemplar distorsiones sin fin del significado de la navidad a nuestro alrededor, vamos a poder imprimirle a la celebración un sello personal, basado exclusivamente en el nacimiento de Jesucristo, dejando a un lado cualquier otra intención. Recuerdo una penosa Navidad en el restaurante en el que trabajaba hace algunos años, y en el que tenía que tocar aun en la nochebuena, en el que los miles de invitados "celebraron" la Navidad con una borrachera, con silbatos, gorros, serpentinas, globos y matracas, vistiendo ropas costosas y haciéndose mutuamente ostentosos regalos; bailando como si se tratara de un quince de septiembre o un año nuevo. Creo que desde entonces, cada Navidad, lucho en contra de ese recuerdo que me hizo sentir avergonzado.Ahora, la vida me ha regalado la oportunidad de pasar la Navidad en casa, sin que nada nos falte y sin que tenga que tocar el piano para gente que no me escucha en la nochebuena. Con regalos honestos debajo del arbolito. Es por eso que me confieso humildemente agradecido, y ruego al cielo que todos los lectores de El Gabinete de Doktor Faust gocen de una hermosa Navidad, al lado de personas amadas, con salud y llenos del espíritu de Cristo, cuyo corazón nos abraza a todos por igual, tanto creyentes como no creyentes.
Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.