domingo, octubre 29, 2006

El trompo roto


Hace unos meses iba caminando de la casa al pequeño centro comercial del pueblo, y al pasar la mitad de nuestra larga cuadra me encontré con una camioneta de la policía del municipio estacionada. En ella estaba sentado un hombre, custodiado por un par de agentes y lloriqueando de manera harto convincente. Estaba evidentemente ebrio, y le rogaba a su esposa que impidiera su arresto y que le permitiera quedarse. Era claro que la policía estaba ahí debido a una denuncia de su mujer, la cual -visiblemente enternecida, pero sin intenciones de ceder- le repetía que no tenía caso; que él nunca iba a cambiar, que era la última vez que la golpeaba, y que era mejor así. Su hijo, de unos siete años, observaba desde la puerta de la casa. Mientras me alejaba, se llevaron al hombre, y me olvide de un asunto que me hizo sentir momentáneamente enfermo, como todo lo que tenga que ver con golpear mujeres enfrente de sus hijos, algo que pasa demasiado a menudo para mi gusto en nuestra sociedad, y que de hecho no debería pasar nunca. Lo que más me asqueaba al seguir mi camino hacia la tienda era recordar el lloriqueo del malnacido. Podía incluso imaginar, con dolorosa e indignante claridad, la idea que aquellas personas tienen de sí mismas: hombres incomprendidos; que sufren de violentas pasiones y que por lo tanto no son responsables de los que les pasa. Su violencia es producto del castigo de la sociedad y de sus familias, que siempre han sido injustas con ellos. Su esposa es también injusta, pues no comprende su tristeza y su frustración; pues cuando el pobre hombre finalmente explota bajo toda esa presión lo trata como a un extraño y lo entrega a las autoridades quienes, mucho más comprensivas, lo liberan casi de inmediato.
Tan concentrado estaba interpretando la actitud de los cobardes, que olvidé pensar en los inocentes, y seguí con mi vida sin hacerlo.

Apenas el viernes pasado llegué a la casa después de una semana llena de confusión, en la que los momentos de anhelo y esperanza por la cercanía de un nuevo y mejor destino para mis esfuerzos, se intercalaron violentamente con múltiples derrotas, las cuales no por aparentes (toda derrota es momentánea, dice Milucz Furbacz) fueron menos terribles. Estaba extenuado físicamente, y en lo emocional había recibido una verdadera paliza sin el derecho a tirar la toalla y declararme vencido. Para colmo, en la mañana me di cuenta de que mi esposa se había llevado mis llaves, y aunque le llamé varias veces y le dejé recado en su celular no me contestó nunca. El colmo fue que al medio día se fue y cerró con llave, a sabiendas de que iba a regresar tarde y yo no tenía manera de entrar.
Ahí estaba yo, pues; cansado, sudoroso y deseoso de entrar a mi casa a descansar sin poder hacerlo. La luz del sol se iba escondiendo poco a poco detrás de los montes, y al mismo tiempo legiones de moscos hambrientos comenzaron a volar a mi alrededor en busca de alimento.
Poco a poco sentí cómo el rencor y el desprecio en contra de mi esposa iba en aumento dentro de mi corazón. Pensaba que ella había sido muy inconsciente en cerrar la puerta con llave sin importarle que yo me quedara afuera, sin contestar mis llamadas o por lo menos dejarme un mensaje para que yo supiera la hora de su regreso. En un intento por liberarme de la plaga de los mosquitos me fui a una tienda y compré un refresco, tomándomelo despacio mientras miraba en la televisión una de esas espantosas y vulgares telecomedias que están de moda, y que demuestran que la cultura y la inteligencia del mexicano se encuentra sujeta a un estricto control que la mantiene en cero. La inteligencia y la conciencia, me dije, cuando regresé a la casa que seguía vacía. Me decidí entonces a decirle a mi esposa lo que pensaba de ella en cuanto llegara, sin importar que mis hijos anduvieran por ahí, con lo cual quizá les daría una buena lección en cuanto al respeto y la consideración que deben a los demás miembros de la familia. Encima de la situación, de por sí deprimente, de tener que vivir sólo con lo más esencial después de todo el trabajo duro que se ha hecho; ahora debo de soportar a los mosquitos, al frío y la pena de que todo el vecindario se entere de que me dejaron afuera, como a vil borrachito. Me iba a encargar, sin duda y esa misma noche, de descargar toda mi frustración en la persona adecuada.
Justo en ese instante apareció a mi lado, acercándose lentamente, un niño.
No lo reconocí de inmediato, hallándonos ambos en la penumbra; pero luego de unos segundos reconocí al hijo que aquél hombre al que la patrulla se había llevado semanas atrás. Con paso titubeante se puso a mi lado y, alargando la mano, me ofreció un trompo roto, a todas luces usado de una a mil veces por su dueño.
"Mire, ¡Cómpreselo a sus hijos!: Nuevo le cuesta veinte pesos, pero yo se lo dejo a diez".
Estudié el rostro del pequeño vendedor. No tenía más de siete años, y sin embargo en sus ojos estaba la luz de la adelantada madurez que brilla en los niños muy listos, o en los que han sufrido mucho.
"A ver", dije; y examiné el juguete con recelo, advirtiendo de inmediato las muchas raspaduras y el pedazo que le faltaba. El niño casi me lo arrebató.
"Se lo pruebo. Mire: se pone aquí, se le da la vuelta y se suelta. Solito baila. Es muy divertido".
"Está bien", le contesté, casi molesto. "Pero será otro día". Seguramente el niño se había encontrado ese juguete tirado en la basura, y ahora me lo quería vender. A mi negativa, el vendedor se entristeció visiblemente, algo que sucede a menudo cuando se considera cerrada una venta y de repente todo se cae por los suelos a causa de una duda del cliente.
"Es que..." dijo, vacilante, "es que necesito el dinero ahorita..."
Eso me llamó la atención. Una cosa es querer el dinero, y otra necesitarlo. Si no lo sabré yo, que en mi propia infancia decir "quiero" o "necesito" era la pura diferencia entre quizá obtener y no obtener de plano.
"¿Lo necesitas?" Pregunté, genuinamente intrigado ahora. "¿Para qué?"
El niño entonces sí que dudó deveras. Se quedó callado, y lo vi deseoso de dejar todo por la paz y largarse a otra parte. No obstante algo en mi persona lo detuvo; quizá la idea de que yo mismo tenía hijos casi de su edad; no sé. El caso es que me miró a los ojos por primera vez durante la charla y dijo en voz baja:
"Es que no tenemos nada que comer".
Me sentí, por supuesto, instantáneamente avergonzado. No solamente por el hecho de que en un principio pensé que me quería estafar, sin darme cuenta de que estaba haciendo el sacrificio de sus propios juguetes; sino también por el rencor vivo que estaba guardando en mi corazón podrido para la hora en la que mi esposa llegara. Rencor que se desvaneció repentinamente, como los ladrones que temen ser atrapados con las manos en la masa.
Me llevé de inmediato las manos a los bolsillos, y saqué una moneda de a diez. La pena no me hizo por obra de encantamiento un hombre lo que se dice caritativo, así que no saqué más que eso; y se lo di al niño que se alejó gozoso de haber hecho la venta. Sin saberlo, el pequeño inocente me había salvado, esa noche solamente quizá, de dejar yo mismo sin padre -el padre que conocen y aman- a mis propios hijos.

domingo, octubre 22, 2006

Las vidas lejanas

Bueno. Yo soy el que escrivo lo de hoy. No es que pase nada malo con el lisenciado porque unque a el no le gusta que le digan lisenciado yo soy bienasido manque lo que digan otras personas que no me quieren. Son pocos, los que no me quieren y que resollan toavia pero es que asies la vida asta que se acaba.
Y esquel lisenciado esta de malas porque la cosesa quiusa para escrebir y que parese una maquina describir quese dobla puesesa ya se fuea la mierda y no sirbe.
Yo soy Jorge Cuerbo, quel lisenciado nombra Perberso Gueorg a quemi lisenciado tan mamón y no save por que ya no sirbe, y le digo agasea un lado que muy difisil no a deser que los jugetes son comolos ojetes malnasidos, que nomas a madrasos entienden y mireque ya sirvio peroa medias no escriben todas las letras peroa si son los ojetes tanbien, que despues deuna madrisa tanpoco sirben vien o de planono sirben denada.
Como el tacsista deoy en Balle de Vrabo, quese puso de pallaso con el lisenciado y que lo bajodel taqcsi y asta mamita me dijo pero ya no pudo manejarel tacsi despues. Y pueblo sesos tan bonitos queasta gusto dan, que una guera se sube en Siudad Idalgo y le digoal lisenciado aguadomi lic quesa guera esta bien muerta yel que dice pueque porque nopagó pasaje. Le digo no, lisenciado yose destas cosas, mire que alo mejor nos quiere decir algo y nosotros aquide vavosos. Pobres muertos digo yo todos palidos y caminando despasito muchos dellos como dise don Juan el de Comala ni cuenta sean dado de que yano viben. Peroesta si porque nos sonrio cuando se suvio y estava vien chula peroel alludante del chofer ni cuenda se dio cuandose suvio yeso que sela paso molestandoa otra povre gorda dea tras. Toda bestida de negro, como cuando laen terraron que mujeres tan ricas nose deverian morir.

Hasta aquí las ideas del Perverso Georg tal y como él mismo las escribió ayer durante el viaje de regreso de Valle de Bravo. La herramienta a la que se refiere es, por supuesto, el teclado infrarrojo de la palm, que ha estado fallando en los últimos días, y que ayer simplemente dejó de funcionar. Es un aparato imprescindible si es una persona que carece de lugar de trabajo como tal, y que anda de un lado a otro por las necesidades del oficio; alguien como yo, cuyo tiempo para escribir se reduce a unos cuantos minutos repartidos a lo largo del día en patios, jardines, salones de clase y bibliotecas, en el mejor de los casos.
No obstante, he tenido oportunidad de hablar, así sea brevemente, de los poderes de persuasión del Perverso Georg, no solamente con los vivos, sino hasta con los que ya no viven y ahora, para mi absoluta incredulidad, con las cosas inanimadas. Bastaron unos cuantos minutos a solas con Georg para el que teclado recuperara su antigua elocuencia; para que, a la manera de los prisioneros fuertemente interrogados, comenzara de un momento a otro a derramar palabras como cerveza espumosa se derrama de una botella recién agitada. Sin gemido, sin llanto, solamente una pronta obediencia a los enormes dedos del sicario en los momentos en los que, justo frente a mis ojos, escribió el texto que inicia la presente entrega, y que decidí dejar tal y como estaba, con todo y sus coloridas faltas de ortografía.
La jovencita que menciona Georg es, efectivamente, una pelirroja de tez blanquísima y marcadas ojeras que abordó el autobús de segunda clase en el que viajábamos, a nuestro paso por ciudad Hidalgo. En realidad, aunque el autobús era de segunda parecía de tercera, y aquello acentuaba el contraste entre la bella muchacha, su elegante vestido negro, y el entorno en el que suavemente y en silencio se movía.
Todo comenzó en el hermoso poblado de Valle de Bravo, al que fuimos como invitados a una boda. En ella noté otra cosa extraña y es que, a pesar de haber asistido a más bodas en mi vida -en mi carácter de músico, por supuesto- que semillas hay en un costal, nunca antes había visto una a la que asistieran tantas mujeres y tan hermosas todas. Adonde quiera que se mirara, aparecían ojos, cuerpos, bocas plenas de gracia y tentación. Se lo hice ver a Georg, pero él no hizo por mirar mujeres a pesar de que ellas no le quitaban la vista de encima. Solamente dijo: a quemi lisenciado, a deandar vien urjido.
En lugar de regresar a Morelia por la vía de Toluca, ocupada como está la Terminal por los ambulantes desalojados por el gobierno (¿los desalojará de nuevo?) tomamos el camino de las montañas, por el solitario monumento a Miguel Alemán cercano a Villa de Allende, luego Zitácuaro y Ciudad Hidalgo. Tomamos taxis colectivos, que recorren la montaña como si de calles se tratara, y un ruinoso autobús que nos regaló uno de los más hermosos paseos que recuerdo, pasando por parajes que la autopista hizo remotos y los ranchos olvidados que todavía rodean a los pueblos fantasmas enmedio de los bosques.
Desde que salimos de Zitácuaro, el ayudante del chofer se puso a cortejar a una exuberante pasajera, muy maquillada, que usaba ese vestido corriente que a duras penas ocultaba, resaltando más bien, sus múltiples lonjas. Algo vio ese ayudante que yo -urgido como según Georg estaba- no pude ni quise ver. Ambos se fueron al fondo del camión, y no volvimos a ocuparnos de ellos hasta Hidalgo, y es que me sorprendió que nadie le hiciera caso a la bellísima y sobriamente ataviada pelirroja. Ni siquiera el zafio casanova.
La mujer se sentó en la misma fila que nosotros, del otro lado del autobús. Después de sentarse no se movió. No dijo palabra; no leyó, ni tejió, ni hizo absolutamente nada por que las tres horas de camino pasaran más rápido. Solamente contemplaba el paisaje que pasaba por la ventanilla con un gesto serio, sin sonreír más, ni una sola vez; pero tampoco triste. Sin decir nada, me pregunté si mi poderoso guardaespaldas tendría razón.
Se bajó a la entrada de Morelia, junto con otros pasajeros que pidieron la parada en el crucero de Charo, alejándose como si sus pies no tocaran el suelo. De repente se volvió, nos vio, y se inclinó casi imperceptiblemente a manera de despedida. Recordé entonces las palabras que Doktor Faust me dijo al compartir conmigo su poder para convocar a las almas descarnadas: "podrás verlos, escucharlos; a veces sin quererlo. Te verán y escucharán si tú lo quieres, también; pero nada más debes tomar sus historias y alejarte. No vayas con ellos a ninguna parte." En este caso, no obstante, solamente pensar en esa vida lejana provocó en mi alma una ventisca helada, y volví mis ojos al libro que estaba tratando de leer sin conseguirlo desde las remotas veredas de las montañas.

domingo, octubre 15, 2006

De Huandacareo a San Ángel


Escribo a unos cuantos pasos de una bonita y azul alberca en el balneario de Agua Caliente, en Huandacareo, un pueblo en las cercanías del lago de Cuitzeo. Se trata de un lugar que conocí a los pocos meses de vivir en Michoacán, y que he llegado a querer, merced al suave descanso que sus aguas dan a mi corazón. No es el hallarme aquí, sin embargo, la única razón para sentirme contento. He disfrutado ayer y hoy de la visita de mi hermano Arturo, que vino desde México junto con su esposa y su hijo Julián, aceptando mi modesta hospitalidad a pesar de haber podido quedarse a dormir en un lugar mucho más cómodo y espacioso que mi pobre casita de cascarón. Estoy muy agradecido por ello, pues aunque visito a mi hermano cada vez que voy a la Ciudad de México, son pocas las veces en las que realmente tenemos tiempo de conversar sin presiones, o simplemente quedarnos en silencio, sentados uno junto al otro, mientras contemplamos a nuestros hijos que se divierten en los chapoteaderos. A nosotros nos toca también acompañarlos en la medida en la que nos lo permiten nuestras fuerzas disminuidas por la edad y la vida sedentaria: subimos a los toboganes y nos arrojamos a la alberca, levantamos -para nuestro embarazo- una cantidad indigna de agua, la cual forma una ola que está a punto de ahogar a los más pequeños, y tal cosa me hace sentir realmente pesado y sobredimensionado. El gran motivo de celebración es que Arturo y yo no estamos en guerra. No siempre fue así. Durante mucho tiempo estuvimos alejados, despreciando la forma de vida del otro, incapaces de tolerar las muchas diferencias que ahora nos han unido de nuevo, casi sin que nos demos cuenta. En ese sentido hemos sido como cualquier pareja de hermanos, contando siempre con el cariño incondicional de nuestra hermanita Adriana, quien vive en Oaxaca, y con la que es muy difícil tener cualquier problema.
Es impresionante lo azul que puede verse el cielo por estos lugares. Hasta las brasas que mueren lentamente en el asador tienen un color y un olor especial y poco común, como si el aire de pureza perfecta intensificara todas las sensaciones.
De cualquier modo, es una paz y un gozo de corta duración. Así lo entiende también el Prof. Thinmar, quien aceptó venir de último momento y mientras escribo disfruta de los chorros de agua pura y tibia que azotan su espalda ya encorvada, cansada por años de trabajo y vida. Cierra los ojos, sonríe; se deja llevar por esas como manos gigantes que le aplican un masaje intenso; reparador. Está muy quemado de la espalda debido al sol, y de la barriga, porque pasó demasiado tiempo cerca del fogón, avivando la flama y cuidando la carne asada, el chorizo, las cebollitas y las quesadillas. El muy sonso no se puso ni siquiera una camiseta, y se cocinó el ombligo marinándoselo continuamente con la cerveza que a cada trago le chorreaba por la barbilla y luego por el pecho. El agua le gusta mucho a Thinmar, aunque admite que no es su elemento natural. Prefiere vivir tierra adentro, pero comparte conmigo la asociación del mar con el amor y la nostalgia. Durante el camino de regreso, me sorprende darme cuenta de que hay muchas cosas de su vida que ignoro, pues al dormirse los niños casi de inmediato, rendidos de cansancio, nos regaló con algunos recuerdos para hacer menos pesado el sopor de la tarde.
El Prof. Thinmar es el primer republicano en cuatro generaciones de algodoneros demócratas del sur de Alabama. También fue el primero de su familia en terminar sus estudios, y el primero en casarse con una mujer nacida y criada a norte de las Carolinas: Sophie Marsh, a quien conoció cuando estudiaba leyes en Philadelphia y uno de sus compañeros (el mismo que lo sacaría años después de la cárcel como senador por Massachusetts) se lo llevó a caminar por los muelles en una noche en la que la luna iluminaba tanto que se podía leer tranquilamente y sin esforzarse bajo su resplandor.
Thinmar no estaba sin quehacer, y la preocupación por regresar a su dormitorio y seguir trabajando le impedía disfrutar del paseo. No obstante todo cambió cuando, un poco más adelante, se encontraron con una jovencita que lloraba de pie, cerca de un viejo café. Así fue como el prof. conoció a Sophie. Al verlo, ella dejó de llorar de inmediato, convencida de que ya no había razón para ello, y como Thinmar por pura decencia evitó preguntarle la razón de su tristeza, tal cosa permaneció como uno de los grandes secretos en el matrimonio del abogado sureño. En los años siguientes, los Thinmar acostumbraban celebrar su aniversario en el café frente al cual se habían conocido, y en ninguna de esas ocasiones el profesor hizo la aparentemente inofensiva pregunta: y a propósito, darling, ¿por qué llorabas aquella noche? La luna hizo que tus lágrimas fueran como diamantes sobre satín delicado. Pero siempre acababa pensando -nos explicó el profesor cuando ya el Audi de mi hermano se estacionaba frente a la casa en Tarímbaro- que la pregunta no valía la pena, pues posiblemente era mejor ignorar ciertas cosas. Sophie Marsh, que en paz descanse, pensaba lo mismo seguramente, pues nunca mencionó el asunto. Se limitaba a decir lo que arriba escribí; o sea, que solamente ver a Thinmar frente a ella, con sus cejas tupidas y su mirada gris asomando de debajo del sombrero calado con elegancia, la convenció de que no había razón para seguir llorando.
En lo personal, pienso que no soy tan bueno como el Prof. para refrenar mi curiosidad y si acaso, aunque es poco probable, Mrs. Thinmar pasa por el gabinete, le haré sin duda la pregunta a la que su esposo nunca se atrevió. Algo importante puedo aprender de ello.

Hasta aquí lo escrito hace una semana, en Huandacareo. No lo publiqué entonces porque deseaba poner algo de poesía en El Gabinete, primero, y segundo porque no estaba muy seguro de querer comenzar a revelar el pasado de los asistentes a las reuniones, o por lo menos partes de su pasado. Hoy pienso que no hay razón para no hacerlo, y ahí está.
Unas palabras, abusando de su paciencia, sobre el día de hoy.
Estoy sentado exactamente en la misma mesa en la que, hace más o menos dos años, escribía las últimas palabras de mi novela Noria. Son las ocho de la mañana y hace unos minutos entré aquí, al Starbucks de San Àngel, para hacer un poco de tiempo antes de encontrarme con mi amigo Carlos Ramírez a las 9:30, para ir a tocar a San Gabriel de las Palmas (nombre digno de aparecer en una buena novela), en Morelos.
Ha sido una escala afortunada y reparadora. Salí de Morelia a las dos y media de la madrugada de hoy, y apenas pasadas las seis me puse a quitarme las lagañas en el casi decente baño de la espantosa terminal de Observatorio. Pensaba, con razón, que es la última vez que hago esto de tratar de pasar la noche en el ETN. Antes, me consolaba con la idea de no tener que hacerlo sino un par de veces a año, pero he cambiado de opinión y deseo nunca más tener que despertar y ver uno de los lugares más asquerosos del planeta en el acto de abrir los ojos a un nuevo día.
Ya pasó. Ya estoy en San Ángel, tomando un delicioso chocolate en la misma mesa en la que hace dos años, como ya dije, me acercaba al punto final de una historia sincera y amada. ¡Que su semana sea bella y productiva, queridos amigos!

domingo, octubre 08, 2006

Canción de las Esperanzas



Que compuso Juan Antonio Santoyo
para la señorita Mercedes Martínez.
México, 1996.




DEDICATORIA


Atado estoy a un destino; un misterio.
Y mi lucha es un clamor
De temores en silencio;
De hombres muertos
Y naufragios.
De almas rotas
Y pecados.

¿A donde he de ir con ello;
Tristes historias de un soñar despierto?
¿A donde ir que mi cauda de miseria
No obnubile mi radiante luz?
¿A donde llegaré; radiante y pleno?

¿No he nacido acaso de los huesos
De mis padres muertos?
Y los sudarios que sus yertos cuerpos cubrieron
¿Serán cantos que anhelan vivir más?

Y vivo absorto en la alborada de mis tiempos.
Pero acaso con temor
De dejar morir al miedo,
La nostalgia,
Y sus lunas
En mi cuerpo.

Pero; ven aquí,
Mujer que te gozas en las flores.
Espera un momento
Y no te vayas; sólo escucha
Las palabras que cantando entrego
Suplicando
Si pudiese dedicarte el sueño
Que escondido mora, y en silencio
Amarte tanto,Olvidando acaso que soy verbo
De mi propio canto.

Ven aquí
Mujer que eres playa tranquila,
Flor de vida.
Ven aquí. ¡Germina
El trigo que nos da sustento!
¡Vive Dios en un lugar secreto!
¡Y el candor que mi regalo anima,
Con agua oculta y con piedad olvida
A mi alma rota en su orfandad dormida!

Atado estoy a un destino, a un misterio.
Y mi lucha es un temor.
Y ha muerto.



I

He sido niño.
Y en un texto herido, de dolor enfermo
Me descubro amigo
Del que ayer, vencido,
Suplicaba un Dios para vengar desprecio.
Yo fui aquél.
Y un niño he buscado en mi memoria,
¡Espejo de luces recobrado! Al menos
Un momento, sin duda lo preciso,
Para hallar consuelo.
¡Pequeño niño!
¡Aún corres por las calles junto al viento!
Te busco y encuentro en esa historia
Que devora poco a poco a tus deseos.
No estás solo
Y tienes miedo,
Y despiertas en la noche sollozando,
Aterrado de haber visto, en sueños,
Tu figura sedente en un peñasco.
De pie un hombre contigo, y juntos
Ven pasar las nubes sin descanso.
Es un río, un mar de nubes; te preguntas
Cuando entonces morirás, para ignorarlo.
¡Pánico que ahoga tu alma joven!
¡Te vuelves, mas no puedes esconderte!
Y es que el hombre te ha hecho ver que, eternamente,
Sin que puedas dormitar o distraerte
Las nubes pasarán; se ha decretado.
Eres eterno.
Eres eterno, ¿lo comprendes?
No morirás, aunque estés muerto.
“¡Que no pasen las nubes de éste mar sin freno!”
“¡Que esconda mi mente de su atroz desvelo!”
“Es una frontera que alcanzar no puedo
Y llena de nada me da sus secretos.”
¡Pequeño niño!
Ahora temes a la muerte eterna.
Pues lo eterno te persigue;
No recuerdas
Que en los brazos de tu madre, que, intranquila,
Llenaba tu frente de ternura
Encontrabas la paz
La sencillez, y la inefable sensación
De estar dormido.
¡Pequeño niño!


II

Espero.
Y en la esperanza encuentro ya
Tu andar secreto.
Tu balancear de amor a la deriva.
El tierno roce de tu falda, altiva flor
Que bajo el sol suspira.
¡Tan blanca es tu sonrisa que me deja ciego!
Y quisiera creer, pero no puedo,
En un tiempo que llegue
Sin despedirse luego,
En un monte tranquilo,
En un carro de luz,
¡En un beso de amor
Para llevar al cielo!
¡Tan dulces son tus manos que besarlas quiero!
No será menos tu cuerpo, para besarlo entero.
Y encontrar en ello el perfil del cielo
Y la luna llena bañando tu pecho.
¡He sido robado del tranquilo valle
Donde tantas veces te soñé despierto!
Y vago intranquilo
Buscando sediento
El venero santo de tus aguas pleno.
Y así espero.
Y en la esperanza encuentro ya
Tu andar secreto
Y tu voz que canta
Todo el tiempo.


III


Me recuerdo de pie
En una plaza,
Donde el sol daba voces de alegría,
Donde globos, dulces, panes, nieves,
Frescas aguas y labios de sandía,
Precipitan en el tiempo
A todo aquello que mis padres,
Y hablo aquí de los padres
De mis padres y quizá sus padres;
Miahuatecos cuyo idioma no comprendo
Azorados y felices contemplaron cada día.
Por que la historia que renace aquí en mi vida,
Es un libro eterno de sagrados bordes,
No es un lento andar
Por caminos con desérticos lugares
Ni sus nubes, ni sus cielos sobre valles.
Pues camino sin descanso por las calles
De la ciudad levantada en piedra verde,
Y en mí siento vivir la esperanza vehemente;
Del que vivir espera
Nuevamente.


IV

¡Una canción de amor!
Adivino la marimba tras las flores,
Las maderas, los olores; vendedores
Con mil cosas que se acercan insolentes.
Yo soy el que juego con las notas en el aire
Y con gritos mis anhelos se confunden;
Con razón, aquí en mi tierra,
Los que el canto viven
No temen a los truenos por la noche;
Sus desvelos son de amor y son de vida,
Son de recios licores, negros moles
Y furiosas danzas en los montes.
¡Todo esto quisiera yo ofrecerte,
Para darte, tierna niña, regocijo!
Tanta vida, tanto amor, tanta alegría
Que un poema ya no puede contenerlo.
Quizá será también melancolía,
Pues las ollas bien conocen sus hervores,
Soy la tarde que en los cerros viejos pinta
Sus doradas caudas vivas y sus ocres.
¡Canción de amor que llegas a mi vida
Borrando el polvo gris de mis senderos!
El triste caminar de un misionero
Que sin valor renuncia y cruel depone
Sus sagrados deberes, y sus dones.
Mi voz es la voz del que renace
Bajo el peso de su propia sed de culpas
Y al caer, al saber ya la fe perdida
Se hace fuerte en sus baluartes,
Sus pendones.
¡Una canción de amor!
Yo la escucho sintiendo una caricia,
Acércate, mujer,
¿Por que me miras?
Tus ojos son los mismos
Que he visto en los niños,
Y tus hombros la nieve
De un volcán dormido,
Ven aquí,
Mujer que te gozas en las flores,
Ven y dame tus cantos,
Tus dolores,
Ven a hacerme feliz
Con tus amores.


V

Ésta es la canción de las esperanzas.


Porque atado me hallé
Y me siento libre.
Porque con mi cargar incesante
Vi un lugar de paz, y de dulzura.
Y se me ha dicho:
“Ve hasta él y busca bien el poseerlo,
Pues herencia es para ti un paraje de hermosura.”
Yo lo he visto con placer, embelesado,
(Pues comprendo el por qué de su existencia)
Es inmenso, es divino y es eterno,
Es un verde huerto henchido de ternura
Donde al centro se levanta una eminencia,
Es una tumba. Si;

Y sobre ella una roca, que la cubre;
Dando humilde un breve texto que sucumbe
bajo el peso de los años en silencio:

Atado estoy a un destino, un misterio;
Y mi lucha es un clamor
De temores en secreto;
De nostalgia
Por hombres muertos
Y naufragios.
De castigos,
Y pecados.


Esta es la canción de las esperanzas.
Sept. 1996.

viernes, septiembre 29, 2006

Número Equivocado

Por causas ajenas a El Gabinete de Doktor Faust, la entrega del lunes 2 de octubre se hace anticipadamente el día de hoy. Gracias por su comprensión.
Aquél miércoles de ceniza, el profesor Rodolfo Lerma despertó presa de una extraña zozobra. Se había soñado solo, bajo un cielo sin nubes, en una hermosa playa cuya extensión se perdía en el horizonte. Al parecer esperaba a alguien, pero el tiempo deshonesto de los sueños transcurría sin que nadie llegase a la cita: seguía solo frente al mar.

Lo que más le preocupaba era que en la tradición de la familia soñar con playas era siempre un presagio de largas ausencias. Su tía Irma, quien cantaba de contralto en un coro parroquial soñó que iba a la playa a nadar, y una semana después la contrataron para una sorpresiva gira por Europa de la que ya no regresó. Se quedó a vivir en Suiza como parte de una pequeña compañía de ópera de Basilea, y se olvidó de México mucho muy pronto. Algo parecido le pasó a su primo Blasco, quien decidió irse a buscar trabajo a Los Ángeles poco tiempo después de soñar que tomaba el sol frente al mar -sin sentir su brisa-, y murió de sed en un paraje cerca de la frontera, abandonado a su suerte por el pollero que lo había pasado al otro lado. Empero, la más extraña de las anécdotas se refería a su abuela materna -cantante también- llamada Lucía, quien soñó que se hundía poco a poco en las arenas blancas de una playa muy lejana, sin poder respirar por más que tratara de apartar la arena de su rostro. De ella se cuenta que despertó enferma de un género de asma tan extraño que ningún doctor pudo curarla, y murió apenas una semana después, maldiciendo la hora en que había tenido ese sueño absurdo.

A Clara, su esposa, le pareció muy extraño que Lerma se reportara enfermo al trabajo sin estarlo, por lo menos en apariencia. Cuando le preguntó si se sentía mal, o si quería que llamara al médico, él solamente contestó que había amanecido un poco cansado, y deseaba pasar a ver a su madre para llevarla, de ser posible, a tomar la ceniza a San Hipólito.

“He pensado mucho en ella desde el fin de semana” dijo, preparándose para salir.

En los días que siguieron, Clara se preguntó si acaso había presentido algo esa mañana. No obstante ella, que presumía de tener un sexto sentido especialmente desarrollado y que podía mirar a los ojos a perfectos desconocidos y adivinar su pensamiento, no encontró motivo de alerta en la inusual ruptura en la rutina de su marido, quien jamás faltaba a la facultad a no ser que estuviera tan enfermo como para no poder levantarse de la cama.

El profesor salió como a las diez y no llegó a comer, faltando a su costumbre de nuevo. Clara se sintió tentada a llamar a casa de su suegra para asegurarse de que Lerma había comido ahí, pero decidió no hacerlo por temor a interrumpir un momento de intimidad: su esposo visitaba poco a su madre, y cuando lo hacía era común que su conversación tocara lugares lejanos de la memoria, recuperando los años que Lerma no había vivido en el mundo reconstruidos por su madre, con devoción para con los hombres que ya no estaban presentes. Palabras importantes. Esas cosas que sólo se pueden hablar con una persona en el mundo; conversaciones que la muerte destruye para siempre.

Clara se sentó a leer en el sillón de su recamara y se quedó dormida. Cuando el teléfono la despertó era ya de noche, y recordaba perfectamente haber visto la hora en el reloj de la cómoda al ir a contestar. Eran las ocho. Volvió a sorprenderse una vez más, pues había dormido 4 horas y ella dormía poco o nada durante el día. Al otro lado de la línea escuchó la voz del profesor Rodolfo Lerma y lo notó nervioso y algo agitado, como si acabara de subir unos tres pisos por las escaleras. Decía sentirse confuso: estaba en una colonia desconocida y no podía encontrar el camino a casa. ¡Ni siquiera podía llegar a la calle en donde había dejado estacionado el coche!

Clara pensó que aquella voz era la de Lerma; de eso no había duda; pero lo que decía no tenía sentido en absoluto. Trató de calmarlo, le dijo que buscara algo que le ayudara a ubicarse, como un edificio, o el nombre de una calle; pero el profesor parecía demasiado turbado como para hacerlo, y esto -aun más que el mero hecho de que su esposo se hubiese perdido– angustió a Clara como nunca antes en su vida de casada. Iba a preguntarle si había estado con su madre, si la había llevado a misa y habían comido juntos, cuando de manera inesperada la comunicación se cortó.


En ocasiones, Dios se da el lujo de tomarnos en serio por un momento, y entonces nos regala esa vida dentro de la vida misma que recordaremos luego con infinita nostalgia. El teléfono sonó de nuevo una hora después. Clara esperaba que fuese el Prof. Lerma de nuevo, llamando para decir que había encontrado el camino de regreso y pronto estaría en casa. La voz –sin embargo- era la de su padre: tranquila, amorosa, inusual. Clara supo que algo andaba terriblemente mal cuando le dijo: “Clarita, hija; debo hablar contigo. ¿Has estado bien?”
“No mucho”, contestó sin tratar de disimular su alarma, “estoy preocupada; Rodolfo llamó hace un rato diciendo que estaba perdido en un lugar extraño, y que no hallaba el modo de regresar a la casa. Tengo miedo de que haya tenido un accidente y se haya golpeado en la cabeza, o algo así. Nunca le había pasado algo como eso… ¿Papa? ¿Estas ahí?”.

Del otro lado de la línea hubo un momento de silencio.

“Hija; tu marido tuvo un problema. Un problema de salud… algo grave. Parece que sufrió un ataque al corazón. Lo llevaron a un hospital y lo atendieron rápido…”

“¡Santo Dios! ¿En dónde está? ¿Cómo sigue? ¡Ay, papá! La manera en la que dices las cosas espanta a cualquiera…”

“¡Clara! No es todo…” y repitió más bajo “no es todo. A Rodolfo lo atendieron rápido, pero los médicos no pudieron hacer nada. Dicen que el ataque lo… pues... no sufrió; fue muy rápido; dicen que murió sin darse cuenta. Pero murió. Escucha: ahorita voy para allá. En este momento salgo rumbo a tu casa. Trata de serenarte y espérame ahí…”

Clara había dejado de escuchar. Ni siquiera sintió el impulso natural de hacerse repetir la mala noticia, quizás porque los augurios habían sido muy claros. Sentada sobre la cama empezó a desgranar un llanto paulatino que le supo bien, porque pensó que si podía seguir llorando así tardaría mucho más tiempo en volverse loca de dolor. Sobre la cama vio extendida la pijama de su esposo; limpia y lista para que el profesor se la pusiera al llegar a casa. Clara la tomó en sus manos con cuidado, casi con cariño; y la puso en el cajón de la cómoda que cerró de nuevo tratando de no hacer ruido.


Se mostró fuerte durante los funerales. Su alma, no obstante la aparente calma, era un lodazal. Como suele suceder en estos casos las palabras que más odiaba escuchar eran las que le repetían con más insistencia: todos parecían estar de acuerdo en que el profesor era muy joven para morir, que algo debió de haberse descuidado gravemente en su salud para que sucediera lo que sucedió; que ella aun estaba joven y que ella debería ser fuerte y rehacer su vida, pues eso era lo que el Prof. hubiera querido; y así una y otra vez. Oía todo sin escuchar y asentía con los ojos cerrados a los pésames de los muchos alumnos del profesor, casi todos perfectos desconocidos, hasta que su suegra se acercó a ella para decirle algo que la despertó de plano: “me hubiera gustado poder hablar por última vez con él.”

“¿Cómo?” Clara sintió frió bajo su ropa “al salir me dijo que iba a verla a Ud.”

“Sí. Pero no alcanzó a llegar; me fueron a llamar de la farmacia por que parece que ahí se sintió mal. Cuando pude verlo ya se había desmayado. La ambulancia no se tardó ni…

“¿Qué hora era?”

“¿Cómo?”

“¿Qué hora era cuando se lo llevaron?”

“Serian las once… te digo que iba llegando”

Clara palideció. Sintió que estaba apunto de desmayarse y solamente haciendo un esfuerzo tremendo por no perder el control de sí misma fue que logró disculparse con su suegra y sentarse en el sillón que estaba junto al ataúd.

Lloró de nuevo. Sintió una infinita pena por Rodolfo Lerma. La había llamado al anochecer, horas después de morir, y hasta ahora comprendía su voz desamparada, su extraña actitud de niño perdido, su desconcierto que era como si de repente se hubiera quedado ciego en medio del desierto. No se esforzó por hallar coincidencias entre el lugar que el profesor le había descrito y las ideas que sobre el sitio al que van los muertos le habían enseñado en la iglesia, pues eso no tenía importancia. Lo que más preocupaba era que Rodolfo pudiera estar sufriendo; que a pesar de estar muerto sintiera frió, dolor, hambre o miedo a no encontrar el camino de regreso. A nadie le dijo nada acerca de la llamada. Era su manera de mantener a salvo lo sagrado.


Ya en casa, después del entierro, su papá la acompañó un rato mientras tomaban café, y platicaban. No estaban cansados a pesar de la desvelada y hablaron del profesor; de su gusto por los libros y de su amor por su Clara, de su malogrado deseo de tener hijos y verlos crecer.

Mientras hablaban, sonó el teléfono.

Su padre contestó. “Es para ti, Clara” -no había reconocido la voz de Rodolfo Lerma.

Clara contestó. El profesor le dijo que seguía perdido; tenia la impresión de que debía tomar el tren; un tren que esperaba en la estación cercana, próximo a salir. No quería tomarlo: él quería ir a su casa.

Clara, enmedio del torrente de lágrimas invisibles que la rodeaba, tuvo un gesto de misericordia.

“Es número equivocado,” dijo, y colgó.


México, 1999-2003

domingo, septiembre 24, 2006

El teatro habla de sí mismo

He aprendido mucho durante los últimos meses, trabajando en la cercanía de Luis de Tavira en la preparación de una ópera en la que lamentablemente no voy a poder tocar, pues las funciones serán con orquesta. Eso no tiene la menor importancia. Se trata de una de esas ocasiones en las que la preparación de un espectáculo deja más emoción e intensidad en tu espíritu que todos los aplausos con los que el público desee recompensarlo. Uno de esos rarísimos casos en los que el trabajo no es tal, o mejor dicho, pierde todas las connotaciones negativas asociadas a esa palabra para convertirse en la verdadera expresión de la libertad, de los deseos más profundos del corazón; aquello que en la juventud nos hizo dedicar la vida entera al arte y no a otra cosa, y que hoy nos mantiene agradecidos por no haber seguido el camino trillado de lo convencional. Pocas cosas en la vida son dignas de atesorarse como los momentos que pasé caminando por los suaves pastos de la Quinta Eréndira, comiendo el fruto de un peral cercano, meditando sobre las voces, los movimientos, las palabras y los nuevos conocimientos; poseedor de nuevo de la curiosidad y el asombro.
Más que una ópera, el espectáculo en cuestión es una ficción teatral del mismo Luis de Tavira, basada en los cuatro números musicales y la excelsa, aunque desproporcionadamente grande obertura que Mozart escribió sobre textos de quien también sería libretista de "El Rapto en el Serrallo", Stephanie el joven, y que se conoce como Der Schauspieldirektor KV 486; traducida comúnmente al español como "El Empresario". En esta ocasión, sin embargo, el dramaturgo le da el título más apropiado de "El Director de Teatro", lo que ubica a la figura central de la historia mucho más cerca del aspecto creativo del arte escénico, si bien el personaje, a lo largo de la obra, se enfrenta lo mismo a problemas artísticos que financieros.
Las funciones de esta "Comedia con música" -como se le subtitula en la mayoría de las ediciones- se efectuarán los próximos días 28, 29, 30 de septiembre, y el primero de octubre de 2006, en el Teatro de las Artes, del Centro Nacional de las Artes de la Ciudad de México (consultar horarios en cartelera); y es el resultado de la intensa cooperación entre el Centro Dramático (CEDRAM) de Michoacán y el Conservatorio de las Rosas de Morelia, con el apoyo del CNA. Luis de Tavira es el director de escena, la Maestra Thusnelda Nieto Jara -asistida por su servidor- se encuentra a cargo de la dirección musical en su carácter de titular del Taller de Ópera del Conservatorio, y como concertador actuará el maestro Fernando Lozano.
La producción no se parece en nada a todo lo que anteriormente se ha presentado bajo el nombre de "El Empresario", si bien la dramaturgia de De Tavira se ciñe a los lineamientos de la comedia original. El hilo conductor de toda la obra es la pregunta que el protagonista se hace en un instante de derrota: "¿Hacemos teatro, o ya no?" Partiendo de ella para explorar las cada vez más asfixiantes limitaciones a las que se enfrentan los creadores que desean hacer verdadero arte y verdadero teatro. Los directivos -honestos unos, cínicos otros hasta la parodia- batallan para concertar un elenco en el que puedan ensamblarse los talentos y exigencias de los diversos actores, quienes invocan el espíritu de los héroes de las óperas mozartianas para hacerse oír por el director. El dilema se profundiza escena tras escena, mientras los enemigos y defensores del teatro (antagonistas que a veces conviven en una sola persona) desfilan ante nuestros ojos en toda su dramática y actual realidad.

*****

Lo más satisfactorio de haber sido parte de este proyecto fue ver a los alumnos del Taller de Ópera del Conservatorio de las Rosas crecer día con día en el plano actoral, guiados firmemente por el director de escena y sus talentosos asistentes. Es un espectáculo digno de verse en un país que produce maravillosos cantantes, los cuales no lucen en la escena por ser pésimos actores. Las instalaciones del CEDRAM -que ocupan la maravillosamente bella Quinta Eréndira, en Pátzcuaro, hogar en otros tiempos del Gral. Lázaro Cárdenas- se convirtió para estos esforzados estudiantes en un monasterio de arte escénico en el que, a lo largo de muchos meses, han recibido clases maestras de actuación de uno de los mejores directores del mundo, y han tenido la oportunidad de compartir el escenario con los actores profesionales del CEDRAM con el compromiso de ponerse a su altura, sin escatimar tiempo y esfuerzo.
Es el deseo de esta columna que todos puedan igualmente tomarse el tiempo y hacer el esfuerzo para asistir al CNA, y así contemplar al teatro escenificando su propia miseria, así como su propia redención de la mano de Mozart, su eterno enamorado, y bajo el influjo de su música, siempre elocuente al iluminar los verdaderos dramas de la vida.

domingo, septiembre 17, 2006

¿Por qué escribir?


Hoy me sucedió algo que es común para todos aquellos que alguna vez han tomado una pluma sin mediar para ello otra cosa que el simple deseo de hacerlo. Y lo que me pasó es que me quedé sentado y con la vista fija en la máquina de escribir durante más tiempo que el necesario para pensar en lo que deseaba que dijera El Gabinete. En realidad no estaba pensando en eso en absoluto, sino que me estaba preguntando, cansado y triste, por qué iba a sentarme de nuevo a trabajar en una columna que casi nadie lee, probablemente con razón.
No es que quiera ponerme a llorar aquí, mientras hablo de todas las formas en las que la vida que llevo me provoca sufrimiento, sino que deseo simplemente explicar el por qué me detuve hoy, frente a la máquina de escribir, antes de comenzar con el agradable trabajo del Gabinete, y me pregunté lo que ya dije. Pregunta retórica por necesidad, dada la penosa circunstancia de que, frente a ella, lo único que se me ocurrió fue comenzar a escribir algo, sin duda no lo primero ni lo mejor, sobre ella.
Desde que inauguré El Gabinete de Doktor Faust, tomé la decisión de que fuese una columna semanal con textos estrictamente originales, a diferencia de la mayoría de los murales electrónicos (blogs) que presentan citas de otros autores para compartir con ello una emoción, un descubrimiento entrañable o un buen momento de lectura; para hacer gala de erudición -lo cual no tiene nada de malo y me resulta edificante-; para efectuar una declaración, o fundamentar el camino que se ha tomado, y para muchas otras cosas.
La existencia del Gabinete obedece, en cambio, a dos razones únicamente.
La primera de ellas, es que yo no escribo por gusto, sino por una urgente necesidad de hacerlo. No están ustedes para saberlo, aunque creo que mis dos o tres lectores lo saben ya de todos modos, pero desde la infancia no he podido dejar de rayonear cuaderno tras cuaderno con las cosas que me pasaban todos los días, a falta de mejor materia, hasta que me atreví a poner en hojas de papel la vida de algunos personajes de cartón, personajes que por parecerse tanto a mí tuve que poner en un portafolios de cuero para no recordarlos nunca más.
Esa experiencia me demostró que -ésta es la razón segunda- no era suficiente escribir para aliviar mi profunda urgencia, sino que era indispensable hacerlo bien o, por lo menos, sentir que cada día lo hacía un poco mejor que el anterior. La única manera de aprender a escribir es escribiendo. Pero no de vez en cuando, sino de manera constante y buscando siempre hacer cosas más difíciles o, por decirlo de un modo más de acuerdo con el oficio, más literarias cada vez. El Gabinete es, pues, en esencia, un pretexto para sujetar a la disciplina una parte de mi taller literario personal que desde siempre ha tendido hacia el desorden.
No obstante, y después de algunas palabras, me encuentro aun sin avanzar en lo tocante a la pregunta inicial. ¿Por qué escribir? Para aprender a hacerlo. ¿Y para qué aprender? Para poder escribir. Y así, hasta el infinito. Es lo que sucede cuando la literatura es una urgencia irracional; una compulsión, más que un acto de razón, o una decisión.
En realidad, lo más difícil es dejar de escribir acerca de uno mismo para darse cuenta de que alrededor pasa una infinita cantidad de cosas sobre las que se podría escribir si uno supiera cómo hacerlo. Ahí es en donde comienza el verdadero desafío, si saben a lo que me refiero. Cada persona que pasa frente a mí, o que camina a mi alrededor o que veo a lo lejos, cada una de ellas es una historia diferente merecedora de una pluma que la cuente; y cada una de dichas historias, asimismo, tiene un grado de dificultad para el potencial narrador. Porque una vez que se mete uno en esto resulta evidente que unas vidas, convertidas en personajes, son más difíciles de llevar a la palabra que otras, y la mirada al mundo en busca de vidas que se entrecruzan para enseñarnos algo tiene como resultado una intimidante avalancha de fuerza, poder, felicidad, intensidad, ternura, gozo, miseria, locura, fantasía y dolor infinitamente superior a mis poderes apenas educados.
Por ejemplo: hoy por la mañana, cuando comía unos tacos placeros cuyos ingredientes (tortilla, chicharrón, queso, salsa y cilantro) tuve que recolectar por todas partes en un ambiente de patria resaca general, vi en las noticias locales un caso que traigo en la cabeza desde el momento en el que se dieron los detalles.
Dos primos, Julio y Mateo, ambos de unos diez y nueve, o veinte años, estaban ayer por la mañana jugando básquetbol, cerca de su casa en Indeco. De repente, como si de la nada, a Mateo se le ocurrió que podían hacer algo para conseguir algo de dinero rápido. La novia de Mateo está embarazada, y él, como no trabaja, no tiene Seguro Social ni mucho menos dinero para pagar el parto en un hospital privado. Julio, sin embargo, tiene una pistola de juguete con un aspecto lo suficientemente real como para convencer a una persona cualquiera de que es verdadera, y entonces deciden que con robar un coche y venderlo bastará para reunir lo que Mateo necesita. Será su primer y único crimen, del cual están seguros de salir airosos dado que no conocen a nadie que haya robado un coche y haya sido atrapado.
De inmediato, y sin planeación ninguna, ponen manos a la obra. Se apostan en un crucero de su propia colonia sin siquiera embozarse o disimular sus rostros, conocidos ahí por casi todos. Se acercan a un vehículo -no se menciona el modelo en la nota periodística- que se ha detenido en la luz roja, amagan al conductor con el arma de juguete y lo hacen bajar del coche, el cual abordan para salir intempestivamente, estando a punto de chocar a un par de metros con otro auto que pasa desprevenido por enfrente.
Nadie los sigue, y los dos primos están seguros de haber burlado la ley. Ahora, comienza la discusión de lo que han de hacer con el coche robado, y las cosas comienzan a salir mal, porque ambos se dan cuenta, incomprensiblemente tarde, de que no conocen a nadie que compre coches robados, y sin documentación no podrán venderlo en otra parte. Justo en ese momento pasan junto a una gasolinera en la que cargan combustible tres patrullas, las cuales acaban de recibir el reporte del robo y por pura mala suerte ven las placas del auto robado en el instante en el que sus cifras truenan en el altavoz del radio. Se inicia una persecución en la que los dos primos se ven muy mal parados, mitad por su inexperiencia en el manejo de emergencia, y mitad porque jamás pensaron que las cosas llegarían a ponerse de ese tamaño. No desean ni están en condiciones de enfrentarse con los representantes de la ley, y en ese momento de extrema alarma, Mateo descubre un callejón por el que pueden huir sin que sus perseguidores se den cuenta, dado que apenas se ve desde la calle por la que estos se acercan. De este modo, y sintiéndose salvados, los primos entran con el auto robado en el callejón que para su mala suerte resulta no ser tal, sino la angosta entrada trasera de un estacionamiento: el de la Procuraduría General de Justicia del estado de Michoacán. Ahí termina, por lo pronto, la corta carrera delictiva de los dos primos, la cual duró menos de un día, y tiene consecuencias graves. La primera de ellas: Mateo no solamente va a ser incapaz de pagar el parto de su novia y su hijo, sino que no los verá en mucho tiempo, y su primo lo acompañará, victima de momentáneo mal juicio, en su condena.
Para el escritor resulta imposible describir con fidelidad las emociones que se asoman al rostro de ambos -ahora- robacoches, al ser presentados ante las cámaras de los medios de comunicación, que son atraídos por este perfecto e inocente fiasco delictivo, que sucede en un estado en el que se pueden andar arrojando cabezas humanas impunemente y por doquier, por dar un parámetro.
Para el escritor es imposible comunicar de forma irrefutable la terrible paradoja que surge de la razón y la consecuencia de un robo o de muchos, ya sea de un auto, o de millones de pesos.
Para el escritor es imposible servirse de la palabra para absolver a los ladrones, pero es imposible también condenarlos con esa misma arma.
Lo único que resta al escritor es dar una imperfecta imagen de lo que él cree que sucedió, de lo que él cree que fueron sentimientos, hechos, palabras. Pero no puede ignorar el hecho de que para que la labor del que escribe se complete es necesario que alguien más lea, y piense, o crea una verdad sin adornos, sin intereses mundanos, sin ambiciones de poder y riqueza, y por alguna razón las tales acaban por ser las menos atractivas, y el acto de escribir queda eternamente incompleto. Si esto es así; entonces, ¿por qué escribir?

domingo, septiembre 10, 2006

La guerra lejana y la presidencia fabricada

El perverso Georg atrapó la atención de todos los que estábamos en el gabinete cuando por fin, después de mucha insistencia de nuestra parte, accedió a revelar algunas de sus estrategias para conquistar a las hermosas y brillantes mujeres con las que a menudo lo vemos acompañado. La nuestra es una curiosidad sincera. A primera vista, la siniestra catadura de Georg no inspiraría ni siquiera confianza en la mujer más endurecida por las inclemencias de un vivir desafortunado, ya no digamos un sentimiento de compasión o de alegría, o -menos aun- amor.
No obstante, siempre que Georg abandona la no menos ominosa compañía del padre Julián, lo hace para acudir a su cita con una de las seis novias que nosotros le conocemos. Todas ellas jovencitas muy guapas e inteligentes, que aparte parecieran disfrutar amablemente cada segundo que pasan con ese hombre de cuerpo macizo como la piedra y rostro cruzado por cicatrices que hablan de largos y violentos años en el mundo del crimen.
"Las mujeres" -dijo el perverso personaje- "no se sienten atraídas a mí por compasión, como muchos de ustedes creen. Eso podría ser si yo me sintiera triste o me avergonzara por lo que soy, pero no es así. Más bien resulta ser lo contrario, o sea, que pocas veces encuentran a personas con semejante seguridad en sí mismos, con una aceptación de sus defectos tan absoluta como la que yo tengo, aunque esté mal que yo lo diga, claro. Sobre todo, pienso, se trata simplemente de despertar su curiosidad, de infundirles el deseo de aprender más sobre uno, de develar una especie de misterio, un secreto; un poco como lo hago con ustedes, pues, ¿de qué otra manera podría encontrar aceptación entre personas tan diferentes a mí, sino poniendo frente a ustedes a este animal raro que de manera tan intensa despierta su interés? En fin. Otra cosa muy importante es cuidar el olor."
¿"El olor?" preguntó Milucz Furbazc, quien acababa de llegar poco antes y no acertaba a dilucidar el tema de la conversación.
"Así es, mis amigos; el olor. Los hombres olemos mal por naturaleza, y eso no es necesariamente malo, por lo menos no en todos los casos. Entre los olores malos van los olores del amor escondidos, y si uno se atasca los sobacos y el pecho de desodorantes el resultado será la anulación de la personalidad sexual. Por otra parte, si no hacemos nada por detener el sudor, el hedor resultante será insoportable hasta para nosotros mismos. La solución yace, como en todo, en el equilibrio, la parte más notoria de mi personalidad. Con equilibrio en el uso de desodorantes, es posible ocultar los malos olores lo suficiente como para no ofender a las mujeres, permitiendo que ellas perciban apenas el necesario para sentirse estimuladas. Por eso, no deben confundir el equilibrio con la paz o la tranquilidad. Si digo que las mujeres se sienten atraídas a mí por ser un hombre equilibrado, quiero decir que lo que buscan es entender de qué forma pasiones tan violentas, opuestas y enloquecidas pueden coexistir en mí sin destruirme".
El perverso Georg. No en balde apreciamos tanto sus palabras, aunque no siempre hablen de cosas como el equilibrio y las mujeres. No sé; tiene una manera de narrar tal, que hasta en la ocasión en la que nos narró la muerte de uno de sus viejos enemigos, Cassio el viejo, con lujo de detalles sangrientos, no faltó oportunidad de sonreír. De su fealdad el perverso Georg nunca habla, no porque le moleste hacerlo, sino porque la considera simplemente irrelevante. A su modo de ver, es fácil para un niño bonito llevarse el cuerpo de una mujer a la cama, pero tomar su alma y cautivarla son hazañas que solamente los verdaderos hombres son capaces de lograr, a un nivel en el que la belleza es más un estorbo que una ayuda.
A pesar de todo, podía sentirse entre todos nosotros una extraña tensión. Era un poco como si la profunda descomposición del gobierno mexicano hubiera permeado nuestro círculo, pues tal era el tema que preocupaba a algunos y a otros los tenía con ganas de decir, como Giannetta de hecho lo hizo, desatando la controversia en el Gabinete: ¿"ya ven? Les dije que Calderón había ganado la elección. Los jueces mexicanos ya fallaron, y dijeron muy claro lo que yo ya sabía: que los rijosos no son otra cosa que unos malos perdedores. A ver, ¿quién va a saber más de lo que realmente pasó? ¿Los jueces que tienen los documentos en la mano, o AMLO que lleva meses haciéndose el mártir en una pobre tienda de campaña? Lo que más me sorprende es que, después de que nombraron a Don Felipe presidente electo, nadie ha hecho nada para remover a los tres gatos que todavía enmugran el paseo de la reforma con su campamento. Yo recuerdo lo bonita que se veía esa avenida; uno de los pocos lugares en esa ciudad tan fea dignos de verse, no solamente porque es muy amplia, y tiene árboles y bellos edificios, sino también porque -fuera de los limosneros y tragafuegos a los que también hay que quitar de las esquinas- no se ve gente mugrosa o andrajosa sino muy de vez en cuando. Nada más gente bien, todos de traje, de corbata, faldita, bien vestidos, pues. Muchos extranjeros, como yo, que aquí en México los extranjeros somos -según los propios mexicanos- como adornos en las calles, pues ellos serían felices si en lugar de ser prietos y chaparros, fueran altos y blancos como nosotros. Bueno, eso ya no se ve. Neza conquistó Reforma. Yo no sé por qué mandaron arreglar la columna de la Independencia si el gobierno de la ciudad no nos quiere dar un lugar desde el que podamos admirarla. ¡Ya! Que acepten que el PAN ganó limpiamente, y que se larguen".
Un silencio de panteón fue lo que siguió a las palabras de la italiana. Instintivamente todos volteamos a ver a la bella Leopoldina, quien dormía habitualmente en una de las tiendas del plantón sin que le hubieran ofrecido una casa, un préstamo o las placas de un taxi; pero ella estaba tranquila para fortuna de Giannetta, pues en otro momento no se hubiera ido sin un par de horrendos arañazos. Algo debió detener a la morena impetuosa, porque nada más dijo:
"Si, pendeja; Calderón ganó limpiamente, la guerra en Irak es un éxito porque hace de este mundo un lugar más seguro y, sobre todo, México es una nación independiente. A huevo".
"Según recuerdo, en la última reunión decidimos que ya no íbamos a hablar de política." Dijo el prof. Thinmar en tono conciliador. Era cierto. Evidentemente nos estaba afectando, y a fin de cuentas tenemos muchas otras cosas de qué hablar. Como para cerrar el tema dijimos que todo lo que estaba pasando en México y en Estados Unidos no era el resultado de fuerzas políticas oponiéndose las unas a las otras, sino de una profunda crisis de valores, y a eso se refirió entonces Miluzc Furbazc cuando dijo, apenas el profesor hubo hablado:
"No es de política de lo que se trata, ¿o sí? Hasta donde sabemos, solamente se trata de personas que están dispuestas a mentir, robar y asesinar con tal de lograr lo que se proponen, y lo que se proponen usualmente es acumular más poder y más dinero por más tiempo. En nuestro mundo la política es ya algo secundario, algo utilitario en el mejor de los casos. Ya ven: ahora se dice que en México se vive un clima de golpe de estado, y hasta comparan nuestra elección con aquella en la que se le regaló a Bush un segundo periodo. Diciendo que debemos a ello reaccionar como los gringos (perdón, Prof., quiero decir, como los estadounidenses) que no protestaron, sino que nada más aceptaron una derrota fabricada y se fueron a sus casas a seguir padeciendo ese gobierno corrupto como el que más, y comprometido con una guerra de saqueo en beneficio de unos cuantos privilegiados. En México se supone que deben hacer lo mismo: aceptar una presidencia fabricada a conveniencia de la Casa Blanca, los empresarios y el capital golondrino. Perfecto instrumento de control regional que evite la unión de las naciones sudamericanas en una verdadera alianza en contrapeso de Norteamérica. Todo (dijera don Porfirio) por salvaguardar la paz y por seguir viviendo la ilusión de la democracia. ¿Quién fue el primer golpista: AMLO, o el gobierno al servicio de la oligarquía? ¿Quién violenta la paz: el que roba, o el que no permite que le roben? ¿Quién es el que pone el engaño sobre la mesa: el que se mete sin permiso a manosear los paquetes electorales, o el que levanta la voz ante tanta porquería?"
"No te exaltes, hijo" dijo el padre Julián, "no todo es maldad en este mundo. Recuerda que a veces el gobierno debe de actuar como un padre, y por ello debe hacer por el pueblo lo que cree mejor para él, aunque no siempre le guste. En todo caso, aquí no puede hablarse de buenos y malos, de robones y robados, ni siquiera de pobres y ricos. Todos somos hermanos, y debemos amarnos y perdonarnos para vivir en concordia durante el siguiente sexenio. Lo de la guerra en Irak, pues, ese sí que es otro tema; pero de eso lo único que me importa es la cantidad de herejes muertos. Al fin y al cabo son como animales porque no tienen alma, o la tienen condenada, y por otro lado tienen petróleo, que ese sí, la verdad, nos hace falta. No veo la injusticia en todo eso.""El equilibrio -dijo el perverso Georg- es lo único que nos queda cuando la justicia se ha perdido. ¿Cuánto durará aquél?"

domingo, septiembre 03, 2006

Oaxaca (segunda parte)


"En realidad", dije, "la situación actual, si bien implica la torpeza y rapacidad del gobernador de Oaxaca, es la reacción final a una historia de muchos siglos de atraso y opresión. El profundo desprecio de la clase gobernante ante las necesidades de la población no es algo nuevo para los oaxaqueños, de ninguna manera, y me llevaría horas mencionar las muchas formas en las que los esquemas de explotación que operan en México -como país- se aplican en Oaxaca con una fuerza todavía más terrible y descarada. Lo peor de todo es que, tanto a nivel regional como en el nacional, las personas se han acostumbrado a tal grado al abuso que lo ven como algo normal, y como sucede con el caso de las protestas de la coalición, se molestan cuando alguien deja las buenas maneras de lado para hacer cosas que de veras llamen la atención y provoquen conflicto, enfrentándose con ello a la enorme mayoría de los habitantes de esta república esclavizada, quienes no creen o ignoran que hay algo mejor que la simple pastura que constituye toda la recompensa a su trabajo; quienes desean que siempre haya comida en los comederos y bebida en el abrevadero, aunque a cambio de esa estabilidad de ignorancia y muerte deban entregar su derecho a saber la verdad o las muchas verdades que conforman su realidad."
"De esa manera y no de otra es como se les quita suavemente la voluntad de pelear a los pueblos, y lo sabes bien", observó Furbazc. “Thomas Friedman, en su libro “The Lexus and the Olive Tree”, enuncia una interesante teoría, a la que llama “The Golden Arches Theory of Conflict Prevention”, y su enunciado, traducido, dice: “Dos países que tienen en su territorio un McDonalds no han estado en guerra entre ellos desde que los tienen”. ¿Cuales son los países considerados -por el imperio- un riesgo a la seguridad mundial? Irán, Siria e Irak. ¿Cuales son los países del medio oriente que no tienen un McDonalds? Irán, Siria e Irak. Tal cosa busca implicar, entre otras cosas, que la población de un país, con la estructura económica adecuada para mantener una clase media lo suficientemente grande como para sostener una cadena de McDonalds, pierde el deseo de pelearse, pues solamente quiere formarse para comer hamburguesas. La teoría está siendo puesta a prueba con el conflicto entre Israel y Líbano, pues ambos países tienen McDonalds en su territorio, pero se sostiene si se toma en cuenta que Hezbolla no es Líbano, sino que más bien representa los intereses de Irán y Siria. Con todo, el mensaje es claro, y sus alcances tanto domésticos como internacionales. La mansedumbre es el precio de la globalización, en la que la estabilidad, y el trabajo son los valores a conservar a toda costa (lo cual sería ideal si el trabajo beneficiara al que lo hace, y no a los dueños del dinero). En la economía global se reconoce el derecho de 8 potencias para explotar -en su lenguaje dicen 'invertir en'- al resto, sin respetar, ni mucho menos, las tradiciones y la individualidad de cada uno, y despilfarrando sus recursos naturales como si les pertenecieran, como si no existieran consecuencias catastróficas de tan irresponsable actitud. Lo demás es vil propaganda que aprovecha la omnipresencia de la televisión en las casas en las que los libros, o no existen, o son adornos. ¿Es el trabajador un hombre explotado? Sí. ¿Lo es el oficinista, el ejecutivo de una trasnacional? Por supuesto que sí; porque a fin de cuentas solamente reciben dinero (la mayoría de las veces en proporción ridícula con respecto a lo que realmente producen) y no la oportunidad de hacer crecer a su nación hacia el siguiente nivel, un nivel que no existe, en el que un pueblo no necesita ser explotado ni necesita explotar a otro para vivir bien y ordenadamente. Ya sea porque no necesita mantener fortunas escandalosas, o porque sus habitantes no padecen la ambición desmedida que las provoca, o porque el mayor deseo de todos es el de comprender su mundo sin destruirlo, comprender a los demás pueblos sin destruirlos; porque han tenido buenos maestros, y son sabios".
La bella Leopoldina, una mujer culta, en efecto muy hermosa y de disparejo carácter, se rió cuando el espía estaba terminando de hablar. Se levantó luego de su asiento y fue a abrazar por la espalda, ardientemente, a Miluzc Furbazc, quien debió de haber sentido un imposible escalofrío en su cuerpo difunto, pues cerró los ojos y dio por terminado su breve discurso en un intento por gozar la inusitada experiencia. Acercando la boca su oído, le dijo suavemente: "eres un hombre imposible de predecir, Miluzc Furbazc. Comienzas hablando Oaxaca, y terminas tratando acerca de los conflictos en el Medio Oriente y predicando un nuevo orden mundial basado en el amor y en el conocimiento. Si no te conociera bien, pensaría que tantos años es cuchándonos te han dejado completamente tocado; pero el caso es que siempre has sido así. Por eso hiciste lo que hiciste, y por eso dejaste que te mataran sin que tu muerte sirviera para un carajo, sin que nadie se molestara en decirte siquiera 'vete al diablo', o algo así. No obstante, y por lo mucho que te quiero debo decirte que no entiendes nada. Ni tu, ni Santoyo, ni los que dicen que las cosas que están sucediendo están mal y pueden cambiar, y hasta dicen las cosas que deben hacerse para cambiar, sin que vea que alguno de ustedes se levanta a hacer algo de lo que hablan. Para eso son muy buenos, o sea, para decir quién oprime a quién, para llamar marranos a los que decidieron que no iban a vivir como otros tantos pendejos, en la pobreza o la medianía que da el respeto a la ley y a los principios; pero ya los quisiera ver en algo más que una tertulia dominical en los campos Michoacanos, o en el gabinete de Doktor Faust; quisiera que anduvieran aunque fuera en una de esas megamarchitas que para nada sirven, pero que por lo menos se ven tan bonitas, pero ni eso. Nadie va a impedirme que venda mi conciencia a cambio de seguridad a largo plazo, por mucho que ésta sea idiotizante y vana; ese sería, en todo caso, mi derecho como mujer libre”.
“Si algún día quieres vender algo aparte de tu conciencia -dijo el más guarro de los asistentes, el padre Julián- tengo algo en mente por lo que ofrecería una buena suma, y una copa”. El perverso Georg asintió, emocionado.
“Lo único que usted puede tener en su mente, padre, es basura. Le suplico que no me interrumpa. Si alguna vez necesito saber lo que piensa una mente torcida, acudiré a su confesionario, aunque estoy seguro que será tiempo perdido. No es posible llevar a una persona de la línea de la pobreza a la clase media con consejos y consignas, o sermones, para el caso. El cambio verdadero comienza en los hogares, con la enseñanza incondicional del amor y del respeto. Respetar a los demás, sí, y también hacer respetar lo propio; pero no cuando ya es demasiado tarde, cuando la corrupción es tan generalizada que nadie puede confiar en su vecino. Es en ese sentido en el que México ha llegado demasiado lejos. Todos desconfiamos de todos, hasta aquellos como yo que no tomaría un peso de la bóveda de un banco si me la dejaran abierta y descuidada, y eso que para mí los banqueros son unos ladrones, los peores ladrones y saqueadores de nuestro país. Quisiera enseñar a mis hijos el amor, la confianza, el respeto y la honestidad a toda prueba. Eso es la verdadera cultura de un pueblo. ¿Hay alguna manera de que la palabra HONOR recupere su valor original, su fuerza y su poder? Si hay alguna manera la voy a encontrar, y la voy a poner en práctica, pues estoy segura de que la solución para ello no involucrará a otra persona que yo misma”.
Todos estuvimos de acuerdo. En ese momento la carne asada estuvo lista, y todos nos fuimos a comer. Por cierto, no crean lo que dice El Imparcial de Oaxaca. Cuiden lo que leen.

lunes, agosto 28, 2006

Oaxaca (primera parte)


Poco a poco fueron llegando los invitados a la reunión. Se trataba de pasar la tarde en el jardín de mi casa en Tarímbaro, un lugar en el que se puede disfrutar del aire puro de la Montaña de Chocolate y la cercanía de los campos de labranza más allá del río Pasto. Doktor Faust, el primero en hacer su aparición, tomó de mis manos la taza de café que le ofrecí, lo mismo que uno o dos bocadillos, y se fue a sentar debajo de la palapa, de espaldas al resto de los asientos, con la vista fija en la ya no tan lejana ciudad de Morelia. Sabía que era mejor dejarlo solo, pues el silencio es la mejor parte de su conversación. Puntual como siempre llegó el prof. Thinmar y después, como si hubieran viajado juntos, el padre Julián y su inseparable amigo, el Perverso Georg; Giannetta, Miluzc Furbazc, la bella Leopoldina y finalmente Jacobo, a quien llaman "el audaz".
Me sentía muy contento de poder verlos a todos de nuevo, después del profundo impacto emocional que la visita de Sylvia Plath al Gabinete había provocado. De hecho, lo primero que dijo el perverso Georg al saludarme fue que había comenzado a escribir su propio diario, noticia que me dejó atónito por unos momentos y que luego comuniqué a la concurrencia lleno de alegría, provocando una general aclamación. En respuesta, el perverso rostro de Georg solamente se contrajo en una siniestra sonrisa, dejando para después el ajustar cuentas conmigo a causa de mi indiscreción.
Después de los saludos y la distribución de café y bebidas, los asistentes a la reunión se enfrascaron conmigo en una discusión en cuanto a si las entregas del Gabinete debían escribirse en inglés o en español. Fue una discusión bastante confusa como para reproducirla por entero, pues en lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en que transcribir los dichos de Thinmar en inglés, los de Giannetta en italiano, los de Georg en alemán y los míos en español dificultaba la lectura, era algo sumamente confuso, innecesario, y en general bastante mamón. Entonces propuse que, si había que escribir todo en solo idioma, fuera éste el castellano, por ser mi lengua materna de la cual me siento orgulloso y a la que amo; pero Thinmar se opuso a mi deseo, diciendo que no correspondía a la pluralidad de naciones y culturas representada en las reuniones el que se dirigiera su contenido a los hispanohablantes exclusivamente, cuando se tenía a la mano un idioma universal -para fines prácticos- que cualquier persona educada en cualquier parte del mundo podía entender. Fue más allá: "los Estados Unidos -dijo Thinmar- son el equivalente a la cultura romana de la antigüedad. Diría que somos sin más ni más los romanos del presente; si bien los territorios controlados por nuestros gobernadores y ocupados por nuestros centuriones se hallan diseminados por todo el globo, y no se limitan a Europa y Asia. De cualquier modo, no es la presencia militar lo que importa a nuestra discusión, sino la penetración cultural. Durante toda la antigüedad, y hasta hace un par de siglos, todo aquél que no hablase latín era considerado un bárbaro, y si se deseaba que un documento fuese leído por alguien ajeno al propio reino o nación debía ser escrito en esa lengua. Lo mismo sucede ahora tratándose del inglés. Puede gustarte o no, pero así es, y..."
"El Petrarca y Dante escribían en latín algunas cosas -interrumpió Giannetta- pero sus obras maestras las escribieron en italiano".
"¡Rebeldes!" Contestó el republicano un tanto contrariado por la interrupción, y luego continuó: "Los tiempos se inclinan ahora, mucho mas que antes, hacia la cultura global; y la tecnología permite que nuestro blog sea leído -el día mismo de su publicación- en Estambúl (tenemos un lector en Turquía, por si no lo saben) y en Morelia, o en cualquier otra parte del mundo".
El argumento de Thinmar era de peso, y sin embargo no me dejaba convencido en absoluto. Furbazc se levantó a por hielo, y dijo: "preguntémosle a los lectores. Son muy pocos todavía, y quizá sea una forma de motivarlos para que escriban lo que piensan, más allá de los amables saludos con los que nos animan a seguir adelante".
Palabras más o menos, aquella era la opinión más aceptada, y el tema hubiese podido seguirse discutiendo si no se hubiese escuchado la voz ronca y cansada de Doktor Faust, quien dijo: "Oaxaca". Y después de un breve silencio: "no estaría mal que hablaran de lo que está pasando en Oaxaca".
Doktor Faust sabe que yo soy Oaxaqueño, y en no pocas ocasiones me ha pedido que lo acompañe en algunas de las muchas noches en las que el insomnio lo mantiene despierto, para hablarle de mi tierra; de sus costumbres milenarias, de sus ciudades maravillosas y su comida deliciosa. Le he contado de mi familia, de mi casa frente al viejo cementerio del Marquesado, de mis viajes a pie por sus caminos resecos, por sus pueblos olvidados, y de la nostalgia desgarradora por regresar algún día. No obstante, todo sentimiento cede su lugar al coraje y a la ira ante la barbarie, el abuso y la muerte, que ahora campea por sus calles groseramente, y no en la forma dulce y habitual de mis antepasados muertos, que me reciben con amor a cada una de mis llegadas. La muerte viaja ahora en camionetas pick-up, en la presencia salvaje de los asesinos pagados por quien carece del valor para dar la cara, para sostener con su nombre la privada tiranía de los privilegiados.
Giannetta dijo entonces: “la culpa de todo la tienen los maestros. Es lo mismo que está pasando en la pobre Ciudad de México, que se encuentra como cuando las huestes de Atila entraron en Roma. Semejante desastre no lo había yo visto jamás en esa avenida tan bonita que hizo su majestad el Emperador. No me extraña que sea el objeto del odio de toda esa pobre borregada de muertos de hambre. Lo que debería de hacer esa gente es ponerse a trabajar. Sobre todo los maestros, que por su culpa el país está tan atrasado. ¡Mírelos! Nunca trabajan. Se la pasan en puentes, asambleas y paros. Y ahora sí que enloquecieron tomando estaciones de radio en Oaxaca, ¡e impidiendo que se realizara la Guelaguetza! ¡Qué imagen es la que se da a los turistas del extranjero con semejantes abusos!”
Todos sonreímos, conteniendo a duras penas las ganas de reír abiertamente. Esa era una de las razones por las que Doktor Faust la invitaba a las reuniones, es decir, para escuchar lo que una lectora asidua del equivalente italiano del “Hola!” tiene que decir sobre el tema político.
“El problema no es tan sencillo”, dijo Jacobo el audaz, sin mostrar menosprecio alguno por la opinión de Giannetta. “El conflicto magisterial es solamente uno de los muchos síntomas preocupantes de lo poco que realmente le importa al estado y a los poderes reales que gobiernan el país la educación de los ciudadanos. Como bien lo dice el profesor, entre más educado está un pueblo en explotación, más cara resulta la mano de obra. No solamente en términos económicos, sino también políticos. Honestamente, los sueldos que ganan los maestros parecen hechos a propósito para provocar conflictos que lesionen el proceso educativo. El porcentaje del PIB dedicado a la educación es deliberadamente y ridículamente bajo en relación a las necesidades del país y a lo que en otros países dedican los gobiernos al mismo rubro. ¿Harían un mejor trabajo los maestros si estuvieran bien pagados? Es un tema de debate. De lo que estoy seguro es que en Oaxaca, el hartazgo popular -y no solamente el de los maestros- en contra del dizque gobernador Ruiz es completamente justificado; y eso quedó claro desde los primeros días de su dizque gobierno, cuando comenzó por destruir el otrora hermoso zócalo de la ciudad, en lo que llamó un “plan de remozamiento urbano”; hecho a la carrera, sin permiso del INAH y en contra de la opinión pública. Ese fue el primero de una cadena de incontables atropellos de todo tipo que siguen hasta este momento, y seguirán mientras ese hombre siga en el poder. ¿Qué debe haber hecho Ulises Ruiz para merecer el odio de su pueblo en un estado acostumbrado a la miseria y a los gobernadores corruptos a más no poder? Esa pregunta debería bastar para poner las cosas en perspectiva”.
(Continuará)

domingo, agosto 20, 2006

Mangue

¿Cómo podría escribir sobre la hermosa bendición que Mangue representa en mi vida sin perder de vista su tremenda fuerza y la violencia de su alma?
Mangue es un filosofo, porque vive feliz y sabe lo que otras personas deben hacer para ser felices; sin embargo Mangue ha tenido que matar seres humanos y por lo tanto tuvo que huir durante un tiempo de la justicia como consecuencia de sus actos. Esa es una parte de la vida de Mangue difícil de comprender.

Conocí a Mangue siendo yo un niño. Supongo que esa era la única forma de que pudiéramos conocernos, porque de otro modo hubiera tenido mucho miedo y no hubiera confiado en él. Fue durante un día de vacaciones en la playa que me topé con ese hombre extraño, feo y picado de viruela; que sin embargo miraba con infinita dulzura desde sus ojos amarillos y cansados. Mulato, casi negro; con el pelo escaso ensortijado y la apariencia de un viejo y flaco animal prehistórico, Mangue se sentaba durante horas a contemplar el mar inmenso y solitario en una playa –mi playa- que hoy no existe ya.

Cuando era niño todas las cosas que veía me parecían antiguas y todos los hombres ancianos de cientos de años. En el puerto cada esquina contaba una historia y la playa olía como los barcos veleros y sus piratas muertos. Junto al pequeño muelle abandonado un buzo leía, eternamente tumbado sobre una roca calcinada por el sol.

Mangue me contó una vez que el tesoro de Barbarroja se encontraba enterrado en la misma cuadra en la que estaba mi casa, y que no era difícil que, si me ponía a cavar junto a la fuente del traspatio, diera con los cofres llenos con el oro y las joyas de la reina. Por supuesto que no intenté jamás tal cosa, pues hubiera implicado hacer un lado las jaulas de los gallos, y eso iba más allá de lo que yo podía conseguir, tesoro o no.

Veo a Mangue en su silla, bajo su palapa, tomando cerveza; con su filipina mugrosa que usaba siempre abierta, dejando entrever su torso arruinado, que hablaba de tiempos mucho mejores arrojando las redes y dando batalla en las cantinas ganando siempre. Hablaba con la entonación y la pausa que seguramente distinguieron a los cantores de hazañas de la antigüedad, y aun cuando a veces estaba tan bebido como para no poder levantarse de su silla, jamás perdió la capacidad de hablar sensatamente y yendo al grano.

Así me contó del barco lleno de contrabando que hundieron en medio de la bahía, de las misas por los marinos muertos, que nunca eran de cuerpo presente y de las cosas extrañas y maravillosas que aparecían en las redes al amanecer. Me habló mucho de una de ellas, que lo habría de marcar por el resto de su vida. Se trataba de un relicario en forma de corazón hallado por casualidad en el estómago de un mero enorme que pescó una noche de relámpagos silenciosos y calor sofocante. Era pequeño, de oro; y a la luz del faro descubrió que conservaba intacto el retrato de una joven morena de cabellos largo y sedoso; increíblemente bella, con una sonrisa suave y peligrosa desmentida un tanto por la serenidad de los ojos almendrados.

Mangue durmió esa noche en la barcaza. El cielo se había despejado en la madrugada y Mangue despertó para ver las últimas estrellas girar sobre su dicha. Pensaba que saber que una mujer como la del relicario existía o había existido era razón para sentirse extremadamente feliz o extremadamente miserable, sin poder decidir sobre cual emoción sentir primero.

Nunca había visto en persona a Isabel (ese era el nombre que Mangue le dio a la mujer de la foto) pero sabía muchas cosas de ella y recuerdo que me las dijo durante una de nuestras largas conversaciones bajo la palapa, en donde esperábamos que el sol se pusiera más allá de mi playa desierta. Él tomaba cerveza y yo lo escuchaba sentado en una silla de madera, complaciéndome en hacer surcos en la arena con mis pies desnudos. Aparte de que su nombre era Isabel, Mangue sabía que la joven del relicario era soltera; había tenido un novio, pero ya no lo tenía; y esto lo sabía porque había sucedido una de dos cosas: o el novio, herido de un despecho o presa de una pasión infiel, había arrojado el relicario por la borda de algún barco, dando a entender que sus sentimientos estaban en otra parte, o bien había naufragado y el mero había robado a su cadáver la joya.

Isabel era (sobra decirlo) católica y muy devota. No obstante, Mangue sabía que esa devoción era la forma que usaba para disimular ansiedades comunes en las jóvenes, pero que a ella le parecían peligrosas, indómitas e inconfesables. Le gustaban también los atardeceres y las flores, las noches de feria y los paseos por la playa. Mangue no estaba muy seguro de que Isabel sentiría por él el mismo violento amor que le profesaba. Esas cosas son difíciles de saber. No obstante, creía poder conquistarla para casarse con ella.

Mangue se había enamorado.

“¿Y si murió?” El retrato parecía un poco viejo, y la posibilidad de que ella se hubiera hundido en el mismo barco que su novio existía. Sin embargo, la duda en cuanto a eso le ofendió sobremanera y ni siquiera se ofreció a considerarla, sentía su vida y su melancolía palpitar en este mundo, y en ningún otro.

“La voy a encontrar”. Me dijo un día en el que me llevó a caminar por el barrio antiguo del puerto. “La voy a encontrar y por ella voy a dejar de beber. Me voy a reformar y me voy a poner a trabajar”.

La última vez que vi a Mangue no nos dijimos nada fuera de lo común, ni tampoco hicimos nada especial porque afortunadamente ninguno de los dos sabía que no nos íbamos a volver a ver. Mis padres y mi tía me habían dicho que no lo frecuentara tanto, que lo mejor era que buscara amistades de mi edad y todo eso. Lo hice a fin de cuentas, pero no porque yo así lo quisiera, sino porque un día hubo una trifulca en la playa de los pescadores. Nadie supo bien a bien cual fue el motivo de la riña, pero sobre la arena quedaron los cuerpos de dos pescadores muertos a machetazos y Mangue no volvió a sentarse bajo su palapa nunca más.

Crecí, me fortalecí; regresé a la capital, me casé y pronto tuve un pequeño hijo. Durante esos años regresé un par de veces, solamente para ver morir mi playa y muchas otras cosas y personas. Yo mismo había cambiado, y el niño incansable que pasaba días enteros nadando en el mar se había ido, dejando en su lugar a un adulto un tanto cansado, que a sus treinta se limitaba a contemplarlo solamente. Después de que nació mi hijo fui una vez más con la idea de encontrar para él una playa nueva que le hiciera feliz, y al mismo tiempo revisar los estragos que el tiempo hacía en mi gente.

Uno de esos días estábamos mi prima y yo sentados en la sala de la casa. De repente, ella se levantó y fue a traer de su recámara un sobre de correo aéreo. “Te llegó hace como un año”, me dijo “y no supe qué hacer con él; como no sabía si ibas a regresar pronto lo guardé hasta ahora. No tiene estampillas ni dirección así que debieron haberlo traído en persona”.

Tomé el sobre; tenía escrito mi nombre con letra pequeña y elegante. Desde un principio supe que lo había mandado Mangue, pero como él no sabía escribir alguien más debió haber puesto mi nombre. Adentro encontré una fotografía en colores brillantes en la que estaba retratada una pareja de hermosos ancianos. Uno de ellos era Mangue; ciertamente más viejo que cuando lo conocí, pero con un semblante resplandeciente que le daba a toda su persona fuerza, felicidad y vigor. La condición desahogada de la pareja era evidente en varios detalles de la fotografía, como la buena ropa que ambos llevaban, el vecindario agradable en el que había sido tomada y cosas así. Tardé en reconocer a la mujer. Aún a esa edad era hermosa y elegante. No miraba hacía la cámara, sino que contemplaba a Mangue tomándolo de la mano, con un destello de amor y orgullo en sus bellos ojos almendrados.

Salí al balcón. Estaba algo nublado y la suave brisa del atardecer mecía las palmeras a lo lejos mientras yo lloraba de alegría y nostalgia por Mangue. Abajo, recargada en el tronco de un mango vi la pala que se usaba en las faenas del jardín y tuve una revelación. Cuando bajaba las escaleras mi prima me preguntó hacia dónde iba.

“Voy al traspatio” dije, tomando la pala en mis manos, “a desenterrar el tesoro de Barbarroja”.
(Juan Antonio Santoyo, 1998)






domingo, agosto 13, 2006

The Real Powers

It is of the utmost importance that we first understand the nature of the present political confrontation, this sad split-up of the country between a conservative (that means, cardboard Catholics to whom money is the most important value, and they middle class gullible followers) right, and a more people-oriented, but not quite so, left wing (as they call themselves), before Mexicans go on insulting and abusing each other, thinking that the candidate they voted for was, or is going to make a real difference. Perhaps we should start -precisely- by saying that there is almost no relation between the goals that each party claims will be pursuing, given the case they assume "power", and what they will be really capable of doing in such a case. The truth be said, that's not their fault.
Global economy's rules cannot be defied or challenged, not at least without the risk of cuban-like poverty and isolation. Those rules states that third world countries are supposed to remain third world countries, but their economy has to work properly, so the cash flow -in the form of commercial deficit and loan interest- can proceed uninterrupted, safe from crashes and out-of-control inflation scenarios. To make sure that the economy of those (in this subtle way exploited) third world countries does not deviate from its proper course is the mission of the REAL powers operating on each one of them; namely, the bank owners, the heavy stockholders and the international investors; whose in turn are handsomely paid -by the very people they farm, through the so called congress and government- with insolent revenue privileges and cheap handwork. Not to mention the opportunity they have, from time to time, to promote general corruption in order to increase their own wealth, as with the sledge hammer frauds called FOBAPROA and IPAB.
So, for any politician would be all but impossible to change those sinister dynamics and, at the same time, keep the illustrated slavery (managers, office workers) and the slaves themselves well fed. Besides, they are in love with the belief that they are doing something valuable and important with the "work" they do for the remote Empire, and taking that away from them without resistance is almost as difficult as to deviate unharmed from the rules of global economics.
That's the reason why there was no change at all in year 2000, and that's the reason why Calderón "won" the election in 2006, so things can go smoothly forward in the BIG interest of México.
The sad part of the story is that, had AMLO won, the "change" would have no better chances that with Calderón. But perhaps with him is lost the opportunity to create a small gap in the system, trough which begin the formation of a new force, an opposite thrust to the hitherto unchallenged work-and-be-fed third world scheme; a truly national movement focused on a real education system, capable of raising politically intelligent citizens, and not robots useful only to do business in offices, or work in factories; that know how to read but don't care to do so. Sadly, we will never know.

(Prof. Thinmar)

And I feel like puking my guts off when the professor talks about that shit!
(Perverse Georg)

domingo, agosto 06, 2006

Atesorar la memoria (segunda parte)

Era cierto. La presencia de la poetisa me había hecho olvidar que estaba a cargo de una parte importante de la velada, y las gargantas secas de los presentes me reclamaban el cumplimiento de mi obligación. En realidad había sido yo el que pidió el honor de seleccionar la bebida, pues como ya lo he dicho la ocasión me pareció magna y digna de ser celebrada. Por esa razón, antes de llegar al gabinete pasé por la calle de Reloj Tuerto para comprar un vino adecuado, y afortunadamente encontré lo que buscaba. La calle de Reloj Tuerto no se encuentra en ninguno de los mapas de este mundo. Para encontrarla hay que pasar a la esfera en la que viven los muertos, y para eso hay que estar muerto, por lo menos en parte, como yo. En esa calle se puede comprar casi cualquier cosa que haya existido, siempre y cuando se tenga el motivo para hacerlo. Ya después explicaré con calma la mecánica precisa de ese asunto particular, y me baste decir ahora que conseguí cuatro botellas de a tres cuartos de litro cada una de vino tinto Undurraga, Pinot, cosecha 93. Es un vino que ya no se consigue en la tierra. Es delicioso y embriagador, y me trae buenos, muy buenos recuerdos. A fin de cuentas esa fue la moneda que me permitió comprarlo, y lleno de satisfacción lo serví a la concurrencia, la cual aprobó mi elección. En las mesitas ya estaba el pan, el queso y algunas delicias peninsulares traídas por Furbazc a su paso por España. Sylvia no bebió, aunque sí probó los bocadillos en tanto escuchaba las palabras del espía, que retomaba su discurso.
"Nuestro amigo Antonio, a juzgar por lo que nos ha contado en ocasiones anteriores, está enamorado de usted, y no tanto de su poesía, aunque es claro que la aprecia en lo que vale y le conmueve. Se abisma en cambio en la lectura de sus diarios, de sus cartas, como si la verdadera poesía estuviese en cada uno de los días que usted pasó en la tierra, y en la forma en la que los ha narrado. Ciertamente, su obra no se entiende a cabalidad si no se conoce su vida o, mejor dicho, cada poema cobra un nuevo sentido al conocer la experiencia que lo inspiró. Con usted, Sylvia, no hay poesía que no brote del suceso, del sufrimiento de cada día magnificado, como en un microscopio, por la sensibilidad y poder creativo de la artista, toda su obra se encuentra apostillada por página tras página de diarios bellamente escritos, meticulosamente narrados por la pura necesidad de ser precisa en la emoción; porque la emoción es color, es olor, es la suavidad o aspereza de las cosas que se tocan, de las palabras que se escuchan o se leen. Y dos personas no pueden sentir nunca la misma cosa de la misma forma. Es eso de lo que la verdadera creación se trata. La imaginación se aplica a lo que se vive, y de la mano del genio aparece la obra de arte única, inimitable".
"Pero, si realmente es como dices, ¿Cómo es entonces que los poemas de Sylvia tocan en mi corazón fibras tan sensibles, si es que no conozco su vida como la conoce maese Juan Antonio, o como parece conocerla usted, mi querido Miluzc?" Observó el profesor Thinmar genuinamente intrigado.
"Eso sucede porque a todos nos rodea el mismo mundo, y entre nosotros compartimos muchas experiencias comunes, y el poeta nos ayuda a ver cosas existentes en dichas experiencias que la mayoría de nosotros no puede ver. Sin la ayuda de la poesía la mitad del mundo permanecería irremisiblemente oculta a nuestros ojos. Es por eso que los poetas son tan necesarios, porque sin ellos no podríamos ver esa otras mitad de la creación que reposa en espera de ser interpretada".
"Sigo sin entender -insistió Thinmar no sin cierto fingimiento, pues le encantaba escuchar a Furbazc una vez que lograba hacerlo hablar- ¿cual es esa mitad del mundo a la se refiere? ¿O es que acaso necesita la ayuda de la poesía para explicar eso también?
"Por supuesto, porque las cosas ocultas también necesitan de un lenguaje oculto. Pero ese lenguaje secreto, que está más allá del lenguaje común, es el dominio exclusivo del poeta. ¿Y saben cuál es la verdadera maravilla de esa forma de comunicar lo oculto, lo realmente importante? Pues que para ello se usan las mismas palabras de todos los días: flor, cama, cielo y tierra, por ejemplo; solamente que -dichas por el poeta- esas palabras no se refieren a una flor, a una cama, al cielo o a la tierra; sino a otra cosa. Eso es lo que quiero decir cuando hablo de que la mitad del cosmos, la mitad esencial, la más sutil, y aquella en donde se encuentra el camino por el que podremos algún día regresar al lugar del que venimos; que por supuesto no es éste, necesita ser revelada por la poesía. Es por eso que no podemos prescindir de Sylvia Plath, ni de nadie que haya podido asomarse, siquiera por un momento, a ese mundo que nos fue robado el día de la caída, en el cual uno no envejece, porque el tiempo no significa nada”.
Todos callamos por un momento. Tratábamos de digerir las palabras dichas por Miluzc Furbazc sin que nadie supiera de dónde las había sacado. Usualmente es un hombre callado, como a su oficio es lo adecuado, y sin embargo sabíamos que de vez en cuando podía decir cosas dignas de ser meditadas. En una esquina del gabinete el profesor Thinmar le susurraba a Sylvia la traducción de lo que el espía acababa de decir.
"Dear friend -repuso ella- with me, the present is forever and forever is always shifting, flowing, melting". Sylvia Plath caminó unos pasos hasta el centro de la habitación y continuó.
"This second is life. And when it is gone it is dead. But you can't start over with each new second. You have to judge by what is dead. It's like quicksand ... hopeless from the start. A story, a picture, can renew sensation a little, but not enough, not enough. Nothing is real except the present, and already, I feel the weight of centuries smothering me..."
Esas palabras. Esas palabras no eran nuevas para mí, estaba seguro de haberlas escuchado antes en otra parte, y miré a nuestra invitada para decirle con la mirada, con una sonrisa, que había entendido. "It's your journal, right?" Le pregunté en silencio, convencido de que se trataba de una página del diario que escribió cuando tenía unos 18 años, y que de hecho se trataba de uno de mis pasajes favoritos. Siempre me había preguntado cómo una joven de esa edad podía tener semejante profundidad en su juicio, y tanta poesía en sus palabras. Ahí estaba, frente a mí, dándome a entender que solamente era cuestión de decir la verdad, venciendo todo lo que a ello se opusiera. Sylvia siguió entonces con aquella parte de su registro que más me conmueve, que es una lección de vida y que nunca he podido olvidar desde que la leí por primera vez. Dijo:
"Some girl a hundred years ago once lived as I do. And she is dead. I am the present, but I know I, too, will pass. The high moment, the burning flash, come and are gone, continuous quicksand. And I don't want to die."
"Some things are hard to write about."
Digo. Thinmar sonríe, y dice a los circunstantes:
"Creo que una buena manera de terminar esta velada y rendir homenaje a nuestra invitada sería pensar seriamente en conseguir un cuaderno y ponernos a escribir. Quiero decir, los que aun tenemos tiempo y oportunidad de hacerlo, pues una vez que abandonemos la vida mortal no seremos recordados sino por aquellos escritos que dejemos detrás. De otro modo, nuestros hechos se desvanecerán en las generaciones. No debemos hacerlo solamente por nosotros, sino por aquellos que han de vivir después de nosotros y nos buscarán en las profundidades del tiempo. Ahí está maese Juan Antonio, quien llevará nuestras palabras a quienes quieran escucharlas por un medio parecido al diario, y en realidad el medio no importa tanto, sino que nunca olvidemos que cada día, cada momento de nuestras vidas es único e irrepetible, y que nuestras palabras permanezcan, para así poder al fin perder el miedo a morir".
Otro silencio, y la voz del perverso Georg que dice "¡Brindo por eso, y por los muertos!
Así termino la velada, no sin que antes le pidiera a Sylvia su autógrafo en el ejemplar que tengo de sus diarios y que llevaba preparado para la ocasión. Ella, graciosamente, aceptó; aunque lamento no poder publicar lo que me escribió, y prefiero guardarlo para mí.
Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.