lunes, junio 11, 2007

Las Campanas Mágicas (Primera parte)

Es a petición de mi querida amiga Grace Lindsay Collins que escribo este breve artículo, dada la inminente publicación en algunos diarios de México -sobre todo aquellos afiliados a una importante cadena mediática- de una nota aparecida semanas atrás en The Independent, intitulada "The Secret of the Magic Bells". Dicha nota busca conmemorar, con datos erróneos por completo y dando crédito a rumores sin fundamento, el aniversario veinticinco del entonces famoso "milagro de las campanas", uno de cuyos protagonistas fue su padre, el difunto compositor y pianista Dr. Crawford Collins. Siendo tal historia un hecho poco conocido en nuestro país, conviene poner al corriente a los lectores de sus detalles, aportando después una actualización que quizá ayude a explicar muchos de los misterios que en aquellos días ensombrecieron el incidente, contando para todo ello con la información veraz y de primera mano de la que probablemente carecieron los redactores del diario estadounidense.

En las páginas centrales del Indiana University Monthly Academic Report, correspondiente al mes de abril de 1980, se publicó la noticia de la jubilación del Dr. Crawford Collins como presidente de la academia de composición de dicha universidad. El hecho provocó -ante la preeminencia y buena salud del sabio profesor- una reacción de fuerte rechazo y extrañamiento en los círculos artísticos de todo el mundo; al grado que, en los meses posteriores, un sinfín de cartas provenientes de los cuatro rumbos del orbe se amontonaron en su escritorio vacío. Algunas de ellas estaban firmadas con nombres tan sonoros como Xenakis y Conlon Nancarrow, y todas habían sido escritas con el propósito de exhortarlo a reconsiderar su decisión de abandonar una silla tan principal y vitalicia por tradición.
El Dr. Collins, sin embargo, se encontraba ya caminando por los senderos de Tristan Manor, su finca de Eynsham. Saludaba la llegada de las lluvias del verano, que sin duda le permitirían cultivar las mejores legumbres y los jardines más hermosos del Oxfordshire, y por las tardes había tomado la costumbre de sentarse a conversar con los pocos alumnos de la cercana universidad que sabían de su retiro, y que lo visitaban después de recibir su cura. Es probable que ni siquiera esos muchachos agudos y observadores fueran capaces de descubrir en el cáncer la razón secreta y verdadera del repentino interés del maestro por la paz de los campos, la agricultura y la jardinería. La razón no importaba en realidad, sino que Crawford Collins lamentaba todos los días el no haber descubierto antes el sublime placer de vivir los días como si fueran los últimos de su vida.

Fue precisamente en su huerto, cuando con el azadón preparaba una cama de composta para las calabazas, que tropezó con lo que pensó sería una piedra escapada al barbecho. Estuvo a punto de dejarla en su lugar, temeroso de dañar las raíces tiernas, pero pudo más su natural perfeccionista y con extremo cuidado comenzó a quitar la tierra que cubría el obstáculo.
Al escarbar, empero, advirtió que no se trataba de una piedra, sino de algo más grande y metálico: una caja algo más grande que las usadas para guardar zapatos, que sacó de una pieza y sin molestar a sus calabazas unos minutos antes de que se pusiera el sol.
Grace recuerda claramente la inusual perplejidad de su rostro al verlo entrar a la casa, pasada la hora de la cena y sin quitarse las botas de trabajo, llevando en las manos la caja sin lavar que subió de inmediato a su estudio sin pedirle a su hija que lo siguiera, pero sin impedírselo tampoco.
Adentro hallaron, para su sorpresa, un juego de 24 campanas de plata en forma de hongo, sujetas por la parte de abajo a una placa de oro que tenía grabada una inscripción en símbolos de apariencia insólita, cubriendo sus cuatro orillas a la manera de un friso inclinado. Nada más había en la caja, ningún documento que indicara su procedencia o propósito, ni tampoco el percutor con el cual, de tratarse realmente de un juego de campanas, había de tocarse. Era una pieza de hechura antigua y exquisita que se encontraba en muy buen estado a pesar de que su caja estaba sencillamente cerrada y sin sello. Grace se aplicó de inmediato a limpiarla con el pulidor de plata que había en casa, y a copiar cuidadosamente los símbolos de la inscripción en una hoja que su padre se llevó al otro día y muy temprano a Oxford para que la examinase su viejo amigo Nicholas Templar, el heredero de la cátedra de Tolkien en Lenguas Antiguas de la Universidad.

Sin éxito.
Sacrificando su erudición y orgullo profesional, Templar se sumió en las profundidades de la biblioteca para buscar solución a su embarazosa e inaudita ignorancia en lo tocante a la inscripción que Collins le había llevado. Su desconcierto iba en aumento al ver que ni el gran compendio de Thompson-Lewis (Londres, 1917) ni el enciclopédico catálogo lingüistico (El Inglés, Celta y Galés, un estudio comparativo; Cambridge, 1965) de Milton Cowdray contenían nada parecido; al grado de acusar al compositor -poco después de tomar el té juntos- de jugarle una pesada broma de estudiante inventando esos símbolos, por muy lógica que fuera su secuencia y auténtico su trazo, para escapar del tedio del retiro. Más tranquilo, le confesó al amigo que regresaba a Eynsham que la única explicación de la presencia de ese artefacto en su jardín sería el paso por Oxfordshire de alguna tribu de navegantes que habían escapado de la costa cantábrica en tiempos de la ocupación romana, y que tal era la única huella que habían dejado tras de sí. Quedaban sin explicar los misterios de su conservación y fácil descubrimiento, y mucho ayudaría el que Collins pudiese llevar el instrumento a la Universidad para su estudio. Después de todo, esa era su obligación. Collins asintió, pero le rogó a Templar que no dijese una sola palabra a nadie del descubrimiento, por lo menos en unos días. Para el maestro, las campanas tenían mucho menos que ver con la arqueología que con la música, y en esta última, él era el especialista.

Determinó que estaban afinadas en cuartos de tono casi perfectos, en orden cromático ascendente, con la nota más grave en la esquina inferior izquierda y la más aguda en la superior derecha de la placa. Entre ambas había una distancia de una octava menos un cuarto de tono. La nota más grave quedaba a caballo entre el la bemol y el la natural de acuerdo con la afinación a 440 hz. Esto desilusionó un poco a Collins al pensar que podría tratarse simplemente de un instrumento barroco, aunque pronto tuvo que descartar esa posibilidad, merced a las cosas tan raras que sucedían cuando lo tocaba: las gallinas enloquecían en el gallinero, los pájaros que volaban cerca perdían su rumbo y chocaban contra las ventanas, las cosas aparecían muy lejos del lugar en el que las habían dejado y la leche se agriaba sin razón aparente. ''Podría ser el Glockenspiel de Papageno'', le dijo a su hija un día en el que el dolor de su enfermedad lo obligara a buscar esperanzas imposibles. ''La afinación un tanto baja es consistente con esa idea''. Grace le contestó a su padre que relacionar esos incidentes con las campanas era señal de que su curiosidad por ellas había llegado demasiado lejos. ''Además, en ese caso las campanitas pertenecerían al Egipto antiguo, y no al clasicismo europeo''.
Pero el profesor no se amilanó, y siguió experimentando con las melodías poco usuales que se conseguían con los cuartos de tono. Una vez le preguntó a Marge, la ama de llaves, si acaso sentía algo extraño al escuchar la música. "Me siento mareada después de un rato", fue su respuesta.
Sin una razón de por medio fuera de las coincidencias mencionadas, Collins estaba convencido de que había algo de sobrenatural en las campanas; y aunque no tenía duda de ese poder, no tenía idea de su naturaleza, o de la forma de liberarlo. Como compositor, sabía que solamente hacía falta una regla de transformación, y dedicó meses enteros a probar algunas ideas relacionadas con la longitud de onda, la circunferencia de las campanas y hasta su relación con los colores primarios y sus combinaciones elementales. Su búsqueda lo llevó a considerar las posibilidades estadísticas sobre cuales campanas serían las primeras en ser tocadas en una tarde de lluvia cualquiera si el instrumento se dejara a la intemperie; aunque el cálculo le llevó varios días que declaró perdidos, pues obtuvo el mismo monótono resultado que con el resto de los experimentos.
Finalmente, el día de Epifanía de 1981, Collins encontró lo que había estado buscando por tanto tiempo. Se hallaba recostado en la sala de su casa. Ya no podía hacer otra cosa, pues el cáncer había rebasado su origen y afectaba todo su cuerpo, impidiéndole hablar y moverse, aunque insistía con señas en ser llevado a la planta baja para poder ver la nieve sobre los tilos de la loma cercana. Cerca de su mano, sobre la cama, tenía una tarjeta que su hija le había dado en navidad, y con un esfuerzo que a él le parecía humillante la levantó para mirarla. En ella estaba una fotografía en la que aparecían Collins, Grace y Sophie, su madre; la amada mujer que había perecido en el mar años atrás, cuando iba a reunirse con su esposo en el Nuevo Mundo. Era una imagen llena de paz y felicidad. El trabajo no era un obstáculo entonces para pasar juntos días enteros entre conferencias y conciertos, y Grace abrazaba a su padre; iba a darle un beso, pero se volvió justo antes de que el fotógrafo disparara, con la sonrisa más hermosa del mundo pintada en su boca de niña.
Collins amaba esa foto, y la conservaba cerca en las que sabía sus horas finales, decidido a tenerla frente a sus ojos en el momento de la muerte. Debajo, en letras muy pequeñas, decía: "Nunca cambiará. Con amor de tu hija, Grace".
En el instante de leer el nombre de su hija, Collins cerró los ojos y llamó con un timbre a Marge para pedirle que le llevara las campanas.
Era una idea descabellada, pero que valía la pena intentarse. Había razonado que cada una de las 24 campanas podía corresponder a las letras del alfabeto latino, concepto que su mente debió descartar sin avisarle, obsesionada por el origen bárbaro atribuido al hallazgo, que el mismo profesor asociaba a un aspecto sobrenatural que nadie más compartía.
Comenzó por asignarle a la nota más baja la letra "A", siguiendo el orden del alfabeto hasta la "X", omitiendo la "Ñ", y tocó en las campanas el nombre G-R-A-C-E. El resultado, sin embargo, fue una mas de las absurdas e incómodas melodías que hasta entonces había obtenido del instrumento y la explosión de una bombilla.
Su desconsuelo fue devastador. Collins sentía que había desperdiciado sus últimas fuerzas en seguir buscando -en unas campanas halladas por casualidad en su huerto, y cuyo estudio había consumido los últimos meses de su vida- un secreto del que no sabía absolutamente nada, salvo el hecho de que tal secreto existía. Exhausto, invirtió el orden de las letras, comenzando el alfabeto por la campana más pequeña, y mareado por el mero esfuerzo de levantar el martinete, tocó una vez más el nombre de su amada hija Grace.

Y entonces ocurrió el milagro.

Collins se había colapsado por la fatiga, y su respiración se hizo mucho más difícil. Comenzó a jadear trabajosamente, y supo que se estaba muriendo en la soledad de su sala y sin nadie que pudiera acercarle de nuevo la foto para mirarla con sus ojos que se oscurecían. Iba a perder la conciencia cuando se dio cuenta de que la Música seguía sonando.

(Continuará)

lunes, junio 04, 2007

Una pequeña historia de amor

I

Sí. Lo recuerdo bien.

Era la cuarta vez en esa noche, y mis movimientos eran ya una parte de una instantánea rutina -¿quién dice que las rutinas no pueden forjarse, vivirse y odiarse en minutos?- que repetía sin pensar: dejar el violín sobre la silla, abandonar el escenario, bajar las escaleras hasta la oficina, entrar al baño, bajarme los pantalones cuidando de hacer a un lado los tirantes, sentarme en el retrete y defecar un plasma parduzco y maloliente, padeciendo al mismo tiempo el dolor de una daga encajada en las costillas. Mejor ni me pregunten si comí algo echado a perder, o hice algún coraje, pues de eso si de plano ya no me acuerdo, si bien tengo aun presente el temor -escalofriante por momentos- a morirme con la mano en la cadena de la letrina.
Esta vez, la cuarta, pensaba empero tomarlo todo con más calma. Era el descanso, y pensaba aprovecharme de ello a pesar de que no había tocado mucho que digamos en los turnos, dejando mis melodías a cargo del pianista en los momentos de ansiedad, en los que tenía que desaparecer sin tiempo de hablar con nadie, ni de cambiar a una pieza sin solos de violín. Imagínense nada más.

Carajo.

Era el descanso como dije
; estaba en el baño en el que solía defecar el jefe, y el jefe no estaba en el cabaret, o por lo menos no debía estarlo, ya que unos minutos antes lo habíamos visto salir con la linda morenita a la que los muchachos de la orquesta llamábamos, a falta de mayores datos, "la de los jueves". Era jueves, pues; un jueves cualquiera durante el sexenio, creo, de Miguel Alemán.

II

Para mí, el retrete del jefe era algo más que un simple sanitario. Con su alto techo, los blancos azulejos de las paredes, su piso de mosaico y abundante papel, se trataba de un recinto apto -en momentos de sana evacuación- para la lectura y la meditación, para el goce perfecto de la única soledad necesaria del hombre moderno, y al mismo tiempo la mejor.
El disponer de un retrete así convirtió mi crisis en algo mucho más llevadero, aun cuando ésta entraba en una fase más aguda. Es decir, sudaba copiosamente por el esfuerzo de esperar, tan sólo, el siguiente asalto de mierda.
A un lado, detrás de mí, había una pequeña ventana, porque ningún excusado que se respete debe carecer de una discreta ventilación. En este caso, la ventana daba a la cerrada de Vergara, en el centro de la capital de la República; cerca de la esquina en la que esperaban algunas de las mujeres más bellas y más perversas de la vida nocturna de aquél entonces. Aunque la ventana quedaba a la altura de mi cabeza, se hallaba a un par de metros del piso del callejón, a salvo de miradas indiscretas.

No estaba a salvo, sin embargo, de otras cosas. Más sutiles, más etéreas.

En el instante en el que abrí la pequeña ventana, escuché voces provenientes de la cerrada de Vergara. Eran dos personas, un hombre y una mujer, discutiendo agriamente. Se trataba de una escena que se veía a menudo en las cercanías del cabaret; lugar de copas y de baile, de música suave y canciones de amor. Los ingredientes perfectos de un rompimiento, o bien de una noche de arrebato, según la suerte de cada quien.

III

Por las prisas no me había sido posible llevar al excusado algo para leer, razón suficiente para escuchar la discusión del callejón pese a mi noble costumbre de no meterme en lo que no me importa.

"Déjame en paz", dijo la voz.

Y la reconocí de inmediato. Cómo no hacerlo, si al escucharla por primera vez unos minutos antes no pude evitar una violenta y notoria rebelión en mi bajo vientre; algo inusual y embarazoso, pero natural en un varón apasionado, con seis meses de total abstinencia carnal. Era la voz cálida, húmeda y aterciopelada de una mujer de piel blanquísima y cabello rojo, la cual se me acercó al final del turno con una petición escrita en una hoja rosa y perfumada, persuadiéndome con una sonrisa, y la vista amenazadoramente cercana de sus hombros desnudos y pecosos. Moneda irreprochable, más valiosa que cualquier otra para comprar el favor de un artista.
La hermosa jovencita, a la que no pude adivinarle más de 19 años, deseaba escuchar una canción famosa, que estaba de moda en los veintes, más o menos cuando yo tenía su edad. Debo reconocer que tenía buen gusto, pues aunque era una melodía de arrastre en su tiempo no era un rudo two step, ni tampoco un tango simplón, sino un fox de compás moderado y melodía seductora llamado, apropiadamente "Canción de Amor". Esa niña afrutada y el fox-trot solicitado debían de tener mucho más que una simple preferencia en común, porque en el momento de aceptar tocarla, ella se dio la vuelta y le dedicó una mirada de complicidad a un sujeto de corbata roja y saco pachuco que la miraba desde una mesa cercana a la pista. Ese -pensé- debía ser el mismo con el que la bellísima muchachita estaba discutiendo justo ahora, apenas unos pasos alejada de mi trono doloroso, de mi potro de tortura. Ni qué decir de lo mucho que su voz me reconfortó entonces. Sin importar que ahora sonara enojada, y no dulce como hacía un rato; el mismo alboroto se levantó de nuevo en mis partes más privadas al escucharla. No era, por supuesto, la voz solamente; sino el recuerdo de su rostro perfecto, sus ojos claros, su lacio cabello largo hasta la cintura, su pecho abundante y enhiesto. Su cintura breve que se balanceaba sobre piernas que se adivinaban portentosas debajo de la falda que cubría apenas más allá de la línea de la decencia.

Era una mujer de milagro.

Una mujer para las que se escriben himnos.

Una mujer de esas por las que los hombres se matan entre ellos.

O por las que los hombres se hacen matar, simple y sencillamente.

IV

"¡Ya lárgate! ¡Déjame en paz! "
Dijo la mujer.
"Estás loca".
Dijo su acompañante, el del saco de pachuco.
Debían de estar a solamente unos centímetros de la pared. Seguramente el desgraciado la tenía arrinconada contra ella. Tomaba su barbilla con una mano para obligarla a mirarlo a los ojos, el muy cabrón.
"Vamonos, Regina; preciosa joya de mi amor. No tiene importancia eso que..."
"¡Por supuesto que la tiene! ¿Qué soy yo de ti? ¿Una querida? ¿Una puta, o qué demonios? ¿Cuánto tiempo nos hemos amado, cerdo, y todavía no eres capaz de reconocer la canción con la que nos conocimos, la primera que bailamos juntos?"
"¿Cuál canción, Regina? ¡No me chingues...!”
"¡Sí te chingo, cabrón, y ahora de una vez por todas!" Dijo la muchacha. Sin gritar, hasta en voz baja; sabedora de que no es necesario alzar el tono para decir las cosas más terribles del mundo. "Tú y yo ya somos historia. Dile a la portera que pasaré por mis cosas el martes; que ahora me voy a la casa de mi madre, a decirle que tenía razón cuando me dijo todo lo que pensaba de ti".
"¡Caramba!" Pensé yo, un segundo antes de que un retortijón me recordara mi lugar en el mundo.
"No puedo creer que haya sido yo tan tonta al pensar que alguien como tú podía entender mis sentimientos. Mira, tienes razón si piensas que contigo me dejé llevar por el deseo, por las ganas insoportables que tenía de ser amada por una macho de verdad. Pero entérate: no es tan simple. También tengo una parte romántica, como todas las demás mujeres bien nacidas, y esa parte ha estado muerta de hambre desde que te conocí. Es más -y aquí Regina moduló su voz hasta convertirla en un llamado de animal deseo- me parece que el violinista al que le pedí esa canción logró despertar ese rincón de mí del que tú te has olvidado, con una fuerza que jamás creí posible. Cuando tocaba ese hombre -Regina bajó la voz al punto en el que tuve que inclinarme en donde estaba sentado para acercarme aun más a la ventanita- comprendí que lo que busco en un amante va mucho más allá de la atracción salvaje que no satisface sino la pura necesidad del cuerpo. Gracias a ese artista enviado por el cielo ahora entiendo que lo que tu me das, cualquiera puede darlo. ¿Qué hombre -me la imaginé sonriendo diabólicamente, recorriendo con su mano las formas enloquecedoras con las que naturaleza la había bendecido- qué hombre no se volvería un león en celo al verme como solamente tú me has visto, Sebastián?"
"Cierto, Regina -concedió el otro-, el hombre tendría que estar muerto para no reaccionar como dices".
"Por eso me voy, Sebastián. Porque cualquier hombre me puede dar lo que tú me das. Honestamente, mi mamá tiene razón cuando dice que en la oscuridad todos ustedes son iguales; pero la pasión y el sentimiento que verdaderamente pueden colmar mi alma ¡eso nada más me lo puede dar el violinista que, con su arte maravilloso, me acaba de abrir los ojos!"
Sebastián soltó entonces una estentórea carcajada que retumbó en el callejón.
"¡Vaya, vaya! -dijo en tono insoportablemente burlón- ¡Regina, amorcito! ¿Me vas a decir que te acabas de enamorar de un músico de cabaret? ¡Por Dios, no me fastidies! ¡Y eso nada más porque te gustó cómo toco nuestra canción!"

Digan lo que quieran, pero en ese momento me imaginé perfectamente la sonrisa del pachuco: superior y suficiente; la sonrisa del que se sabe indispensable más allá de toda duda.
"Ven, Regina -dijo Sebastián suavizando las palabras- vamos adentro de nuevo; déjame invitarte otra copa antes de irnos a casa. Ya basta de reñirme solamente por no saber distinguir entre una canción y otra. Ándale, nena. No es tan grave, ¿verdad?”

Se produjo entonces un silencio infernalmente largo. El dolor de mi atormentado vientre era entonces una suave caricia comparado con la ansiedad que me hizo buscar entre los murmullos de la noche algo; una señal que me indicara la forma en la que la hermosísima Regina respondería al cambio de actitud de Sebastián.
¿Se estaban dando un beso? ¿El muy ladino la había ganado de vuelta de forma tan sencilla?

V

El enigma se resolvió en el instante mismo en el que un espantoso chorro de materia fecal salió despedido de mi persona mucho antes de que pudiera darme cuenta de ello. Regina dijo:
"No, Sebastián. Creo que tienes razón. Aunque te parezca ridículo me siento por fin enamorada... ¡uuups! ¡Perdón! -Regina se apropió entonces del tono burlón de su amante- ¡Ahora recuerdo que ni siquiera en las locas alturas de placer a las que me hiciste llegar te confesé mi amor! No hacía falta, supongo, porque suspiraba y gemía tanto como solamente una mujer perdida de amor lo puede hacer. Es cierto. Mal por ti, que nunca preguntaste."
Se escuchó una sonora bofetada en el callejón, sin que yo pudiese saber quién se la había dado a quién. Empecé a sentir nuevamente un calor del carajo. Estaba a punto de comenzar el siguiente turno de la orquesta, pero no tenía la menor intención de separarme de esa ventana, no por lo menos hasta que Regina hablara de nuevo para decir:
"¡Maldito seas, Sebastián! ¡Vete al diablo! En este momento me regreso al cabaret. Voy a buscar a ese violinista de quien no conozco ni siquiera el nombre ¡y por mi madre que lo voy a seducir! ¡En honor a su canción le voy a hacer el amor como nunca en la vida lo he hecho a nadie! No me importa si le gusto o no, si está casado o no. Lo único que sé es que mañana temprano voy a amanecer junto a ese hombre. ¡Primero lo llevo al paraíso antes que permitirte que me toques de nuevo, animal! Ya me conoces. De sobra me conoces, cabrón; que una vez que digo algo es imposible que me vuelva atrás ¡como cuando tuve la mala idea de abandonar mi hogar por seguirte, Sebastián!”

VI

Salté.

O casi. Porque mis posaderas seguían fijas en su sitio a pesar de que el resto de mi cuerpo volaba por los aires: mis pies en violenta agitación, y mis brazos con velocidad y confusión inusitada sacudidos, en la frenética búsqueda de un pedazo de papel.
Imaginé a Regina, curvilínea e indignada Eva en busca de revancha, persiguiendo con ansiedad mi presencia en la orquesta, que justo en ese instante comenzaba el penúltimo turno de la noche.
¡Carajo! ¡¡¡Tenía que estar ahí, tocando su canción con toda la emoción de la que era capaz!!!
Y me limpié, por supuesto, lo más rápido que pude; pero en el instante en el que iba a subirme los pantalones, otro chorro de mierda se hizo paso a través de mi cuerpo fatigado, a tal grado de no poder hacerle frente a tan inoportuno cataclismo.
Fue escandaloso, porque ahora la violencia del chorro había lanzado sendas gotas de turbio líquido bien lejos de la taza; provocando una vez más un insoportable dolor en la zona en la que debían de estar mis malditos intestinos.

"¡Regina! ¡¡¡Regresa!!!" Escuché gritar al idiota de Sebastián, cuya inteligencia no alcanzaba para comprender que solamente se trataba de una venganza. Que Regina me daría la noche de mi vida para luego regresar con él... si acaso me las arreglaba para levantarme del maldito retrete lleno de mierda que me sujetaba como una furia sin control.

VI

Debía de estar entrando ahora al cabaret, pensé.
Las voces en el callejón habían cesado justo después del típico tlac-tlac que los tacones de mujer producen sobre las calles desiertas.
Me levanté de nuevo, ahora con más cuidado; después de una meticulosa limpieza que había tardado muchísimo más tiempo del que disponía para regresar al escenario, incorporarme a la orquesta de nuevo y repartir los papeles. Todo para poder tocar de nuevo la "Canción de Amor" que me ganaría la gloria -momentánea si se quiere- de yacer junto a la mujer más hermosa que hubiese visto hasta entonces.

VII

No obstante, en cuanto logré subirme los pantalones y salir del baño, me encontré de bigote a bigote con el patrón, con el jefe, con el dueño del cabaret.

¡Carajo!

"¡Zapatitos! -me dijo el muy cabrón, sabedor de que odiaba el apodo- ¿Qué haces aquí? Ya empezó el turno de la orquesta y no sé qué mierda estás esperando. Te vine a buscar porque preguntaron por ti, maestro ¡Ni siquiera en mis sueños más candentes imaginé que una diosa como la que te anda buscando pudiera existir! ¡Maestro! Pero espera...coño... aquí huele muy mal. ¡Santo Dios! ¡Maestro! ¿Qué coño de ramera pasó en mi water? ¡Parece que dos mojones se pelearon a cuchilladas y acabaron por descuartizarse entre ellos sobre el mosaico...! ¡Eh, ven acá...!"

Yo, por supuesto, tomé por piernas la salida, pues no era ese el momento de ponerse a dar detalles sobre las acciones de los minutos precedentes.
"¡¡¡Ven acá, o te pongo el culo en la calle, gilipollas!!!"
Escuché gritar al patrón mientras corría por el pasillo hasta llegar al salón principal, y su voz resonaba en mi cabeza aun en el momento de subir al escenario en pos de mi violín, mientras derramaba la vista por todos los rincones del cabaret con la esperanza de ver a Regina.

VIII

Y la vi.
O mejor dicho, vi su espalda blanca y deliciosa alejarse con rumbo a la salida.
Todavía se detuvo un par de segundos en el guardarropa, como si le preguntara a Rosita, la encargada, si no sabía en donde podía encontrar al violinista de la orquesta, al muchacho alto y delgado que había tocado para ella, tan amablemente, su canción favorita.
Pero la pinche Rosa ni siquiera hizo el intento de buscarme. Seguramente le dijo a la joven que esas cosas a ella no le importaban, y se limitó a tomar la ficha que Regina le alargaba, y darle a cambio un abrigo fino y costoso como las perlas de la Virgen.
"¡¡Zapatitos!! -Gritó el leader de la orquesta; un cuate, trompetista él, que por lo general era simpático, pero que en ese momento se convirtió en un dictador para mí- ‘Morir por tu amor'. Tú marcas".
"Ni madre que marco", dije, soltando el violín, ante la general protesta de la orquesta, que no aceptaba otorgarme el privilegio de cobrar la noche sin haber tocado sino unos cuantos minutos nada más.
Pero la cosa era de vida o muerte.

IX

Eché a correr rumbo a la salida.
Por desgracia, cuando por fin logré alcanzar la calle no pude ver otra cosa que la silueta de un taxi -un Ford Prefect 1950, lo recuerdo como si hubiese sido ayer- desvaneciéndose en las sombras de la noche. El ujier a cargo de la puerta todavía se acercó y me dijo: "daría el sueldo de un año con tal de poder darle un beso a la pelirroja que se acaba de ir en ese taxi".
"Yo también", Dije.

X

No hizo falta ser un detective para encontrar al pachuco en la fila de beodos que descabezaban la desvelada bebiendo su depresión de espaldas al show, en la barra.
"La siguiente corre por mi cuenta", dije, poniendo mi mano de forma amigable sobre el hombro de Sebastián y señalando con la otra mano su copa semivacía. Caminé luego, mis intestinos por fin en su lugar, rumbo a mi lugar en la orquesta; pensando con resignación que las contrariedades pasan siempre en este mundo por una buena razón; razón que no siempre es evidente para quien las padece.

Y así sea.

AS

Tarímbaro, Michoacán; a 4 de junio de 2007.

domingo, mayo 27, 2007

Los Puentes en la Noche

Maestro, levántate y ve a la cabina del conductor. No tienes ganas de leer, y si te quedas dormido, cuando llegues al pueblo no vas a tener fuerzas suficientes para irte caminando hasta la casa. Y vas a tener que caminar, maestro, porque en las dos tocadas te quedaron mal: en una te dijeron que te iban a pagar tanto, y te dieron nomás la mitad (perdóname, pero oíste mal, Las Casas, yo no dije "te pago DOS mil, sino de pago LOS mil; los mil de siempre, pues"), y en la otra te imaginaste que por haber viajado tanto te iban a dar un poco más; o sea, lo mismo que tú hubieras hecho de haber organizado la tocada, de haber invitado a un cuate que la mueve, que lee las piezas nuevas como si las hubiera tocado toda la vida y que por eso lo mandas a traer desde ese pueblucho sin nombre en el que se fue a refundir por orgulloso. Pero el que organizó no se parece a ti, y te pagó lo de siempre, o menos, que de eso ya ni te acuerdas porque así eres tú. Te conviene más andar imaginando las cosas que acordarte de ellas, y por eso vas a tener que caminar todo el trecho desde la Terminal, porque no tienes para pagar un taxi.

Las Casas se levantó trabajosamente, luchando contra los movimientos del autobús que lo lanzaban de un lado al otro de la cabina con fuerza que su propia debilidad multiplicaba. "Malditas carreteras", pensó mientras avanzaba lentamente hacia la parte de adelante, "uno las paga tan caras con las cuotas y los impuestos; y todo para que los políticos igualmente malditos las entreguen a los malditos empresarios quienes por no gastar las dejan que se pudran. ¡Malditos ricos; malditos todos!"
Le costó trabajo controlar su ira, desatada por ese pensamiento, lo suficiente como para suavizar su voz y pedir permiso para sentarse junto al conductor. "Me gusta ir viendo la carretera" explicó "además de que si me quedo dormido, luego me va a dar más flojera caminar hasta mi jacalito".

No mames, maestro, ¿jacalito? ¿Qué manera de hablar es esa? No seas racista tratando de hablarle al conductor como según tú hablan los de su clase. Esa es una bajeza. Háblale normal, como hablas tú con tus pares, o los que tú consideras tales, pero que te desprecian lo mismo que tú a este hombre, y eso nada más porque crees que, de dos trabajos muy jodidos, tú tienes el menos peor. Eso habría que verlo. Además, ¿qué tienes que andar dando explicaciones? Se pide el permiso y ya. Siéntate y deja de hacer idioteces. Recuerda a lo que vas.

El operador debía de estar necesitado de conversación, porque accedió de inmediato a la petición de Las Casas, quien se sentó en silencio, batallando como pocas veces por acallar las voces que había estado escuchando en su mente en el último año, cada vez con mayor intensidad y sin poder evitarlo. Eran voces distintas cada vez, pues había logrado diferenciar unas cuatro de ellas, aunque siempre le hablaban de lo mismo y en el mismo tono, como si se tratara de la misma persona que cambiara de voz como se cambia de ropa. Eran regaños casi siempre, reconvenciones y crudos reproches llenos de terribles verdades que lo sobresaltaban, temeroso de que alguien más que él, Las Casas, pudiera escucharlas. Pero no. Nadie las escuchaba sino él mismo, y sin saber si tal cosa era un consuelo o un motivo de mayor alarma dejó que las voces le siguiesen hablando, sin decirle a nadie nada sobre el asunto.
"Vamos rápido", dijo el conductor en un intento por comenzar la conversación, "mire ese carro; ese, el que va adelante. Debe de ser el 107". Las Casas aguzó la vista, pero hasta momentos después consiguió confirmar que el conductor tenía razón en cuanto al número del otro autobús. "Pues ese carro salió de diez y media, y nosotros que vamos de las once ya lo alcanzamos. Debía de estar en Morelia para las tantas, pero apenas va por aquí. Va a Lázaro Cárdenas. Va a llegar muy tarde".
El operador siguió llamando a cada autobús por su nombre otro buen rato, informando al maestro de su destino y hora esperada de llegada al mismo, pero Las Casas no lo escuchaba. Se había quedado viendo al general Cárdenas, quien apareció frente a él justo en el momento en el que el operador mencionó su nombre. Sin temor le había preguntado si estaba bien, si no se le ofrecía nada, pero el ex-presidente lo miraba con ojos acuosos sin decir palabra, perfectamente uniformado y sentado enmedio de la exuberante y deliciosa vegetación de la Quinta Eréndira, finca que Las Casas había visitado un par de veces.
"¿A usted nunca lo han espantado?" Preguntó el músico apartando la vista del espectro de Cárdenas, sintiendo sin embargo su presencia con el rabillo del ojo, como si su campo de visión se partiera en dos y frente a él estuviera la cabina y el conductor, con la aparición que lo miraba todavía y la luz abundante de la Eréndira entrando por el parabrisas.
El conductor guardó silencio, inseguro de haber entendido bien lo que se le preguntaba. Al final dijo que no. "Algunos compañeros dicen cosas, pero la verdad a mí no me ha pasado nada. Hay rutas, pues, en las que es más común. Pero por aquí no. Solamente se ven los puentes en la noche".
El general se había ido. En ese momento sonó el celular del conductor. Éste lo miró sin decir nada, y lo puso de nuevo en la ventanilla.
Las Casas había ido, como la voz le había dicho, para comprobar que pese a todo había trabajos peores que el suyo, y no deseaba irse sin ese placer.
"Ser conductor de autobuses...

Quieres decirle 'camionero', ¿verdad? Dile 'camionero', no seas hipócrita, merece saber que lo desprecias

...es un trabajo duro ¿verdad? Se la pasan manejando; no ven a la familia y casi no duermen..."
Pero entonces sonó de nuevo el celular, y esta ocasión el conductor hizo una mueca de desagrado. Sin embargo, comenzó una larga y detallada explicación que a Las Casas le pareció decepcionante, no solamente porque fue todavía más adormecedora que lo que pensaba leer en su asiento, sino también porque el hombre le dio a entender que no era tan malo como lo parecía, y que incluso trabajaba menos que el mismo Las Casas, porque tenía tres días completos libres a la semana, en tanto que él mismo no tenía ni uno solo, porque si el fin de semana se lo pasaba viajando a las tocadas, entre semana enseñaba matemáticas en la primaria. ¡Matemáticas! Las enseñaba lo mismo que lo haría con la historia o la geografía si pudiera. Por pura necesidad.

Pero querías tus montañas, tu aire puro; tu silencio. Eso vale más, según tú; pero ahora no puedes ni siquiera visitar a tu madre; tan lejos te fuiste.

"Mi madre está enferma". Dijo Las Casas. Había vuelto a fijar la mirada hacia adelante, en la carretera que pasaba interminablemente debajo de ellos. El conductor no contestó de inmediato, como si no hubiera escuchado la pregunta, y luego dijo: ‘‘¿qué le pasa? ¿Está grave?" "Supongo que sí" dijo Las Casas "porque nadie me quiso decir qué es lo que le pasa. Nada más me dijeron que se había enfermado, y que no podía hablar conmigo. Eso fue ayer".
El músico miraba, sobre todo, los puentes. Los puentes para el cruce seguro de la carretera que pasaban lentamente sobre de ellos de cuando en cuando. De ellos colgaban hombres desconocidos, y algunos animales, vacas sobre todo, triponas y pálidas. Todas muertas. Las Casas sabía que no estaban ahí, que nadie más las veía, y que tampoco eran espantos. No creía en los fantasmas. Justo en ese instante sonó de nuevo el celular del conductor, pero en esta ocasión éste se volvió hacia Las Casas y le dijo:
"Ya van cuatro veces que me llega el mismo mensaje al celular, dice: 'si quieres dinero, ve al panteón a las tres.' No dice quién lo manda; ni siquiera el teléfono. Le escribí de vuelta para preguntarle quién es, pero nada más contestó 'alguien a quien le debes mucho', y ya".
Sin saber por qué, Las Casas sufrió un escalofrío que lo recorrió de arriba a abajo.
"Pero yo le debo a todo el mundo," continuó el conductor; "el dinero no me alcanza para nada. Debo todo lo que tengo, y a cada rato me andan cobrando. Usted ha de viajar mucho, pero por lo menos regresa con dinero. A mí, mi vieja me cobra las quincenas. Imagínese".
"Alguien a quien le debe mucho," murmuró Las Casas. "Podría ser cualquiera. A veces hay muchachos bromistas, sinquehacer, que hacen bromitas como esa para asustar, o ver si pueden sacar provecho. Por mi parte, yo simplemente no creo en esas cosas. Si lo hiciera -y al decir esto, el músico bajó la voz- si lo hiciera estaría muy nervioso ahorita, porque llegando al pueblo tengo que pasar caminando enfrente del panteón. Es la ruta más corta para llegar adonde vivo. Ojala y me hubieran mandado a mí el mensaje, y que fuera cierto. Nada me cuesta detenerme un rato camino a casa".

Sí. Los supersticiosos son siempre los otros ¿verdad? ¿Por qué tiemblas, entonces? La superstición ajena es contagiosa. No temes creer los fantasmas de los demás, pero estás seguro de que nadie va a creerte si les dices que ves gente colgando de los puentes. Me sorprende que creas que lo que enseñas en la escuela es verdad. No crees en nada.

"Nada es verdad" dijo Las Casas en voz alta, y el conductor se volvió, intrigado de que esa fuera la primera frase que el maestro pronunciara después de tan largo silencio.

En el pueblo, Las Casas se bajó del camión y lentamente comenzó su camino. A pesar de haber resistido despierto hasta el final del viaje, el músico sentía que todo su cuerpo era una masa pesada y sin fuerzas, a la que cada paso costaba el trabajo de una vida. Solamente el deseo de poder llamar a su madre pudo sacarlo de su insoportable sopor. Iba maldiciendo la oscuridad que lo rodeaba. “¡Maldito gobierno! -mascullaba- Tan caros que cobran todos los servicios en el maldito municipio, y las luces nunca sirven, nunca hay nadie vigilando. Uno está a merced de cualquier cosa por culpa de los que no piensan en enriquecerse. En lugar de servir, ¡robar! Y encima de eso hablan del honor y la dignidad. ¡Malditos ladrones! ¡Mil veces malditos!
Todo era extraño en esa noche, nuevo y desagradable. A su alrededor desaparecieron las imágenes; las voces que lo torturaban callaron repentinamente sin responder a sus quejas, y navegando como en una suave pesadilla llegó hasta el panteón del pueblo.
Frente a la puerta se detuvo. Estaba seguro de que alguien lo miraba. Sintió la pesadez de una mirada como si repentinamente le cayera encima una tonelada de agua que no lo mojara, ni lo asfixiara, sino que solamente le pesara, oprimiéndole por todas partes, fijándolo en su sitio. No como la mirada de sus apariciones, vana y perpleja; sino aguda y ansiosa. Tampoco la voz que lo llamó en ese momento era como las demás voces que solamente él podía escuchar. Ésta venía de afuera.
Era la voz de su madre.
Las Casas volvió la cabeza lentamente hacia el lugar de donde la voz provenía: la polvorienta avenida central del cementerio. Justo ahí, caminando lentamente hacia él, estaba su madre. Estaba muy delgada, con el semblante carcomido por las fiebres y los ojos tristes de los que ya no viven.
"Perdóname, mamá", gritó Las Casas con voz cansada, lo más fuerte que pudo, pues se le figuraba que de otro modo no alcanzaría a escucharse hasta el lugar lejano desde el que su mamá lo contemplaba. "Iba camino de la casa, para llamarte. Nadie me dijo... no sabía". Después de años de enfrentarse con espectros que sabía imaginarios, ahora el maestro tenía miedo.
"Ahora no importa." Le contestó la madre. "No importa, porque nos vamos juntos. De cualquier modo, este mundo nunca te ha gustado; ni en la ciudad, ni en este pueblito tan lindo. Vámonos.”
Las Casas tardó un par de segundos en comprender; los suficientes para que el conductor del autobús del que se había bajado hace poco lo sujetara por la espalda y lo degollara con un certero tajo de machete.
"El dinero ESTABA en el panteón a la hora que el mensaje me dijo." Murmuró el conductor mientras registraba a Las Casas, tomando de la bolsa del sacó el sobre con los pocos billetes ganados ese día. Los dos trabajos habían pagado mal después de todo, y por eso había tenido que caminar. "Solamente había que entender el mensaje bien."
Y es así como, en su último instante de consciencia; Las Casas se dio cuenta de que, de los dos viajeros nocturnos ahora él era el único que creía en fantasmas. Plenamente.

AS

27 de mayo de 2007

domingo, mayo 20, 2007

An Essay on Female Subconscious Miswriting Theory Manifestations

Hace un par de días, mientras revisaba mis documentos, me encontré con un ensayo que Doktor Faust escribió hace dos años, a propósito de una carta que el perverso Georg (que aparece como "Jorge" en el texto) recibió de una amiga suya. Esta amiga, cuyo nombre ha sido cambiado por razones de privacidad, siempre ha sido un enigma para nosotros (El trío: El perverso Georg, el Prof. Thinmar y yo), y por lo tanto la mandamos a Doktor Faust para que nos hiciera el favor de analizarla. Él, por supuesto, lo tomó a broma, y nos devolvió la carta con la pieza que aparece a continuación en su idioma original y con nombres supuestos. La carta de Tina hace referencia a otra persona, que recibió de un millonario una beca, y desea sus datos para ponerse en contacto con ella y tratar de obtener el mismo beneficio. El Prof. Thinmar aparece en el texto como "Gustavo" y "Sam", como es de esperarse, soy yo mismo. Espero que lo disfruten.

First, I have to apologize because of my taking so long in writing this much announced essay. There's of course a reason for this, but it's a little hard to explain the right way. Let's say I was on a research trip that took me to a nice looking place called Ciudad Universitaria, in Mexico City. I was looking for a very specific girl type that can only be found in the aforementioned environment and, by all means, I was not disappointed, because in my first day in the field I ran into a superb specimen ready to be studied. The problem was that at the end of the investigation I realized that my research notes were lost. This of course is a hell of a setback, because I rely totally on those notes in the writing of my second PhD. dissertation, and I am therefore eager to retrieve them. And I will in due time, I mean... because I've got to find out what happened to my wallet, my watch and my gold-monogrammed pajamas first.
Anyway. Before we go on I have to make three very important statements:
First; I am not a Freudian analyst, even though the old goat-bearded Jew motherfucker was right almost all the time. I don't know, I guess the poor Austrian bastard cramps my style a little or something, you know. Second; I'm not actually an analyst, but a philosopher in the tradition of Aristotle. This, as you can imagine, sometimes gets me in trouble, as when I wrote the paper demonstrating that Lucerito is still a virgin even when she is pregnant of her second baby. And third; being a philosopher is a lot better than being an analyst simply because you don't work in a damn couch, but in a bed instead, which is a lot more comfortable when coming to deep research.
In the second letter written by Tina, we find examples of what I call Female Subconscious Miswriting, so named after Dr. Freud's famous theory of "creative wrong utterances". This last theory is a very simple one, and it is based on the idea that, in daily life, even the tiniest mistake of pronunciation can be traced down to the innermost layers of the unconscious mind.
For instance, a few days ago frau Ute Rosenkranz came to see me. She told me that on his younger son's Bar Mistvah's dinner, she was telling the story of "The little Prince"; and all of a sudden, when she came to the part in which the Prince meets the fox, frau Rosenkranz said "Fuss" (foot) when she meant "Fuchs" (fox). Without knowing why, after the innocent mistake frau Rosenkranz began to feel more and more upset, she blushed, sweated profusely and, finally, wept bitterly while those around her watched in astonishment.
Even for a layman, it is clear that the words Fuss and Fuchs are painfully related inside frau Rosenkraz' mind, but, to be honest, I was too tired at the moment to go into it. I charged the old dirty Jew bitch a hundred marks just for listening to her creepy tale, and send her home.
Something very much alike occurs when a passionate woman types in a computer or a typewriter keyboard, and due to the second plane operations of the unconscious strikes a "wrong" key. Of course it is not a wrong key at all, but the manifestations of a troubled mind that is fighting for its expression, even against the iron hard oppression of the Self. There are occasions when the key wrongly stroked is the one next to the desired key, and in those cases the probability of a real accident is greater; however, we'll try to select examples in which keys standing very well apart from each other are involved.
I will bypass things already discussed, as the possessive tones in which Tina’s letters are written and her confidence in Jorge's capacity to arrange concerts dates at her will. The first sentence in which we see an apparently mistake is "Gustavo es un chismosos" and could be translated into "Gustavo are a liar". Why is she talking as if there were more than one person in relation to a single noun? It's simple: she is trying to imply (without knowing it! Please, be noted the unwillingness of all these actions) that there’s more than one liar; and it's because she is thinking in the third member of the trío: Sam. In her deep distress, her intimate life being threatened or -in other words- spied upon by one member of the trío, she sets herself up to smear the honor and good name of the rest of them: “Gustavo AND SAM, are a fucking couple of dirty peeping Toms and liars.”
Then, she writes: Mucho me ayudaría que me pongas ne comntacto con la chava usw. ("usw" is the way we Germans say etcétera, it means "und so weiter"). Well, at this point things get a lot rougher, and a very smart analyst is needed to reach the true meaning of the underlying relations. Unfortunately, there's none at hand, and so I'll give you my opinion.
Tina wants to be put in touch with a person that was capable to juice a millionaire for a scholarship (she writes "scholarshipd" , word that bears close resemblance to "Scholar shipped" or a "maestro (en) barco". Deep inside herself, Tina wants to get a degree without studying) but writes "ne" instead of "en" and "comn" instead of "con". "Ne" seems to be "ni", and that, in turn, seems to be "sí". On the other hand, "comn" seems to be "cómo no"; and so we see that, in the middle of the whole text, Tina expresses her doubts about the "millionaire that gives a scholarship just like that" story, and says "sí, cómo no", implying that the unnamed girl actually got the money having sexual intercourse with the millionaire, who -by the way- it's a known sexual pervert. The thing is, Tina doesn't seem bothered at all, and even wants to try her luck. Who know what a woman wants?
The last example is an invitation. She writes: "Hablame si quieres..." when she meant "hablame, si quieres." The use of dots and the omission of the comma gives to the sentence the value of an invitation to have something that is known, but cannot be said. That something could be having tea together, or could be something more sharp and audacious. I will contact with the other member of the trío to obtain further information.
Remember: in dealing with women never, NEVER take something for granted.

Doktor Faust, 2004.

lunes, mayo 14, 2007

Diario de La Habana (cuarta y última parte)

Las Playas del Este y los Temibles Desarmadores de la Muerte

Probablemente mis poderes narrativos se empeñen en vano al hablar de lo sucedido el domingo 8 de abril. Sin embargo, en un diario de viaje honesto y sin tapaderas como el que he presentado a los lectores de El Gabinete de Doktor Faust en esta serie, no puedo dejar de hablar sobre la manera tan espantosa en la que para mí terminó un día que tan bellamente había comenzado.
A las ocho de la mañana salimos todos rumbo a las Playas del Este, el mejor lugar para nadar en las cercanías de La Habana, concretamente la playa llamada de Santa María. La idea había sido, en un principio, ir a visitar el célebre complejo turístico de Varadero, cuya belleza no se nos dejó de ponderar antes y durante la gira; pero tuvimos que renunciar a ese privilegio dado que no solamente teníamos que pagarle una buena cantidad de dinero a la agencia de autobuses para que nos llevara, sino que la entrada misma a las playas causaba un cargo cuyo importe ni siquiera me molesté en preguntar, con el desinterés propio de quien no tiene ni para pagarle a Caronte el paso al infierno. En fin. Las Playas del Este. De cualquier manera, yo estaba seguro que cualquier playa cubana me iba a gustar, y no me equivocaba en absoluto.
En una de mis novelas escribí que las playas tienen voz; una voz distinta para cada una, que dice en ocasiones las mismas cosas que las demás playas, pero de manera totalmente diferente. En ese sentido, las playas pueden ser como las mujeres, y una vez que te enamoras de una, nunca te sientes en casa escuchando la voz de alguna otra, sin importar cuantas visites en la vida. Siempre extrañas los secretos de la playa que amas, porque sin ser la más hermosa (la mujer que amas nunca es la más hermosa, sino simplemente la única), siempre te dice las cosas que te hacen feliz, siempre de la manera que te hace feliz.
La hermosa Santa María del Mar. Ella, entre miles, tiene una voz semejante a la playa que amo. Es un mar muy diferente; y sin embargo logró hacerme desear sumergirme en ella. Se confesó mi cómplice desde un principio. Me abrió los brazos de par en par y yo, hambriento de mar como estaba, correspondí de inmediato.
Comencé haciéndole una foto; y creo que se trata de una de las mejores fotos que he tomado. Estaba nublado y con fuerte viento del norte, como lo estuvo casi toda la mañana, y ese detalle contribuyo a la sensación de nostalgia y latente misterio que las sillas vacías y las arenas desiertas le dieron a ese momento.
Las muchachas, por supuesto, comenzaron a quejarse desde luego a causa de que el sol se seguía escondiendo neciamente detrás de las nubes todavía a las diez y media de la mañana, pero yo sabía que en unos momentos más íbamos a tener más sol del que podíamos manejar; y de nuevo no me equivocaba.

Cometí el error, sin embargo, de asumir que mi experiencia seduciendo playas incluía vencer los poderes del sol; y me dediqué a nadar y disfrutar de los amigos tomando solamente la insuficiente precaución de ponerme un poco de bronceador en la espalda, sin ni siquiera una playera encima. Al momento de escribir estás líneas, resiento aun las consecuencias de ese imperdonable exceso de confianza.
Fue como a esta hora, al medio día, que José -el novio de Nuri- nos presentó un regalo que para él había resultado costoso sin duda: una botella de Vodka y un litro de jugo de naranja; "no del normal que se toma aquí -nos explicó- sino del mexicano. Del bueno". Eran los ingredientes del coctél llamado "desarmador'', uno de mis favoritos, y aunque se trataba de un vodka de teporocho fabricado en EE.UU. con maíz, acepté con alegría el primer trago, el siguiente y todos los demás.
En realidad me la pasé muy bien durante un rato, y hasta cuando se terminaron las botellas fui caminando a una tiendita cercana a comprar más con los últimos pesos que me quedaban. El hecho de que el litro de vodka costaba apenas un poco más que el litro de jugo de naranja comenzó a inquietarme; aunque unos momentos después seguía tomando esos tragos que -por economía- José me servía criminalmente cargados. Ya para entonces sabía que José no era el novio, sino el esposo de Nuri, y que el apuesto jovencito frente al que todas las niñas del coro se paseaban ilusionadas era el hijo de ambos. Grabamos unos videos para saludar a Litzia, en los que concentré toda la nostalgia padecida en los últimos días, y medio cantamos algunas canciones bajo el ahora inclemente sol.
A las dos de la tarde, una hora después de que deberíamos de habernos ido, J. aun no daba la orden de partir a pesar del enojo del conductor, quien mandaba mensajes sin cesar. Yo estaba simplemente demolido por la fuerza de ese destilado barato del que tomé tanto de manera tan insensata, e inclusive los continuos viajes al mar para desahogar mi vejiga cuando ya la presión era insoportable se hacían cada vez más pesados y titubeantes. El mar recibió mis angustias tan pacientemente como todo lo que de mí recibe, y aunque me hubiera gustado quedarme más tiempo, en mi estado las olas eran ya un grave peligro.
Finalmente se dio la orden de partir. En la bolsa en la que llevé mis cosas de playa guardé unos cuantos kilos de arena de ese hermoso mar para Litzia, quien la usa en sus clases de la escuela, y en ese momento me di cuenta de que mi cámara y otras cosas ya no estaban en donde las había dejado.
Cuetes como estábamos J. y yo, fue fácil comenzar a discutir con la gente de las sillas y las palapitas y lo que es peor, a culparlos por la desaparición de la valiosa cámara. Las cosas se calentaron de inmediato, y en unos segundos teníamos a nuestro alrededor una bolita de personas deseosas de sacar el mayor beneficio de una posible trifulca. Hasta un policía cubano, que hasta entonces se había mantenido quieto en las cercanías, se aproximó lentamente con la mano en la pistola.
Fuimos salvados de esa embarazosa situación por una de las mamás del coro, quien nos dijo, un poco tarde a nuestro parecer, que José había tomado de mi silla algunas cosas y se las había llevado al autobús.
Me inclino a pensar que no tenía malas intenciones, sino al contrario; que tomó las cosas de mi silla porque se dio cuenta de que otra persona lo iba a hacer al encontrarme yo comprometido en la orilla del mar. No sé. Uno se vuelve una persona muy desconfiada después de que un hombre de edad madura y aspecto respetable te roba la cartera en el metro, o después de que por poco te estafan a media calle. José nos dijo que los turistas están muy cuidados todo el tiempo, y que aquellos cubanos que se atreven a molestarlos se arriesgan a ser descubiertos por policías sin uniforme, y a pasarla realmente mal con la vertical justicia de la isla. "Yo podría ser un policía"; había dicho José poco antes, a manera de ejemplo.
El camino al hotel Cohly fue angustioso. En el momento en el que el autobús dejó la playa, empecé a sufrir por el sólo hecho de estar vivo, al grado que los recuerdos se tornan confusos y difíciles de seguir. Para empezar, las ganas de ir al baño de nuevo eran insoportables apenas a medio camino del hotel, y fue cuando estaba a punto de enloquecer de ansiedad que se me ocurrió buscar un baño en el autobús; ocurrencia cuya obviedad se me escapó a causa de mi estado, y que me salvo de sufrir un accidente vergonzoso enfrente del coro.
Cuando llegué al cuarto del hotel, mi intoxicación se había vuelto algo sumamente molesto, y me derrumbé sobré mi cama después de encender el clima artificial al máximo, aunque comenzaba a temblar de forma incontrolable a pesar del calor.
Dormí hasta las siete de la noche sin dejar de temblar; pensando que algún veneno debería de haber tenido lo que nos bebimos, porque nunca antes había padecido semejante turbación después de las copas de medio día. Me bañé con la mente clara, pero con el cuerpo indescriptiblemente abatido. Pensé que todo era cuestión de satisfacer el hambre aguda que de repente me dio, pero eso resultó ser un error, porque seguía temblando en el comedor, mientras me tragaba un regaño de las mamás del coro junto con el enorme plato de moros con cristianos y carne de puerco que -lo entendería hasta después- fue el golpe de gracia que rompió el balance precario de mi organismo.
Durante la noche no pude dormir sino unos minutos y de forma intermitente, porque lo mismo me levantaba a defecar una diarrea pardusca, que a vomitar mis entrañas, atormentado por furiosos espasmos que me arqueaban violentamente, como si la mano enorme de un gigante me exprimiera sin piedad hasta el último rastro de mi cena, la cual salió disparada de mi boca una y otra vez con una violencia nunca antes vista. Pensé en Sancho cuando, en la Venta, "se desaguaba por entrambas canales" después de beber el bálsamo infernal preparado por Don Quijote.
Pobres de mis compañeros de cuarto, pensaba yo siempre cada vez que me acostaba, esperando en vano no tener que levantarme de nuevo al baño.




Epílogo

El temblor se me quitó hasta pocos minutos antes de subir al avión, en el aeropuerto internacional José Martí; lugar cuyo nombre aventaja en lo monumental -y por mucho- a sus instalaciones. Me hubiera gustado llevar un libro del gran hombre a México, pero esa y otras muchas cosas me habían tomado definitivamente por sorpresa, y me concentré durante el viaje a buscar respuestas a preguntas que habían perdido significado, sin distinguir lo realmente valioso que el país podía ofrecerme. Era evidente que, aunque mis intenciones eran las de estudiar a Cuba, en realidad yo había sido manipulado y sacudido por aquello que deseaba estudiar y comprender. Eso pensaba, mientras una espectacular y nunca antes vista del Citlaltépetl -el Pico de Orizaba- me daba la bienvenida oficial de regreso a mi patria. Y es que hay una constante en mis viajes a lo largo de mi vida: sin importar lo bien que la pase en un viaje, regresar a México siempre me causa una singular felicidad y eso, creo yo, es también por lo que se viaja.

AS

Tarímbaro, Michoacán; mayo 13 de 2007.






domingo, mayo 06, 2007

Diario de La Habana (tercera de cuatro partes)





Viernes 6 de abril

Hay algo que me llama la atención desde que llegué a la isla y es que, por dondequiera que voy, es como si trajese un letrero en la frente que dijera que soy mexicano. Aun cuando voy caminando lejos del grupo, y mantengo la boca cerrada, los limosneros (esperaba que la revolución hubiera acabado con ellos) y los vendedores apellidan: "¡México, una limosnita!" O, "¡México, lleva esto y aquello!" Es algo divertido, sobre todo si se toma en cuenta la sugerencia de un amigo mío de entrar gratis a los museos haciéndome pasar por un cubano; aunque no lo será tanto cuando hable de Ángelo, el estafador.
Hay desorden en el festival. Hoy es el concierto de clausura de los cursos, pero nadie sabe a qué hora es el ensayo en la sala para mi grupo. Supuestamente no hay clases, y por la misma razón no sabemos a quien acudir para informarnos, pero la maestra Orraca soluciona el problema diciendo por el altavoz del palacio que nos espera a todos en el salón. El caos persiste en el resto de los talleres, y con todo logramos hacer nuestro ensayo apenas veinte minutos después de la hora planeada.
Nos fuimos al hotel a comer a toda prisa, y realmente es un milagro que hayamos regresado a las dos de la tarde, la hora a la que comenzaba el festival, tomando en cuenta la lentitud de los niños a la hora de la comida. Ayudó en parte que el menú siguió siendo el mismo durante toda la gira, y entre cerdo y pescado (a veces alguien alcanzaba carne de res) no había razón para pasar mucho rato escogiendo.
El concierto de los talleres batió todos los records, y es sin duda -lo dice alguien que vivió los eternos festivales corales del INBA, en el viejo Auditorio Nacional- el más largo al que haya asistido. Aun cuando se hizo sin ninguna pausa o intermedio. Comenzó a las dos de la tarde, y terminó pasadas las siete y media de la noche. ¡Y después de eso querían que fuese al concierto de gala!
Miren; yo sé que los muchachos de Vocal Sampling son lo máximo. He escuchado sus discos, sé de lo que son capaces y escucharlos en vivo debe de ser -como de hecho lo fue, de acuerdo a lo que se comentó en los días siguientes- una experiencia única. No obstante, el oído humano tiene sus límites, y nadie puede culparme si después de cinco horas de escuchar coros decidí quedarme a descansar en el hotel en lugar de irme con todos los demás al auditorio Karl Marx para el concierto de gala. Simplemente no podía más, y la debilidad de mi atención me llevó a apagar mi cerebro viendo por televisión un muy buen partido de la final cubana de beisbol. La Habana vs. Santiago. A ver si después de leer sobre lo que hice en lugar de ir a ver a ese electrizante grupo, recibo por fin un comentario, así sea negativo, acerca de mi no tan literario Diario de La Habana.

Sábado 7 de abril

Anoche todos llegaron muy tarde, porque como es ya usual aquí el concierto de gala terminó a deshoras, con los muchachos de Vocal Sampling cantando sin parar hasta en el vestíbulo del auditorio, ante la manifiesta impaciencia de los empleados, quienes lo único que deseaban era irse a descansar. Aunque los niños que duermen en mi habitación dicen que tocaron a la puerta, el caso es que no los escuché, a lo mejor porque después de ver la tele me puse a escribir y hasta terminé un libro en el que llevaba un año trabajando, lo cual me alegró mucho; o quizá porque tocaron muy quedo, no sé. Lo que pasó es que de repente escuché muchas voces afuera y, cuando abrí, estaba ahí el personal de vigilancia, las maestras que acompañan el coro y varios niños curiosos. Tal vez pensaban que me había ido de parranda o algo así, y todo ese alboroto era nada más para abrir la puerta.
Afortunadamente para todos, el gran concierto de clausura es hasta las once de la mañana, y podemos quedarnos otro rato más durmiendo. De todos modos yo no tenía ya demasiadas ganas de escuchar a los coros de ese día, y al llegar al teatro Amadeo Roldán no entré a la clausura, sino que preferí irme a caminar un rato por el malecón, distante solamente un par de cuadras de ahí, seguro de que, sin importar cuanto me tardara, al regresar iba a alcanzar una buena dosis de coros.
La visita al malecón fue deliciosa mientras duró. Había viento del norte, y las olas rompían tan fuerte que los chorros de agua saltaban a la calle estruendosamente formando charcos enormes por los que luego pasaban los automóviles que circulaban por la avenida, la mayoría de ellos verdaderas reliquias del periodo anterior a la revolución. Me hubiera gustado quedarme ahí otro rato, y caminar quizá un poco hacia una plaza cercana que se alcanzaba a ver desde ahí, pero mientras me preparaba para tomar una fotografía (tomé varias, pero buscaba un mejor ángulo a mitad de la calle) se me acercó un cubano de manera aparentemente casual; "¡Eres de México -me dijo emocionado- si no eres de México que me parta un rayo!" Se trataba de Ángelo (pronunciarlo "Anyelo"), el estafador.
Me dijo que una hermana suya vivía en Cancún, que deseaba ayudarme por ser mexicano, porque deseaba emigrar también él; que era maestro de Salsa (se trataba de un hombre joven y atlético) y que deseaba llevarme al festival de salsa en la plaza no sé qué. Hablaba hasta por las orejas. Para ahorrarme su largo discurso, durante el cual me repetía que no iba armado y no era peligroso, diré que su plan era ayudarme a comprar pesos convertibles -que los cubanos llaman "chavitos"- mucho más baratos, con lo que a él le darían una comisión en forma de comida, pues el canje se llevaría a cabo en un llamado Mercado Popular, y según eso era completamente legal.
Por supuesto que no, pensé yo. El gobierno jamás autorizaría algo así, pues los "chavitos" eran precisamente el negocio del Banco de Cuba; por lo que de seguro se trataba de moneda falsa o peor, del señuelo para una emboscada. Además, cuando Ángelo me hizo ir por una calle que según eso llevaba al Mercado Popular, lo sorprendí haciéndole señas a otra persona que no alcancé a ver, y a partir de ese momento no hice otra cosa que buscar librarme de él de forma pacífica, sin confrontación, pero lo más rápido posible. No fue fácil en absoluto. Lo logré cuando persuadí a Ángelo de que no llevaba dinero (Llevaba quinientos pesos que me urgía cambiar por "chavitos", pero de los reales) y de que de ningún modo me daba tiempo de ir al hotel para sacar de la caja de seguridad. Al final, me dijo que tomara su teléfono para que, si necesitaba conseguir mujeres "guapas y no profesionales" o cualquier otro servicio, lo llamara. "Que no te hagan tonto", dijo. Saqué papel y pluma para tomar su teléfono, pero él señaló mi teléfono, el cual había sacado momentos antes para contestar una llamada de mi amigo Heini Wanzke, y me dijo que lo anotara ahí. Miré a mi alrededor, y no vi nadie que me ayudara en caso de un robo de celular. "En el papel está bien", dije.
Cuando por fin me libre de Ángelo, me di cuenta de que estaba perdido y no sabía cómo regresar al teatro. Encontré mi camino, a fin de cuentas, y gracias al incidente tuve la oportunidad de visitar un mercado en donde los cubanos van al mandado, algo difícil de hallar para un turista, y una farmacia. Así, pude constatar la terrible situación del ciudadano cubano común en lo que toca a la comida; pude ver que no hay nada que comprar en los puestos, que hay silencio en donde debería haber gritería de vendedores, que todo está carísimo aun en moneda nacional, que todo está oscuro y que no se puede elegir nada. Solamente lo que hay: el refresco de una sola marca y dos sabores (uno a la vez) y la cerveza de la única marca que hay: Bucanero.
En la sala, regresé justo a tiempo para escuchar el coro Noruego, el mejor del festival; pero la música no significaba lo mismo para mí. Solamente podía pensar en el revelador paseo que acababa de hacer, y en la ansiedad que la idea de no poder elegir me provocaba.
Hubo una "fiesta" después de la clausura, la cual duró solamente un par de horas. Me la pasé afuera del salón, platicando con Nuri de lo que me había pasado. Al principio no quiso decir nada, salvo su plática de guía de turistas, pero le dije que yo lo que deseaba era entender, y no juzgar. "Todos amamos a nuestro país, pero lo cierto es que..." comenzó diciendo Nuri, y entonces comenzó la parte interesante de nuestra conversación, la que me ayudó a comprender las razones del patriotismo, de la necesidad y del valor.
Para quien lo quisiera entender así, estaba visitando una plaza sitiada. En un sitio, los defensores carecen de todo. Se puede entregar la plaza, pero entonces se compromete el honor. Los jefes se esmeran en forzar la resistencia, porque los pocos suministros que metemos los turistas y los cubanos en el exilio acaban en su mesa a fin de cuentas. La disciplina es clave, ya que las indiscreciones a este respecto y las deserciones desmoralizan poderosamente a los que combaten, y los castigos son en consecuencia ejemplares. En el fondo, todos quieren resistir más; en el fondo también, todos desean rendirse. Algo es seguro: el enemigo -como llaman a los Estados Unidos- no tiene buenas intenciones. No quiere libertarlos, sino (como en el caso de Irak) sustituir una tiranía local con otra operada por la Casa Blanca. Hay que concederle eso a la propaganda oficial.
Pasé meditando, en completo silencio, el resto de la tarde y la noche.

domingo, abril 29, 2007

Diario de La Habana (segunda de cuatro partes)

foto: Jorge Cózatl
Miércoles 4 de abril

Anoche orgullo, placer y asombro se mezclaron explosivamente en mi corazón en los momentos en los que Omara Portuondo, asistida en el piano por el inefable Chucho Valdés, puso en el aire las familiares
y mexicanas resonancias de "Bésame Mucho", de una manera que seguramente no escucharé repetirse jamás. Poco antes el cuarteto de saxofones de Santiago me había puesto al corriente de lo que el talento, la garra y el sabor pueden hacer si se decantan en el mismo vaso, y el mismo Chucho Valdés, con su cuarteto, nos dio a todos una clase maestra de crossover, con niveles de imaginación y cinismo solamente igualados por Bolling en su momento.
Los conciertos de gala en Cuba, por lo menos los del festival, duran tanto tiempo como un discurso de Fidel. Por esa razón salimos del auditorio Roldán después de la media noche, y somnoliento aun por esa primera desvelada desayuno sin variación las mismas viandas del día anterior, mientras comento las delicias musicales de la víspera con J. y su esposa, quien lo acompaña por primera vez, ignorante quizá de que las giras artísticas son -en cuestión de viajes- lo que menos se parece a unas vacaciones.
Hoy el festival hizo una pausa -aunque para nosotros es el segundo día, los demás asistentes llevan cinco trabajando- y no hay clases ni concierto de gala; aunque por la tarde asistiremos al llamado Songbridge, actividad semejante a un mano a mano amistoso entre dos coros infantiles de países distintos, que comisionan y estrenan recíprocamente obras de compositores nacionales. En esta ocasión los dos coros que participan son la Schola Cantorum de México y el Coro Nacional de Cuba; combinación que me da razón de sobra para no perderme el concierto.
El plan para la mañana es conocer algunos de los lugares por los que la ciudad es famosa, y visitar con calma La Habana Vieja, pues aunque el día anterior caminamos por algunas calles, la realidad es que lo hicimos casi corriendo y sin oportunidad de disfrutar el paseo. Ahora bien, en este momento tengo que hablar de Nuri, nuestra guía de turistas. Nuri es una guía excepcional la cual, aunque sus servicios están incluidos en la renta del autobús sin que nosotros los hubiésemos solicitado, aprovecha cualquier oportunidad para hacer su trabajo. El orgullo por todo lo que nos muestra, y aun por las muchas cosas que no están a la vista, pero que son la esencia de lo que la patria representa para ella, está presente en cada una de sus palabras. Su apasionado patriotismo es sincero. Uno puede jurar que a esa mujer no la sacan ni muerta de Cuba, y que sería imposible provocar su emigración sin importar lo atractiva que pudiese ser la oferta en cuestión. Ya tendría tiempo después de cambiar mi opinión al respecto y comprobar, más allá de cualquier duda razonable, que aun aquellos cubanos que viven en el extranjero, y que no tienen la menor intención de regresar a Cuba, se la pasan diciendo que desean ardientemente que llegue el momento de tomar un avión a casa. Solamente los que llevan varios años en el voluntario exilio se permiten admitir su renuencia a terminarlo, y hasta en ocasiones reniegan de su país, como tratando de justificar esa ausencia que, en su descargo hay que admitirlo, los atormenta continuamente.

De todos lugares que nos llevaron a ver -el memorial del Granma (me acerqué lo más que pude para saciar mi curiosidad en lo tocante al tamaño de la famosa nave), la Catedral, el Capitolio, la iglesia de San Francisco y otros muchos que se encuentran en la llamada Habana Vieja- fue el primero que visitamos uno de los que más me impresionó; no por su belleza, sino por el lugar que ocupa en mi imaginación, y me refiero por supuesto a la Plaza de la Revolución.
No fueron necesarios los comentarios de Nuri para saber que en ese lugar, frente al descomunal obelisco que honra a José Martí, se concentra buena parte de la historia moderna de la nación más valiente y orgullosa de América; una historia que muchos cubanos consideran la única que vale la pena contar, si se exceptúa la de la guerra que los independizó de España. Respirando profundamente, caminé lentamente por la plancha en la que varios millones de exaltados ciudadanos acostumbraban escuchar las palabras de Fidel, a veces hasta por varias horas sin necesidad de descanso, y en la que el mismísimo Ché debió de haber caminado más de una vez. Su imagen por cierto -una estampa que como gallardo fondo ha dado la vuelta al mundo cada vez que Castro ha dado uno de sus famoso discursos- adorna como es sabido el Ministerio del Interior, y frente a la época tan celebrada que tal edificio representa me hago algunas fotos, esperando formar parte de las postrimerías de la misma, por lo menos. Al partir de ahí rumbo al capitolio (que admiro sin olvidar que fue ahí en donde Lázaro Cárdenas y Fidel pasaron revista a las tropas el día en el que el comandante desplazó a Dorticós para hacerse cargo del gobierno para siempre) prometo regresar, quizá con la esperanza de que Fidel pueda hablar de nuevo y yo pueda escucharlo.
Cuando llegamos al Songbridge me encontraba cansado, asoleado y muy acalorado, y probablemente por eso las obras comisionadas, tanto la del compositor cubano como la del mexicano, me parecieron extremadamente mediocres. Quizá lo eran. Por otra parte, me dio mucho gusto ver al maestro Mendoza, por mucho que me apenara enterarme de que el lugar en el que Schola Cantorum de México se hospedó, un edificio del gobierno, se había inundado la noche anterior con aguas negras estropeando muchas de sus pertenencias. Aun a pesar de ese terrible contratiempo, los niños cantaron con profesionalismo, opacando de paso al coro de Cáritas, que quién sabe como se coló a la presentación. Otra buena razón para sentirme orgulloso ese día.


Jueves 5 de abril

Ayer intenté llamar a Litzia sin conseguirlo. Fue frustrante, porque a causa del costo absurdamente elevado de cada minuto de conversación lo tuve que pensar mucho antes de decidirme. Era casi tanto -para quien crea que estoy exagerando- como decidir entre comprar regalos para llevar a casa o hacer la llamada. Y así, tomando en cuenta que era el cumpleaños de mi esposa y por primera vez en casi diez años no iba a estar con ella para festejarlo, decidí ir a la recepción y pedir la llamada, la cual nunca pudo efectuarse debido a que -como después me enteré- el teléfono en casa de mi suegra no servía.
No obstante, el no poder llamar a casa no era la única razón por la que había amanecido triste. Desde la tarde anterior, y durante buena parte de la noche, no había podido dejar de pensar en mi hija María, en sus hermanos, y en la terrible injusticia y falta de responsabilidad que estaba cometiendo con ellos.
Durante la actuación del Coro (infantil) Nacional de Cuba, el día anterior, llamó mi atención una de las niñas, como de siete años, que cantaba de soprano en la fila de adelante (aparece al centro de la foto). Aun sin poder escuchar su voz enmedio del sonido del coro, su actitud y entusiasmo me impresionaron grandemente, pues esa pequeña cantorcita cantaba cada obra con felicidad completa, con todas sus fuerzas, como si en ello le fuera la vida. La influencia de la música en su vida debía de muy poderosa, y en todo caso positiva. No estoy seguro de que esa niña pudiese concentrar en otra actividad la misma cantidad de energía, obteniendo a cambio la gran cantidad de dicha que su mirada proyectaba a mucha mayor distancia que su propio canto.
En ese momento de descubrimiento, que más bien fue el recuerdo de una felicidad pasada que a veces olvido, me di cuenta de que era un padre irresponsable y malvado solamente por el hecho, aparentemente insignificante, de no haber dado aun a mis hijos el regalo de la música. Teniendo la oportunidad, no me he atrevido a darles lecciones, o a llevarlos a la escuela de música, o pedir su ingreso a los Niños Cantores como debería de haberlo hecho hace muchos meses. Probablemente es solamente miedo. Miedo a que se enamoren de un arte que recompensa de manera desigual a quienes le dedican la vida. Pero, si ese es el caso, ¿no estoy actuando acaso como mi propio padre lo hizo conmigo? No tengo derecho. ¿Quién sabe lo que la música puede hacer en la vida de mis hijos?
Amanecí, pues, decidido a reparar ese error y ponerlos en contacto con la música en cuanto regresara a México, y así se lo hice saber a J. durante el desayuno. Era un día especial, porque los organizadores nos programaron para actuar con los Cantores Líricos en el palacio de gobierno, antiguo asiento del senado cubano. Se trató de un concierto muy agradable en lugar muy bello que se acondicionó como museo para exhibir reliquias sagradas de los educadores muertos durante el esfuerzo de alfabetización.
Esperaba poder redimirme y tocar "Son de la Loma" como Dios manda; pues me había estado preparando y hasta le pedí esa misma mañana a mi maestra de música cubana que me ayudara con algún consejo. La maestra Orraca de inmediato reconoció el problema: "no la bailas -me dijo- necesitas bailar la pieza mientras la tocas, liberar tu ritmo natural mediante el movimiento. Mientras estudias, deja de tocar, levántate y baila".
Por cierto, después de que las clases de la mañana terminaron conocí a una de las leyendas de la música coral cubana, el maestro Electo Silva, de quien sabía por los arreglos que hacemos con la Coral de las Rosas en Morelia, me fue presentado por Jorge Córdoba, y con éste y Alfredo Mendoza me di la oportunidad de charlar un rato sobre -otro mensaje semejante al de la víspera- el tema de la influencia del canto coral en la conducta y la vida de los niños. Córdoba, de hecho, dio sobre la materia una conferencia como parte de sus actividades en el festival y, apenado, me dejé regañar por él después de confesarle mi vieja renuencia a enseñarles música a mis hijos.
Regresando al concierto de la tarde, estábamos de nuevo en La Habana Vieja, en este edificio tan viejo a contra esquina de la que fuera la casa de Humbolt en Cuba, y acordamos con la guapa directora de los Líricos que sus niños actuarían primero, y luego nosotros. No obstante, la maestra nos dijo que -por alguna razón- el pianista de los Líricos no había podido asistir al concierto, o no había llegado, y me pidieron que tocara con ellos ''Alfonsina y el mar''; algo que hice con gusto. Al final del concierto repetimos la obra con ambos coros juntos, y fue un momento de suave deleite; no solamente por lo hermoso de esa canción, sino por estar de nuevo cerca del mar, pudiendo gozar de su olor húmedo y salado en el aire, con la música como compañera .'' Son de la loma'' se canceló.
En el maratónico concierto de gala, que duró de las ocho hasta bien pasadas las doce de la noche, pudimos escuchar al coro de Matanzas, uno de los mejores del festival, lo mismo que el famoso Orfeón Santiago, el coro del maestro Electo Silva, que sin embargo no estuvo a la altura de lo que se esperaba, supongo que a causa de su reciente reestructuración después de que una gira por Europa los dejara sin la mitad de sus integrantes. Sin embargo, el buen humor que el concierto me dejó se tornó preocupación cuando me llegó un mensaje de Litzia -los mensajes de texto de su teléfono me llegaban bien a Cuba, pero los míos no eran transmitidos por Cubacel, la compañía local- en el que me decía que los niños estaban enfermos.
Fue entonces que comencé a sentir la ansiedad que habría de atormentarme por el resto del viaje por la imposibilidad de comunicarme con mi familia. El dinero que hubiera podido usar para llamar ya no estaba, porque el paseo de la mañana por el centro había terminado con una visita a una especie de tianguis operado, como todo, por el gobierno, y ahí compré los pocos obsequios para los que el dinero me alcanzó. También compré una cartera muy sencilla para reemplazar la que me robaron en Ciudad de México, y que desde luego estrené poniendo el billete de a tres pesos M.N. -uno de los famosos y solicitados "billetes del Che"- que me regaló un amigo cubano que había trabajado en Morelia recientemente.
Aunque dejé a Litzia con su familia, lo que más me preocupaba era no haber podido darle dinero suficiente en caso de tener que comprar medicinas. Debí de haber supuesto que el aire de México les iba a hacer daño después de unos días. ¿Qué les pasaba?



domingo, abril 22, 2007

Diario de La Habana (primera de cuatro partes)


Lunes 2 de abril, 2007.

Creo que pocas veces me han pasado tantas cosas extrañas, y me he enfrentado con tantos contratiempos antes de emprender un viaje. No solamente me refiero a lo difícil que resultó conseguir un pasaporte, pues lo conseguí a tiempo después de inútiles madrugadas en la calle y filas interminables, merced al favor y las influencias del mtro. Jesús Carreño. Sino también a los depósitos incompletos de mi salario, al viaje de Litzia y los niños a México, al robo de mi cartera con todo mi dinero y mis tarjetas (en el metro) y al cambio de horario, que casi me echa por tierra el ensayo de ayer con la señora Serúr, única oportunidad de recapitalizarme de nuevo. Amén de cantidad de pequeños contratiempos que mencionar aquí resultaría aburrido y repetitivo.
Ya estoy en el avión, junto a la ventanilla, observando mientras escribo el paisaje nublado y tormentoso que pasa por debajo. Por poco nos quedamos en tierra, debido a que -fraude usual de semana santa- el vuelo estaba sobrevendido. Veremos qué pasa en Cancún, en donde vamos a hacer escala en unos minutos antes de seguir a La Habana.
Lo que ahora siento, aparte de la nostalgia por mi hogar y mi familia, es una tremenda curiosidad que no sentí, por ejemplo, cuando viajaba a Europa. Aquella vez había estudiado tanto y había visto tantas fotografías y películas, que tenía una idea bien clara de lo que iba a encontrar.
En este caso no es así. Estoy ante mi primera y última oportunidad en mucho tiempo de visitar un estado totalitario, o lo más parecido a eso dentro del repertorio de gobiernos del pasado que aun sobreviven; y cuando digo "del pasado" me refiero a los que ya existían al tiempo de la caída del muro de Berlín. Ese momento de la historia cambió muchas cosas alrededor del mundo, menos la forma en la que Cuba funciona, o los funcionarios que la gobiernan. Me parece que hasta la forma en la que la gente piensa es la misma que hace 50 años.
Pero no puedo estar seguro. En lo que concierne a los mexicanos (y quizá al resto del mundo) es muy difícil permanecer políticamente indiferente con respecto a Cuba y a su gobierno. Mientras unos lo apoyan sin reservas, otros lo odian a muerte, y tanto unos como otros se han encargado de distorsionar la realidad hasta hacer de la isla un país hermético y misterioso, difícil de descifrar hasta para quienes tienen la oportunidad de visitarlo. ¿Cómo es Cuba realmente? Me pregunto una y otra vez, con curiosidad que se intensifica por momentos. ¿Es cierto que no hay de comer si no eres un turista; que se puede comprar el amor de una mujer con un par de medias; que los coches tienen la edad de la revolución y que no hay un cubano que no sepa leer? ¿Podré, desde mi posición, despejar esos y los cientos de mitos que traban mi pensamiento al escuchar el nombre de ese país tan cercano y a la vez tan lejano de mi patria?
No dejo de pensar en el Presidente Madero, en su martirio, y en el ministro de Cuba, Manuel Márquez Sterling, la última persona que lo vio vivo aparte de sus asesinos. Mis lecturas sobre Fidel y el Che, que me hicieron admirar sin reservas la revolución cubana, me acompañan también. Por otra parte, el hecho de que los exiliados cubanos lleguen a México en general, y a Morelia en particular, con ínfulas de conquistadores, me predispone en su contra. ¿Es eso suficiente para hacer un juicio justo de lo que voy a ver? Pero ahora pienso: ¿Es que es necesario enjuiciarlos? ¿No tiene acaso mi pueblo, y mi funesto gobierno de derechas, razones de sobra para recibir un trato semejante de un extranjero?
Hemos comenzado el descenso a Cancún.

La Habana, martes 3 de abril de 2007.

"Si es bueno para los alemanes, entonces es bueno para mí," pensé frente a mi plato de albóndigas terriblemente industrializadas; una de las cosas que, según las advertencias que recibí en México, no debo comer aquí. No obstante, los teutones se sirven sin precaución ninguna de las mismas fuentes que nosotros, y considero que son un excelente grupo de control en tanto ellos desayunen primero. Aparte, el desayuno buffet es sabroso; no tan variado como en casa, ciertamente, pero mucho más de lo que esperaba.
El hotel es confortable, también. Rodeado de un paisaje urbano en el que el tiempo se ha detenido desde los años cincuenta, confirma la noticia de que esta ciudad es una cápsula de conservación que me obsequia la oportunidad de imaginarme parte de otra generación con suma facilidad. Tanta, que me distraigo continuamente en las fantasías nostálgicas de mi corazón, transformando inclusive la realidad que me espera en México hasta hacerla irreconocible. Probablemente sea eso lo que para mí significa estar de vacaciones.
Más o menos como a las diez nos fuimos al palacio de las Convenciones, un complejo anexo al hotel Palco; lugar moderno en comparación a sus alrededores, con grandes ventanales y aire acondicionado, que ilustra en tamaño y equipamiento el gran gusto de los cubanos por las grandes asambleas. En el Palacio de las Convenciones se van a impartir los cursos del festival América Cantat, una reunión de coros que se efectúa cada dos o tres años en lugares diferentes del mundo, y a la que asisten grupos de formatos diversos, tanto amateurs como profesionales, predominando estos últimos. En lo personal, pensé que un viaje a Cuba ameritaba estudiar una especialidad local, y me inscribí al curso "Música Cubana I; obras de Conrado Monier", a cargo de Alina Orraca, la directora de uno de los coros asistentes considerados importantes, la Schola Cantorum Coralina.
Los cursos terminaban a la una, y fue más o menos a esa hora que J. y yo comenzamos a padecer por lo mal organizado que estaba todo.
Resulta que, a pesar de que nosotros avisamos que íbamos a llegar tarde al festival (había comenzado el viernes pasado, y era martes), con manifiesto dolo o torpeza nos programaron nuestros dos conciertos en sábado y domingo. Por lo tanto éramos vistos por todos como bichos extremadamente irresponsables, comenzando por la maestra C. R., que dirige los Niños Cantores de Morelia a pesar de tener un coro en Cuba. "¿Qué pasó?" Me dijo cuando con genuina alegría (siempre es agradable devolverle la visita a un amigo extranjero) la saludé en uno de los pasillos; "no llegaron a la presentación que tenían con nosotros anteayer".
Compré una postal y, como hice en España, escribí un mensaje cariñoso para Litzia poniendo la dirección de la casa, aun a sabiendas de que lo recibiría mucho tiempo después de haber yo regresado; lo hice mientras esperaba para cambiar un poco de dinero por los pesos cubanos ficticios, que allá llaman convertibles, y que le sirven al gobierno para controlar la especulación con monedas como el dólar, y la deposité luego en el mismo centro de convenciones, con la esperanza de mostrarle a mi mujer lo mucho que la extrañaba.
Durante la comida en el hotel ya sabíamos que nos habían hecho el favor de acomodarnos en el concierto que otros coros, entre ellos el de Jalapa, iban a dar en el convento de Santa Clara, un bello edificio en la Habana vieja. El problema era que en ese hermoso lugar no había piano, y solamente un teclado que el coro de Venezuela llevó de casualidad nos salvó precariamente el pellejo pues, a diferencia de la mayoría de los coros del festival cuyos programas eran de música a capella, nuestro repertorio estaba compuesto de obras originales con piano; y aunque -algo que me deprimió mucho en ese momento- fracasamos rotundamente al presentar ''Son de la Loma'', un número cubano que preparamos con la idea de complacer al público local, el resto de las pocas obras que nos dejaron hacer no salió tan mal.
Después del concierto nos hicimos unas fotografías en la Plaza Vieja. En realidad, toda la ciudad se encuentra avejentada, y por la misma razón extrañamente hermosa. Ya desde antes de llegar a Santa Clara pude observar los edificios de la llamada "Habana moderna", los cuales acrecentaron mi curiosidad por ver la "vieja". En la plaza la mayoría de los edificios habían sido cuidadosamente restaurados, y de uno de ellos colgaba una banderola que decía "Fidel, 80 años más", en referencia al reciente cumpleaños del comandante enfermo. Decidí entonces fumarme el tabaco que había comprado en la mañana, forjado por un amable señor en una de las tiendas para turistas que están en el hotel. Un tabaco de la victoria, para celebrar mi primer (extraño) recital en Cuba; y hacerme una foto frente a la banderola que testificaba la permanencia, si bien endeble, de la histórica presencia de ese hombre único en todos aspectos, al grado de no parecer descabellado el deseo de verlo cumplir otros 80 años, cuando se le ha visto hacer otras muchas cosas consideradas en su momento imposibles también.
Un tabaco cubano, fumado mientras camino por las calles de La Habana. Por fin, algo digno de contarse, pensé, mientras me preparaba para mi primer concierto de gala, el cual resultó ser una maravilla más de las muchas que me esperaban.
Irgendwo auf der Welt
fängt mein Weg zum Himmel an;
irgendwo, irgendwie, irgendwann.