domingo, abril 13, 2008

Las razones del olvido (cuarta parte)

VII

A la semana siguiente esperaba con ansiedad, como es natural, las noticias que desde Varsovia habrían de llegarme acerca del concierto de Lagrange en aquella ciudad. Desde mi punto de vista el avance logrado había sido muy grande, por mucho que al final de nuestra última sesión el maestro se sintiese catastróficamente confundido. Le había ordenado que saliese de su trance con un recuerdo fiel y perfecto de todas las cosas que había podido recordar bajo la hipnosis y, al hacerlo, lo confronté con dos versiones opuestas de su pasado ocurriendo, si se quiere, a un mismo instante: aquella que recordaba en su estado consciente, y la que la hipnosis le había revelado o, en otras palabras, la que muy probablemente había ocurrido en la realidad. La perturbadora visión de Jacob mostrándole por primera vez en su vida un violín fue quizá la más terrible de todas pues, como ya se ha dicho, el violinista recordaba sin ninguna duda que había sido el banquero Flimt quien había descubierto sus habilidades musicales. Lo recordaba como un hombre maduro, casi anciano, quien una tarde de otoño lo llevó por los inmensos pasillos de su mansión hasta un estudio en penumbras, de altas paredes cubiertas de libros que parecían de tan colmadas venirse abajo a cada momento. Ahí, el banquero abrió una gaveta de madera, sacando un estuche pequeño y de apariencia muy antigua. En el estuche estaba el pequeño violín que habría de ser su primer instrumento. Se trataba de una reliquia de altísimo valor con la que, tras unos pocos meses de estudio, había comenzado a dominar algunas de las más brillantes piezas del repertorio. O por lo menos eso era lo que él creía recordar a la perfección.
La crónica de su presentación me llegó, curiosamente, en una mañana nublada de miércoles, semejante a esa en la que nos conocimos. Amenazaba lluvia, y la terrible cruda del doctor Santuzzi lo obligaba a hacer frecuentes viajes al inodoro, en donde trataba de desahogar las espantosas bascas con las que su estómago devastado lo torturaba. A pesar de todo ello, me senté sonriendo en mi sillón y abrí la gaceta para poder leer la que yo esperaba brillante crónica de una noche perfecta.
Lo que leí, sin embargo, hizo que me pusiera de pie estrujando el papel en mis manos, como si el mensajero tuviese la culpa de las malas noticias contenidas en el mensaje. Según la nota, el gran Lagrange había entrado al escenario -en el que tenía que tocar el concierto de Tchaikovsky- con paso vacilante y el rostro descompuesto por una profunda, si bien indescriptible emoción. Sudaba, se tambaleaba, y durante la larga introducción del primer movimiento rompió a llorar amargamente, sin dejar de hacerlo a ratos durante el resto de la interpretación la cual fue, por decirlo de modo amable, muy amanerada y extraña. Si bien las vacilaciones y la preocupación mostrada por Lagrange en sus últimos conciertos había casi desaparecido; su sonido era a momentos estridente y sus frases erráticas y neuróticas, plagadas de resoluciones inesperadas, llenas de resentimiento y humor negro. Al final de la obra el público se hallaba desconcertado. Aplaudía con vacilación, temiendo quizá que el artista se hallara bajo los efectos de alguna droga, pues pasaban los segundos y él no parecía responder en absoluto a los estímulos que lo rodeaban. No agradeció los aplausos, ni tampoco hizo caso cuando el director de la orquesta le hizo la señal para que ambos abandonaran la escena. Solamente después de un par de minutos el director lo tomó del brazo, y entonces el violinista pareció despertar de un ensueño y lo siguió, sin despedirse ni de la orquesta ni del público que había dejado de aplaudir, enmedio de un tenso silencio.
Como si la noticia de la debacle no fuese lo suficientemente devastadora, al final de la nota el crítico informaba que, de acuerdo con rumores que corrían en el medio musical europeo, el maestro Lagrange padecía de frecuentes crisis emocionales desde que era tratado por un cierto doctor Hass, residente en Frankfurt.


VIII

Batallaba para comprender la inesperada y complicada situación cuando Santuzzi, con el rostro pálido y descompuesto de los que quisieran verse libres a toda costa de la impedimenta de sí mismos, se asomó a mi consultorio y anunció con voz entrecortada por las bascas:
"El maestro... Friedrich Lagrange".
Si el semblante de mi ayudante, el doctor Santuzzi, era semejante al de un difunto; el de Lagrange era definitivamente el de un ser fuera de este mundo. La única parte del mismo que reflejaba algo de vida eran sus ojos, y aun aquellos se perdían, divagaban sin permitirse reposo ni atención en nada. Se recostó lentamente y sin decir palabra en el diván, y le dije que su visita era una gran sorpresa, dado que ni siquiera sabíamos que se encontraba en la ciudad. No obstante, el maestro continuó en silencio unos minutos más, los cuales dejé pasar respetuosamente, seguro de que tarde o temprano mi paciente recobraría el control de sus pensamientos.
"¡Maldita sea!" Dijo al fin.
"Ha tenido otro sueño ¿no es así?" Aventuré.
"Sí -contestó- pero ahora fue todo muy diferente. Estoy asustado, porque siento que no soy capaz de controlar lo que siento, lo que recuerdo y mucho menos las cosas terribles que veo en las noches". Lagrange jadeaba, sudaba profusamente al hablar.
"Hábleme usted del sueño".
"Me encuentro en la misma gira, en el mismo hotel, con los mismos sirvientes que no son otra cosa que los viejos amigos de la cuadra, incluyendo -ahora lo sé- a los que me golpeaban hasta que Jacob comenzó a defenderme, y a ver por mí. Lo primero que me llama la atención es que Jacob no aparece por ninguna parte. Lo espero en vano, y finalmente tengo que prepararme yo mismo para el concierto. Me visto y salgo rumbo a la sala. Ahí, como es usual en esas pesadillas, los muchachos se han transformado en tramoyistas y ayudantes de sala. Al entrar al escenario escucho los aplausos, la luz me sigue hasta mi sitial y descubro con agrado la sala llena y al banquero Flimt en el podio del director, listo para comenzar a tocar uno de mis conciertos favoritos. No recordaba que era el banquero Flimt el director, y sin embargo me parece que eso, como las demás cosas que ahora recuerdo ocurrió siempre en esos sueños sin que al despertar me diese cuenta. En fin. La orquesta comienza con la introducción, y entonces miro mis manos para descubrir que en ellas tengo mi violín. Ya no despierto presa de la desesperación por verme obligado a tocar un instrumento desconocido frente a la sala llena; puedo tocar y hacerlo a la perfección, me digo en ese momento lleno de felicidad, y entonces sigo soñando... y recordando".
“¿Quiere decir que ahora recuerda lo que sucede después de que descubre que el instrumento desconocido en sus manos? ¿Ese algo que nunca antes había podido recordar al despertar y que sin embargo era parte invariable de la pesadilla?”
“En efecto, aunque con algunos cambios. Inclusive los sueños más absurdos no dejan de tener su lógica”
“¡Y que lo diga!” Le contesto. El maestro, sin embargo, se ha quedado callado de nuevo, siento que lo he perdido una vez más, porque una profunda emoción lo sacude y lo saca de la precaria concentración de momentos antes. Está a punto de comenzar a llorar, y es en ese instante en el que lo tomo del hombro para sacudirlo suavemente. “Siga usted”, lo animo en voz baja.
“Sueño como que toco el concierto presa de un arrebato de gozo. Pocas veces, al estar despierto, soy capaz de abandonarme a la dicha pura que la ejecución musical produce con semejante desparpajo. Verá -explicaba, conmovido- tocar el violín en público es un poco como darse un beso con la amada enfrente de una multitud: nunca se disfruta lo mismo que al hacerlo en la intimidad. La multitud añade emoción, profundidad, sentido y trascendencia a lo que se vive, pero invariablemente se pierde en ello algo de la esencia. En mi sueño no. Quiero decir que era un poco como estar tocando, ebrio de felicidad, en la sala de mi casa, en presencia solamente de los más entrañables amigos, de la mujer adorada. El concierto termina, y yo salgo de la sala en hombros, triunfante y dichoso”.
“Bueno -comenté yo- eso suena como un gran avance en su recuperación”.
“¡Oh, no! Espere, que la felicidad termina al salir del teatro a la calle. En mi sueño, un automóvil me espera para llevarme a una lujosa cena. Como el público, emocionado, me lleva en hombros, me doy cuenta de que en la orilla de la banqueta espera un hombre. Está vestido con harapos tan sucios que su olor ofende aun a varios metros, lleva unas muletas, por lo que se entiende que se encuentra incapacitado para trabajar, y pide limosna a los que salen de la sala, aunque nadie parece ocuparse de su desgracia; le hacen a un lado de mal modo, un hombre lo empuja, y cae en un charco lodoso cerca del auto en el que debo partir.
A mi no me parece justo el maltrato que el pobre inválido o mendigo recibe, y me acerco con la intención de darle limosna. Mi terror no conoce límites cuando me doy cuenta de que se trata de Jacob. Es mi viejo amigo Jacob, que me mira con profundo resentimiento. Por alguna razón siento que debo pedirle perdón, pero no sé por qué, y en la pesadilla pienso, o le digo, que de eso no estoy muy seguro, que si supiera el por qué debo hacerlo, le pediría perdón de todo corazón. Pero según eso no lo sé, y por eso comienzo a llorar, sin que los ojos llenos de reproche de Jacob se aparten de mí. Se me pegan como algo muy espeso y viscoso, su mirada me oprime y me persigue sin que sea capaz de apartarla, ni lavármela en la tina, ni quitármela de ningún otro modo. No lo soporto, doctor. Durante el concierto no pude dejar de sentir esa mirada, que me importó más que ver la sala medio vacía y el público indiferente a mi tragedia. Al terminar mi actuación llamé a mi representante para que cancelara mis próximos compromisos, pidiéndole que buscara a Jacob en dondequiera que se encontrara, pero hasta el momento no ha tenido éxito. Además, ya puede usted imaginarse las reacciones a mi decisión: mi representante se siente traicionado, mis acreedores amenazan con embargarme y los empresarios con demandarme, pero simplemente no puedo seguir así. Mi carrera se está yendo al demonio con cada actuación y, de seguir así, pronto no habrá nadie que arriesgue siquiera un centavo por mí”.
Sorprendido de sí mismo, quizá, por haber logrado ensartar tan largo discurso, Lagrange calló.
“Y ¿para qué busca usted a Jacob, si puede saberse?” Pregunté afectando calma. El maestro pareció no entender mi pregunta. Se mostró sorprendido y defraudado por ella.
“¡Cómo! ¿Pero es que no comprende que tengo asuntos muy importantes que arreglar con él? Eso es precisamente lo que me está destruyendo por dentro”.
“Posiblemente -concedí- pero hasta que no sepamos cuales son, usted no va a saber qué decir o, en este caso, de qué debe disculparse. Dejemos que su pasado nos lo diga. ¿Está de acuerdo?” Y sin esperar su respuesta le dije: “ahora le suplico que se relaje, voy a hipnotizarlo”.


IX

"Dígame, ¿qué ve?"
Lagrange, duda. Se inquieta.
"Estoy en el estudio de mi primer maestro. No recuerdo su nombre, aunque me parece que es Hoffmann. Se trata de un hombre mayor, que usa la barba a la moda de principios de siglo, lo estimo mucho porque sabe todo lo que hay que saber sobre el instrumento y lo enseña con liberalidad, con el criterio perfecto de quien reconoce lo que cada alumno requiere en un momento dado. Su estudio es muy bello, también; de alto techo y alfombras de diseños fantasiosos. Las paredes están cubiertas con libreros llenos de partituras y libros sobre música. Por una gran ventana entra el sol fuerte del verano. Hace calor. Solamente estamos el maestro, yo y otro alumno que es el que toma clase. Debo tener ocho años. Tengo miedo..."
"¿Por qué tiene miedo?"
"No sé. Creo... Creo que no tengo preparada la lección de hoy. No me sucede a menudo. De hecho es la primera vez que me sucede. No es agradable. De alguna manera sé que Hoffmann no tolera la indisciplina; ya le ha sucedido antes a otros y los ha humillado; los ha corrido de la clase. Es mi turno. Estoy a punto de comenzar a tocar, seguro de que mi maestro se va a dar cuenta de inmediato de mi falta. Jacob entra. Jacob. No entiendo qué es lo que está haciendo aquí... Se acerca a Hoffmann, le dice que mi primo Xavier está muy grave. Yo no tengo ningún primo Xavier, pero no lo digo. Ahora sé de qué se trata todo. Le dice que me llama, que desea verme antes de morir, que debo acudir de inmediato a su lecho de muerte. Yo sigo callado, sin decir nada. Miro a Jacob sin ni siquiera acertar a ponerme triste para por lo menos hacer más creíble su farsa. Hoffmann me mira con compasión. Me dice que guarde mi violín y vaya de inmediato, que no me preocupe, pues cualquier otro día puede reponerme la clase con mucho gusto. Mi alivio es enorme. Jacob me acaba de salvar la vida. Vamos a salir, pero Jacob se detiene de repente. Olvida algo importante, y Hoffmann se lo recuerda con la mirada. Su mirada parece decir: ¿no se te olvida algo? Jacob se lleva la mano al chaleco y saca un sobre blanco rotulado con hermosas letras negras. Adentro debe de haber dinero, y mucho, a juzgar por lo abultado del sobre. Siento vergüenza..."
"¿Por qué?"
"No lo sé, pero estoy seguro de que tiene que ver con el sobre".
"Posiblemente se trata de la paga del maestro, de sus honorarios".
"No lo sé. Jacob no estudia con Hoffmann, quería estudiar con él, pero el maestro no lo aceptó en clase. Jacob estudia violín en el Liceo, que no debe ser tan caro como el estudio de alguien como Hoffmann. Por eso su padre puede ayudarme y pagar mis lecciones con él. Pero siento vergüenza. No puedo evitarlo. Debería de estar agradecido, pero lo único que puedo sentir es un deseo insoportable de desaparecer, de ser tragado por la tierra. De morir..."


X

Las sesiones se hacen más frecuentes, Lagrange poco a poco acepta su pasado como algo que tiene que ser descubierto, como si se tratara del biógrafo de sí mismo y buscara en fuentes recién halladas los detalles de una vida hasta entonces desconocidos.
"Yo no recordaba al padre de Jacob -me dijo después de una sesión- y verlo de nuevo me a provocado, sin embargo, los sentimientos más contradictorios. Entre ellos el miedo, el respeto, la vergüenza y hasta el rechazo. No sabía que era tan importante para mí, o mejor dicho, tan trascendente. Hasta hoy, yo había dado todo el crédito al banquero Flimt, porque recuerdo muy bien el momento en el que me rescató de la vida en la calle. Yo vivía, ¿sabe? de bolear zapatos en las cercanías de la estación de trenes. El banquero Flimt pasaba a menudo por ahí al dirigirse a su trabajo, y casi siempre se detenía para que le lustrara el calzado. De algún modo, no recuerdo como, se dio cuenta de que la música se me daba fácil. No sé; yo supongo que me escuchó silbar una canción, o quizá la manera rítmica en la que movía las manos al trabajar... No sé... Siempre he pensado que pudo ser algo como eso. Un día me dijo: "ven a mi casa. No temas. Solamente deseo mostrarte algo". Y fue entonces que me llevó a su maravilloso estudio, cuando me dio ese pequeño violín... Y es que el banquero Flimt tenía un hijo que tocaba el violín. Ese hijo era muy talentoso y tocaba muy bien, pero un día se enfermó de gravedad, y ni siquiera el inmenso poder y la enorme riqueza del banquero fueron suficientes para evitar que muriera..."
Lagrange callaba, recordando, según eso, y luego decía:
"Posiblemente fue eso. No tanto que viera en mí algún talento particular, sino que simplemente me parecía mucho a su hijo. Le recordaba a su hijo muerto de alguna manera, y por eso me puso como maestro al mejor que vivía en Europa en aquél entonces, es decir, el prof. Hoffmann. De ningún otro modo podría haber estudiado con él, aunque fuera nada más un año, o dos, pues el banquero Flimt decidió al poco tiempo terminar las lecciones con Hoffmann, y enviarme al Mozarteum, de donde salí ya prodigio, ya famoso, a recorrer las grandes ciudades del mundo. La verdad, doctor; le digo que pronto tendremos que terminar con estas sesiones. Los sueños que tengo durante ellas son muy ilustrativos, y juegan elaboradamente con los vagos recuerdos que conservo de la infancia, pero, honestamente, me sería imposible comprender la vida de otro modo al que verdaderamente sucedió, o sea, como lo he recordado siempre".
Le contesté a Lagrange que, en efecto, no la estaba comprendiendo.
"¿perdón?" Inquirió, a pesar de que había escuchado lo que dije perfectamente. Yo guardé silencio. Dos días antes había estado de visita -en secreto, se entiende- en la casa del banquero Flimt. El banquero había muerto tres años antes, lo cual era hecho de todos conocido, y sus hijos -pues conocí a dos- fueron tan gentiles como para cederme algo de tiempo y hablar sobre Lagrange. Me dijeron lo poco que recordaban, pues Lagrange no fue nunca más importante que el resto de los muchos estudiantes cuyos estudios Flimt financiaba. Me mostraron los documentos que demostraban que el banquero jamás hizo pagos al prof. Hoffmann, y solamente constaban en libros los pagos correspondientes al Mozarteum de Salzburgo y la pensión alimenticia. Al final del archivo se encontraban algunas cartas de agradecimiento, escritas con intervalos de tres meses casi exactos, en las que Lagrange -con letra juvenil y algunas faltas de ortografía- le daba cuenta de sus avances en un tono de lejano respeto, agradeciéndole que le permitiera continuar con sus estudios por un trimestre más. Había dos cartas escritas durante las vacaciones con el mismo lenguaje oficioso y cortés, sin ningún detalle de familiaridad que sugiriese que ambas personas se habían encontrado alguna vez personalmente. Con ellas Lagrange buscaba agilizar sus trámites de reinscripción y así poder regresar lo antes posible a clases. Había una carta más, la que hizo que todo el tiempo invertido ese día valiera la pena. Mientras la copiaba Otto Flimt, el hijo menor del banquero, me decía que no era esa la manera en la que los becarios de su padre se comportaban usualmente. El banquero les organizaba una cena al terminar los cursos cada año; otra cerca de la navidad y otra más el sábado de gloria, pues muchos de ellos regresaban de todas partes del mundo para tocar la vigilia pascual en la capilla de la familia Flimt. No obstante de haber sido siempre invitado, Lagrange nunca asistió a ninguna de esas cálidas reuniones. Lo que es más, aun después de de terminar sus estudios, de convertirse en solistas de prestigio, maestros destacados o miembros de las mejores orquestas de Europa, los antiguos becarios seguían en contacto con Flimt, ya fuese por carta, o en cortas visitas de cortesía que siempre terminaban en cenas familiares. Lagrange, en cambio, fue descubierto por un empresario poco antes de terminar su último año y, salvo la usual carta de agradecimiento escrita el día de su graduación, no se volvió a saber nada de él en el hogar del banquero, de no ser por lo que se leía en los periódicos, que cada día era más, para satisfacción de Flimt, quien -decía- nunca olvidaba el nombre de aquellos a quienes ayudaba y (en clara referencia a Lagrange) mucho menos de aquellos que lo habían ayudado a él cuando lo había necesitado. El día de la muerte del banquero, una corona de flores llegó a la capilla ardiente. Una de muchas. Era de Lagrange, y la tarjeta que la acompañaba era la única que no contenía un mensaje personal, la única que no estaba escrita a mano y firmada.
"Por lo menos así -se lamentaba Otto- le presentó sus respetos. No esperábamos que se preocupara en absoluto por su muerte".
Me fui de esa casa, abatido y presa de un extraño sentimiento de abandono. En efecto, pensaba, la soledad del artista puede ser más grande y poderosa que ninguna otra. Lo sabía desde antes de llegar a casa de los Flimt, como también sabia, o suponía, por lo menos que, ciertamente, el banquero nunca lamentó la perdida de un hijo, y ni Otto, ni su hermano mayor se acercaron nunca, a pesar de las súplicas de su padre, a ningún instrumento musical.

XI

Después de varias noches sin soñar nada, Friedrich Lagrange se sentía poco menos que completamente curado, y como es usual en esos casos, deseaba abandonar la terapia con la intención de reanudar cuanto antes posible su carrera musical. Fueron inútiles mis esfuerzos por convencerlo que lo suyo era una pequeña mejoría, temporal casi siempre, la cual nos indicaba que habíamos tomado el camino correcto en un trabajo que apenas empezaba.
"Usted es un buen analista, Hass, pero me han advertido de profesionales que mantienen a sus pacientes atados al diván por años enteros con la idea esa de que la terapia apenas empieza. Probablemente tenga usted razón, pero la idea original de venir a verlo era la de salvar mi carrera de un desastre inminente; lo único que deseaba era dejar de tener esos sueños malditos, o que por lo menos dejaran de atormentarme en el momento de entrar al escenario".
Yo le dije que aquí se trataba de algo más que salvar una carrera; que a veces la cordura misma es la que está en juego; pero ya se sabe que para los artistas la carrera es lo único que importa en el mundo. Lo que había logrado encontrar durante la terapia parecía estar de acuerdo con esa imagen.
"Pero de seguir así, en este retiro inexplicable para los empresarios y para el público, todo se va ir al demonio de todos modos y voy a ser un hombre sano, quizá, pero sin trabajo, y entonces tendré que entrar de nuevo a terapia por esa razón".
Yo no tuve ánimos de detenerlo, y de seguro no hubiese podido hacerlo de cualquier modo. No era, como dije, la primera vez que escuchaba palabras como esas. En ocasiones, inclusive, el paciente resultaba estar verdaderamente curado, y dejarlo ir era la mejor forma de estar seguro.
"Le mandaré entradas para el primer concierto que reciba", fueron sus palabras al despedirse.


Epílogo

Sucedió que un día del mes siguiente amaneció nublado. Debe de haber sido un miércoles, porque me encontraba conversando con el doctor Santuzzi de cosas sin importancia, pero él me escuchaba con la mirada perdida de aquellos quienes no pueden sufrir más. Callaba todo el tiempo. Cerraba los ojos para evitar que la habitación siguiese dando vueltas a su alrededor. De buena gana lo hubiese invitado a recostarse en el diván, pero de alguna manera tenía que mostrar mi desaprobación en lo tocante a esas espantosas borracheras de los martes. Si de eso se tratara, simplemente le diría a Santuzzi que no asistiera al consultorio esos días terribles, pero desgraciadamente para él, de toda la semana, el miércoles era el único día que dedico a la consulta, y su presencia es indispensable. Ahora que lo pienso, hasta es probable que Santuzzi amaneciera así también el resto de la semana, y que yo no me diera cuenta por encontrarme todo el tiempo dando clase en los demás edificios de la facultad. No lo sé, y nunca lo sabré, porque al momento de escribir estas memorias conmemoramos el tercer aniversario de su muerte. Fue un gran asistente, muy a pesar de sus malsanas aficiones. Realmente lo echo de menos.
Decía yo que ese miércoles, Santuzzi me escuchaba hablar de cosas sin importancia cuando repentinamente sonó el teléfono, cuyo timbre taladró el cerebro de mi asistente amenazando con hacerlo estallar. Contestó de inmediato, y para mi sorpresa -mi asistente tiene otra línea para sus llamadas privadas- comenzó a hablar en italiano.
“Es para usted”, me dijo. Su rostro mostraba extrañeza y enojo, dirigido ahora a quienquiera que estuviese al otro lado de la línea. “Y, ¿quién es?” Le pregunté.
“La policía de Milán”.
¡Milán! me dije en voz baja, sorprendido. En realidad, no era preciso que nadie me dijera de qué se trataba la llamada. Milán había sido la sede del último concierto del gran Lagrange, y fuera de eso, nada había que me relacionara con esa ciudad, pues aun Santuzzi era romano, e incapaz de hacerle daño a nadie. Él mismo levantó otro aparato en la habitación contigua, y ofició amablemente como traductor.

Era sobre Lagrange, en efecto.

Se hallaba detenido, acusado de asesinar a un hombre al que llamaba insistentemente Jacob Proost, a pesar de que la identidad del muerto había sido confirmada como la de Rocco Santangelo, vagabundo. El agente sabía, a causa de las muchas notas de prensa que lo mencionaron, que el maestro había estado bajo tratamiento conmigo, y deseaba (aunque no era legalmente necesario) pedir mi parecer antes de someterlo a un examen psicológico, pues todo parecía indicar que había enloquecido.
La historia en pocas palabras era la siguiente: los conciertos de Praga y Estocolmo habían sido para Lagrange dos sonoros triunfos que nos llenaron de esperanza. El gran violinista se mostró seguro, apasionado y desplegó de nuevo sus viejas dotes de súpervirtuoso. Lagrange estaba de regreso. Había salvado su carrera.
O eso pensábamos; pues en Milán, sin causa aparente, el carácter del maestro se descompuso violentamente. Al despertar la mañana de su concierto ordenó que se le llevara el desayuno a su cama del hotel, un desayuno, por cierto, inusualmente abundante, pero al recibirlo se levantó fuera de sí, y arrojó toda la comida a la pared en un arrebato de rabia incontrolable. El gerente, enemigo de los escándalos, calló el hecho, y con la ayuda del agente del violinista lograron calmarlo un poco y prepararlo para la actuación de la noche, si bien no dejó de padecer en ningún momento una profunda y mal disimulada agitación. Era evidente que había tenido otra terrible pesadilla durante la noche, y su miedo a recordarla en el escenario había regresado; y es muy probable que sus temores se realizaran, porque en el concierto Lagrange tuvo severas fallas de memoria que le impidieron concentrarse en la música, al grado de terminar su actuación con el rostro rojo por la furia y la impotencia; como si a duras penas reprimiera el imperioso deseo de tomar el violín y romperlo en pedazos para luego salir corriendo. La sala se hallaba como a él le gustaba: llena hasta la última localidad. Al terminar, Lagrange abandonó el teatro sin ceremonia por la puerta de atrás, y comenzó a caminar con su agente por el callejón. Iban en silencio. El artista tenía los ojos encendidos e insomnes de los dementes, y mascullaba palabras que su agente no lograba entender. En una esquina apareció Santangelo, un mendigo conocido en el vecindario por su afición a cantar por las noches, sobre todo cuando en la basura lograba encontrar un poco de pan sin enmohecer. Sin nada que pusiera en alerta a su agente, Lagrange se lanzó sobre el mendigo, le arrebató su bastón y comenzó a golpearlo violentamente en la cabeza hasta matarlo. Lagrange le gritaba, llorando, ¡¡Jacob!! ¡¡Maldito!! ¡¡Perdóname!! ¡¡Perdóname!! Siguiendo el ritmo de sus propios golpes. Cuando por fin un carabinieri logró apartarlo de su víctima ensangrentada, Lagrange se movió con rapidez felina y logró arrebatarle su pistola. De inmediato, y con pericia insospechada, le quitó el seguro, la apunto a su cabeza y disparó. No obstante, el maestro tuvo muy buena o muy mala suerte, según como cada quien quiera pensar, pues el agente había limpiado su arma unas horas antes, y no tenía tiro en la recámara.
Le dije al agente de la Questura que iría de inmediato, en cuanto pidiese en la Universidad el permiso correspondiente. El agente me repitió una y otra vez que tal cosa no era necesaria; que el asunto se convertiría pronto en un escándalo internacional, y no me convenía verme involucrado. No obstante, me parecía que era mi deber encontrarme junto a Lagrange, a pesar de que al abandonar mi tratamiento no era ya más mi paciente. Fue Santuzzi, entonces, quien me hizo ver la inconveniencia de agregar mi presencia a la multitud de imágenes irritantes que desestabilizaban a Lagrange en ese momento. Mi sola presencia en su prisión sería un claro reproche a su necedad de suspender las sesiones pese a mis advertencias, y bastaría con aportar a su nuevo psiquiatra toda la información que me solicitara. Dicho psiquiatra, un tal doctor Fromm, fue quien recibió la publicidad -no toda ella negativa- del caso policial.
Cuando la conversación telefónica hubo terminado me quedé un rato en silencio. Santuzzi me miraba, compasivo. Al parecer, su resaca le había dado unos minutos de tregua, y me preguntó sobre lo que pensaba sobre el asunto. Para contestarle, saqué de mi bolsillo la carta que había copiado en casa de los Flimt, la misma que el banquero guardaba junto con las escritas por Lagrange durante sus estudios. Ésta, sin embargo, no había sido escrita por el talentoso alumno, sino por Hans Troost, el padre de Jacob, el amigo estudiante de violín de Lagrange, quien había sido el verdadero descubridor de su talento. En esa carta, Troost le agradecía al banquero Flimt su apoyo para Lagrange, dado que a causa de la terrible depresión económica que se vivía en la Europa de esos días le había sido imposible seguir pagando sus caras lecciones con Hoffmann. En la misma carta le preguntaba a Flimt si su becario se encontraba bien, pues se había enterado de que, después de un altercado con su hijo en el que Lagrange había roto en pedazos el violín de Jacob porque odiaba sentir que estaba en deuda con él, Lagrange se había hundido en una profunda depresión. La familia Troost estaba preocupada, y esperaban noticias.
Eso era todo. No había indicación alguna de que la carta hubiera sido contestada.
“¿Por qué no buscar a ese Jacob, llevar a Lagrange con él para cerrar el episodio, y acabar con las pesadillas?” Preguntó Santuzzi.
“Eso mismo pensé”, le contesté, “pero no es posible. Está muerto. Al poco tiempo del altercado en el que el amigo al que siempre protegió -con un bastón, por cierto- le rompiera el violín en la cabeza, contrajo las viruelas y murió. Pensaba decírselo a Lagrange cuando regresara, y continuar la terapia basados en esa noticia, pues no creo que supiera nada de eso, o quizá sí”.
“Hay cosas que simplemente es mejor olvidar”, dijo Santuzzi, y se recostó en el diván para dormir su resaca. No se lo impedí, ni lo contradije en esta ocasión.

(Oaxaca, 31 de diciembre de 2007)

sábado, marzo 22, 2008

Las razones del olvido (tercera parte)

Pido disculpas a los lectores de El Gabinete de Doktor Faust por esta nueva interrupción en la publicación del portal. Mis labores docentes y la composición de una nueva novela son mis únicas disculpas. A parti de ahora prometo la publicación de nuevos materiales, inéditos todos ellos, que espero les agraden.
Antonio Santoyo.

VII

A la semana siguiente esperaba con ansiedad, como es natural, las noticias que desde Varsovia habrían de llegarme acerca del concierto de Lagrange en aquella ciudad. Desde mi punto de vista el avance logrado había sido muy grande, por mucho que al final de nuestra última sesión el maestro se sintiese catastróficamente confundido. Le había ordenado que saliese de su trance con un recuerdo fiel y perfecto de todas las cosas que había podido recordar bajo la hipnosis y, al hacerlo, lo confronté con dos versiones opuestas de su pasado ocurriendo, si se quiere, a un mismo instante: aquella que recordaba en su estado consciente, y la que la hipnosis le había revelado o, en otras palabras, la que muy probablemente había ocurrido en la realidad. La perturbadora visión de Jacob mostrándole por primera vez en su vida un violín fue quizá la más terrible de todas pues, como ya se ha dicho, el violinista recordaba sin ninguna duda que había sido el banquero Flimt quien había descubierto sus habilidades musicales. Lo recordaba como un hombre maduro, casi anciano, quien una tarde de otoño lo llevó por los inmensos pasillos de su mansión hasta un estudio en penumbras, de altas paredes cubiertas de libros que parecían de tan colmadas venirse abajo a cada momento. Ahí, el banquero abrió una gaveta de madera, sacando un estuche pequeño y de apariencia muy antigua. En el estuche estaba el pequeño violín que habría de ser su primer instrumento. Se trataba de una reliquia de altísimo valor con la que, tras unos pocos meses de estudio, había comenzado a dominar algunas de las más brillantes piezas del repertorio. O por lo menos eso era lo que él creía recordar a la perfección. La crónica de su presentación me llegó, curiosamente, en una mañana nublada de miércoles, semejante a esa en la que nos conocimos. Amenazaba lluvia, y la terrible cruda del doctor Santuzzi lo obligaba a hacer frecuentes viajes al inodoro, en donde trataba de desahogar las espantosas bascas con las que su estómago devastado lo torturaba. A pesar de todo ello, me senté sonriendo en mi sillón y abrí la gaceta para poder leer la que yo esperaba brillante crónica de una noche perfecta.Lo que leí, sin embargo, hizo que me pusiera de pie estrujando el papel en mis manos, como si el mensajero tuviese la culpa de las malas noticias contenidas en el mensaje. Según la nota, el gran Lagrange había entrado al escenario -en el que tenía que tocar el concierto de Tchaikovsky- con paso vacilante y el rostro descompuesto por una profunda, si bien indescriptible emoción. Sudaba, se tambaleaba, y durante la larga introducción del primer movimiento rompió a llorar amargamente, sin dejar de hacerlo a ratos durante el resto de la interpretación la cual fue, por decirlo de modo amable, muy amanerada y extraña. Si bien las vacilaciones y la preocupación mostrada por Lagrange en sus últimos conciertos había casi desaparecido; su sonido era a momentos estridente y sus frases erráticas y neuróticas, plagadas de resoluciones inesperadas, llenas de resentimiento y humor negro. Al final de la obra el público se hallaba desconcertado. Aplaudía con vacilación, temiendo quizá que el artista se hallara bajo los efectos de alguna droga, pues pasaban los segundos y él no parecía responder en absoluto a los estímulos que lo rodeaban. No agradeció los aplausos, ni tampoco hizo caso cuando el director de la orquesta le hizo la señal para que ambos abandonaran la escena. Solamente después de un par de minutos el director lo tomó del brazo, y entonces el violinista pareció despertar de un ensueño y lo siguió, sin despedirse ni de la orquesta ni del público que había dejado de aplaudir, enmedio de un tenso silencio. Como si la noticia de la debacle no fuese lo suficientemente devastadora, al final de la nota el crítico informaba que, de acuerdo con rumores que corrían en el medio musical europeo, el maestro Lagrange padecía de frecuentes crisis emocionales desde que era tratado por un cierto doctor Hass, residente en Frankfurt.

VIII

Batallaba para comprender la inesperada y complicada situación cuando Santuzzi, con el rostro pálido y descompuesto de los que quisieran verse libres a toda costa de la impedimenta de sí mismos, se asomó a mi consultorio y anunció con voz entrecortada por las bascas: "El maestro... Friedrich Lagrange".Si el semblante de mi ayudante, el doctor Santuzzi, era semejante al de un difunto; el de Lagrange era definitivamente el de un ser fuera de este mundo. La única parte del mismo que reflejaba algo de vida eran sus ojos, y aun aquellos se perdían, divagaban sin permitirse reposo ni atención en nada. Se recostó lentamente y sin decir palabra en el diván, y le dije que su visita era una gran sorpresa, dado que ni siquiera sabíamos que se encontraba en la ciudad. No obstante, el maestro continuó en silencio unos minutos más, los cuales dejé pasar respetuosamente, seguro de que tarde o temprano mi paciente recobraría el control de sus pensamientos."¡Maldita sea!" Dijo al fin."Ha tenido otro sueño ¿no es así?" Aventuré."Sí -contestó- pero ahora fue todo muy diferente. Estoy asustado, porque siento que no soy capaz de controlar lo que siento, lo que recuerdo y mucho menos las cosas terribles que veo en las noches". Lagrange jadeaba, sudaba profusamente al hablar."Hábleme usted del sueño"."Me encuentro en la misma gira, en el mismo hotel, con los mismos sirvientes que no son otra cosa que los viejos amigos de la cuadra, incluyendo -ahora lo sé- a los que me golpeaban hasta que Jacob comenzó a defenderme, y a ver por mí. Lo primero que me llama la atención es que Jacob no aparece por ninguna parte. Lo espero en vano, y finalmente tengo que prepararme yo mismo para el concierto. Me visto y salgo rumbo a la sala. Ahí, como es usual en esas pesadillas, los muchachos se han transformado en tramoyistas y ayudantes de sala. Al entrar al escenario escucho los aplausos, la luz me sigue hasta mi sitial y descubro con agrado la sala llena y al banquero Flimt en el podio del director, listo para comenzar a tocar uno de mis conciertos favoritos. No recordaba que era el banquero Flimt el director, y sin embargo me parece que eso, como las demás cosas que ahora recuerdo ocurrió siempre en esos sueños sin que al despertar me diese cuenta. En fin. La orquesta comienza con la introducción, y entonces miro mis manos para descubrir que en ellas tengo mi violín. Ya no despierto presa de la desesperación por verme obligado a tocar un instrumento desconocido frente a la sala llena; puedo tocar y hacerlo a la perfección, me digo en ese momento lleno de felicidad, y entonces sigo soñando... y recordando".“¿Quiere decir que ahora recuerda lo que sucede después de que descubre que el instrumento desconocido en sus manos? ¿Ese algo que nunca antes había podido recordar al despertar y que sin embargo era parte invariable de la pesadilla?”“En efecto, aunque con algunos cambios. Inclusive los sueños más absurdos no dejan de tener su lógica”“¡Y que lo diga!” Le contesto. El maestro, sin embargo, se ha quedado callado de nuevo, siento que lo he perdido una vez más, porque una profunda emoción lo sacude y lo saca de la precaria concentración de momentos antes. Está a punto de comenzar a llorar, y es en ese instante en el que lo tomo del hombro para sacudirlo suavemente. “Siga usted”, lo animo en voz baja.“Sueño como que toco el concierto presa de un arrebato de gozo. Pocas veces, al estar despierto, soy capaz de abandonarme a la dicha pura que la ejecución musical produce con semejante desparpajo. Verá -explicaba, conmovido- tocar el violín en público es un poco como darse un beso con la amada enfrente de una multitud: nunca se disfruta lo mismo que al hacerlo en la intimidad. La multitud añade emoción, profundidad, sentido y trascendencia a lo que se vive, pero invariablemente se pierde en ello algo de la esencia. En mi sueño no. Quiero decir que era un poco como estar tocando, ebrio de felicidad, en la sala de mi casa, en presencia solamente de los más entrañables amigos, de la mujer adorada. El concierto termina, y yo salgo de la sala en hombros, triunfante y dichoso”.“Bueno -comenté yo- eso suena como un gran avance en su recuperación”.“¡Oh, no! Espere, que la felicidad termina al salir del teatro a la calle. En mi sueño, un automóvil me espera para llevarme a una lujosa cena. Como el público, emocionado, me lleva en hombros, me doy cuenta de que en la orilla de la banqueta espera un hombre. Está vestido con harapos tan sucios que su olor ofende aun a varios metros, lleva unas muletas, por lo que se entiende que se encuentra incapacitado para trabajar, y pide limosna a los que salen de la sala, aunque nadie parece ocuparse de su desgracia; le hacen a un lado de mal modo, un hombre lo empuja, y cae en un charco lodoso cerca del auto en el que debo partir.A mi no me parece justo el maltrato que el pobre inválido o mendigo recibe, y me acerco con la intención de darle limosna. Mi terror no conoce límites cuando me doy cuenta de que se trata de Jacob. Es mi viejo amigo Jacob, que me mira con profundo resentimiento. Por alguna razón siento que debo pedirle perdón, pero no sé por qué, y en la pesadilla pienso, o le digo, que de eso no estoy muy seguro, que si supiera el por qué debo hacerlo, le pediría perdón de todo corazón. Pero según eso no lo sé, y por eso comienzo a llorar, sin que los ojos llenos de reproche de Jacob se aparten de mí. Se me pegan como algo muy espeso y viscoso, su mirada me oprime y me persigue sin que sea capaz de apartarla, ni lavármela en la tina, ni quitármela de ningún otro modo. No lo soporto, doctor. Durante el concierto no pude dejar de sentir esa mirada, que me importó más que ver la sala medio vacía y el público indiferente a mi tragedia. Al terminar mi actuación llamé a mi representante para que cancelara mis próximos compromisos, pidiéndole que buscara a Jacob en dondequiera que se encontrara, pero hasta el momento no ha tenido éxito. Además, ya puede usted imaginarse las reacciones a mi decisión: mi representante se siente traicionado, mis acreedores amenazan con embargarme y los empresarios con demandarme, pero simplemente no puedo seguir así. Mi carrera se está yendo al demonio con cada actuación y, de seguir así, pronto no habrá nadie que arriesgue siquiera un centavo por mí”. Sorprendido de sí mismo, quizá, por haber logrado ensartar tan largo discurso, Lagrange calló.“Y ¿para qué busca usted a Jacob, si puede saberse?” Pregunté afectando calma. El maestro pareció no entender mi pregunta. Se mostró sorprendido y defraudado por ella.“¡Cómo! ¿Pero es que no comprende que tengo asuntos muy importantes que arreglar con él? Eso es precisamente lo que me está destruyendo por dentro”.“Posiblemente -concedí- pero hasta que no sepamos cuales son, usted no va a saber qué decir o, en este caso, de qué debe disculparse. Dejemos que su pasado nos lo diga. ¿Está de acuerdo?” Y sin esperar su respuesta le dije: “ahora le suplico que se relaje, voy a hipnotizarlo”.

IX

"Dígame, ¿qué ve?"Lagrange, duda. Se inquieta."Estoy en el estudio de mi primer maestro. No recuerdo su nombre, aunque me parece que es Hoffmann. Se trata de un hombre mayor, que usa la barba a la moda de principios de siglo, lo estimo mucho porque sabe todo lo que hay que saber sobre el instrumento y lo enseña con liberalidad, con el criterio perfecto de quien reconoce lo que cada alumno requiere en un momento dado. Su estudio es muy bello, también; de alto techo y alfombras de diseños fantasiosos. Las paredes están cubiertas con libreros llenos de partituras y libros sobre música. Por una gran ventana entra el sol fuerte del verano. Hace calor. Solamente estamos el maestro, yo y otro alumno que es el que toma clase. Debo tener ocho años. Tengo miedo...""¿Por qué tiene miedo?""No sé. Creo... Creo que no tengo preparada la lección de hoy. No me sucede a menudo. De hecho es la primera vez que me sucede. No es agradable. De alguna manera sé que Hoffmann no tolera la indisciplina; ya le ha sucedido antes a otros y los ha humillado; los ha corrido de la clase. Es mi turno. Estoy a punto de comenzar a tocar, seguro de que mi maestro se va a dar cuenta de inmediato de mi falta. Jacob entra. Jacob. No entiendo qué es lo que está haciendo aquí... Se acerca a Hoffmann, le dice que mi primo Xavier está muy grave. Yo no tengo ningún primo Xavier, pero no lo digo. Ahora sé de qué se trata todo. Le dice que me llama, que desea verme antes de morir, que debo acudir de inmediato a su lecho de muerte. Yo sigo callado, sin decir nada. Miro a Jacob sin ni siquiera acertar a ponerme triste para por lo menos hacer más creíble su farsa. Hoffmann me mira con compasión. Me dice que guarde mi violín y vaya de inmediato, que no me preocupe, pues cualquier otro día puede reponerme la clase con mucho gusto. Mi alivio es enorme. Jacob me acaba de salvar la vida. Vamos a salir, pero Jacob se detiene de repente. Olvida algo importante, y Hoffmann se lo recuerda con la mirada. Su mirada parece decir: ¿no se te olvida algo? Jacob se lleva la mano al chaleco y saca un sobre blanco rotulado con hermosas letras negras. Adentro debe de haber dinero, y mucho, a juzgar por lo abultado del sobre. Siento vergüenza...""¿Por qué?""No lo sé, pero estoy seguro de que tiene que ver con el sobre"."Posiblemente se trata de la paga del maestro, de sus honorarios"."No lo sé. Jacob no estudia con Hoffmann, quería estudiar con él, pero el maestro no lo aceptó en clase. Jacob estudia violín en el Liceo, que no debe ser tan caro como el estudio de alguien como Hoffmann. Por eso su padre puede ayudarme y pagar mis lecciones con él. Pero siento vergüenza. No puedo evitarlo. Debería de estar agradecido, pero lo único que puedo sentir es un deseo insoportable de desaparecer, de ser tragado por la tierra. De morir..."

martes, enero 29, 2008

Las razones del olvido (segunda parte)

IV

Esa primera sesión, prometedora como había comenzado, no resulto tan productiva después de todo. En cuanto comencé a escudriñar en el pasado del maestro Lagrange, su sinceridad primera comenzó a opacarse. En ese momento pensé que, o mis instintos comenzaban a entumecerse, o el personaje público de Lagrange entraba por la puerta al tiempo que el verdadero maestro salía. Así las cosas, lo que se comentó durante el resto de la consulta podría yo haberlo leído -datos más o menos- en cualquier programa de mano o nota de prensa.
Lagrange había nacido en cuna pobre, en Linz, hijo de un burócrata de origen francés que se rehusó siempre a alemanizar su apellido, y una dama austriaca cuya familia vino a menos a la muerte del emperador Francisco José; a tal grado, que sus padres se consideraron afortunados de hallarle un marido que aceptara desposarla sin el pago de una dote. Lagrange padre llevaba entonces una vida relativamente desahogada, la cual se convirtió durante la posguerra en una mera existencia sembrada de incertidumbres, que se debatía entre la cesantía y la eventual reinstalación, nunca definitiva, en su empleo. De sus cuatro hijos, solamente uno -nuestro Friedrich- creció más allá de los ocho años, por lo que su familia debía considerarse una de las afortunadas de aquél entonces. Los amigos que servían al maestro en sus sueños provenían, justamente, de la etapa comprendida entre los ocho y los doce años de edad, y eran simplemente gente del vecindario: los dos hijos del carpintero Max; Josef, el hijo de un impresor y Sophie, la sobrina de una de las mujeres más extrañas de Linz.
Se trataba de una señora de ojos amables, ni joven ni vieja, que se la pasaba encerrada en una casona heredada de sus padres sin que pudiera saberse la fuente de su sostenimiento aunque, especulaba Lagrange, lo más probable era que junto con la casa hubiese heredado dinero suficiente como para gastarlo sabiamente el resto de su vida, pues de todos los vecinos era la única que nunca pedía prestado, ni parecía tener problemas con los cobradores de impuestos. Además, aparte de sostener a su sobrina -hija de una prima muerta en la juventud, según ella- se daba el lujo de recibir en su casa cuanto gato desamparado llegaba a ella para mendigar comida, al grado de contar a veces casi doscientos de ellos pululando por las escaleras, las buhardillas y tejados. Era algo divertido de ver, salvo por las ocasiones en las que a los animales les daba por ponerse a maullar, pues entonces la escandalera nocturna se tornaba insoportable para Friedrich, a quien no le era suficiente el tapiar las ventanas con colchones y taponarse los oídos para poder conciliar el sueño en esas noches infernales. Sophie, según eso, encontró marido bien acomodado con cierta facilidad -lo cual va de acuerdo con la teoría del dinero guardado por la tía- y fue la única, entre los demás vecinitos que abrazaron el oficio de sus padres, y Lagrange mismo, que salió de la pobreza para vivir bien en Austria y Alemania.
Jacob, por supuesto, apareció mucho después en su vida, cuando ya estudiaba en el Mozarteum de Salzburgo gracias a la generosidad del banquero Kurt Flimt quien supo (no se conoce la manera) descubrir en el niño que aseaba su calzado, y en invierno quitaba la nieve de su entrada, un inusual talento musical.
Es la historia del hombre que se forja a sí mismo, que triunfa ante la adversidad y encuentra los medios para salir adelante, ayudado sólo por un pequeño golpe de suerte. De esas historias que uno admira; historias que al escucharlas es imposible no sentirse motivado y capaz de hazañas similares.
En otras palabras, una historia muy sospechosa.

V


En ella podía hallarse un enorme hueco; aquél entre la disciplinada niñez en la pobreza y la juventud productiva y de excesos liberales que la historia del banquero no acababa de llenar. Era, sin embargo, demasiado tarde para seguir, y tuve que dar por terminada la consulta; ofreciendo al maestro la mera suposición de que lo suyo no era sino una neurosis temporal, provocada quizá por alguna situación reciente de gran tensión, la cual su mente había optado por olvidar de inmediato, tal y como se olvidan aquellas cosas sin importancia, sin que su impacto cesara en las enormes, remotas y laberínticas cavernas del subconsciente. No era del todo un diagnóstico apresurado aquél; en todo caso, estaba convencido de que el irracional miedo al ridículo por sí solo no era capaz de causar en un artista maduro, habituado y hasta desdeñoso de la presión ejercida por el público, un desequilibrio como el que estaba ante mí. La razón -pensé- debía de hallarse afuera, y en el pasado. Pasado cercano, apostaba. Habría de llevarme una sorpresa en ello.
Lagrange abandonaría Frankfurt el sábado siguiente para atender un compromiso en Varsovia. Los melómanos de esa ciudad habían recibido con poco entusiasmo la inminencia del concierto, y por tal razón era imperativo recuperar la atención de un público habituado a considerar las entradas al teatro como parte importante de su presupuesto familiar. El viernes por la noche la figura encorvada y prematuramente envejecida del maestro cruzó de nuevo la puerta de mi consultorio, y aun antes de saludarnos, me dijo lo que yo esperaba.
"No he mejorado absolutamente nada, doctor. Anoche volví a tener ese sueño absurdo nuevamente. Estoy nervioso, preocupado como nunca de lo que pueda ocurrir en escena la semana que viene. Me han dicho que ni siquiera una cuarta parte de los boletos ha sido vendida, y eso no ayuda en nada a que yo recupere la confianza".
"Lo sé -le dije- y por esa razón debo pedirle que se recueste aquí... Recárguese un poco solamente. Gracias. Ahora le voy a pedir que se relaje, y concentre completamente su atención en éste lápiz..."


VI

"Dígame, ¿qué es lo que ve?"
"Veo mi casa, es como si estuviera parado enmedio de la calle, y la casa está frente a mí. Es extraño, porque deberían de estar pasando muchos carros de mano por aquí. Debe de ser domingo por la mañana. Muy temprano".
"¿Como cuantos años tiene?"
"Unos cinco años".
"Describa su casa".
"Es un edificio de dos plantas. Nosotros vivimos en la planta superior, son solamente dos habitaciones, en una se duerme, y en la otra se vive, se come, y recibe a las visitas. No estoy solo. Jacob se encuentra conmigo".
"¿Qué ocurre entonces?"
"No sé. Antes de que llegara Jacob sentía mucho miedo, pero en cuanto apareció el miedo se fue, y me siento mucho más seguro. Jacob es mayor, un par de años mayor, y mucho más alto que yo, y caminamos juntos por la calle. No tengo idea de hacia donde, pero no importa, lo que importa es la mirada de los otros niños de la cuadra. En especial de unos muy grandes, a quienes los pantalones cortos les quedan demasiado cortos, y los llevan sucios y lodosos. Me miran con odio. Sí. Estoy seguro de que esos niños son los que me maltratan todos los días cuando salgo de mi casa a buscar qué comer, porque lo que me dan en la casa siempre me deja con hambre. Solamente cuando llega Jacob, que a veces se escapa de la tienda de su padre nada más que para defenderme, solamente entonces dejan de molestarme. Es extraño, porque en este instante me duelo de esos golpes. ¡Me están doliendo, carajo!"
"No pasa nada -le digo al paciente- ya no le duelen. Siga usted".
"Ahora sé hacia donde vamos. Se trata de la casa de Jacob, y hay que salir de mi barrio para llegar a ella, hay que caminar durante unos quince minutos. Se trata de un edificio grande, como de cuatro pisos. Es muy bonito, el más bonito de la cuadra, pero no deja de haber en él algo triste, muy triste. En la planta baja está la tienda de su padre, que vende libros. Por eso es que lo conozco, quiero decir, a Jacob. ¡Dios mío, ahora lo recuerdo! Aquella vez voy caminando de regreso a mi casa, me habían mandado a la oficina de Johannson, el hombre que le prestaba dinero a mi padre. En esa ocasión regresaba muy triste y con las manos vacías por no haber logrado que Johannson me recibiera y, como siempre, me detuve a ver libros. Era triste cuando regresaba sin un préstamo, porque siempre me las arreglaba para limar un piquito y comprar un libro con el cual entretenerme y aunque fuera un poco olvidar toda la miseria de mi casa".
El relato comenzaba a desviarse cada vez más de la historia oficial como Lagrange la contaba hallándose despierto, pero de ningún modo me hubiese atrevido a detenerlo para preguntarle idioteces.
"Estoy viendo los libros a través de la vitrina que da a la calle. Un par de ellos me llaman la atención, pero como no llevo ni los pocos marcos que mi padre pidió prestados debo dejarlos en su lugar sin ni siquiera atreverme a entrar y preguntar su precio. Algo gruñe en mi estómago. Es algo doloroso. En ese instante llegan los enormes niños de la otra cuadra. Me rodean. Ignoro la razón por la que lo hacen, pero uno de ellos me empuja y caigo al piso. Es ahí en donde los demás me patean, se agachan para lanzarme puñetazos a la cara y patearme luego una vez, muchas veces más..."
Lagrange comenzó a agitarse en el diván. Dejó de hablar y empezó a quejarse ruidosamente, doliéndose sin duda de la paliza que estaba recibiendo en su trance profundo. Cuando estaba a punto de terminar la sesión para evitarle una crisis que pusiera en peligro su cordura, siguió hablando:
"Jacob... ¡Es Jacob! Está armado con un bastón, es un bastón algo más pequeño que los que usan los adultos, pero igualmente doloroso en manos de mi amigo. Los de la otra cuadra se alejan, sorprendidos. Algunos de ellos lloran. Yo estoy tan lastimado que ni siquiera puedo levantarme, pero Jacob me ayuda; me sostiene en sus brazos por un momento hasta que mis piernas pueden sostenerme de nuevo. En su mirada no hay una sola pizca de la compasión que temo encontrar en ellos. Una compasión a la que me hallo al parecer habituado. Me lleva al interior de la librería, y ahí una jovencita muy hermosa que lleva puesto un delantal se ocupa de vendar una cortada que tengo en la pierna. Es la primera vez que veo a Jacob. Así es como lo conocí, entonces. Por eso camino de su casa los niños de la otra cuadra me miran así, sin acercarse. Por eso la casa de Jacob es como un museo, lleno de cosas antiguas olorosas a naftalina. Dice que quiere mostrarme algo. Es un secreto suyo, tan bien guardado que ni siquiera yo, después de varios meses de conocernos, sé algo al respecto. ¡Me muero de impaciencia! ¿Qué cosa maravillosa, enmedio de tantas como las que miro a mi alrededor, me quiere mostrar?"
Lagrange guarda entonces silencio por unos segundos y puedo ver, como si fuese con mis propios ojos, el rostro de Jacob, en el que se anticipa la sorpresa que va a darle a su amigo. No obstante, en el rostro del maestro no veo sorpresa, sino dolor. Lagrange comienza a llorar, amargamente emocionado, y dice:
"Es un violín. Es la primera vez en mi vida que veo uno... ¡Jacob me está mostrando su violín...!”
(Continuará)

martes, enero 01, 2008

Las razones del olvido (primera parte)

Hace poco tiempo decidí escaparme brevemente de mi labor académica la cual, sin importar el gusto que de ella recibo, en ocasiones me cansa un poco, lo mismo que los caramelos cuando los tomo en exceso. Para ello cancelé mis clases una tarde de jueves, y encaminé con calma mis pasos a la venerable Hemeroteca de la Universidad Nicolaíta, lugar al que acudo ocasionalmente para hojear durante horas viejos ejemplares de la prensa local como si fuesen los encabezados del día. Pienso que, al hacerlo, voy inventando un pasado, una ficticia cotidianeidad hecha de papel que me hace falta en esa ciudad a la que pertenezco más cada día que pasa. Al repasar con la vista los catálogos de la poca prensa internacional ahí resguardada, me sorprendió encontrar 24 ejemplares del desaparecido Frankfurter Allgemeine Morgenblatt, correspondientes al mes de noviembre de 1938. La solicité de inmediato a los encargados, pues me pareció relevante que se tratara de números consecutivos, dado que del resto de la prensa alemana se preservan solamente algunos ejemplares desordenados.
La razón de esta rara circunstancia me sorprendió aun más.
Los veinticuatro números del diario alemán contienen la publicación seriada de un interesante artículo escrito por el psicólogo suizo Karl Hass, renombrado precursor de terapias como la autosugestión y la hipnosis, aceptadas hoy en día como de enorme efectividad en infinidad de padecimientos emocionales. Lejano a la pedantería asociada a los escritos académicos, el que tenía frente a mí estaba escrito en el lenguaje sencillo de quien relata una historia que le es entrañable; sin un solo término medico, sin tecnicismos o palabras artificiosas. Interesante como una novela, comencé su lectura, sorprendiéndome una vez más al darme cuenta de que aparecía ahí el nombre del gran violinista de origen austriaco Friedrich Lagrange. Ahora bien, la sola idea de que dos personajes como Hass y Lagrange, de personalidades tan contrastantes y cuyos caminos no tenían por qué haberse cruzado estuviesen de alguna manera relacionados detonó mi curiosidad, y de inmediato hice fotocopiar todas las entregas del artículo, las cuales devoré en dos noches sin sueño que de otra manera hubiesen resultado indescriptiblemente solitarias.
Así, decidí traducir el texto, cuyo título original es "Wahrheit und Vergessenheit" (verdad y olvido), para el goce de los lectores de El Gabinete de Doktor Faust; quienes podrían pensar que los he olvidado, por mucho que eso no sea así.


I

Los miércoles son un día difícil para mí. Comienzan con el mal humor de mi asistente, el Dr. Santuzzi, quien aprovecha la ausencia de su esposa -quien no falta nunca a la reunión semanal del té- para tomarse libre la tarde del martes. Al día siguiente, como es de esperarse, llega a nuestro consultorio atormentado por los efectos de una terrible resaca, siendo inútiles todos mis esfuerzos por aliviarlo de sus malestares. El resto de la mañana trascurre en recibir a los pocos pacientes cuyo bolsillo les permite distraer la atención de un investigador hacia problemas familiares que podrían resolver fácilmente si se lo propusieran, sin que para mí exista el consuelo momentáneo de escaparme a mis amadas aulas de clase, como procuro hacer de fijo. Por disposición de la misma universidad, debo dedicar al ejercicio de mi profesión por lo menos un día a la semana. Es una exigencia que no deja de tener cierta lógica, pero que no hubiese aceptado de haberme tomado la molestia de leer mi contrato antes de firmarlo.
Un miércoles en particular -hará de eso ya tres años- el doctor Santuzzi entró a mi consultorio a la salida del penúltimo paciente de la mañana, y me anunció que el maestro Friedrich Lagrange esperaba en la antesala. Santuzzi esperaba que le preguntara quién era ese Lagrange, pero no le di tal gusto. Para mi fortuna, la noche anterior había tenido el privilegio de ser invitado por la Condesa de X al Teatro Nacional para compartir su palco vitalicio, y disfrutar así del tan esperado recital que maestro había prometido dar en Frankfurt muchos años antes, pero que a causa de los bien conocidos conflictos de la pasada década se había pospuesto de forma indefinida. Lo que -ciertamente- me intrigaba, era la razón por la que un personaje como Lagrange esperaba en la antesala, si bien no me encontraba del todo a oscuras en ese punto: sin ser un experto en música, fue para mí evidente que la noche anterior el gran violinista no las tenía todas consigo. Un aplauso frío fue la justa recompensa que el público le otorgó por una actuación vacilante, en la que el patente sufrimiento del artista nos hacía desear que terminase lo antes posible su tormento. En vano esperé los cataclismos musicales que lo habían hecho famoso en el resto de Europa y en las principales ciudades americanas; y sin autoridad para dudar del buen gusto de tantos entendidos que respaldaban su fama, tuve que concluir que algo andaba muy mal en lo tocante a su arte.
Sin saberlo, en el instante de tal pensamiento había comenzado a tratar al más famoso de mis pacientes.
"Hágalo pasar de inmediato, por favor". Le pedí al doctor Santuzzi quien, en un último intento de probarme un neófito en cuestiones musicales, me subrayo: "¡pero es que se trata de Lagrange, no es cualquier paciente!"
Lo miré, compasivo: cada cual tiene sus placeres.
"En efecto", le dije con un murmullo, "y ten por seguro de que no viene a pedirme consejos sobre cómo tocar mejor el violín". Pero entonces Santuzzi se ganó a ley su revancha: "quizás sí", dijo con mirada de complicidad, y desapareció.


II

Después de las presentaciones de rigor, le hice al hombre una señal para que se sentara frente al escritorio, pero se rehusó sin decir palabra y caminó lentamente hacia la ventana. A través de la gasa entraba la luz mortecina del invierno, como si su gentileza hablase de las facultades eclipsadas del maestro. Fiel a mi costumbre, dejé que Friedrich se tomara su tiempo. Hay conversaciones que uno jamás desearía tener que comenzar, parecía decirse. Finalmente, confesó lo que yo por entonces ya sabía.
"No sé como debo comenzar". Murmuró. En ese momento, Lagrange representaba el temperamento opuesto al que esperaba encontrar en un artista. En lugar del aplomo que vence multitudes, y la seguridad que resiste la implacable presión de miles de miradas, Friedrich dejaba escapar por cada poro el miedo. No el miedo electrizante al peligro inminente, sino un temor sordo y constante a algo cuya naturaleza se desconoce, y que amenaza con causar más que un daño temporal: la destrucción total de los engranajes de la vida misma. Mi voz sonó inusualmente profesional cuando le dije:
"Si de algo le sirve saberlo, maestro, anoche estuve en su concierto, y aunque es el primero al que asisto en muchos años, estoy seguro que no es así como se supone que ocurran las cosas".
Lagrange se estremeció y por un segundo cerró sus ojos.
"No, ciertamente, -dijo- y es por eso que he venido a verle, pues me ha sido dicho que no hay en el mundo una eminencia que se le compare cuando se trata del conocimiento de la mente humana".
Le señalé una vez más el cómodo sillón frente a mi escritorio para que se sentara, sin desmentirlo. Yo soy así. Además, no es apropiado que el terapeuta le diga al paciente -por modestia falsa o verdadera que sea- que no es tan bueno como él cree. "Dígame usted, maestro. Me sentiré honrado si acaso puedo servirle en algo."
"Estoy seguro de que así es, doctor. Verá; se trata de un sueño".
"¿Un sueño?" Dije, sinceramente extrañado. Esperaba palabras como nerviosismo, neurosis, miedo, tensión o inseguridad. Ya vendrán después, pensé entonces.
"Sí. Un sueño que desde hace meses me atormenta, y que comienza a afectar mi arte y, por lo tanto, mi carrera. Usted sabe. Son muchos conciertos al año, y por cada uno de ellos recibo una importante suma en metálico. Quizá piense que lo que más preocupa a un artista como yo son las multitudes que llenan las salas de conciertos, o los críticos que asisten con la consigna de no dejar pasar un solo detalle, y así poder jactarse de haber sorprendido al gran Lagrange en tal o cual error..."
Creo que, sin quererlo, asentí con la cabeza a las palabras del violinista. Eso era lo que yo pensaba, por supuesto.
"Claro que no", exclamó; "¡Al diablo con todos ellos! Lo que realmente está en mi mente antes de entrar al escenario, en el instante trascendental en el que el empresario pone su mano en mi espalda para darme, apenas insinuado, el ligero empujoncito con el que ha de comenzar mi actuación; en ese segundo lo que me electriza es pensar: ¿estará llena la sala? ¿Ha recogido el empresario la cosecha esperada, después de sembrar la semilla de mi fama por toda la comarca? ¿Soy aun capaz de atraer a las multitudes? Entro entonces al escenario. Es el lugar más solitario del mundo. Una luz muy brillante va marcando mi camino rumbo a mi sitial frente a la orquesta, que me espera después de afinar sus instrumentos, y su resplandor me impide ver al público para calmar mi ansiedad. El camino es corto, unos cuantos metros solamente, pero pareciera que cada paso tiene la extensión de muchos siglos, de muchas vidas muy cansadas. Cuando voy a la mitad, el aplauso -un torrente vibrante- me sale al encuentro, y me hace saber que sigo vivo, que el mundo me ha dado una oportunidad más a pesar de todo. El empresario debe de estar satisfecho, pienso entonces. He ganado mi salario, un cheque abultado que importa más dinero que el que usted -con el debido respeto- debe ganar en un año; es la primera parte de mi recompensa, siendo la segunda la ovación final. El público fiel es, ciertamente, el que me otorga ambas”.
Yo escuchaba al maestro con creciente excitación. Siempre me había preguntado gran cantidad de cosas sobre el funcionamiento de la compleja mente del artista, llegando al convencimiento de que la única manera de saber al respecto era la de penetrar profundamente en la mente de uno. Ciertamente, muchos músicos, pintores y escritores habían visitado mi consultorio, y sin embargo, en ninguno de esos casos logré que me dijesen la verdad. Era como si todos ellos llevasen a la consulta a un personaje fabricado, un producto de su imaginación, un impostor que siempre se interponía entre nosotros, evitando así que descubriera la verdadera razón de su dolor; del dolor del artista, de mi paciente real. Lo único que lograba descubrir en esas sesiones era que aquellos que han sido bendecidos por el cielo con algún talento artístico adquirían junto con él, como si se tratara de una marca, la necesidad de imaginarse personas distintas a las que eran en realidad, dando como resultado a un personaje que sufría terriblemente, pero que a la vez era un ser poderoso y seguro de sí mismo, que no necesitaba tratamiento, y hasta lo desdeñaba.
En este caso sin embargo, era claro que el impostor se había dado por vencido, y se había hecho a un lado para dar paso al hombre que sufría, y que estaba dispuesto a hablar con la verdad. Mentalmente, me relamí como si estuviese a punto de saborear un suculento banquete, y le dije al gran Lagrange: "hábleme usted de ese sueño".


III

"Al principio es como si me encontrara a la mitad de una de mis giras: estoy en mi cuarto de hotel, el cual por supuesto desconozco, aunque las personas que me atienden -camareras, bell boys y meseros- son amigos de la infancia que vi crecer mientras seguíamos caminos distintos en la vida. Me sirven sonrientes, felices, al parecer, de poder compartir mi éxito aunque sea de esa forma. Uno de ellos en particular, un viejo amigo llamado Jacob, es mi mayordomo. Sus movimientos son elegantes y refinados como los de cualquier profesional del servicio, y a mí no me sorprende que en el sueño sea el encargado de vestirme para la actuación, a pesar de que en la vida real nos distanciamos debido, en buena parte, a que él nunca pudo controlar sus celos con respecto al violín. Nunca entendió que prefiriera practicar a divertirme con él, y siendo un violinista muy talentoso prefirió enseñar a realizar una carrera internacional. No sé. Probablemente tuvo miedo. Probablemente me envidiaba demasiado y por eso no soportó mi despegue a la fama. Quién sabe, toca el piano también, y no lo hace mal, así que probablemente pensaba que lo iba a llevar conmigo como mi acompañante personal y que así íbamos a vivir, a lo grande y por todo el mundo, las mismas alegres parrandas de nuestra juventud. No obstante, esas decisiones las toma en buena medida mi representante, y no le pareció adecuado hacerme acompañar por un desconocido cuando ya el prestigio me permitía contratar a quien yo quisiera. Es así como finalmente nos separamos, de eso ya muchos años, por supuesto.
Pero siguiendo con el sueño: en ese instante el mundo a mi alrededor se transforma, y de repente estoy tras bambalinas en la sala de concierto. Me encuentro vestido, concentrado, listo para entrar a actuar. Mis viejas amistades son ahora operadores de luces, tramoyistas, ayudantes y hasta atrilistas. A Jacob no se le ve por ninguna parte. Feliz, pienso en el concierto que he de tocar esa noche. En ocasiones es el Tchaikovsky, en otras, sueño que voy a tocar mi favorito: el concierto de Mendelssohn. En eso siento la presión suave de una mano en mi espalda. Es la hora. Entro a escena preocupado, como siempre, por la cantidad de localidades que se han vendido esa noche. De nada sirve preguntarles a los empleados del teatro, porque siempre te mienten con tal de tranquilizarte; la confirmación se consigue solamente a la vista de la luneta llena, los palcos llenos, el anfiteatro lleno, la gayola a reventar y con espectadores de pie. Satisfecho, constato mi éxito una vez más, y me preparo para tocar, sabedor de que esa es la parte más sencilla de todo el contrato y al mismo tiempo la que más amo realizar.
Es en este punto en el que el sueño se transforma en una terrible pesadilla. Cuando la orquesta está tocando los primeros compases de la introducción miro mis manos, y me doy cuenta de que en ellas no sostengo un violín, sino un enorme fagot, con su brillante y retorcido tudel apuntando a mi boca. La caña está húmeda, pero yo estoy convencido de no poder sacar de ella una sola nota agradable. En ocasiones sueño que se trata de un corno, pero nunca en mi vida he sostenido uno; en otras sueño que llevo un violoncello, pero en mi sitial no hay ni siquiera una silla en la cual sentarme a tocar un instrumento del que, de cualquier modo, no conozco sino su hermoso sonido. Sueño tras sueño me he visto en la pavorosa situación de tener que tocar no mi violín sino, sin saber cómo, casi todos los instrumentos de la orquesta exceptuando, por cierto, las percusiones. Y aun así, en este momento tiemblo pensando en que algún día puedo soñarme en escena sosteniendo en mis manos nada más que un par de maracas".
Recompensé la inocente gracejada del maestro con una media sonrisa. Por lo menos, pensé, no había perdido el humor.
"¿Le divierte lo que le cuento? -Dijo, amable, adivinando quizá mis pensamientos-. Lo entiendo perfectamente. Yo mismo me reiría de la situación de no ser algo terrible y atemorizante. Siempre que padezco esos sueños malditos despierto de inmediato presa de una malsana agitación, respirando agitadamente y cubierto de sudor frío... ¡Son tan reales! Lo son al grado de no poder diferenciarlos de la realidad. Además, no se trata solamente de las noches en vela que esas pesadillas dejan tras de sí. Ayer por la tarde, por ejemplo, al tocar mi concierto no podía apartar de mi mente lo soñado y, contra mi costumbre, mantuve los ojos bien abiertos todo el tiempo, temeroso de que si los cerraba pudiera aparecer en mis manos un instrumento desconocido".
"¿Cómo termina el sueño?" Pregunté.
"¿Disculpe?"
"¿El sueño termina en ese momento? Quiero decir, ¿Qué sucede después de que descubre el instrumento desconocido en sus manos?"
"No lo sé. Solamente recuerdo el abyecto terror, la vergüenza y la frustración como las que ahora me siguen insidiosamente en todas mis presentaciones... no, espere; me parece que sucede algo más, pero no debe de ser muy importante, pues no lo recuerdo".
"Lo que más me preocupa en este momento no son los sueños que usted padece -le dije a Lagrange después de una breve reflexión- sino que el recuerdo de los mismos lo asedia en sus presentaciones. Eso es lo verdaderamente atípico, aunque en casos como éste, en los que el terror onírico se repite periódicamente, es más entendible. Aun así, creo que hay una conexión entre lo que usted sueña y la razón por la cual no puede dejar de pensar en sus pesadillas en el momento clave de la actuación en público. ¿No ha pensado usted en eso? ¿Alguno de sus recuerdos puede iluminar esa situación? Me gustaría que me hablara, por ejemplo, de sus amigos; los que ve ayudándole en sueños. Me parece que han sido importantes en su vida, de otro modo, no tendrían por qué aparecer de nuevo después de tanto tiempo. ¿Conocían a Jacob? ¿Son músicos también? También lo envidiaban a usted, ¿verdad? Vamos, cuénteme".

domingo, septiembre 30, 2007

Una Carta (2)

México, D.F. a 2 de diciembre de 1968.
Mi amado Sebastián:

La verdad es que no entiendo la razón por la que te escribo esta carta. Ni siquiera estoy segura de que te vaya a llegar algún día, porque ni siquiera estoy segura de que estés vivo. Posiblemente es una más de las locuras que -según eso- me la he pasado haciendo desde octubre, pero en todo caso es una locura menos grave que matarme de hambre, o arrojarme desde el departamento de Fabiola del Valle. La pobre estaba blanca cuando logró asirme por la espalda. Yo ya tenía medio cuerpo afuera; miraba hacia la calle abajo, y aunque las lágrimas y la desesperación no me dejaban ver nada en realidad, de lo que sí me acuerdo es de la cara blanca de Fabiola. Gracias a ella, o a causa de ella debiera yo decir, es que puedo escribirte. Aunque solamente lo hago porque la prima Lulú, esa a la que tuve que pagarle treinta pesos porque logró sacarte a bailar una vez y con eso perdí una apuesta que hicimos; ella, pues, dice que está segura de que te vio caminando por una calle de Tampico. Iba en un taxi, y en el momento en el que según ella te vio, le ordenó al taxista que se detuviera, pero cuando logró por fin bajarse del coche ya habías desaparecido. Caminó un buen rato, buscándote, pero se dio por vencida después de un par de horas.
Esa misma tarde me llamó por teléfono: “¡está vivo!” me dijo, gritando por el teléfono, aunque al principio no pude entender nada de lo que me decía porque estaba yo bien empastillada. Los médicos me rellenan de pastillas para que ya no pueda llorar, ni reírme tampoco porque en mi estado, según ellos, eso también es muy peligroso. Ni siquiera me pude dar cuenta de que era la prima Lulú la que hablaba sino hasta después de un rato, y entonces la pobre me tuvo que repetir todo de nuevo. Aunque me pareció que entre más hablaba, más deseaba seguirme platicando. Me decía que me alegrara, que todo había sido un error; que esos hombres malvados debieron llevarte con ellos; debieron torturarte, lavarte el cerebro para que no recordaras nada: ni tu nombre, ni mi nombre, ni el nombre de tu calle, o del jardín en el que nos conocimos, ni los nombres de mis primas a las que les jugabas bromas tan pesadas. Para que no recordaras las películas que vimos juntos, o el único sabor de helado que nos gusta a los dos, porque entonces habrás olvidado también que rara vez estamos de acuerdo en algo, y que por eso a veces nos peleamos tan fuerte que nos sacamos sangre del corazón con las cosas tan hirientes que nos decimos. Te hicieron olvidar todo para convertirte en un robot, y que por eso no me has llamado, no me has buscado para hacerme feliz con la noticia de que sigues vivo.
Sebastián. Insisto en que la idea de esta carta es estúpida, pero no he podido dejar de escribir desde que comencé. Por supuesto que no tengo tu dirección, pero dice Lulú que ella me va a prestar el dinero para publicarla en los periódicos de Tampico junto a tu fotografía. Así, si tu no la ves porque probablemente no lees el periódico (sería insólito, porque no pasaba un día sin que lo leyeras de principio a fin) entonces alguien que te conoce lo hará, y te dirá quién eres: Sebastián Zúñiga, estudiante de medicina de la UNAM. Que tienes una novia que te adora, y una madre que te extraña todos los días. La misma que rehusó ir a reconocerte a la morgue porque le dijeron lo mal que te habían dejado los disparos que te dieron en la cara, y que por eso fue tu padrino en su lugar.
Tu padrino dijo que había tardado en reconocerte; así de fuerte te habían dado, amor mío; pero que después de todo no había duda de que eras tú.
El podrá estar seguro, pero yo no. Si te hubiera reconocido tu madre no habría duda en mi corazón de que te has ido para siempre, pero las palabras vacilantes de tu padrino alimentan mi esperanza casi tanto como la llamada de mi primita.
Debo terminar esta carta para mandársela a Lulú. Ella se esconde en Tampico, porque todavía la buscan para matarla como a ti. Aunque, ahora que lo recuerdo, eso fue hace muchos días ya. Antes de que se fueran todos juntos a Tlatelolco; antes de octubre. También Fabiola del Valle fue con ustedes, y nunca regresó, lo mismo que tú, lo mismo que Lulú. Ahora lo recuerdo.

He dejado un rato de escribir. Perdóname. Me he quedado pensando sobre lo que me acaba de pasar, y no he podido evitar llorar mucho antes de decidirme a terminar esta carta inútil. Inútil, ahora lo sé, porque todo lo soñé, todo: la llamada de Lulú, mi intento de suicidio, todo. ¡Dios mío! ¡Tan real se veía todo, tan real se escuchaba todo! Hasta pude oler el perfume de Fabiola del Valle. ¡Pobrecita de ella! Ahora entiendo la razón de su extremada palidez. ¿Estaba soñando realmente? ¿Estarás vivo en Tampico? ¿Por qué allá? No conozco a nadie en Tampico.
Tengo que apurarme y esconder esta carta. Nina debió de escucharme sollozar hace un momento y ya viene junto con la enorme enfermera a darme la pastilla.
Te amo. Te amo. Te amo.

Isaura.

(No se olvida)

domingo, septiembre 23, 2007

Página de mi diario

En casa el fin de semana. Presa de total desconcierto.

Hace ya dos semanas que no saco de su estuche la máquina de escribir. Las mismas dos semanas en las que mi nuevo horario como maestro del hermoso y antiquísimo Conservatorio de las Rosas me han alejado del delicioso oficio de escritor. No así del no menos delicioso oficio de lector, el cual -gracias a unos jugosos e inesperados negocios que se fueron tan repentinamente como llegaron- se ha visto provisto de una media docena de libros cuyo goce me ha tenido ocupado en los minutos del día en los que no estoy enseñando o tocando el piano.
Es en este momento en el que debo de señalar un hecho curioso. Desde mi temprana juventud me fijé la meta de estudiar lo suficiente, de modo que pudiera vivir con holgura razonable haciendo exclusivamente aquello que más amaba. Era algo importante para mí, pues mucha de mi energía juvenil la desperdiciaba despreciando de formas diferentes a todas aquellas personas que se veían en la necesidad de hacer trabajos odiosos con tal de ganar un precario sustento.
En mi caso, sin embargo, el reto más difícil ha sido, aun desde entonces y hasta el día de hoy, el decidir sin duda qué es -si acaso- aquello que más amo hacer, y concentrar en ello todas mis fuerzas y poderes creativos.
En mi niñez temprana - desde los cuatro años, concretamente- la lectura de temas tan diversos como la metafísica y la historia sirvieron de cómodo refugio a una realidad plagada de inferioridad física, soledad y enojo. A los doce años el Matías Sandorf de Verne me llevó a descubrir la novela, y con ella un mundo interminable de emociones, conocimiento e intensidad tan poderoso que, en la secundaria, decidí que iba a ser escritor.
No obstante, desde muchos años antes dedicaba de cuatro a seis horas al día a estudiar música en la UNAM, y con el paso del tiempo descubrí que -además de haberme enamorado perdidamente de ese arte también- resultaba tan eficiente en mis ejecuciones que la gente me pagaba buen dinero por tocar el piano, a pesar de mi corta edad.
Al mismo tiempo, y sin atreverme a escribir de forma constante, abandonaba las clases matutinas para leer, siguiendo inconscientemente una voz secreta que me decía que la única manera de aprender a escribir era leyendo, y que todo lo que enseñaban en la escuela era simplemente una distracción que acabaría por estropear mi sensibilidad si llegaba a tomarlo tan en serio como el resto de mis compañeros, o como mi propio padre, para quien mi afición por el arte constituyó siempre un funesto coqueteo con la holgazanería y la vagancia.
Pese a la mala impresión que la escuela en general me merecía, terminé la carrera de pianista; y ahora he descubierto que -aparte de la historia, la ciencia y los idiomas- la docencia se me da fácil y la disfruto enormemente, lo mismo que mis alumnos.
La pregunta es: ¿debo deplorar que ahora no me alcanza el tiempo para hacer todas aquellas cosas que amo porque vivo de otras actividades no menos apasionantes?
¿Debo sentirme apenado porque espero con ansiedad los lunes para ir a enseñar al Conservatorio? Y es que me espera la preparación de un quinto idioma; aprovecho cada instante disponible para leer un poco en los cuatro que ya hablo con fluidez; no puedo sino escribir breves notas para la composición de la gran novela del abuelo, que por fin -después de tantos años- parece dibujarse con claridad en mi imaginación, y finalmente, memorizo entre clase y clase el concierto de Mozart que voy a tocar como solista de la orquesta de la Universidad Michoacana apenas dentro de un mes. No es ya solamente aprender, sino encontrar tiempo para practicar lo aprendido la fuente de mi conflicto.
Y no he mencionado a los lectores del Gabinete, los que esperan una historia cada semana, y a quienes no pienso defraudar. Una razón egoísta me impulsa -empero- a no abandonar mi columna semanal, y es que a lo largo de muchos años he descubierto que no puedo vivir sin escribir, de la misma forma que no puedo vivir sin hacer todas esas cosas que hago -aunque sea unos minutos- todos los días.
Suplico a mis lectores que tengan paciencia; aun la misma paciencia con la que me han soportado desde la fundación del presente semanario.

A. S.

domingo, septiembre 16, 2007

A nuestros lectores

Quiero manifestar mi agradecimiento a los lectores de El Gabinete de Doktor Faust por la entusiasta respuesta que dieron a "Cosas para recordar"; relato por entregas cuya publicación hizo que el promedio de visitas a esta página aumentara a más del doble. Esperando poder corresponder -a partir del próximo lunes- a su preferencia con mejores y más emocionantes contenidos, les deseo a todos una semana feliz.
Juan Antonio Santoyo

domingo, septiembre 09, 2007

Cosas para recordar (octava y última parte)

XIII La ejecución

No había tiempo que perder. Por un momento, Steinmayer pensó que lo mejor sería, regresar y dispararle a Schultz antes de que pudiese poner las manos sobre sus hijas, pero eso solamente arrojaría sobre él a los nazis como había sucedido ya en el ghetto, sin que pudiera hacer nada por liberarlas. Descartó, pues, el plan, y comenzó a caminar rumbo al edificio de la estación, el cual estaba ya semidesierto. Andaba sin prisa, afectando calma, con las manos tomadas por la espalda como había observado hacer a los oficiales de la SS; sin hacer caso del lodo que poco a poco se le amontonaba en las botas. "A fin de cuentas -pensaba- su misión no es la de arrestar a mis hijas, sino arrestarme a mí. No obstante, sabe que ellas son la carnada perfecta y desea tenerlas en su poder para cuando yo intente liberarlas. El muy bastardo". Steinmayer sonrió. Le resultaría mucho más fácil lidiar con Schultz y su escolta cuando abandonaran el campo. Tenía sus ventajas, después de todo, el ser perseguido por el alto mando.
Desde la estación era posible ver a las prisioneras formando en la explanada en la que se tendían lentamente las vías adicionales. Eran una estampa lamentable, y Julius hubiese dado los años que le restaban de vida, fuesen muchos o pocos, a cambio del poder para salvarlos a todos. Su pena se hizo más aguda cuando comenzó a caer sobre ellas y todos quienes las custodiaban una lluvia gruesa y fría que le provocó escalofríos. Estaba bajo el techo de la estación, y se había puesto un gabán de campaña, y aun así la lluvia que mojaba a sus hijas sin que él pudiera evitarlo, calaba con frío insoportable hasta la médula de sus huesos.
Abajo se observaba un orden inusual, dada la insólita presencia en el campo del oficial de alta graduación que ahora recorría la fila. El rostro de Schultz, más que calma, reflejaba resignación, como si su labor le hubiese sido impuesta por una fuerza terrible. Después de unos momentos de recorrer las filas Krump le susurró algo al oído, solícito, y ambos se detuvieron frente a Ute, quien de inmediato y de forma involuntaria protegió con su cuerpo a su hermana Frieda.
Steinmayer sintió que su cabeza comenzaba a dar vueltas, y sin darse cuenta acarició suavemente la cacha de su pistola. Frente a él, a unos cien metros de distancia, su antiguo alumno Kristian Schultz ordenaba a la cuerda de prisioneras que iniciara su marcha de regreso al campo, reteniendo junto a él a sus dos hijas.
Entonces ocurrió algo escalofriante y completamente inesperado.
Steinmayer, quien suponía que Ute y Frieda serían usadas como rehenes y así forzar su propia rendición, observó que Schultz le ordenaba a ambas jovencitas que se arrodillasen de espaldas frente a él, a lo cual ellas obedecieron sin chistar, con la frente apuntando al cielo que comenzaba a oscurecerse, sabedoras de que su dignidad era lo único que el enemigo jamás podría arrebatarles. Frente a la ominosa presencia de Krump, a quien el desarrollo de los acontecimientos parecía satisfacer en extremo, Schultz sacó su pistola, y subió con movimiento experto e instantáneo un tiro a la recámara.
El mundo de Steinmayer, basado en la lógica y dependiente del conocimiento de las fortalezas y debilidades ajenas dio un terrible vuelco, y momentáneamente se encontró sorprendido y sin saber qué hacer. Instintivamente se llevó la mano a la pistola, e iba a sacarla cuando escuchó que una voz detrás de él dijo:
"Por fin se fueron. Nunca se habían quedado hasta tan tarde. Ya lo verá; a partir de ahora tendremos paz y tranquilidad. Usted, mi amigo, no sabe lo que es trabajar escuchando todo el día el escándalo de esas mujeres tendiendo las vías. Por lo menos las mantienen calladas, habría que ver lo que pasaría si las dejaran parlotear".
Se trataba del intendente de la estación, quien de repente había salido de su oficina para charlar con ese cabo que con aire de perro extraviado había llegado de quién sabe donde. De pronto, hasta él mismo advirtió la escena que se desenvolvía frente a ellos y preso de malsana curiosidad trató de acercarse paso a paso para poder ver mejor.
Schultz, entonces, se aproximó a Ute, quien seguía de espaldas y con la frente en alto, y apoyó la pistola en su nuca. Steinmayer no tuvo ya duda de lo que se preparaba, y desenfundó para matar a Kristian antes de la ejecución. No obstante, absorto como se encontraba en lo que veía, el viejo músico fue incapaz de darse cuenta de la proximidad del tren procedente del este, el cual se cruzó ruidosa y velozmente frente a él, apenas a unos metros de distancia, en el momento de apuntar su arma.
El paso del ferrocarril duró apenas unos diez segundos, pero fueron suficientes para que Steinmayer pudiese escuchar, presa del pánico más abyecto, el trueno de dos disparos, los cuales, confundiéndose con el silbar de la locomotora, retumbaron por entre los bosques montañosos de los alrededores con eco siniestro.
Steinmayer lanzó un alarido de dolor que desconcertó por completo al intendente de la estación, para quien lo ocurrido era una escena de todos los días. En cuestión de segundos, la desesperación de ese cabo desconocido se tornó de sorprendente a sospechosa, y el intendente corrió a su oficina para dar la alarma.
Cuando el tren hubo pasado, sin embargo, Steinmayer se halló frente a un panorama completamente distinto al que temía. Sus hijas habían desaparecido, lo mismo que Kristian Schultz, y solamente podía verse el cadáver de Krump sobre la nieve. Al acercarse corriendo, Steinmayer pudo ver un rastro de pequeñas pisadas que se adentraban en el bosque, por un lado, y por el otro, dos manchas de sangre que lentamente crecieron, hasta cubrir por completo el pecho del soldado delator del campo de Majdanek.

XIV El escape

Kristian Schultz no contaba con la extrema debilidad de las dos muchachas en la planeación de su escape. Contaba, en cambio, con la presencia de Steinmayer, a quien suponía ya en el campo, y cuya aparición esperó en vano durante toda la aventura.
Todo comenzó con su llegada al campo. Como esperaba, el general Weiss lo recibió de inmediato, y aunque el amplio salvoconducto despertó sus sospechas, accedió después de un rato a liberar a las hermanas Steinmayer, para lo cual serían útiles los servicios de Krump, conocedor del campo y de las prisioneras. Durante esos momentos, y aun después, Schultz no dejó nunca de preguntar si acaso no había sucedido nada extraño en las últimas horas, observando al mismo tiempo y con atención por todos los rincones del campo, con la esperanza de descubrir a su viejo maestro, o ser descubierto por él. Finalmente, y ya cuando salía rumbo a la estación del tren, Kristian concluyó que el lugar más probable para hallar al pianista era el mismo en el que sus hijas se encontraban, razón por la que insistió en acudir ahí de inmediato, por mucho que Weiss insistía en que se quedara a disfrutar de las comodidades de la comandancia, pues las prisioneras serían enviadas de regreso al campo en cualquier momento.
Cuando por fin logró salir de la comandancia, repicó el teléfono. Era una llamada urgente para Weiss. El rostro del jefe del campo se ensombreció mientras escuchaba la voz al otro lado de la línea, y lanzaba ocasionales miradas llenas de recelo hacia Kristian. Finalmente, colgó el teléfono. Sin mediar explicación sacó su pistola, y apuntándole al visitante le dijo: "tengo órdenes de arrestarlo. Se le acusa de cooperar en la fuga de un peligroso prisionero, causando por ello la muerte de varios soldados alemanes. !Levante las manos!" Y luego gritó, dirigiéndose a su guardia personal: "¡desarmen al Brigadeführer!"
Pero nadie acudió a cumplir la orden. Al volverse, el general Weiss se encontró solamente con la mirada fría del sargento Hagen Pankow, quien con descomunal fuerza descargó sobre su rostro un golpe seco que lo privó de la conciencia.
"A partir de este momento no hay marcha atrás", dijo Schultz, y su escolta asintió con una breve sonrisa pintada en el rostro.
Ahora, sin embargo, se veían obligados a detenerse. Ute y Frieda se habían desmayado por el esfuerzo insoportable de subir la ladera para llegar al lugar en el que el otro escolta los esperaba con un automóvil listo para partir. Sin pensarlo dos veces, ambos amigos se echaron a cuestas a las dos hermanas para recorrer los últimos metros de su alocada carrera, justo en el instante en que se comenzaron a escuchar disparos muy cercanos desde un rumbo impreciso. Al principio, Kristian creyó que estaban siendo perseguidos de cerca por los hombres de Weiss, pero al llegar al vehículo que usarían en su escape se vio forzado a desechar esa idea. Su escolta estaba en el auto, en efecto, pero ya no podría manejarlo, pues los muertos no conducen. Por lo menos eso pensaba Kristian, hasta que vio que al volante de un lujoso Phantom negro se encontraba nada menos que Kratz; maltrecho, pero vivo.
"El Führer se encuentra muy decepcionado, Herr Schultz. No hemos podido evitar que las noticias sobre el desastre en el que convirtió su sencilla misión llegaran al cuartel general, de manera que puede usted imaginarse la seriedad de su presente situación. Aun así, y considerando que usted es una persona sensata, confío en que nos acompañará por las buenas, sin hacer demasiado escándalo y, sobre todo, sin forzarnos a lastimarlo".
"Ha sido una suerte para usted mi misión, ¿no es así? Sobre todo el desastre en el que dice se ha convertido. Cuando lo conocí era un simple guardia de un sucio ghetto, y ahora conduce un gran auto oficial en virtud de sus nuevas responsabilidades de policía. Debería de estarme agradecido".
"Y lo estoy, aunque usted lo dude. Pero por la misma razón por la que he logrado salir de aquél lugar, es que debo llevarlo conmigo para comparecer ante los tribunales del pueblo y ser juzgado. Mi lealtad, a diferencia de la suya, no está comprometida con nada que no sea el bienestar de mi Patria, y mi integridad no tiene dobleces que me hagan dudar. Por eso estoy aquí, por eso estuve a punto una vez de sacrificar mi vida, y por eso la volvería a sacrificar de ser..."
Kratz no terminó la palabra. Un disparo le había hecho saltar la cabeza en pedazos. Los tres policías que lo acompañaban se parapetaron tras del Phantom, y se desató una intensa balacera en la que una mano invisible iba derribando a los nazis uno por uno, sin que ellos pudieran hacer otra cosa que disparar desesperadamente hacia todas partes, agotando su parque sin que hubiesen podido acertar sino dos de sus disparos antes de morir.
Cuando todo hubo terminado, y la nube de pólvora se disipó, Julius Steinmayer, la ametralladora aun humeante entre sus manos, corrió hasta el lugar en el que sus hijas habían sido depositadas desde el momento en el que la balacera había comenzado, y se aseguró de que se encontraran bien. Junto a ellas yacía el cadáver de Hagen Pankow, quien las protegió hasta ser derribado. A unos metros estaba Kristian. Agonizaba. Con sus últimas fuerzas, le entregó a Steinmayer el famoso salvoconducto, que sin duda le sería útil en otro lugar, y le dijo, su voz apenas un susurro: “acaba esa canción, Julius”.
Luego, tranquilamente y sin aspavientos, se murió en los brazos de su maestro.

Epílogo

Julius Steinmayer logró escapar a Suiza, en buena parte gracias al documento que había costado la sangre de uno de los mejores hombres que había conocido. Una vez terminada la guerra, la familia se estableció de nuevo en Berlín, y allá vive Frieda aun, dispuesta siempre a contar la historia de una canción, que su padre, sin saberlo, compuso para salvarle la vida a ella y a su hermana.
Adolf Hitler no se olvidó de la canción de Steinmayer, y es probable que su superstición lo obligase a modificar su manera de ver la vida y la muerte después de que -proveniente de otra fuente- le llegara la noticia de que la estrofa que Eva conocía era la única existente, lo cual interpretó como si la aniquilación y la nada debían de ser el destino de Alemania. Pocos días después de la huída del pianista, que le fue mantenida en secreto para evitar otro ataque innecesario de rabia, el Führer sufrió un atentado al que sobrevivió contra toda posibilidad, y se olvidó de todo aquello que le recordara que no era invencible, incluyendo la canción. Aun así, todavía se debate en algunos círculos históricos la posibilidad de que un compositor de canciones hubiese podido influir de alguna manera en el destino de la Patria, y las muchas ramificaciones del problema sin duda mantendrán ocupados a los estudiosos por largo tiempo. Hasta entonces, pienso, los músicos deberían de ser tomados mucho más en serio.
Por si las dudas.

AS

Tarímbaro, Michoacán; 7 de septiembre de 2007.

domingo, septiembre 02, 2007

Cosas para recordar (séptima parte)

XI El cabo

Una densa capa de niebla comenzó a cubrir lentamente los bosques cercanos a Majdanek. Hacía frío. Pronto sería hora de regresar a las barracas y Steinmayer, con un nuevo uniforme de cabo -ahora uno correspondiente al destacamento a cargo del campo- buscaba desesperadamente una manera de evadirse con sus hijas antes de que eso sucediera. Enmedio del relativo desorden del trabajo en el campo había sido fácil disimular su verdadera identidad, pero el músico estaba seguro de que no pasaría mucho tiempo antes de que algún oficial desconfiado le pidiera sus documentos o de que, simplemente, alguien lo desconociese. Por eso, una vez que hubo dado a conocer su presencia a Ute y Frieda, les impuso silencio y comenzó a pasear por los alrededores de la estación en construcción, para así encontrar la mejor ruta de escape. Era una tarea con la que debería de haber cumplido desde antes de acercarse al grupo de prisioneros y darse a conocer a sus hijas, momento a partir del cual tendría los minutos contados para escapar; no obstante, la oportunidad de aliviar el hambre insoportable que lo atormentaba a causa de su caminata sin descanso desde Varsovia se le presentó de forma irresistible cuando un cabo de guardia se separó de su puesto brevemente, y caminó hacia el bosque cercano para orinar y comer un pedazo de Sauerteigbrot que llevaba en sus alforjas.
Steinmayer llevaba ya un par de horas agazapado detrás de unos arbustos. Indeciso, confuso y exhausto hasta la nausea. Desde el comienzo de su sangrienta huída del ghetto apenas y había comido algunas sobras de tocino rancio que encontró en el café Budapest, y frutos silvestres hallados durante la larga marcha a Majdanek la cual -por caminos ocultos y escondido en un vagón de tren- le había tomado otros dos días de amarga incertidumbre. Aun así, y a pesar del estado de inhumana postración en el que se hallaba, al ver a sus hijas vivas y prácticamente al alcance de su mano su corazón extenuado saltó con infantil júbilo una vez más, impulsándolo a la acción de inmediato. La observación de los alrededores tendría que esperar. Antes era menester recuperar algo de las fuerzas perdidas, y Steinmayer lamentó solamente, cuando le daba un sólido cachazo por la espalda al desprevenido cabo, que éste no se hubiese lavado las manos antes de tomar el pan ácido de su trunco almuerzo.
Steinmayer comió con infinita fruición el magro manjar, que complementó con un poco de vino y una barra de chocolate que el cabo llevaba en preparación, quizá, de alguna celebración. A punto de darle muerte, el músico se detuvo. También estaba cansado de matar. Así, lo arrastró bosque adentro y lo ocultó, semidesnudo y perfectamente amordazado, en un cráter de mortero -recuerdo de la invasión del 39- al cual el tiempo había cubierto de nuevo con una maleza verde y generosa.

XII El Soplón

Eran muchos los obstáculos a vencer en un escape sin preparación como el que los Steinmayer estaban a punto de intentar. Primeramente, aunque de algún modo Julius pudiese escabullirse con sus hijas al bosque cercano, con el posible pretexto de llevar a las prisioneras a cortar leña, el estado de inanición y debilidad en la que ellas se encontraban hacían imposible que llegaran muy lejos caminando. Era necesario robar un transporte, primero, y luego separar a Ute y a Frieda del grupo para que lo abordaran, todo ello sin levantar sospechas de los oficiales quienes detendrían fácilmente a los fugitivos al advertir cualquier situación extraña.
En el instante en el que Steinmayer trabajaba en una solución para estos problemas, se le acercó un soldado, el cual de mal modo le preguntó en donde estaba Karl, nombre que el pianista de inmediato identificó como el del dueño del uniforme que llevaba puesto. Al parecer, Karl y ese soldado tenían un asunto pendiente, y al último le preocupaba que aquél hubiese escurrido el bulto sin desahogarlo a su satisfacción.
"Ese imbécil tiene mi dinero -dijo el soldado- y no me extraña que haya desaparecido. Seguramente salió de permiso sin avisarme, y no regresará sino hasta el fin de semana, crudo y sin un centavo. ¿A ti qué te dijo?"
"Me pidió que tomara su lugar por un rato -contestó Steinmayer calándose el tocado casi hasta la nariz- porque se sentía muy mal y necesitaba... tu sabes, había comido demasiado de ese pan de masa ácida que hornean en el sur. Quería evitar un accidente frente a los demás y salió corriendo".
El músico rió por lo bajo, tratando de hacer humor, pero dándose cuenta al mismo tiempo de lo ridículo de su situación. No obstante, y sabedor de que las situaciones más absurdas suelen ser aquellas que preceden a los acontecimientos importantes, se preguntó la razón por la que ese soldado se daba el lujo de hablar con ese desparpajo a sus superiores; pues así se tratara de un simple cabo, en el ejército siempre se guardaban las distancias. Siguiendo un presentimiento, dijo:
"En realidad, el que debería de ir camino de Berlín sería yo. Solamente voy de paso, proveniente del frente oriental, pero me encontré con Karl y conversando con él me pidió este favor. Es una bestia, pero me pareció que no habría problema".
"Claro -respondió el soldado con actitud pensativa- ya decía yo que no me parecías conocido. Llevo dos años en este campo y creo que jamás te había visto. ¿Del frente, dices? Raro ¿Por qué traes entonces uniforme de guardia?"
Steinmayer comenzó a sudar frío.
"Me acabo de cambiar -dijo-, el uniforme que traía estaba hecho una lástima, y me permitieron usar este por lo pronto".
"¿En serio? ¿Weiss te dejó hacer eso? ¿Y qué haces aquí, fuera del campo, en lugar de estar en la comandancia? Además, deberías de haberte lavado también, y rasurado. ¿Cuál es el nombre de tu unidad?"
"¿Y con qué derecho me interrogas de esa manera, soldado?" Respondió Steinmayer con actitud desafiante, resuelto a salir de esa situación jugándose todo a una sola carta.
“Sí, es claro que vienes de fuera. De otro modo sabrías que tengo la confianza del general Weiss, el jefe del campo. Mis ojos son sus ojos, y mis oídos son los suyos. El general no tiene que salir de su oficina para estar seguro de que sus órdenes se cumplen al pie de la letra, porque de eso me encargo yo. ¿Entiendes ahora? Los oficiales son los que tienen la autoridad, pero todos sus movimientos sospechosos van a ser reportados al general de inmediato, y ellos lo saben. Ahora que, por supuesto, no todo lo que le cuanto al general es necesariamente la verdad; pero eso a él no le interesa. Es más, no ignora que todo servicio de inteligencia tiene sus fallas, y que lo que cuenta son los aciertos que le permiten mantener al campo y a los prisioneros funcionando como un relojito”.
El soldado calló por un segundo esperando ver en el rostro de Steinmayer el efecto de sus palabras, y luego agregó:
“Por lo pronto voy a ir a la comandancia para asegurarme de que tus papeles están en orden, porque supongo que ya están ahí, ¿verdad?”
“Por supuesto”.
“Excelente. Deberías venir conmigo. Es un largo camino de regreso al campo, y lo es más andando a solas”.
En ese momento llamaron a formar a los prisioneros. El gesto de Steinmayer se tornó sombrío. Su engaño sería descubierto en cualquier momento y, una vez formadas, sería casi imposible separar a sus hijas de la cuerda de trabajadoras forzadas.
“¿Me estás escuchando, cabo...?”
“Rosenkranz -complementó con urgencia mal disimulada el pianista- cabo Rosenkranz”.
“Bien. Yo soy Krump. Era sargento, pero me degradaron... dos veces”. Krump dejó salir una risita que parecía un quejido suprimido. “El general no pudo evitarlo, pero yo sé que me va a saber recompensar cuando llegue el momento”.
“Estoy seguro de que así será”. Dijo Steinmayer con impaciencia, y agregó: “será mejor que se vaya. Yo iré luego, con los demás prisioneros”.
“Como quieras. Hará mucho más frío para cuando lleguen”.
Steinmayer decidió que iría en pos de la cuerda de presos, seguramente para intentar un escape desesperado; incluso se volvió y comenzó a caminar, pero se detuvo en seco al escuchar una voz de sobra conocida.
“¿Soldado Krump? Vengo de la comandancia del campo. El general Weiss me pidió que entregara a su capitán esta orden, mediante la cual debo disponer de dos de las prisioneras que trabajan en la estación. Por cierto, ¿no ha notado nada extraño en los días pasados? ¿Algún incidente con bombas o explosiones inesperadas?”
Era la voz de Kristian Schultz.
Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.